Lugares recordados

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No he viajado a la mayoría de los lugares en los que he estado. Los he soñado, he leído sobre ellos, los he visto en cualquiera de los formatos en los que la cultura audiovisual, de la que soy tan hija como de la escrita, me los ha mostrado. En los últimos tiempos, más que encontrarme en sitios nuevos, los he recordado.

No solo se recuerdan los edificios y los paisajes: también las atmósferas, el tiempo y los tiempos. Antes de haber vivido un otoño perfecto, de hojas doradas y rojizas que caen sobre un césped británico, lo hemos visto incontables veces. Hemos paseado por avenidas versallescas, y junto a ríos en los que Ofelia se ahoga una y otra vez, en los que aparecen cadáveres misteriosos y se resuelven enigmas. Hemos sido doncellas en apuros y aventureros que surcaban el río, piratas de agua dulce y el detective que se pierde en la niebla, mientras las hojas caen.

Esa capacidad creativa, fascinante, del ser humano para bilocarse y ampliar una existencia por lo demás demasiado pobre para lo ricos que son el cerebro y la imaginación explica dónde nacen las historias y la fantasía. Es lo que permite disfrutar por anticipado cuando se planifica un viaje, y sentir una felicidad muchas veces ya vivida cuando nos encontramos allí, junto al río de Ofelia, bajo las hojas doradas, en senderos que ocultan recovecos y misterios. Por eso viajo, por eso leo, por eso veo cine, y me pierdo en Instagram, y supongo que por eso escribo. Para no irme, nunca, de los lugares en los que nunca he estado pero que recuerdo una y otra vez.

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La prenda en torno a la que gira este look es la falda plisada, en un dorado metalizado, de Mango, que podéis encontrar aquí. Tiene tanta presencia que el resto de las prendas (un jersey de cuello cisne, unos salones sencillos, y una gorra liutenant) son negras. Un pequeño bolso cofre con un bordado chinesco de pájaros y flores, de Mango.

Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en Sydney Gardens, en Bath, junto al río Avon, muy cerca de la primera casa en la que Jane Austen habitó en la ciudad, y que se encontraba en Sydney Place nº4. Por estos mismos senderos por los que yo camino paseaba ella, soñando, sin duda, con lugares sobre los que escribiría y que luego nos haría recorrer a tantos lectores siglos después.

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Viaje a la tierra de Jane Austen (II) El Bath romano

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEn nuestra primera jornada  iniciábamos el viaje a la tierra de Jane Austen en un Bath muy diferente al que veremos hoy: el clásico, el trazado por los romanos en su no muy exitosa conquista de la Isla, a la que sin embargo apreciaban por sus explotaciones mineras (sobre todo de plomo) y sus ostras.

Cualquiera que me conozca un poco puede imaginar que soy una gran aficionada a la historia griega y romana. Cualquiera que me conozca de verdad, sabe que ha sido una loca obsesión desde la infancia. Yo recitaba genealogías de dioses y emperadores como otros las alineaciones del Bilbao Athetic. Desde aquí pido público perdón a quienes han tenido que padecerme en esa faceta; pero me temo que tendrán que seguir soportándome. Además, muy pronto habrá sorpresas en ese frente…

Los romanos llegaron a Inglaterra en diversas oleadas, si bien la colonización general de la isla se llevó a cabo durante el gobierno de Claudio (a quien luego el británico Robert Graves dedicaría la magnífica novela histórica Yo Claudio). Cómo olvidar, por cierto, esta gloriosa escena de la serie de la BBC en la que Agripina y Nerón conspiran contra un pobre Derek Jacobiaquí.

Claudio se ganó así el sobrenombre de Britannicus. Tan orgulloso estaba de ello, que ése fue el nombre de su único hijo: Tiberio Claudio César Británico. El prometedor mozo fue asesinado por su primo-hermanastro Nerón, que lo envenenó cuando tenía apenas 14 años. Eso entraba dentro de las estadísticas de la época: morir por orden de Nerón se convirtió en la primera causa de mortalidad de aristócratas.

