El Gran Bilbao

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Bilbao, pedazos de acero que aparta de su camino la ría. Siete Calles y un Casco Viejo construidos por el tesón de un puñado de pescadores medievales, apiñados en torno al Nervión, Somera, Artecalle, Tendería. Música en los oídos de quien ha nacido bajo ese cielo, retazos de un idioma incomprensible. Mar y hierro, trabajos que demandaban niños y hombres cubiertos siempre de sudor o agua, de espuma o tierra. Belosticalle, Carnicería Vieja, Barrencalle y Barrencalle Barrena.

Y de esas siete calles, el recorrido hasta el mar que nos lleva a Flandes y a los Países Bajos, y más adelante, a Inglaterra, de donde la inocencia popular trajo canciones de ingleses que se olvidaban de todo ante las niñas bilbainas.

Carbón y acero, y la ciudad reptó hasta el otro lado de la ría, y tuvo espacio para un Teatro, una Bolsa, y desarrolló gusto por la ópera, los coros, y los zuritos. Un lugar de astilleros y altos hornos, de acerías y fábricas, donde los ingenieros competían en traineras con los abogados, junto a una meseta en la que la lana merina y los cereales ya no alejaban la miseria.

Titanio y cristal, y óxido estratégicamente colocado, líneas ondulantes y la vida tras una decadencia en que las fábricas dejaron de humear, y el Nervión, salvaje y podrido, se desbordó por todas las tierras que conformaban el Gran Bilbao. Museos y gastronomía, luz entre el eterno gris, lucha férrea. Esperanza en tiempos de crisis. Nostalgia, cuando se vive tierra adentro, de la música que el viento toca en los cables de sus puentes.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERALa falda de satén estampado con rosas otoñales tiene el sugerente nombre de Circe y la firma de Maru Atelier .El top de tul rosa es un primor de Etxart&Panno. De hecho, el cuerpo es tan transparente que lo superpuse a este body de HM. El bolso clutch que llevo es uno de mis preferidos de Mibuh, donde siempre me cuesta tanto escoger solo uno: me siento como uno de mis personajes perversos cuando llevo una caja de terciopelo llena de bichos. Llevo en mi índice el  anillo Kong de Luxenter, y salones de ante camel en los pies.

Las fotos fueron tomadas junto a la ría de Bilbao por Nika Jiménez.

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Un traje nuevo

OLYMPUS DIGITAL CAMERAMientras escogía el look que muestro hoy me vino al recuerdo una conversación mantenida hacía poco con una buena amiga, a la que acompañaba de compras, porque se encontraba, me decía, en pleno cambio y, sobre todo, en plena insatisfacción.

¿Y éste? -le dije, ante un traje muy bonito.

-Hay cosas que ya no me pondría -me dijo-. No solo porque no me gusten, o porque sepa que no me van a sentar bien. Sencillamente, no me las pondría.

Lo que quería decir mi amiga, recién cumplidos los cuarenta, era una nueva versión suavizada de lo que ya dijeron nuestros madres: es que tengo una edad. Lo que yo escuchaba bajo unas frases en apariencia sensatas, mesuradas, y de sana asunción del paso del tiempo era algo distinto. Escuchaba una resignación, un doblegarse ante lo que, durante años y años, hemos escuchado, y hemos interiorizado respecto a cómo debe comportarse las mujeres. La rebelión, en ocasiones mostrada de una forma aparentemente tan superficial como la ropa que escogemos, la música que escuchamos, las actitudes adoptadas, había finalizado. Lo primero que muestra un cambio en la adolescencia es el cuerpo y la apariencia. Muchas veces sucede antes de que los adolescentes sean consciente de que lo están viviendo. Por imitación, o por inercia, o porque descubren el mundo como si fueran los primeros en llegar a él.

Y, también, cuando otras prioridades absorben a las mujeres, cuando todo les grita que se olviden de ellas mismas porque hay hijos, parejas, padres, trabajo, porque tienen una edad y es el momento de dejar de jugar para convertirse en alguien menos libre y más útil para otros, lo primero que lo delata es un cambio físico. El cabello. La piel expuesta. El maquillaje. Los zapatos, los colores, los cortes. Si a los quince se lleva un uniforme, a los cuarenta se propone otro, con una excusa: el estilo, la sobriedad, la madurez.

