Precios pequeños, grandes sueños

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Recuerdo perfectamente la primera vez que leí sobre el concepto del mixing: era en una entrevista a la insigne Naty Abascal, que debe mantener en algún desván de su casa, oculto, un retrato que envejece por ella. El mixing implicaba combinar en un mismo cuerpo una camisa blanca de Zara, unos pantalones de Valentino y unos aretes de diamantes de Bulgari, y parecer transplantada directamente de un editorial de Vogue.
La adolescente que yo era acogió con entusiasmo esa idea, más que nada porque la única prenda a la que tenía acceso por entonces, y eso, si tiraba de ahorros, era la camisa blanca. El resto, pensaba con esa inconsciente confianza de la juventud, ya llegaría con el tiempo. Comenzaban los 90 y aún estábamos acostumbrándonos a las firmas que abaratarían la ropa, Zara, Mango, Trucco, Blanco, que se abrían camino de manera imparable y que sustituirían poco a poco a otras con un concepto más cercano a la boutique. Se dirigían, además, a un público mayoritariamente joven, y que comenzaba a aburrirse de la ropa con una facilidad un poco escandalosa.
Hasta la llegada de esas marcas baratas la idea de no repetir una prenda mientras se encontrara en buen uso resultaba cuando menos exótica: tanto la calidad del tejido como sus cortes seguían enfocadas hacia un medio plazo que luego se acortaría hasta apenas una temporada. Ni la ropa, ni los libros, eran efímeros. Se compraba con cierta atención a las tendencias, pero no a la moda inmediata. Y, aunque en otra entrada hablaré de ello, las prendas que se buscaban en las firmas low cost eran sólidas, discretas, que no pregonaran que eran, precisamente, baratas. La aspiración, en aquellos felices tiempos en los que internet ni siquiera aparecía en los sueños más locos, era que el traje azul de Zara pasara por uno de Armani.
Por eso el reivindicar el mixing, y anunciar con naturalidad que la camisa, la chaqueta gris o la falda tableada eran de una marca mayoritaria no dejaba de ser un rasgo de seguridad en una misma. Desembarcarían después el resto de las marcas, imitaciones, clones, falsificaciones y todo lo que la piratería industrial y la globalización nos ha traído: sirva por lo tanto mi look de hoy como homenaje a varias de firmas accesibles que, con sus luces y sombras, sus evoluciones y cambios de dirección, tanto nos han enseñado de moda a pie de calle, y nos han servido de acicate para aspirar a alturas mayores.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl vestido de estampado de serpiente es de Mango, y se ha convertido en uno de mis preferidos de esta temporada. El casquete de fieltro, tipo azafata, es de Zara y el anillo negro y el cinturón, de HM. Los zapatos de ante gris y encaje, de SuiteBlanco, el bolso, de Misako, y los pendientes de ágata, un rescate de mis años universitarios. La trenza también procede de aquellos peinados que, con dos horquillas y dos gomas, me hacía sin espejo ni tiempo. y aquí está el look: precios reducidos, sueños infinitos.
Las fotos fueron tomadas en Azca, Madrid. Ya que hablamos de low cost, un pequeño Manhattan a escala…

 

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Siempre Elio Berhanyer

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Hace poco curioseaba yo por una de mis tiendas preferidas de segunda mano, donde ya me tienden alfombra roja cuando me ven, y me topé de pronto con un vestido que me llamó la atención: era claramente muy viejo, incluso con unas pequeñas motas en la pechera, pero estaba bien cuidado, la calidad del paño llamaba la atención, y sobre todo, la limpieza del corte y lo atrevido del estampado me delataron que estaba ante algo muy especial. Busqué la etiqueta (no tenía precio) y se me paró un instante el corazón cuando vi que era de Elio Berhanyer.
Para mi sorpresa, en la tienda lo definieron como vintage, sin marca y me lo llevé por menos del precio de un menú del día. Nadie reconoció un vestido de uno de los diseñadores más importantes del siglo XX, junto con Balenciaga y Pertegaz. El niño cordobés, hijo de un fusilado en la guerra, hijo del campo que aspiraba a convertirse en arquitecto (y bien que se nota en sus patrones), el modisto de reinas y princesas, actrices y bellezas; el que elevó el uniforme femenino a una declaración de estilo (basta con ver sus trabajos para Iberia o las Fuerzas Armadas), el diseñador cuidadoso de vestuario teatral que ha trabajado con Antonio Gala, que ha sido objeto de exposiciones y revisiones no sonaba ni siquiera de nombre en una tienda de ropa. Por no hablar de otros entornos en los que ni siquiera deletrean bien su apellido.
Descorazona comprobar el camino que queda por andar en una difusión sensata de los valores que aportan personas como Elio Berhanyer: algo que los franceses, por ejemplo, tienen perfectamente integrado en su mentalidad, y consideran parte del patrimonio cultural patrio. Nosotros, mientras tanto, hemos de luchar por un cambio en el concepto rígido de lo que supone la cultura, con la ignorancia de gran parte del estamento de la moda, que esta devorado por una superficialidad y una tontería épica, y los prejuicios de los estamentos culturales clásicos, que cualquier día morirán por su propia esclerotización.
Por suerte, existe un interés cada vez mayor por tender puentes entre disciplinas. Jóvenes profesionales que intentan abordar disciplinas muy variadas, y personas maduras que siempre han sido referentes en apertura y en modernidad. Es necesaria la difusión, la formación, y sobre todo, la imaginación a la hora de crear una realidad cultural que nos permita crear un país más seguro de sí mismo, consciente de sus valores y mínimamente crítico. Que se integre con naturalidad en la vida de la gente, y no por apartados, como si la cultura fuera una asignatura bonita, ornamental, pero poco práctica y en absoluto necesaria.
En fin. El vestido  me encajaba perfectamente en los hombros , y el resto (el talle, una cremallera a la virulé) tiene fácil arreglo. Ya lo adaptaré, pero os lo quería mostrar con la excusa del Homenaje que diseñadores y creadores realizaron la semana pasada al decano Elio, y por la propuesta del Museo del Traje de etiquetar los diseños que preferimos de él. Éste, mi vestido hallazgo, mi agridulce sorpresa, es mi favorito.

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EspidoAvila15

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Cualquiera reconocería las inmortales murallas de Ávila en estas fotografías, con sus volúmenes femeninos y simétricos. El vestido, ya lo veis, es de paño fino, con bolsillos ocultos (salvo el de la pechera) y estampado geométrico. Lo combiné con unas sandalias amarillas de Paco Gil  y un sombrero-casquete, que creo fiel al aire y al espíritu del vestido.

Y a partir de esta semana, en el IED Madrid, intentaré transmitir todo esto a mis alumnos…