Uno de los generales de las legiones romanas fue, precisamente, el futuro emperador Vespasiano, cuyo reinado sirve de marco de otra excelente saga romano-policial, la de Marco Didio Falco, en este caso de la también inglesa Lindsey Davis. Más que recomendable también.

Los romanos eran gente práctica y con muy pocas ganas de perder el tiempo: asimilaban todo lo que podían, rebautizaban dioses y reformaban lo que se les pusiera por delante. Cuando llegaron a Bath encontraron allí un santuario celta en torno a un manantial sagrado, de aguas calientes y curativas, cuya diosa guardiana era la misteriosa Sulis. Tras un rato de profunda deliberación, decidieron llamar al lugar Aquae Sulis, (las aguas de Sulis), repararon en que Sulis tenía un parecido casi increíble con su Minerva y no le dieron más vueltas al asunto.

Desde el inicio fueron conscientes de la importancia de aquel emplazamiento, y de que las aguas eran magníficas para enfermedades de la piel y muy buenas para otras dolencias interas: Claudio ordenó que se adecentara el santuario en torno a los años 60 del siglo I, y las termas que le siguieron ganaron popularidad hasta el punto de que atrajeron a peregrinos y enfermos de todo el imperio, y el conjunto llegó a ser un santuario rico: se descubrieron una docena de miles de monedas romanas, una ofrenda altísima. En torno al siglo V, las termas fueron abandonadas, y las cualidades curativas de las aguas de Sulis fueron olvidadas casi por completo durante más de mil años.

Entonces, a finales del siglo XVII, el doctor Thomas Guidott escribió lo que sería el panfleto turístico y publicitario definitivo de Bath. Su Indagaciones sobre el agua de Bath despertó una fiebre balnearia comparada a la que se vive hoy en día. Uno no era nada si no visitaba la pequeña ciudad spa y tomaba sus aguas, estuviera enfermo o no. La ciudad se revitalizó y se llenó de preciosas construcciones neoclásicas. El país que odiaba a sus invasores romanos descubría su amor por ellos, viajaba a Roma, leía Los últimos días de Pompeya de Bulwer Lytton y las mujeres imitaban el estilo de vestir de la época.

Los viejos baños también se reformaron: la preciosa estructura que aún hoy se conserva procede de esa época, y abraza el manantial sagrado, un Museo Romano, las Termas, e,integradas junto a ellas, las Pump Rooms, unas salas coronadas con una impresionante cúpula transparente donde la buena sociedad eduardiana se reunía para tomar el obligado vaso de agua milagrosa, altamente mineralizada y bastante repugnante al gusto. Beau Nash, el árbitro de la elegancia de su siglo, dio el visto bueno a ese hábito, y Jane Austen acompañó a su padre enfermo a beberla hasta que el reverendo murió.

En la actualidad es posible tomar allí el té y una magnífica selección de dulces, y también el agua, que brota de una fuente, directamente sobre el manantial original. Se puede pasear por las cercanías de las piscinas, si bien estas se encuentran vedadas al baño por razones de control sanitario. Su intenso color verde se reaviva cuando el sol del atardecer dora la piedra de Bath: las esculturas de los emperadores romanos luchan contra la erosión, y la piedra se destruye por las mismas cualidades minerales que curan enfermedades. Algo muy antiguo, un resto de lo sagrado, se filtra entre la roca y gotea. Es un lugar especial, bello e íntimo, pese a la afluencia de visitantes.Por cierto: se descubrió que tienen cierta radiactividad

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La tarde de otoño en Bath era tan luminosa, tan cálida, que era posible llevar un vestido sin mangas. El que escogí, en uno de mis colores preferidos, el azul klein, era de Joseph Ribkoff, un corte clásico con una abertura transversal en el escote. Lo combiné con pendientes sencillos y un anillo complicado de Luxenter. El bolsito antiguo está confeccionado con un mantón de Manila aún más antiguo. Las Termas era, y son, un lugar para ver y ser visto. En mi caso, solo quería mirar y pensar.

