Viaje a la tierra de Jane Austen (III) Chawton

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Cuando el padre de Jane Austen muere, deja a tres mujeres solas y un problema: ¿de qué van a vivir? Han fundido sus ahorros en Bath, una ciudad cara y poco hospitalaria, como ya vimos aquí, carecen de ingresos propios. Cassandra madre tiene unos pequeños ahorros, Cassandra hija otros poquitos. Jane nada en absoluto. En esta situación se encontraban muchas mujeres de la época: no se buscaba marido por necesidad romántica, sino por una sociedad que impedía que las mujeres de clase media pudieran trabajar y las condenaba a ser dependientes.
Fue su hermano Edward, adoptado por una familia adinerada, quien ofreció una solución: él poseía una preciosa posesión en Chawton, muy cerca de donde siempre habían vivido los Austen. Dentro de esa finca, cuya mansión principal es ahora una Biblioteca y Centro de estudios dedicado a la literatura escrita por mujeres, había una granjita que legó a su madre y a sus hermanas. Luminosa, digna y con suficiente espacio como para recibir visitar, les permitia una vida recogida y frugal.
Las niñas Austen eran ya mozas viejas: Jane había pasado de los 30. No se iban a casar: ni ella, ni su hermana, ni su mejor amiga, Martha Lloyd, que se fue a vivir con ellas. Vestían como mujeres mayores, y se esperaba de ellas poco: que no dieran demasiada guerra, que fueran discretas, que se ocuparan de sus sobrinos.
Contra todo pronóstico, Jane fue feliz en esa casa y con esa vida. Comenzó a escribir de nuevo, a revisar textos antiguos, se relacionó de nuevo con vecinos y amigos y durante los años que le quedaron de vida, que no fueron muchos, fingía revisar las cuentas de la casa en una mesita, muy pequeña, mientras en realidad escribía sus novelas, ocultas en cuartillas bajo la contabilidad.
La casa, rodeada de un precioso jardín de estilo inglés, muy cuidado, huele a lavanda y transmite serenidad y luz.  Puede visitarse porque en la actualidad es una casa museo. Jane y Cassy compartían habitación y cama, como habían hecho durante toda su vida. En el salón, el piano de Jane (El mejor que hemos podido conseguir por 30 guineas) sigue allí. La madera cruje, se han conservado retratos, y joyas, y prendas de ropa de la época. Pareciera que en cualquier momento una criada fuera a cruzar el pasillo con sábanas de lino limpias.
Jane no murió en esa casa, sino en Winchester, en cuya catedral se encuentra enterrada y recordada. Enfermó en primavera 1817, y apenas duró unos meses, los suficientes como para intentar que la trataran médicos especializados en la ciudad. Tenía 41 años. Su hermana y su madre vivieron muchos más años, en paz, en parte conscientes del talento y el éxito de Jane. Al morir, las enterraron en dos tumbas gemelas en el cementerio de Chawton, a un paseo apenas de su granjita de ladrillo rojo, Había dejado seis grandes novelas, e historias suficientes como para hacernos disfrutar y reflexionar durante dos siglos.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAquí, quizás con una taza de té o una crema de verdura en el Cassandra’s Cup, un salón de té que se alza al otro lado de la calle de la casa, terminamos nuestro viaje con El País viajes. Un vistazo a una vida en apariencia como otras, a la que el talento hizo descollar de manera sorprendente.

Para esta última etapa elegí un vestido negro de Dolores Promesas, con un estampado de orquídeas, de manga larga y corte simple, unos salones de terciopelo verde y un camafeo de cuarzo rosa que me regaló un joyero artesano amigo. El día era hermoso, pero frío, y llevé el abrigo de color teja de Mango que tantos fríos me ha aliviado.  Y los libros (Orgullo y Prejuicio, Emma, Sentido y Sensibilidad…) que nos permitieron conocer esos lugares, incluso antes de dejarlos atrás en este viaje.

Anuncios

Un poco de romanticismo

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Existe un peligro cuando se ama aquello en lo que se trabaja: el que el amor se convierta en algo obsesivo, invada cada una de nuestras células, y nos transforme, en definitiva, que aquello que menos alimenta el amor. En un ser limitado, reducido a una definición, a dos etiquetas.

Después de muchos años en los que mi trabajo se encargaba de organizar mi vida, mi ocio y prácticamente todo mi día, llegó el momento de recuperar terreno. En mi caso, la trampa radicaba en que la literatura es tan inclusiva, permite incorporar tantos temas, que cada una de mis aficiones o de los temas que me atraían acababan incorporados en un libro, un curso o una serie de conferencias. Como muchas personas que se han matado a trabajar durante los años de crisis, en parte porque no quedaba otra, y en parte por el pensamiento mágico de que si nos esforzáramos todo lo posible algo espantoso ocurriría, he tenido que rectificar. Era eso o vivir con un estrés insoportable.

