Rosa inglesa

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Durante los viajes nos permitimos algunas cosas que no nos toleraríamos en casa: compras de recuerdos que no usaremos nunca, hacernos trencitas, o tatuajes temporales que parecen fuera de lugar en el mismo momento en el que salimos del avión. Promesas, o comidas, o hábitos que quedan atrapados en el interior de la burbuja del viaje, y que de allí, fosilizados como los recuerdos, volverán cada vez que miremos las fotos.

En eso pensaba en el Viaje al País de Jane Austen cuando miraba, como si no las hubiera visto nunca, las ovejas, las vacas, las fincas divididas por setos de la campiña inglesa. Recordé mucho ese orden, esa fascinación británica por no abandonar nunca del todo el campo, cuando Galicia comenzó a arder unas semanas más tarde. Nuestra mirada al campo, como a la historia pasada, ha mezclado siempre vergüenza y desprecio, una negación de lo que hemos sido a favor de un futuro que no sabe integrar el pasado.

Pensaba en el lento abandono de nuestros pueblos y de las aldeas, en las lindes cubiertas de abrojos y en la manera en la que malviven agricultores y ganaderos. En el latifundio. En el minifundio.  Seguí pensando en ello incluso en la casa de Jane Austen en Chawton, en su colorido jardín y sus visitantes, que acuden a centenares a la casa donde vivió una escritora. En el escandaloso mal uso de las subvenciones, y en la necesidad de un cambio inminente de esa mentalidad y esa reorganización, por el bien de todos. De todos. Incluidos las turistas que, con un abrigo rosa demasiado elegante para un paseo campestre, se acercan a mirar el morro pintado de unas vacas amables, e intentan aprender qué pueden hacer, que están haciendo mal en su país.

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El precioso abrigo de pelo (sintético) y rosa es de Mango, y el broche pertenece al abrigo. De la misma marca son los leggins de cuero y el jersey negro de cuello cisne. Los botines son de la firma de Elda Unisa. Y las fotos fueron tomadas cerca de Winchester y en Chawton, en la casa de Jane Austen,  por Nika Jiménez con MyPen Camera.

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“El chico de la flecha” en Madrid

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Faltaba que El chico de la flecha se presentara oficialmente en Madrid: de entre las muchas librerías con un espacio reservado para la literatura infantil y juvenil  Librería Lé fue la escogida, y el día 21 de enero nos reunimos lectores, alumnos, amigos, niños y mayores, para charlar un rato sobre historia, sobre la Hispania Romana, sobre los jóvenes y nuestra responsabilidad hacia ellos.

Conté, por ejemplo, cómo había surgido la idea de escribir esta historia: un fin de semana con mi amiga de la infancia, Valentina, que estaba presente y no podía contener la risa cuando recordaba las anécdotas que vivimos en el colegio, cuando ya torturaba a mis compañeras con obras de teatro, cuentos y ocurrencias. Hablamos de los niños y sus preocupaciones, y de una de las más acuciantes de los padres: que los niños desarrollen el amor por la lectura. De la pasión común que mi editor Pablo y yo sentimos por la antigua Roma y por su legado. Y, en definitiva, de todo aquello que nos une y que deseríamos que nos uniera a quienes queremos.

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Para esta presentación llevé mi abrigo blanco de Promod, con botines de terciopelo negro de Mango, y un bolso reversible (mostaza y de estampado animal ) de Gloria Ortiz. El top de tartan blanco y negro es de Chip Up. Los pendientes con turquesas, de Luxenter, fueron un regalo de María, la bibliotecaria y profesora de historia del IES García Bernalt. El brazalete, de jaspe, lleva la firma de Nockt, y la sortija de oro y zafiro es casi tan antigua como mi amistad con Valentina: fue un regalo de mi comunión. Por último, las gafas son de Musthave.

Las fotos son responsabilidad de Nika Jiménez.

 

Sígueme

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En los últimos tiempos la pregunta ¿Quiénes crees que son tus seguidores? ha sustituido a la de ¿Quién crees que es tu lector? En estos momentos cualquier persona puede obtener un número de seguidores impensable para un escritor, y conocer sus característica como nunca en un pasado predigital.