Naturalezas vivas: los nuevos bodegones

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Aunque lo aclaro en infinidad de ocasiones, me preguntan con frecuencia si yo soy quien hago y fotografío los bodegones de mis redes sociales. La respuesta es que sí: salvo las fotos en las que aparezco, firmadas muchas veces por Nika Jiménez, mi jefa de prensa y mano derecha, o por (in)voluntarios fotógrafos espontáneos, yo saco el resto de mis fotos. Paisajes, detalles, gatitas, y, por supuesto, los bodegones, que son, con diferencia, mis fotografías preferidas. En esta entrada explicaré, como prometí a los seguidores de Instagram, cómo los  hago.

Todo comenzó en el salto a Instagram: en otros medios la cubierta de un libro bastaba para reconocerlo, pero en una red tan visual, mis recomendaciones espidianas quedaban tristes y poco atractivas. Faltaba el elemento sensorial. Muchas blogueras de moda insertaban, en vez en cuando, un libro o una revista entre sus prendas de ropa, o su maquillaje. ¿Por qué no probar qué pasaba con un  viaje al contrario, e introducía elementos como zapatos, o cosmética, o joyas, en las fotografías que incitaban a la lectura?

No era una idea nueva, ni siquiera muy original: pero yo no lo había hecho antes, y me permitía jugar con un lenguaje desconocido. Nadie me libraría de la acusación de frivolidad, que se combina, sorprendentemente, con la de ser demasiado intelectual: pero haters gonna hate, y para ello da igual un selfie, un bodegón, o el apoyo a una buena causa.

Poco a poco, mientras me familiarizaba con la aplicación y mejoraba mi cámara o teléfono (en la actualidad saco las fotos con un Samsung Galaxy S6, aunque espero cambiarlo pronto por el S7) introducía elementos más atrevidos, o enfoques diferentes. La obsesión por las naturalezas muertas me venía de lejos, y de familia. En una de las imágenes podéis ver mi libro Melocotones Helados sobre un bodegón pintado por mi madre. Me recuerdo de niña, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, absorta frente a los bodegones del Barroco, y no en vano la protagonista de mi Premio Planeta es pintora, y la escena final transcurre en un museo. Vayan aquí diez puntos que he aprendido y que sigo.

1.- Uso luz natural: en muy raras ocasiones, una lámpara led, y nunca flash ni, de momento, focos, aunque no lo descarto. Por las mañanas, empleo la luz que entra por el Este, y a primeras horas de la tarde, la que se cuela por las ventanas del Norte. Linda Lomelino recomienda la luz septentrional siempre que se pueda.

2.- Creo que el consejo de que se emplee un fondo blanco tiene más que ver con la norma publicitaria para que un producto destaque que con la estética final. Yo usaba el reverso de un cartel de Soria Moria en cartón pluma, colocado sobre mi bañera, pero comencé a dudar cuando vi los bellos arreglos florales de 5ftinf sobre una mesa muy gastada. Ahora disparo muchas de mis fotos sobre una mesa de la que pensaba deshacerme, porque su baño de pan de plata se deterioró, pero que decapé y cuyo acabado me encanta.

3.- El plano cenital (o zenital, de zenit, el momento en el que sol alcanza su máxima altura) ha dejado de ser mi preferido; pero hay muchas ocasiones para usarlo, por ejemplo, en los muestrarios o knollings, que fotografían con maestría 1924us, con su material de dibujo o Laura Ponts, en su variante foodie. Ahora busco el plano natural (a la altura de los ojos, tridimensional), el picado y el plano aberrante (ladeado, en ángulo). De todo se aburre una.  No me subo a una escalera, ni coloco los objetos en el suelo, porque no lo hice así desde el principio, y ahora me he acostumbrado a usar alturas cómodas.

4.- En ocasiones, planifico las fotos. Si me aburro en el metro, o en cualquier sitio, trazo un pequeño dibujo esquemático como punto de partida. De esa manera tardo muy poco luego en hacerlas.

5.- Pero no las fuerzo: no compro flores, ni macarons para las fotos (aunque lo cierto es que casi siempre tengo flores frescas en casa, bien lejos del alcance de Rusia). Empleo lo que he cocinado comprado o encuentro por medio ese día. A veces sobre la mesa se aburre durante una semana un objeto o una barra de labios, hasta que le encuentro el momento adecuado en la foto correcta. O parto de la laca de uñas que llevo. O de la fruta que me he traído del huerto de mis padres.