Para quien no está demasiado acostumbrado a dedicarse tiempo, un plan de una tarde puede convertirse en un problema. ¿Qué hacer? ¿Por dónde comenzar? En ocasiones, se viaja a una ciudad con la intención de pasar un par de días y perdemos uno en descansar, o en planificar excursiones imposibles. Aún peor es si nos tenemos que mover en nuestra propia ciudad ¿No nos encontraremos con demasiados turistas? ¿Cómo elegir algo que se salga de lo común?

A mí me ha interesado cómo funciona Pangea desde su principio. Pangea, que se anuncia como la mayor tienda de viajes del mundo, y que presume de que sus especialistas en viajes son, ante todo, viajeros entusiastas, no se resume a una tienda de una modernidad que casi abruma, ni a una web intuitiva y directa: es un concepto basado en las experiencias y en los recuerdos, en el afán de descubrir y de probar situaciones nuevas. Además de viajes internacionales y de planes nacionales, me ofrece el atractivo de planificar tardes, o noches, en distintas ciudades, a un precio muy razonable, y con propuestas que nunca me hubiera planteado.

El primero de los planes que quise probar no se escapaba demasiado de mi zona de confort: Cultura romántica en Madrid. Es decir, una visita al Museo del Romanticismo, uno de mis lugares preferidos de Madrid, pero aún uno de los museos por descubrir para la mayoría, y una cena en La Fragua de Sebín

El Museo del Romanticismo se encuentra en la calle San Mateo número 13, y ofrece la experiencia de recorrer las estancias de un palacete, cuidadosamente conservado con los cuadros, el mobiliario y los útiles de esa época fascinante y de la que tan poco se sabe en España: existió el Romanticismo español, claro, que sí, y de ello dan fe pintores, poetas, escritores, y pintores. Desde el otro trono de Fernando VII (ejem) al retrato que de un Gustavo Adolfo Bécquer agonizante realizó su hermano Valeriano, lo humano y lo divino cabe en esas habitaciones lujosas, coloridas. La pasión con la que los guías hablan de los distintos temas dan fe de que este museo, que se recorre en un hora, aunque yo recomendaría muchas más, enamora y crea adicción. De los caballeros de la época se encontrarán armas y un billar, una estancia separada de la de la dama de la casa y una manera de vida caracterizada por la exageración y la ruptura de límites. De las señoras se conservan joyas espectaculares, algunos vestidos, carnets de baile, cajas con taracea, instrumentos musicales… hay también un espacio dedicado a los niños, otro para documentación, una biblioteca muy bien surtida, y un café con un precioso jardín al aire libre donde se pueden pasar las horas. Cada mes la agenda de actividades varía: conciertos, clases didácticas, presentaciones de libros…

Pueden sacarse fotos sin flash, hay que tener cuidado de no pisar las alfombras (son parte del mobiliario y se cuidan como tal), y existe una consigna a la entrada para depositar bolsos y mochilas, que no se permiten en el interior.

EspidoRomántico7

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA
OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Tras la visita al Museo llega el momento de descubrir un restaurante cercano, que unifica tradición, modernidad, y muy buen producto: aunque el interior, decorado con antiguas puertas de madera y ladrillo visto, nos recibe acogedor y cálido, el punto fuerte de la Fragua de Sebín  es su terraza, que se abre a una calle tranquila, muy cercana a la Plaza del 2 de Mayo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

No es cocina para tímidos, ni para timoratos. Desde las croquetas de jamón, a la crema trufada con huevo a baja cocción, los platos son sabrosos y sorprendentes: o bien la textura, o la combinación de sabores, o el giro personal del chef obligan a mantenerse atentos. El pescado, riquísimo, la carne, impecable, pero si algo quiero destacar de la carta es la magnífica tarta de queso de oveja con frutos rojos: untuosa, de gusto sedoso y contundente, se encuentra entre las mejores tartas de queso que he probado nunca. Y he probado algunas.

Queda el resto de la noche para pasear por Malasaña con la pareja o con una persona querida con la que queremos pasar una tarde inolvidable. Los días se alargan, las temperaturas suben… y hay muchas formas de amor que pueden enriquecernos. Todo antes que reducirnos a dos conceptos, a una etiqueta.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

No pude evitar la tentación de estrenar un vestido vintage que guardaban para una ocasión especial: de organza estampada, falda de vuelo y remate de volantes, su sabor a los años 70 lo hacía exótico en una fiesta, o una noche especial, pero absolutamente adecuado para el plan de cultura romántica. Es más, el Museo Romántico se convirtió inmediatamente en mi casa, y yo en un fantasma que me aparecía en los espejos. Con un collar de camafeos, y cierta capacidad de mimetizarme con el espacio que siempre he tenido, ¿quién dice que salí alguna vez de esas habitaciones, o que me he quedado atrapada allí por toda la eternidad?