Sin embargo, para mí el misterio de quién me lee o quién me sigue continúa; me interesa más saber qué mueve a alguien a darme su favor que el perfil de esa persona, que, por otra parte, en mi caso, continúa siendo muy variopinto. Hombres y mujeres, de una franja de edad inusualmente amplia, con aficiones y procedencia geográfica muy diversa. Alguien que se identifica con la diversidad de temáticas y de intereses, mi itinerancia (nacida en el País Vasco, de familia gallega, residente en Madrid, viajera impenitente…) y un discurso que intenta ser incluyente y  movido por la curiosidad.

¿Funcionan los hashtags? En ese caso, en los míos pesarían la literatura y la formación, siempre los libros y el arte, la cultura, la naturaleza y los animales, la moda y su relación con la sociedad, la cosmética, la belleza, (física y abstracta), los viajes, la gastronomía y…

Es decir, nada demasiado original, pero tampoco con un enfoque mayoritario. ¿Por qué, entonces, tengo la satisfacción de ver que mis seguidores suben de día en día, dónde está el truco? Eres escritora, me dices, no sois atractivos para las redes. ¿Por qué a ti te va bien?

Creo que se debe a que durante toda mi vida he contado historias, y que los nuevos medios necesitan crear contenidos. A diferencia de en los textos literarios, o en las columnas de opinión, puedo jugar con el humor, puedo mostrarme gamberra o hablar sin prejuicios de temas considerados frívolos. Hago que mis gatas participen, recomiendo un rimmel o muestro una prenda, me río de mí misma o muestro la parte teatral y solemne que siempre he necesitado. Creo que transmito que en mi vida hay coherencia en mis aficiones, que se entrelazan y forman parte de mi creación y de mi obra. E intento todo eso con el máximo respeto por quienes me siguen, tanto nuevos como veteranos.

No soy tan superficial como para fingir que los seguidores no tienen importancia: en un momento como éste, en que el caprichoso mundo de las comunicaciones y las editoriales se muestran más volátiles que nunca, el crear un vínculo directo con quienes te siguen resulta de vital importancia. Ellos son la diferencia entre el abismo y continuar atrayendo el interés de editores, medios de comunicación y marcas. Yo vivo, como siempre he hecho, de mi trabajo. Y sin personas que deseen escucharlo, leerlo o verlo, carezco de sentido.

Por eso mimo y cuido todo lo que puedo a quienes se acercan a mis redes, en particular, a Instagram. Devuelvo likes y comentarios, cuando puedo. Procuro responder a las preguntas que se me hacen. Soy muy clara respecto a la atención negativa, que no premio nunca, y mucho menos los insultos o provocaciones. Intento sorprender con mis textos y darles pie a ellos en cada foto para que se expresen. Intento aprender cada día un poco más de fotografía, para que mis imágenes aporten algo; sigo y admiro a los mejores en bodegones, estilismo, creatividad, moda o paisajes. Yo misma hago y compongo mis bodegones, y decido y planeo la mayoría las fotos en las que aparezco. Cuido con esmero mi atuendo y mi apariencia, porque a través de ellas construyo una identidad con la que continúo luchando; si gusto, es mi mérito. Si no, mi entera responsabilidad.

Creo que resulta vital el que muestro con honestidad las luces y las sombras de mi vida, y dejo claro lo que no se ve de los triunfos, y lo necesario que es salir de los baches. Siempre muestro mi mirada.  No hablo de lo que no sé, ni recomiendo lugares, libros o productos que no he probado. Agradezco de corazón los elogios, pero no soy sensible a la adulación. Tengo mi punto de locura y de extravagancia, y lo disfruto. Intento ser feliz. Siempre me gustó la fotografía, y desde que mi hermana me empleaba como modelo para su primera cámara, cuando yo tenía 5 añitos, me he divertido ante un objetivo. No pretendo ser lo que no soy; pero lo que soy, está ahí, y no creo que deba pedir disculpas por ello.

Esas son las claves que sigo, y las satisfacciones que obtengo son tan enormes que deseaba compartirlas, por si a alguien más pueden resultarles útiles: no hay atajos. Pero mi camino ha sido este.