6.- La laca de uñas  no es una mención casual: en la inmensa mayoría de los bodegones, mi mano, o al menos un dedo, aparecen en uno de los ángulos. Es casi una marca de la casa, una firma.

7.- Como a casi todo en estos momentos, intento darle un uso terapeútico a los bodegones. Me ha permitido revisar mi menaje, los pequeños adornos domésticos, y otra infinidad de cacharritos de decoración más. Como soy una acumuladora profesional (a Marie Kondo le daría un jamacuco conmigo) me viene muy bien remover qué tengo y qué no y darle uso, tirar aquello que me trae malos recuerdos, pasar un paño y ordenar de nuevo y, por supuesto, jurarme que intentaré simplificarlo todo. Y lo cierto es que disfruto mucho más de lo que tengo.

8.- Procuro ser original, aunque hay modas, y una no es impermeable, existen productos de temporada (estamos abandonando los tulipanes y comienza la epidemia de las peonías), y, sobre todo, la influencia de los estilistas realmente buenos es tremendamente contagiosa. Tras ver las preciosas tostadas de Sandra Van den Broek solo quiero troquelar pechuga de pavo y fotografiarla. O se manifiesta de otras maneras: veo las geniales locuras que se le ocurren a EleMentaFresca con un clip y unas pajitas de refrescos o que Laura Ponts (la menciono de nuevo porque tengo muy reciente su libro Art Foodie) incluye letras en sus composiciones y paso de la admiración a la envidia resentida (por qué no se me ha ocurrido eso a mí antes), de ahí al berrinche, luego a la depresión, y finalmente  a asumir que una hace lo que puede con el material y el talento a su alcance.

9.- Lo que el ojo ve no es lo que la cámara ve. Aunque no hago demasiados cambios de objetos y atino con lo que quiero en volumen y color, casi siempre tengo que rectificar la distancia y el ángulo entre ellos. No uso filtros predeterminados, pero sí edito y corrijo algunos de los valores de la fotografía.

10.- Me divierto, disfruto durante el ratito en el que preparo y saco la foto. Esa es la razón por la que comencé con los bodegones, y por la que continúo. Si lo que muestro es un libro, me parece una bonita manera de rendirle homenaje. Si se trata de cualquier otro objeto, apreciar su color, su packaging, o su diseño es otra manera de valorarlo. Otras veces, me sirve como excusa para contar una historia. Sea como sea, es un momento que ansío, que preparo y que me aporta felicidad en sí mismo. Si además les gusta a quienes lo ven, ¿qué más puedo pedir?

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En este caso rescaté un dibujito que había hecho en el que mi inicial, la E, destacaba en un plato decorado, sobre una tela o un papel rasgado, y unas flores sueltas en colores similares. Jugué con varios platos y bajoplatos, probé a sustituir las flores por las cuentas de un collar roto, y finalmente eliminé el papel, y no separé los iris. Me pinté las uñas con un esmalte de OPI. La letra de chocolate es de Hema.  También había una F, pero me la comí. Están riquísimas. El vestido bordado lo compré en Niza.

Yo (no) trabajo desde casa

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Una pregunta que se le formula a menudo a los escritores tiene que ver con cómo se concentran o trabajan en su casa, en su despacho. Cada cual responde lo que le parece, según el grado de personaje, sinceridad o misterio que deseen transmitir: mi realidad es que raras veces trabajo en casa, salvo en los momentos en lo que finalizo libro (y no siempre). Como en todo, en la vida literaria existen picos y valles, que coinciden con ferias, días del libro, cursos de verano o promociones.

