Días cortos: Peñíscola e interior de Castellón.

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERAComienzan a acortarse los días y con la promesa del otoño llega el aviso de aprovechar el tiempo minuto a minuto. Quizás las vacaciones ya no puedan ser tan largas, ni los viajes tan ambiciosos; quizás sea el momento de planificar escapadas más cortas y de conocer lugares cercanos, destinos de interior o en costas menos trilladas, nacionales, que descubren antes los extranjeros que nosotros mismos.

Peñíscola, por ejemplo, en Castellón, se aleja del estereotipo de esa costa tan conocida. Con su mar azul, su remolino Bufador y sus puertas mediterráneas, ha sido admirada por muchos a raíz de aparecer en Juego de Tronos. Quizás no se sepa que la localidad ofrece todo tipo de facilidades para el rodaje de series y cine. El castillo, sus calles empinadas, exigen un paseo con calma y comer un puñado de almendras saladas en una de sus terrazas.

Vilafamés, Culla (que merece una visita aparte) o las casas colgadas sobre la pendiente de Ares del Maestre son otros de los secretos bien guardados del Castellón interior, con montañas inesperadas y paisajes que se alejan de los tópicos mediterráneos. El final del verano los libera del exceso de turistas, el clima se torna suave y el aire huele a hierbas aromáticas. Es un lugar para perderse; no en vano fue tierra donde se escondían bandidos y escapados. Un buen sitio para acercar a los niños a la naturaleza, y para atrapar el tiempo sin prisas.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERA Las prendas que hoy llevo podrían servir para una boda de día, siempre que no fuera por la iglesia o, en caso de serlo, se añadiera una chaquetilla o echarpe que cubriera los hombros. Este vestido  low cost (en este caso es de Mango, con varios de los imprescindibles de la temporada: rojo, rayas y escote off shoulder. Cuidado con según qué movimientos, que se desboca). Un capazo de rafia de Salvador Bachiller, en este caso de la colección Valentina, ligero y veraniego,
El resto del atuendo lleva nombre de mujer, y es de diseño español: la chistera, de una exquisita combinación de terciopelo rojo, plumas y flores secas, fue confeccionado por Lola Sevares. Un buen tocado cambia el estado de ánimo, eleva el espíritu y mueve a la fiesta.

Algo parecido ocurre con los zapatos adecuados. En este caso, los zapatos de ante rojo, con detalles dorados, que he escogido, son de Ana Monsalve, una marca que se define con dos pinceladas: zapatos de aire vintage, y tan cómodos como cualquier mujere desearía. Ambas promesas las cumplen con creces. Son zapatos artesanales y primorosos, de Elda, con hormas muy pensadas para calzarlos todo el día, y que no pasan de moda, por su aire atemporal. Yo llevo las sandalias Olimpia Coral.
Por último, unos brazaletes, un collar de perlas que compré en un anticuario en Praga, y el resto del verano para escaparse del mundo.  Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez por MyPen Camera en un precioso recorrido por Peñíscola.

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Paseo por la Playa (Puerto del Rosario, Fuerteventura)

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Mucho antes de las envidiables instantáneas de los famosos en playas exóticas, antes de las perversas fotografías de Instagram con aguas cristalinas y pieles bronceadas que desconocen las rojeces y las insolaciones, un pintor había logrado despertar el anhelo por el mar en una sociedad que le daba la espalda a la costa y que se escondía del sol: Joaquín Sorolla había retratado con una viveza casi palpable a niños relucientes de agua, a mujeres de pescadores, y a su propia familia.
Uno de sus cuadros más conocidos, Paseo por la playa, muestra a dos Clotildes, su mujer y su hija, vestidas de reluciente blanco, con velos y sombrillas. No era un retrato más de su amadísima esposa, a la que conoció de niño para no dejar de pintarla jamás, sino una estampa llena de ritmo, en la que se puede tocar el viento y las faldas ondean contra el ocre de la arena. Lo pintó en 1909; apenas un año más tarde abría en la Rue de Cambon 31, en París,  una tienda llamada Chanel Modes. Su dueña, una joven llamada Coco quitaría de un manotazo los velos, las sombrillas y los enormes sombreros a las mujeres que paseaban por la playa, las broncearía como a grumetes, y las vestiría con jerseys a rayas.
Sin embargo, de vez en cuando es bonito recordar que hubo un tiempo antes del bikini y la protección pantalla total, de las chanclas y los deportes acuáticos: una época en la que las señoras de piel nívea paseaban completamente vestidas a la orilla del mar, que no se cansa jamás de cantarnos al oído.

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Para mi particular paseo por la playa de Puerto del Rosario, en Fuerteventura, me puse una  falda de gasa de Suiteblanco; es de un color marrón oxidado, con un matiz rojizo. Aún no ha llegado el tiempo para el blanco veraniego de pies a cabeza. Con el cropped top, de la misma marca, tuve dudas: nada en contra de enseñar la cintura, pero como he dicho en otras  ocasiones, algunos males ya los hemos pasado una vez, gracias; entre ellos la combinación de vaquero ancho y cropped top con sombrerito de la siempre enfurruñada con la vida Brenda Walsh. Añadid a eso las Ray Ban aviador con sus ecos de Top Gun y completaréis mi pavor a despertarme en el pasado, atrapada entre los 80 y los 90. Sorprendentemente, la mezcla funciona y me gustó. El capazo, con su forro de lunares, procede de un viaje a Tokio,  compré la pulsera de ámbar y plata en una librería de la FIL, Feria del Libro de Guadalajara, México (no preguntéis… lo que pasa en la FIL se queda en la FIL), y el torque de plata que llevo al cuello es un recuerdo de mi estancia en Oslo. Los tacones hincados con firmeza en la arena los firma Marypaz. Y, lo más importante, me acompaña la pulsera Libélula, un mensaje positivo de apoyo a las personas que sufren por trastornos de la alimentación, que por estas fechas comienzan a sufrir aún más si cabe.
Lo sé. Debo hacerme con una sombrilla ya.