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Para hablar de seguidores rescaté unas fotografías de mi estancia en Clermont-Ferrand; en ellas llevo jeans negros de Blanco (la ironía es evidente) y una chaqueta bordada con abalorios de Stella McCartney para HM.  El jersey de cuello alto (o cisne, por continuar en plan irónico) es de la misma marca. Llevo zapatos abotinados de charol de Paco Gil y un bolso de mano de Gucci. Uñas oscuras de OPI y maquillaje de L’Oréal Durante esa sesión, que comenzó con mis inocentes paseos por el parque ante la cámara me vi involucrada, sin comerlo ni beberlo, con una pareja de cisnes que decidieron salir del agua y comenzar a seguirme. Yo esperaba, ellos esperaban. Yo avanzaban, ellos también. Cisnes, obviamente, con buen gusto, que reconocieron en mí toda una serie de virtudes… ¿O serían haters que decidieron boicotearme las fotos? Ya nunca lo sabremos, pero eran tan monos…

La historia no está escrita: dentro de “Juego de Tronos”

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Recuerdo mi primera conferencia pagada como si me la hubieran encargado ayer: devorada por la responsabilidad, totalmente convencida de la importancia de lo que iba a decir, como si algo de lo que hiciera o dijera pudiera cambiar el mundo, decidí que hablaría de la importancia de la ficción como una herramienta para sanar al individuo y a la sociedad. La titulé “Defensa de la fantasía” y me sentí una rebelde sin causa en un país dominado por el gusto costumbrista y la telebasura, y donde la imaginación se consideraba un estorbo. Tenía 23 años y un montón de tortazos contra la pared de la vida esperando por mí y mi inocencia.

Desde luego, eso era antes de que George R. R. Martin fuera un fenómeno masivo, y de que, primero las novelas de Canción de Hielo y Fuego, y luego la serie Juego de Tronos  viniera a trastocar todo lo que conocíamos en ficción televisiva y fenómeno fan. Antes de que quienes habíamos soñado con mundos imposibles, historias entrecruzadas que proceden de nuestro imaginario colectivo y de las sagas familiares más relevantes, y, por qué no, matar a un par de enemigos de la manera mas sangrienta posible, nos sintiéramos por fin arropados y comprendidos.

Como muchos seguidores de la serie, he estado aguardando por la nueva temporada con una disimulada impaciencia. En la madrugada del 24 al 25 de abril, sabremos si lo que hemos fantaseado, los “y sis” que genera cualquier buena historia, se ven confirmados o no. El secreto, el no querer saber nada, forma parte de ese encanto: una necesidad de vivir el momento con esa mezcla de placer y de ansiedad que tan bien sienta, y que tanta adicción provoca.

Por eso, cuando Canal Plus Series me pidió que participara en La historia no está escrita, y ofreciera mi análisis de Juego de Tronos reviví aquella noche en la que redacté mi primera conferencia, y esgrimí lo que sigo defendiendo: que existen muchas vidas, que pueden ser vividas en abstracto, que no es necesario experimentar para sentir: que en las peripecias de Jon Snow, de los Lannister o de la Khaleesi nos encontramos nosotros, esa extraña bilocación de lo que somos y lo que deseamos. Que unimos nuestro destino al de personajes imaginarios que la perversa cabeza de un escritor ha concebido, y que nos mantiene en vilo, que nos hace llorar, o enamorarnos, o callar, respetuosos (como ha ocurrido después de alguna matanza memorable, o de una pérdida inesperada) por respeto a una tragedia que continuará resonando en nuestra cabeza durante mucho tiempo.

De eso (además de contestar a las preguntas que me hicieron) hablé en el documental que podéis ver en distintos pases durante los meses de abril y mayo (los horarios se encuentran en la web de Canal Plus Series) ; y, sobre todo, de la pasión que me inspira una ficción tan exquisitamente rodada, en la que cada detalle está cuidado con un mimo que ha abierto un camino nuevo en muchos sentidos, y que, además, ha contado con escenarios españoles: Sevilla, Osuna, Navarra, Girona, Peñíscola, Almería y Guadalajara.

Y, a quienes no se han acercado aún a esa serie, o a las novelas, solo puedo decirles que nadie puede meter a empujones a otra persona en un mundo en el que no lo desea. Pero que yo no deseo salir de él.