Lo que mi amiga no se pondría era un pantalón: nada extremo, nada corto, ni pegado, ni extraño. Cuando lo vio supo, en segundos, como casi todas sabemos, cómo quedaría en su cuerpo, captó cómo se expondría a la mirada ajena, analizó esa mirada de los otros y no le gustó. La solución más sencilla es la de cambiar de ropa; cambiar de mentalidad resulta siempre mucho más complejo. Yo me pregunté qué dejaríamos entonces para otras décadas venideras, interesantes y llenas de retos. La acompañé a escoger otro pantalón. Porque para resistirse a la presión, para saber si se quiere o no encajar en un molde impuesto, o para ceder, ya habrá tiempo, ya probaremos otras formas, ya vendrán días en que las cosas se vean de otra manera.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl traje pantalón de Alicia Rueda que yo escogí, es uno de los que yo le recomendaría a mi amiga que se probara. Azul marino, de corte y caída impecable, de una gran sensualidad en el tejido, se renueva con una línea blanca en el pantalón, que se enlaza con el estilo deportivo, ha sido una de las novedades de la temporada. Por otro lado, los vivos blancos en la chaqueta le aportan un cierto aire marinero. Puede lucirse con una camiseta o camisa, o, como es mi caso, como prenda única. El pantalón de talle alto, con botones, y la curva de la chaqueta enmarcan el ombligo. El anillo, los pendientes y el colgante, en oro rosa, muy sutiles, son de Luxenter. Los salones rojos de tacón alto los firma Lodi. Usé maquillaje de Lancôme. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en la campiña inglesa, muy cerca de Winchester.

¿Cuándo fuiste “Pretty Woman”?

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El espectador medio ha perdido la cuenta de las veces que ha visto “Pretty Woman”; no es solo símbolo de una época, o una película imprescindible de la cultura pop. A nivel emocional, la historia continúa fresca, y aún se acoge con agrado la realidad que refleja, pese a su relativismo moral y la constante glorificación del dinero.
Pero me centraré en alguna de las escenas más icónicas, esas en las que Vivian, tras la humillación sufrida por la dependienta de la boutique (quién no ha experimentado esa mirada asqueada de arriba a abajo, y no ha sentido ganas de llorar) y la orgía de compras posterior descubre que la manera en la que la perciben los demás ha cambiado: la ropa nueva le permite ser tomada en serio por primera vez en su vida. Vivian no muestra demasiados problemas de autoestima, ni de insatisfacción con su vida, pero es evidente que no se encuentra en el lugar que desea. Bastan unos días fuera de su entorno para que tenga claro que no quiere regresar a lo anterior, y que el cambio físico ha llegado en el momento en el que estaba produciendo también un cambio interno.
En el momento actual existe un gran auge  de profesiones que contribuyen a una transformación externa y rápida de los insatisfechos: estilistas, coachs, entrenadores… y también se da un cierto desprecio por ese cambio, que se considera superficial y poco sincero. No puedo estar menos de acuerdo: mi experiencia, propia y como testigo, es que uno de los termómetros más fiables del aburrimiento, la depresión, la serenidad, la ilusión recuperada es, precisamente, la relación con el cuerpo y con la ropa, muy especialmente en el caso de las mujeres. Mujeres que han enviudado y se visten como desean por primera vez en su vida, el traje comprado con el primer sueldo, chicas que se mudan a otra ciudad y transforman su estilo, las primeras compras tras una reconstrucción de pecho, o tras un test positivo de embarazo… Todas comparten esa mirada pletórica de Vivian, cargada de bolsas de la compra, cuando va a ajustar cuentas con la dependienta arrogante. Entre otras cosas, captar ese instante mantiene la película viva.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEste verano Zara decidió confeccionar un vestido que, quisieramos o no, asociaríamos a “Pretty Woman”: el que la protagonista elige para la carrera de caballos, con un canotier. Siempre encuentro una buena excusa para comprar algo de lunares, cuando no es el recuerdo de Lola Flores es la sombra de Lady Di; esta es una prenda poderosa, tan reconocible que ni intenté esconderla dándole otro aire. Le añadí unos salones de Unisa, mis pendientes de perlas, un bolso de Sagrario Moreno, y unos guantes que no usaría, pero que completaban el look y un cinturón de Garaizar. Sólo me faltaba la banda sonora, que iba tarareando mientras caminaba (ya sabéis cuál… la estáis cantando ahora mismo…). Que ese optimismo y esa energía os acompañen en vuestro propio caminar.

(Por cierto, hace unos años conocí a Richard Gere… pero esa es otra historia para otro post…)