Aunque las cosas han cambiado drásticamente tras la crisis, para mí fue imprescindible el aprender a concentrarme de manera rápida e intensa en casi cualquier circunstancia. En los buenos viejos tiempos en los que escribía columnas de opinión semanales los imprevistos eran constantes. Recuerdo dictar una, por el móvil, desde la Terminal 4 del Adolfo Suárez de Madrid, minutos antes de embarcar, porque por algún azar no había llegado. Y escribir otra contrarreloj en la garita del portero de un instituto; la responsable había borrado, por error, mi columna, y no llevaba el ordenador encima. El grueso de mi trabajo diario no consiste en escribir: es más bien el resultado. Las lecturas previas, la reflexión, la información, el estudio, los encuentros con estudiantes y lectores, el preparar clases y cursos, y conferencias y ponencias, y, en mi caso, mi vinculación con marcas y otros proyectos, se llevan gran parte del tiempo. Por suerte mi carácter se adapta mejor a periodos intensos y breves de trabajo.

Cuando hace unos años asomó la amenaza de crisis, a raíz de mi libro Mileuristas me pidieron que impartiera unas conferencias sobre el trabajo a distancia, la eficiencia o no que suponía, y si, al fin y al cabo, resultaba rentable para el empleador. Si los medios tecnológicos estaban a la altura, por facilidad y por acceso, y si psicológicamente existían beneficios. Mis conclusiones fueron al mismo tiempo positivas y bastante devastadoras: la mentalidad de trabajo de mi país no se adaptaba con la suficiente rapidez a los cambios a los que nos enfrentábamos. La idea de no supervisar constantemente al trabajador ponía muy nerviosos a algunos jefes, y en especial a mandos intermedios cuyo cargo se justificaba con añadir presión al empleado. Costaba creer que las jornadas de trabajo podrían tener una flexibilidad mayor, y, sobre todo, no alargarse innecesariamente. Se dinamitaba gran parte del peloteo, al eliminarse las ocasiones de los cafés, las partidas de golf y las copas o los cotilleos tras el trabajo. Aunque todos estábamos de acuerdo en que se favorecía la conciliación, y que mejoraba la atención a personas mayores, discapacitados o niños, se revelaba una inusitada resistencia, por parte de los varones, sobre todo, a asumir esa responsabilidad.

Fueron unas conclusiones sorprendentes, sí, pero que adelantaban lo que ocurrió: de manera general se mantuvo el marco convencional de trabajo, y fueron las nuevas empresitas, pymes o emprendedores los que, a la fuerza, comenzaron a producir, distribuir y darse a conocer de otras maneras, en las que las redes sociales y las nuevas tecnologías han resultado esenciales. Por lo tanto, cada vez más personas trabajan como lo hacemos la mayoría de los escritores que yo conozco, como sus propios jefes, por lo general, malos jefes, obsesionados por una productividad que no se alcanza, en realidad, nunca, con jornadas inacabables, noches sin dormir, aumentando hasta lo ridículo pequeños problemas y con dificultades para distinguir el tiempo libre del tiempo de trabajo. Qué suerte, ser tu propio jefe es una de esas preguntas que deberían servir de atenuantes en caso de agresión por sillazo en la cabeza. Sin embargo, las ventajas que enumeré antes, si se logra ser sensato, continúan intactas. Y se une otra, un pobre consuelo, en realidad. Los empleados por cuenta propia, los que trabajan en casa, o donde sea, a salto de mata, serán los pioneros de toda una generación que trabajará así.

De hecho, cada vez más empleados por cuenta ajena están descubriendo que deberán adaptarse a una flexibilidad mental, espacial y temporal mucho mayor que la que tenían.

Me gustaría hablar otro día de la productividad como imposición, y de los problemas psicológicos que conlleva, pero creo que ya me he extendido lo suficiente. Ánimo y sensatez, horarios y prioridades, son las cuatros claves para que la manera de trabajar sin horarios, ni supervisión, ni espacio fijo sea sana y provechosa. Y pasión: sin ella, nada, con ella todo merece la pena.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERALa especie de juego de las sillas que muestran las fotografías es real: muchas veces comienzo en un lugar que me parecía agradable y finalizo en cualquier otro, por las corrientes de aire, la mala luz o el ruido. Las fotos fueron tomadas en la Residencia Universitaria de Clermont Ferrand, mientras anotaba algunas ideas para relatos, (que acabé por ser rechazar, todas menos una, que es bastante buena), me estiraba para que mi espalda no acabara hecha un ocho, descansaba un poco, escribía algunas claves para mi nueva web y de vez en cuando me acordaba de mirar a cámara.