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Dos ocasiones he tenido para sentarme en el Trono de Hierro: la primera fue en el Congreso de Literatura Fantástica Celsius, al que estaba invitado el propio R.R. Martin. Pero en ese julio tórrido decidí no hacerlo. La segunda fue tras la grabación del documental: y entonces pensé ¿por qué no probar? ¿Qué se siente cuando se posee tan poder, tal fuerza como la que otorga el trono? Todo parecía encajar: mi vestido vintage blanco, el cinturón de plumas, los botines de ante. Rozaba con los dedos el Poder de los Primeros Hombres.

Oh, si estuviera en mi mano, si estuviera en mi poder, qué gran emperatriz de los Siete Reinos sería…

 

Clermont-Ferrand. Agua y fuego.

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Los lectores de Astérix recordarán esa viñeta en la que el humillado jefe de los galos, Vercingétorix, arroja sus armas a los pies de Julio César, vencido. Para aplastárselos sin piedad, según sus dibujantes.  Pues bien, este muchacho, hijo de muy buena familia gala, de las de toda la vida, había nacido en Auvernia, en el corazón de Francia, en el entorno de lo que ahora es la ciudad de Clermont Ferrand.

Yo no conocía esta zona, aunque he recorrido el país de norte a sur y de este a oeste en conferencias, congresos, presentaciones, vacaciones y reportajes. Por cierto, uno de los más interesantes fue el que escribí para Yo Dona http://www.elmundo.es/yodona.html sobre cómo la gripe aviar afectaría a la producción de foie de Aquitania y Midi-Pyrénées; un producto en el que se basaba toda la economía de la región, y que en aquellos momentos peligraba, porque todos íbamos a morir por la gripe aviar. Luego todos íbamos a morir por la gripe A. Luego, por el ébola, y ahora, a lo que parece, cada cual tendrá que arreglárselas para agenciarse su propia muerte. Así son los recortes.

De alguna manera, me las había arreglado para saltarme el centro francés, hasta que me pidieron de la Universidad de Auvernia http://www.u-clermont1.fr/ que impartiera una conferencia con el optimista título de “Cuándo la comida se convierte en angustia y cuándo en placer”. La Universidad se encuentra siempre entre los primeros puestos de calidad docente en Francia, y en esta ocasión organizaba un congreso sobre “Literatura y cocinas” en la que se dio de todo: cocineros, escritores, periodistas, talleres, clases en escuelas de hostelería… ese tipo de mezcla sin complejos de oficios, técnicas, cultura y vida práctica que a me encandila.

El maridaje de literatura y gastronomía es cosas seria en Auvernia. En un país de quesos, los de la zona goza de gran fama: 5 de ellos cuentan con denominación de origen protegida. Los embutidos salados, la diminuta lenteja verde de Le-Puy-en-Velay (exquisita en hamburguesas) merecen la pena. Hay buenos vinos, también.

Dicha que fue mi conferencia, en la que intenté incidir sobre todo en la parte del placer, no me quedaba demasiado tiempo para disfrutar de esa zona inédita; para otra ocasion quedarán los volcanes, y los bosques, y el magnífico gótico de la región. La ciudad es pequeña y con un encanto provinciano muy particular.

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Hay personas que habrán comenzado a bostezar antes de que haya finalizado la palabra Gótico. Y sin embargo, qué enorme belleza tienen esos edificios y sus esculturas, incluso para quienes no sepan una palabra de historia del arte, o haya tenido una mala experiencia con ella, un profesor aburrido, una asignatura obligada. El gótico de Clermont rebosa de figuras esbeltas y espectaculares, expresivas y cantarinas. El pórtico de la catedral de Nuestra Señora de la Asunción puede leerse casi como un cómic, las vidrieras derraman una luz colorida que narra el Génesis, el Apocalipsis. Como los modernos graffitis, el gótico contaba en las paredes lo que el pueblo ya sabía: pero a diferencia del street art, era la versión oficial, aquella alfabetización que se suponía que cualquiera debía adquirir.

Aquí, por ejemplo, se celebró el Concilio en el que Urbano II (una presencia recurrente en la ciudad) declaró la guerra a los infieles: es decir, puso en marcha la Primera Cruzada. Era un orador apasionado y convincente con un gran amor por los logos: él decretó que los cruzados llevaran una cruz roja sobre el hombro en sus vestiduras, iniciando una moda que caló hondo.

