Historia del bikini (blanco)

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Aún quedan algunos días para aprovechar el mar y la piscina, y ahora que el sol no quema como hace semanas, es mi momento preferido para hacerlo. Ah, no bañarse con un bikini no ha sido siempre tan sencillo como podríamos creer… Las primeras mujeres con algo similar a un bikini de las que se tiene referencia fueron atletas y acróbatas romanas, que aparecen en mosaicos con una prenda inferior parecida a un calzón de hombre, y una banda superior en torno a los pecho, que se anudaría posiblemente a la espalda. Durante siglos, ni la ropa interior femenina ni la de baño se pareció en lo más remoto al contemporáneo bikini: los corsés, las sayas, enaguas, camisas y trajes de bañar mostraban más tela que piel, y estaban pensados para moldear el cuerpo, proteger el pudor o salvaguardar la piel del sol: conceptos como higiene, comodidad o libertad no se tomaban en cuenta. Eso suponía un problema para mujeres que trabajaban como caballistas o trapecistas, que en ocasiones obtenían permiso para usar atuendo masculino.
Eso cambió con la nueva estética de Coco Chanel, que impuso el bronceado como moda, y con la incorporación de las mujeres al deporte en torno a los años 20 del s. XX: las nadadoras adaptaron a su cuerpo (y a la mente conservadora de la época) las mallas masculinas, y experimentaron con tejidos distintos y más elásticos. La lycra, el punto, el punto de media… se usaron progresivamente en trajes de baño entero y en los de dos piezas, siempre que no mostraran el ombligo. Los tímidos atuendos de las primeras pin ups apenas muestran una franja de tela en torno a las costillas, entre la braguita de talle alto y el sujetador, muy armado.
Existe una fecha concreta, el 11 de julio de 1946, en la que el ingeniero Louis Rèard presentó al mundo el bikini tal y como lo conocemos: era un diseño mínimo, bautizado en honor a una bomba nuclear que se arrojó sobre el atolón Bikini, y que presentó una stripper en París, ante la negativa de las modelos al vestirlo. Ese rechazo continuaría pese a los preciosos prototipos de los 50, que tan bien lucía Brigitte Bardott y que tan de los nervios ponía n a Esther Williams, hasta que en los 60 dos actrices fijarían en el imaginario colectivo el bikini como algo absolutamente deseable: Ursula Andress, con su bikini blanco en la película “007 contra el Dr No” (1962), y Jane Fonda, con una versión de aires prehistóricos “Hace un millón de años”.
Blanco sería el primer bikini en aparecer en la cubierta del Sports Illustrated, en 1964: de blanco prefería aparecer Marilyn Monroe, y también Liz Taylor. Cameron Díaz, en su papel de Ángel de Charlie, escogió el blanco. Halle Berry, en cambio, eligió el naranja para su revisión del de la Andress en su 007, naranja y blanco el de Lolita en su película homónima, y dorado el de la princesa Leia, que, si bien fuera del del agua, ha despertado pasiones y fantasías. Y de los míticos trajes enteros, como el nude de Bo Derek, o el rojo de Pamela Anderson ya hablaremos en otra ocasión.

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    Mi bikini blanco, de HM, es de una licra gruesa, como conviene con ese color traicionero, y más aún si ha de mojarse, y con pliegues más que favorecedores, estratégicos. Existen innumerables tutoriales sobre qué bikini sienta mejor a cada cuerpo: yo prefiero los de tirantes o que que se atan al cuello, por comodidad, y los de corte clásico: al ser curvilínea y no muy alta, los modelos de los años 50 y 60 parecen cortados para mí. Y, con un hibisco en el pelo, y las aguas verdes de Motril a mis pies, ¿cómo no soñar con ser, por un ratito, una sirena?

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Homenaje a Frida Kahlo

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¿Qué misterio rodea a Frida Kahlo para que sesenta años tras su muerte mantenga intacto el  atractivo de una mujer arrolladora, de una creatividad y una capacidad de sincretismo excepcional? En una sociedad obsesionada por la belleza física, la salud y la juventud, una artista feúcha, prematuramente envejecida y enferma desde niña, a la que incluso amputaron una pierna, se alza como un icono al que muchos admiran y todos reconocen.
Supe de la existencia de Frida cuando tenía ocho años, por una revista: sus Retratos, (con monos, con un traje de terciopelo, con fruta), me resultaron fascinantes; aún no me importaba su historia de amor. Quince años más tarde me regalaron un facsímil de su diario: había leído ya la obra de Elena Poniatowska sobre ella, y el personaje cobraba unos matices más complejos, desagradables, en ocasiones.  La última vez que escribí sobre ella fue en mi ensayo “Para vos nací“. Como Teresa de Jesús, Frida no distingue entre su cuerpo, su mente y su obra, brillantes, únicos y torturados. No se entiende quiénes fueron estas dos mujeres sin tener en cuenta sus enfermedades, ni su radical originalidad, la lucha constante por crearse una identidad única. Ambas emplearon la palabra como una manera complementaria de relacionarse con el mundo, y la dos, incomprensibles, efímeras, se encontraban con un amor más allá de toda lógica y fusionado con el arte.
Frida ha sido imitada, parodiada, idealizada. Se ha interpretado su vello facial como un homenaje a sus orígenes criollos (las descendientes de europeos mantenían el vello para distinguirse de las indígenas, lampiñas), como una manera de enfatizar su lado masculino, como una provocación, en definitiva. Las reinterpretaciones del atavío tehuano, los tocados de flores, los mantoncillos, todo formaba parte de una teatralidad intencionada que eclipsó a Diego Rivera y que amenaza ahora con oscurecer su propia obra, también. El legado político, emocional, el discurso de Frida Kahlo, en definitiva, no digamos ya su obra, va mucho más allá de lo visible y lo inmediato. Pero bien está que la imagen de una mujer tan poco al uso contrarreste la avalancha de lo políticamente correcto.
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Para este homenaje a Frida recuperé un precioso vestido de estampado en tonos rosas de Ailanto, con botones de perlas. Las joyas provienen de orígenes muy distintos: el collar de perlas cultivadas lo compré en Filipinas, el dorado fue un regalo del pintor Juan Adriansens y de su marido, Pedro. El otro collar, de cristal mate y coral, lo encontré en una tienda de antiguedades, y los pendientes de aro son de Ciudad de París. Me peiné con un pañuelo de seda de herencia, una mariposa de cuero dorado de HM y buganvillas y jazmines naturales. El maquillaje es de Chanel. Las fotos, pese a lo que parezca, no fueron sacadas en México, sino en el microclima subtropical de Motril, en el precioso hotel Casa de los Bates. Siempre es una buena senda el seguir los pasos de las grandes mujeres.