Un vestido, veinte años

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl olfato es, sin duda, el sentido más incontrolable y el que nos hace regresar al pasado y a las emociones sin quererlo: de ello nos habló Patrick Süskind. También el gusto, como tan bien reflejó Proust. Pero la vista unida al tacto, es decir, esa poderosa combinación que la ropa estimula, no nos resulta indiferente: el rechazo de otras épocas se transforma en nostalgia, o la satisfacción personal en vergüenza ajena de ese yo que fuimos. Cuando vi este vestido de Mango recordé inmediatamente uno muy similar que tuve en la universidad, hace ya veinte años. Vivíamos el auge del grunge, una cierta revisión de los 70: y mi cabeza estableció una serie de paralelismos y diferencias.
– En 1995 aún pagábamos con pesetas. Donde yo las compraba, una palmera de chocolate costaba 85 pesetas, y un cubata, 250. Los tomates eran ridículamente baratos, y sabían, en general, a tomate.
– Internet era accesible solo para unos pocos: no existía Facebook, y la idea de que el móvil pudiera servir para dar “me gusta” a la fotografía de un desconocido ni se nos había pasado por la cabeza.
– En Bilbao se estaba construyendo el Museo Guggenheim, que no convencía a nadie, porque tenía una pinta muy rara.
– Las fotografías se revelaban, y con cierta frecuencia se velaban; había que sacarlas con precaución, porque eran caras.
– Kurt Cobain acababa de morir, pero al menos Héroes del Silencio continuaban juntos. España quedaba segunda en Eurovisión, con Anabel Conde, aunque ganaba Noruega, como Dios manda. Jesulín de Ubrique, soltero de oro, había organizado una corrida gratuita solo para mujeres, y estaba a punto de grabar el hit “Toda”.
– Se rumoreaba que Antonio Banderas salía con la ex de Don Johnson, Melanie Griffith, que tenía una hijita llamada Dakota.
– Camilo José Cela ganaba el premio Cervantes. Vivían y publicaban Ana María Matute, Miguel Delibes, José Saramago, Carmen Martín Gaite y Gloria Fuertes, pero ese año morirían Patricia Highsmith, Julio Caro Baroja y Michael Ende.
– En los Oscar arrasaban Braveheart, Nicholas Cage, Susan Sarandon y Mel Gibson. Emma Thompson dedicaba el suyo a Jane Austen.
El Corte Inglés compraba y absorbía Galerías Preciados, y de HM o Mulaya ni se había oído hablar. Zara parecía que iba muy bien y que tenía futuro.
– España lograba algo francamente complicado, que era mantener una guerra con Canadá: la del fletán.
– Y yo iniciaba mi 3º año de carrera y recorría el campus de Deusto con mis faldas largas, los libros bajo el brazo y la sensación de que estaba envejeciendo y que no me pasaba nada interesante…

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El precioso vestido de Mango azul marino que me ha llevado al pasado es, sin embargo, muy actual. Lo he combinado con zapatos de ante lila de Unisa, un cinturón étnico que compré por los años de los que hablo, y unos pendientes vintage. El bolso de paño, con flores cosidas, es de los 70 y el colgante artesano muestra una amatista sin pulir. Una combinación contemporánea con guiños a ese pasado que parece tan cercano, y que de pronto me ha hecho sentir tan, tan anciana…

 

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Los consejos de un Premio Nobel

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En 1999, después de ganar el Premio Planeta, la revista ¡Hola! me nombró uno de los personajes del año; el exhaustivo reportaje que nos dedicaron fue, sin duda, uno en los que más espantosa he aparecido. Aunque todo estuvo cuidadísimo (el estilismo, el Casino de Madrid, el catering…) la maquilladora, aún no sé por qué error, me transformó en una muñeca artificial. Era muy novata en el tema de prensa que no fuera estrictamente literaria, pero aprendí en ese momento la importancia de una fotografía mal tomada. Algo en lo que, por otra parte, toda la promoción del Planeta fue un master.
Pero, lecciones de imagen aparte, esa sesión inolvidable me permitió conocer a Camilo José Cela. Pese a su fama de devoraniños, fue cariñosísimo y atento conmigo: mucho más de lo que otros escritores de menor renombre y que despiertan más simpatían han sido. Para mi sorpresa, había leído mis novelas, me dio su opinión sobre ellas, y una serie de consejos. Algunos los guardo para mí. Uno de ellos fue que pensara a largo plazo. “Piensa en que escribirás toda tu vida, me dijo, como haré yo, si el Alzheimer me respeta, y que no hay prisa ninguna: en nuestra carrera gana quien perdura”.
Otro, que quiero compartir hoy con quienes me leéis, porque hace semanas que no lo aparto de mi mente, es el siguiente: “Haz que tu vida sea interesante. No para luego escribir sobre ella, quien solo tiene lo que vive para escribir aburre hasta a las ovejas. Sino porque eso te obligará a ser curiosa, a viajar, y cambiar constantemente; eso te mantendrá joven. Y aunque tus libros no tengan éxito, te llevarás esa vida contigo”. Aún me dijo algo más: “Haz lo que quieras, siempre, pero cuidado: eso no significa hacer lo que te de la gana, sino aquello que tu conciencia considere adecuado”.
He pensado a largo plazo desde entonces. He hecho siempre lo que he querido, aunque eso supusiera no ser comprendida, o no serlo en ese momento. Pero a veces se me ha olvidado que mi deber era convertir mi vida, día a día, en algo interesante. En este momento en el que todo parece enfocado hacia los demás, en que importa más que el maquillaje en la foto sea el adecuado que el trabajo por el que te han fotografiado, a veces se desdibuja lo importante. En los últimos meses lo he convertido de nuevo en uno de mis ejes de existencia. Algunas personas no saben por qué, pero me han notado un cambio. En realidad, son muchos, pero el primer paso ha sido aquel que me dejó, junto con su obra, el Premio Nobel: mi obligación moral de convertir mi vida en algo interesante cuando, sola con mi conciencia, la revise y la contemple.

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Pensé en contaros esto en el Hotel NH Aránzazu de San Sebastián. El vestido de seda de Mango, con un escote y un corte que no suelo llevar, recuerda con sus flores a un pensamiento dibujado en el aire. Las pulseras las encontré en un mercadillo, y los aros grandes vienen de HM. El bolso ya lo llevé en la recepción en el Palacio Real durante el último premio Cervantes. Este verano me he convertido en una adicta a la limonada con aroma a lo que sea, en este caso hierbabuena.

Y por lo tanto, ya que nos ha tocado la maldición china “Ojalá vivas en tiempo interesantes”, intentemos estar a su altura.