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La piedra porosa y negra de muchos de los edificios de la ciudad (no olvidemos que es una zona volcánica) parece, en un principio, manchada por la contaminación: cuesta acostumbrarse a su precioso color, que le da una gestualidad distinta a las esculturas, a sus pómulos y ojos. Durante una época se construyó en esa traquiandesita oscura. Después se empleó piedras más claras, como la que adorna la preciosa fachada de la Ópera, que ofrece además una programación bastante interesante.

Clermont-Ferrand, la cuna del genial y brillante Blaise Pascal, ofrece también la cercanía de Vichy, la de las mil fuentes de agua, tanto potable como termal. Hay más de cien tipos de agua mineral registrados. Entrelazados, el agua y el fuego, la lava y los minerales le dan a la región un carácter único. No es extraño que Vercingétorix la defendiera hasta el final.

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Últimamente se da la circunstancia de que llueve en casi todos los viajes que realizo. Como consecuencia, mi cabello recupera sus rizos. En Clermont- Ferrand hacía frío, y a riesgo de asemejarme al muñeco de Michelin, cuya factoría se alza en la ciudad, me puse mi plumífero preferido, de Zara,  ligero y cálido. Botines de ante protegidos y cómodos, de Unisa, y un vestido estampado que compré en París, en una boutique sin nombre del distrito 6. El empedrado puede resultar duro para los pies, y más aún para los tacones, pero es una ciudad que hay que recorrer así, para luego tomar un café en la plaza de la catedral,  y detenerse a soñar con el pasado.

Cómo sobrevivir a las críticas destructivas

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Cuando alguien me pregunta consejos para convertirse en escritor, nunca me olvido de decirles que se preparen psicológicamente para las críticas malintencionadas. En realidad, es una recomendación que extendería a cualquier persona, si tiene intención de ser feliz; porque la búsqueda de uno mismo, de sus fines y sus objetivos, removerá aguas, sin duda,  y en esas aguas yacen tormentas ocultas.
A diferencia de otras personas que se manejan perfectamente con la atención negativa, o incluso con la polémica buscada, a mí no me gusta que hablen de mí, aunque sea mal: No en vano uno de mis libros está dedicado a Los malos del cuento, cómo sobrevivir entre personas tóxicas. Aún me agradan menos los cotilleos, las murmuraciones, ese tejido de podredumbre que rodea a cualquier persona que se mueve o que levanta la voz. Las escucho si me llegan, pero lo hago como un peaje que sé que debo cruzar. Eso no significa que no acepte el cuestionamiento, la opinión contraria, o las sugerencias: es más, me encanta la discusión constructiva. Pero ha sido al cabo de los años, y de una piel de rinoceronte creada por supervivencia, con lo que he aceptado la parte interesante de las críticas realizadas con acritud. He debido obligar a mucha gente a salir de su área de confort, porque sin ser consciente ni mover un dedo para dañar a nadie me he enfrentado a ataques a veces infames, muchas veces anónimos, la mayoría completamente inesperados. No me gustan, pero forman parte de mi vida y de mi carrera profesional.
La crítica duele. Como dardos clavados en las niñas de los ojos. Pero es una fuente incuestionable de crecimiento personal. A mí me obliga a desarrollar la empatía, la reflexión, la autocrítica. En muchas ocasiones, una frase difamatoria o que yo sabía que era falsa me ha llevado a una tormenta de ideas para evitar, en lo posible, que pudiera repetirse. Lo contrario a admitir una crítica es el convertirse en un dictador, al que hunde, sin excepción, la falta de oponentes.

Lo más edificante, y por lo tanto, lo que me resulta más difícil de todo este proceso, es que refuerza mi humildad. Frente a una crítica hiriente, me fuerzo a pensar que esa persona cree tener la razón y que puede que la tenga. Me recuerdo que puedo cometer errores que ni siquiera veo, y que debo admitir que eso conlleva consecuencias: el disfraz de invulnerabilidad frente a todo sólo se mantiene a costa de un aguante insostenible en el tiempo, y que pasa una factura psicológica muy alta. Rebaja mi nivel de exigencia: no importa lo mucho que trabaje, haga o me esfuerce: siempre habrá alguien a quien no guste, no lo aprecie o se sienta ofendido. Y me recuerda que recibir aprobación y cariño supone un gran orgullo, pero necesitarlo genera mucha ansiedad, porque si no se consigue, la decepción es brutal, y se convierte en un objetivo en sí mismo que nos aparta de emplear la energía en lo que deseábamos.

