Desiderata

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Cuando comencé a escribir, las ensoñaciones que me llevaban a a ello eran tan vívidas que muchas veces poseían mayor peso que las experiencias reales. La diferencia entre lo que imaginaba y lo que vivía me resultaba clara: pero eso no significaba que la fantasía, lo leído o lo imaginado no tuviera entidad. Según pasaban los años, el peso del mundo imaginario que creaba dejó de encontrarse únicamente en las historias que contaba, o en las fantasías silenciosas en las que me evadía, y pasaron a ser narraciones escritas.

Eso ordenó y sistematizó mi manera de pensar y la forma en la que la imaginación me influía: existía, como en el Eclesiastés, un tiempo para soñar, y un tiempo para vivir. Y, muchos años más tarde, cuando escribir y contar historias se han convertido precisamente en mi profesión, continúo perdiéndome en esos terrenos movedizos entre lo que se imagina y el resultado final de lo soñado.

Durante los últimos años de mi adolescencia comencé a escribir Donde siempre es Octubre, una novela que después publicó Seix Barral, en la que los personajes de una ciudad llamada Oilea, un lugar fuera del tiempo, se entrecruzaban y narraban sus vidas. Mi personaje predilecto, con mucha diferencia, y por muchos años, se llamaba Loredana Esse.

Loredana vivía sola, en una casa llamada Pheasant Hill. En una ciudad dedicada al cotilleo, ajena a su propia decadencia, se mantenía aislada. Era rica, estaba soltera, y no necesitaba ni quería a nadie. También se encontraba profundamente enferma. Vestida de negro, y con las cortinas echadas dentro de su propia casa para que nadie pudiera verla, suponía un desafío para el resto de Oilea.

Con su radical demostración de independencia y su anhelo de soledad, Loredana fue un fantasma que me hechizó durante mucho tiempo. La veía frente a determinados edificios de Bilbao. Aparecía a veces entre las columnatas de la Comercial de Deusto, como un recordatorio de que yo había prometido sacarla de allí. De mi cabeza y de mi fantasía.

Desde luego, en Loredana, como en todos esos personajes iniciales, había mucho de mí: la promesa de salir de allí me incluía. Allí no era tanto mi entorno como mis propias limitaciones. Como todos los veinteañeros, me creía absolutamente especial, sufría como me tocaba por edad, y albergaba una vaga idea de que el mundo estaba esperando para que yo le enseñara cómo continuar rodando. Creía mucho en mi talento, y solo el tiempo me ha enseñado que no ha sido esa dudosa cualidad, sino la constancia, el trabajo, el estudio y la flexibilidad lo que me han permitido sobrevivir.

Una de las razones de comenzar con las redes sociales (y muy en especial con Instagram) tuvo que ver con mostrar parte de ese mundo interior que se adivina en las obras de ficción, pero que nunca se muestra del todo. El universo personal de las aficiones, la estética privada; la posibilidad de mostrar otra mirada. La imagen y las facilidades que ahora tenemos para manejarla me permiten un camino a la inversa: puedo mostrar también de forma gráfica algo parecido a la primera visión que tengo cuando escribo. Es aún embrionario, pero cuando se logra, la satisfacción resulta inmensa.

Quizás por eso me gusten tanto estas fotos que sacamos en Bath: porque reflejan, de una manera muy fiel, lo que revoloteaba por mi cabeza hace veinticinco años. Dicen que cuando encuentran la paz los fantasmas dejan de dar guerra. Ya veremos.

He cumplido la promesa que en su momento le hice a Loredana. Y, aunque aún quedan ciertos flecos, nada que cuarenta o cincuenta años de vida más no pueda solventar, creo que estoy cumpliendo la que me hice a mí también.

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Las imágenes fueron tomadas por la Pen Camera de Nika Jiménez en Bath, en Octubre, por supuesto, frente al Museo Holburne. El precioso vestido de punto de seda negro con encaje es de Mango y puede comprarse aquí. Llevo pendientes de diamante propios, y una amapola de esmalte que compré en las Assembly Rooms de Bath el día anterior.

Donde siempre es Octubre puede comprarse aquí.