El atuendo era muy informal, unos jeans negros de HM, y un top de Zara de gasa bordada que me encanta. Un poco largo para ser un crop top, pero corto para ser un top top como Dios manda. Descalza, que es como estoy casi siempre por casa, y muy contenta, como casi siempre que me siento con ideas y energía. ¿Sois vuestro propio jefe? ¿Os gustaría serlo? ¿No, por favor, gracias? Siempre me resulta interesante saber de los trabajos de los demás. Con el mío ya os vais familiarizando.

Paseo por el pasado

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En otra ocasión os conté que, pese a ser una precoz acumuladora de recuerdos, libros y prendas, apenas había heredado prendas de mi madre de esos jugosos años 60, 70, y 80, que harían ahora las delicias de cualquier amante de lo vintage. He de decir que esa orfandad de prendas tiene su lado bueno: amigas y lectoras me han regalados ropa que sus hijas no aprecian y que yo tengo como oro en paño, y he trabado estrechas relaciones con las dueñas y dependientas de tiendas de segunda mano.
Cuando, hace poco, le comenté a mi madre esa situación, se indignó muchísimo; primero, de que lo contara. Después, le echó la culpa a los armarios, y su escasez en numero y metros cuadrados en las casas modernas. Y por último, el culpable final y definitivo resultó ser mi padre, no tengo muy claro por qué, y creo que él tampoco, pero por si acaso, nos callamos los dos. En definitiva, rectifico: y, para corregir mis errores, hoy saco a pasear una de las chaquetas que sí conservo de mi madre, para que no se diga.

Bromas aparte, me resulta muy querido llevar una chaqueta de ella que, además, fue cosida por ella: las puntadas perfectas, el forro verde dispuesto con un cuidado del que yo sería incapaz, el toque de modernidad que se aprecia mejor ahora que en su momento. Mi madre ha sido siempre elegantísima, y posee una gran intuición creativa. Era una modista arriesgada, autodidacta cuando no encontraba quién le enseñara lo que ella pretendía. Quiso tener un trabajo propio y ser independiente en un momento en el que el ideal de la mayoría de sus amigas era muy otro. Cuando idealizamos el pasado yo recuerdo a todas esas mujeres inteligentes y brillantes que, como mi madre, eran veinteañeras en los años 60, y que carecieron de las oportunidades que se merecían; el mundo estaba cambiando y ellas lo sentían, lo percibian pero, lejos de los centros de influencia o de las ciudades europeas o americanas en las que eso ocurría, no pudieron explotar su potencial. Es fácil reducir la historia a quienes destacaron, vivieron al límite, o rompieron límites. En su entorno de influencia, a su nivel, muchas madres y abuelas abrieron su camino callado, nos inculcaron valores, ideales o maneras de comportamiento que no fueron menos revolucionarias que las evidentes y visibles.

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La chaqueta de mi madre es de un paño formidable, beige, con cuadros verdes, grises y pardos, y grandes botones de pasta. Apreciad el corte y la impecable factura. Aunque es anterior en el tiempo a los vaqueros setenteros de HM, de talle alto y abotonado y gran campana, me parece que se complementan bien, y que suaviza un look que de otra manera sería excesivamente folk, y que así se adecúan bien a una estética urbana, pero femenina. La blusa de lazo viene de Mango. Los complementos, por otro lado, son los pendientes blancos muy simples que me encantan (los estoy coleccionando en varios colores), un anillo muy elaborado de Art Wear Dimitriadis, zapatos blancos de charol, de Úrsula Mascaró, y una bolsa con un collage bordado de Frida Kahlo que compré hace muchos años a un artesano, en La Habana. Las fotos están sacadas en Madrid, en Goya con Alcalá, muy cerca de un Starbucks por el que suelo recalar, y he aprovechado para comprar unas margaritas como regalo para una amiga, Alma Cupcakes, que tiene su taller muy cerca, en la calle Montesa.

En fin, si la ropa no nos despertara emociones, qué aburrido sería hablar de moda…