Creo que estamos en una sociedad en la que confluyen dos movimientos opuestos: por un lado, la crítica feroz, constante y abierta hacia cualquier persona o hecho expuesto. Por otro lado, se intenta fijar un limite a esa crítica: las leyes se abren al  maltrato psicólogico, al acoso laboral o escolar, y se comienza a demandar de manera incuestionable respeto hacia el diferente; por color, religión, ideología u opción sexual. Es posible, aunque algunos no sepan cómo, expresar un desacuerdo, o incluso el rechazo, sin resultar destructivos. Es necesario que existan opiniones distintas, que la discrepancia enriquezca nuestra visión, que seamos capaces de escuchar, rectificar y cambiar de parecer; y nada de eso se favorece con la malicia.

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Para hablar de las críticas me he colocado una coraza plateada, este vestido de una edición especial de HM. Largo, ceñido y elástico. Botines de Sacha London, jersey de Jil Sander y bolso de charol de Prada. El maquillaje, en este caso, es de Lancôme. Quizás no sea mi outfit más dulce, pero al fin y al cabo, si van a hablar de una hay que darles motivos de vez en cuando…

Por qué los 70, por qué…

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Este otoño será setentero o no será: o, más bien, esta temporada adoptará como propios algunos rasgos, casi de caricatura, de cierta estética setentera, que en muy poco tiempo nos avergonzarán e intentaremos negar. Desde el punto de vista de la estética, los 70 fueron horrorosos: sólo los superarían los 80. Este años se ha rescatado o reinterpretado una amalgama de flecos (todo lleva flecos, y cuando digo todo, es TODO), ante (sobre todo, ante con flecos), pamelas de fieltro, pantalones de talle alto y campana amplísima, chalecos desmesurados, pieles de pelo largo, o al menos, voluminoso, vestidos y camisolas con retales, encaje, gasas y demás veleidades del estilo boho; y lo que es peor, se propone lucirlo todo junto.
La verdad es que casi mejor morir de un solo golpe, porque estas piezas son tan reconocibles, o dicho de una manera más sutil, poseen tanta personalidad, que contagian cualquier combinación más neutra, y por lo general, la inclinan hacia el lado oscuro. Un vaquero con campana no puede ser disimulado: una pamela de fieltro, por mucho que la guapísima Chiara Ferragni intente negar la evidencia, es una pamela de fieltro y pertenece y retrotrae a los 70. Los 70  no se adaptan: una se rinde ante ellos, se disfraza de ellos.
Por otro lado, estas prendas, rescatadas de tías o madres que en su momento eran las extravagantes de la familia o adquiridas antes de ayer en tiendas contemporáneas, son dificilísimas de llevar por mujeres mediterráneas con formas rotundas: muestran cortes que sólo favorecen a mujeres muy altas y muy delgadas, a las que, por otra parte, favorece casi todo. Con el agravante de que han de ser muy jóvenes, o mantener un aire aniñado, porque no existe estilo que aporte a una mujer madura mayor aire de estar ligeramente trastornada y vivir con un mínimo de tres gatos (ejem). No por algo las señoras que mantuvieron la elegancia y el saber vestir durante esa década pasaron por alto casi todas esas veleidades, y vistieron como marcaba un Yves Saint Laurent, un Courrèges, o, traducido en mujeres, Jackie Kennedy (incuestionable, auque nunca ha sido muy de mi agrado), la Hardy, con sus vestidos estructurados y, en el otro extremo, la Rampling, abanderada de los estampados vaporosos. O, en una versión más accesible, vistieron como la mamma que propone Dolce&Gabbana, (la de negro y encaje, no la de vestidos pasteles con rosas de lentejuelas, preciosos… pero esa no es la cuestión).
¿Qué nos queda que pueda salvarse? Los estampados psicodélicos, a quienes le gusten, las enormes gafas de sol, tan chic, la minifalda, los tacones altísimos y cuadrados, mucho más cómodos, las texturas del terciopelo, la pana y el ante, la gama de colores, y el regreso de los sombreros, capas y tocados, que es de agradecer. La libertad en las mezclas, y, una vez más, la capacidad de divertirse con la moda y expresarse a través de ella, que es, al fin y a cabo, de lo que se trata este cambio constante de estilos y formas.
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAOtro día os hablaré de la crisis enérgética, de la evolución del feminismo y de la Transición, que ya analicé en Mileuristas. Hoy nos quedamos con un vistazo rápido a varias piezas representativas: el vestido-camisola vintage muy corto, pero ya que una va a parecer una mesa camilla de tamaño medio, al menos, se permite lucir pierna. En solitario porque aún hacía buen tiempo, pero cuando el frío apriete, añadiría un pantalon o unas medias tupidas; los botines de ante de Mustang con (cómo no), flecos, los pendientes florales de Adolfo Domínguez, y la pulsera de piedras semipreciosas. Cabello suelto y maquillaje ligero, aunque el look también soportaría un trazo agresivo de eye-liner, o incluso un toque de lápiz blanco.
Las fotos fueron tomadas en el Jardín de la Viña, en Ávila.