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A bordo de La nave del misterio, Cuarto Milenio (Cuatro TV)

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Mi última entrevista en un programa de televisión no  era en absoluto convencional: “Cuarto Milenio”, el programa sobre los fenómenos extraordinarios de Iker Jiménez, me invitó a que abordáramos el papel que todo lo misterioso supuso en la vida (y muerte) de Teresa de Jesús. Allí, en el impresionante plató de Cuatro, aparecimos “Para vos nací” y yo, y allí nos enfrentamos qué había de cierto o no en sus experiencias extraterrenales, sus visiones, sus éxtasis… y a algo más mundano y siniestro, como el destino de su cadáver, y cómo fue convertido en gran parte en reliquias. Hubo, además, su toque de tensión: el programa coincidía con el referendum griego, de forma que el inicio se demoró mucho más de lo que pensábamos: los sufridos espectadores nos vieron en mitad de la noche.
Si vestirse para la tele presenta siempre las dificultades de las que ya hablaba en otra entrada, la iluminación y el barroquismo del set de “Cuarto Milenio” exigían un cuidado especial. Por suerte, contamos con la ayuda de las maquilladoras, que conocen perfectamente dónde y cómo va cada foco, y que aplicarán los productos adecuados para que las cámaras no nos hagan parecer zombies (no llamarían la atención en ese programa, por otro lado). Podéis comprobar que fuera del plató y con otras luces, en la foto con Iker, por ejemplo, parece que lleve exceso de corrector.

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CuartoMilenioEspido3Como lo adecuado era un color plano y vivo, llevé un vestido de DKNY en un azul intenso, casi klein, con algo de escote y una silueta clásica. Lo combiné con unas sandalias Marypaz, de tacón altísimo, con entretejido dorado. El bolsito de Purificación García es una pieza única que me diseñó para la publicación de mi libro “Cuentos malvados”. Los pendientes son de plata y lapislázuli, antiguos y el anillo, de plata y nácar, contrastaba con la manicura de OPI; pero mi joya preferida es la que podéis ver prendida en mi vestido: un broche victoriano con el ala de una mariposa azul protegida bajo un cristal, que compré en York, y que me parece todo un enigma en sí mismo.
Podéis ver el programa y mi intervención aquí. Porque a quién no le gusta un poco, en el fondo, lo inexplicable, ese temblor en la garganta, ese toque helado en la espalda…

 

Día a día.

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Hace unos años mi armario sufría una grave esquizofrenia: de prendas cómodas, kimonos, caftanes y chaquetas de punto herededadas (siempre me negué a los pijamas o los chándales) saltaba a vestidos de cóctel y gala. No había espacio para pantalones, salvo un par de vaqueros que usaba para el senderismo, ni para camisas ni trajes, excepto por un momento puntual en 2002 en el que compré dos, uno rojo y otro de raya diplomática, durante la promoción de “Cuando comer es un infierno”.

Por un lado, se debía a mis gustos personales: del mismo modo que prefería que me quemaran en la plaza pública a meter en mi casa un sofá convencional de tres plazas, no encontraba nada atractivo en las uniformes y formales sugerencias para la oficina, o en esa adolescencia prolongada de lycra y vaqueros que proponían a las mujeres de mi edad. Por otro, mi trabajo se desarrollaba muy lejos de un entorno convencional. O bien escribía, traducía o corregía en la seguridad del hogar;  o bien, fuera de casa, impartía conferencias o acudía a presentaciones y eventos más formales.

Los tiempos han cambiado, mi sistema de trabajo también, y los cursos de formación, las asesorías, y las reuniones matutinas se hicieron más frecuentes. Muchas mujeres han optado por el teletrabajo, con lo que la oferta de ropa confortable y casera ha aumentado, también. De todas maneras, no me siento del todo cómoda en este terreno un poco grisáceo del casual. Imagino que necesito algo de drama, incluso en mi vida cotidiana. Prefiero el exceso al aburrimiento. No sé cuándo maduraré…

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Superada ya mi alergia a los vaqueros, una opción para un día de trabajo sin demasiados sobresaltos podría ser parecida a esta: vaqueros setenteros de H&M con un kimono corto en raso rosa claro (pantone 189C, para no definirlo con adjetivos cursis), de Shangai Tang,  y unos salones de tacón de aguja de Paco Gil. El brazalete de metal, con una escena hindú, viene de un mercadillo de Londres, y el broche de esmalte del s. XIX, húngaro, resulta imprescindible para que el escote no se desboque (algunos kimonos se atan con tiras interiores, pero no es el caso).

¿Regreso a casa? Fuera tacones, fuera brazalete (porque choca contra el teclado del ordenador; a continuación mi gatita Rusia lo tira al suelo, lo mira caer y se va), una coleta y el problema ya es otro. ¿Sobre qué escribo hoy?