Paseo por la Isla de San Luis, París

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¿Qué se visita en París cuando no se tiene tiempo para nada? Para mí un paseo que me permite todo (compras, novedades, un rincón privado, mi porción de kitch turístico) gira en torno a la Isla de San Luis, o Île de Saint-Louis, un territorio diminuto, que hasta hace 300 años se usaba como pasto para ganado, y que recibe su nombre por el rey Luis IX, que recibió a mi princesa Kristina de Noruega en su paso por Francia (La flor del norte).
La isla se recorre en un momento: un puñadito de calles con dos de mis galerías preferidas, tiendas de bisutería y de regalos de diseño, restaurantes, creperías y heladerías, una iglesia (Saint Louis en la Île) con un reloj amarrado con cinta americana, como si se fuera a escapar, y con un rico pasado literario: aparece en En busca del tiempo perdido, de M. Proust, en Las babas del diablo, de J. Cortázar, sirvió de escondite al famoso bandido Cartouche. A tiro de piedra se alza Notre Dame, inseparable de su jorobado de V. Hugo, y uno de los puentes que la comunican con tierra firme, el Puente de las Artes, carga con miles de candados, como manda la moda de Tengo ganas de ti, de F. Moccia.

Si se avanza un poco más, entre las mareas de turistas y las parejas de novios que eligen el Barrio Latino para su reportaje de fotos, nos encontramos con una de las librerías más famosas de París: Shakespeare and Company, un centro de culto para cualquier escritor o lector que conozca los nombres de quienes pasaron por la librería original, fundada por Sylvia Beach en 1919 y por la refundada por George Whitman en 1964. En el piso inferior se encuentran novedades y clásicos en lengua inglesa, y en la superior, en un caos intencionado, varias habitaciones con intención más de santuario para los amantes de la literatura que de librería.

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1  Con tanto color y ruido a mi alrededor, me fui al clásico de los clásicos de la ropa informal: una camisa blanca, de Zara, de una sencillez cuáquera, y unos vaqueros de Suiteblanco. El bolso de encaje negro me lo regaló mi madre, y como en todos los bolsos de madre, cabe medio París en él. Perlas como pendientes, y una cadenita de platino. Sin colgante.

 Durante una primavera real, norteña, con fríos repentinos y claros abrasadores, el abrigo de entretiempo resulta esencial; yo me llevé este de Laurèl, que aportaban un un poco de diversión con su estampado de leopardo. Me parecía aún más importante escoger un calzado adecuado para los empedrados y asfaltos parisinos: los botines de tacón medio, blancos, de Marciano, aguantaron bien el trote. A mí en estas fechas me hace ya falta una protección solar muy alta (otro día hablaré de ello), y un maquillaje suave, de Clarins.

 No da tiempo a más, quizás a adentrarse en la calle más estrecha de París, la Rue du Chat qui Pêche. Para avenidas, jardines y más grandezas, habrá otros días.