Llamadme Alejandra llega a Madrid

OLYMPUS DIGITAL CAMERAParte del universo literario se encuentra entretejido con mitos creados por el cine, las novelas y las series de televisión sobre el mundillo, casi siempre ejemplos estadounidenses o franceses: desde Truman Capote con sus fiestas abarrotadas de esbeltos cisnes, al irreal  estilo de vida de Carrie Bradshaw, la imagen popular del escritor ha oscilado entre el tópico del bohemio que escribe en las barras de los bares en sus ratos de lucidez, a la torre de marfil necesaria para la creación, a… Las presentaciones de los libros también distan mucho (muy a nuestro pesar) de las imaginadas por lectores o escritores novatos. Los feroces años de la crisis las han limitado a lo básico, cuando no las han eliminado.

Pero he de decir que mi novela Llamadme Alejandra ha sido una excepción en este sentido, y fue presentada a la prensa y a los amigos de la profesión en Madrid el día 7 de Abril, en el hotel Intercontinental de Madrid: el mismo en el que Ava Gadner, en sus años de gloria y fiesta, fijó su residencia, y sembró la ciudad de anécdotas y de leyendas. Anfitriones impecables, me sorprendieron al final de la celebración con una tarta que reflejaba con fidelidad la cubierta de mi novela, literalmente devorada en poco tiempo.

Pasé gran parte del día, las horas previas y las posteriores, atendiendo a la prensa: Telva, El Español, Antena 3, Objetivo Bienestar, Joly, diversas agencias. Radio Nacional… perdí la cuenta. Después llegaba la convocatoria de prensa, los discursos, la presentación en sí, y uno de los momentos más esperados, la conversación entre Javier Sierra, y quien escribe. Javier, amigo cálido y consejero infalible, debía estar conmigo en esa mesa. En los últimos meses, meses de cambios y de decisiones, me he marcado el objetivo de trabajar y de pasar mi tiempo con gente a la que quiero. Todo lo demás me resta energía y me parece, a estas alturas, prescindible. Y Javier, con su apoyo constante, ha sido confidente y testigo de muchos secretos de esta novela; era lógico que viera el final de este camino.

Como la novela había aparecido apenas unos días antes era quizás un poco presuntuoso suponer que todos los asistentes habían tenido tiempo de leerla. Para ponerles en antecedentes, la actriz Paula Iwasaki leyó el capítulo 17, que se ha convertido rápidamente en uno de los predilectos de los lectores. He visto crecer a Paula, he tenido ese privilegio como amiga de la familia, me alegro como si fuera propio de su éxito presente, y su futuro promete ser espléndido. Cuando la formación se une al talento y a una educación exquisitamente cuidada, no puede ser de otra manera.

Editoras, representantes de la Diputación de Alicante, y nuevamente, amigos. Amigos entre la prensa, como  el veterano Javier de Montini, siempre tan amable conmigo, o  Moisés Rodríguez, subdirector del Canal 24h, que no paraba de abrazarme, contentísimo. Aunque no aparecen en las imágenes, hubo muchos otros, algunos testigos de mi carrera desde Irlanda. Estuvieron, pese a lo difícil de la hora, queridos colegas como Marta Rivera de la Cruz, que veinte años no es casi nada, y Martín Casariego. A ambos no me llega el tiempo para agradecerles su presencia y su cariño.

Por no faltar, no faltó ni el extintor que me persigue en muchas de mis fotografías, y que mis seguidores de Instagram conocen bien. Allí estuvo, fiel a las normas de seguridad y atento a fastidiar todos los planos posibles al mismo tiempo.

Me supone un esfuerzo hablar de mis emociones en este día: entremezcladas con el sentido de la responsabilidad y con el deseo de que todo saliera bien, la alegría, la satisfacción y el orgullo, y sobre todo, el agradecimiento no me abandonaron. Conservo esos momentos como algunos de los más bonitos de los últimos años. No basta con vivir cada hora: yo he aprendido, en cierta manera, a insistir en vivirlas, con una conciencia mayor, con la sensación de que son fugaces y que deber ser disfrutadas.

Ahora, sin tregua, viajes, firmas, ferias, todo lo posible para que el libro viva y llegue a rincones poco habituales, para que se encuentre en librerías más tiempo del que dicta este momento de fugacidad y para que este Premio y esta novela sea más que una imagen, y más que un recuerdo. Ha finalizado un tramo del camino. Comienza otro.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara la presentación escogí un vestido de Marcos Souza Couture, hecho a medida, y que reservaba para una ocasión especial. Es un little black dress de corte impecable, con el giro de un falso escote corazón con tul transparente, y cremallera visible en la espalda. Repetí los salones de raso nude y encaje de Magrit que estrené el día del fallo del Premio. Le dí también más importancia al  bolso cartera (o clutch), y en este caso rompí mi norma de no conjuntar zapatos y bolso. Como un guiño a Alejandra, la zarina de las perlas, llevé un brazalete de Verdeagua, y el anillo que Chocrón joyeros diseñó para mí inspirado en La flor del Norte y sus secretos.  Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en el Hotel Intercontinental de Madrid.

Ese precioso 7 de abril contaba, por lo tanto, con todos los elementos para que fuera una presentación casi, casi, como las legendarias. A todos ellos, mis más sinceras gracias. Intentaré estar a la altura de ese cariño y de ese esfuerzo común.

“El chico de la flecha” en Madrid

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Faltaba que El chico de la flecha se presentara oficialmente en Madrid: de entre las muchas librerías con un espacio reservado para la literatura infantil y juvenil  Librería Lé fue la escogida, y el día 21 de enero nos reunimos lectores, alumnos, amigos, niños y mayores, para charlar un rato sobre historia, sobre la Hispania Romana, sobre los jóvenes y nuestra responsabilidad hacia ellos.

Conté, por ejemplo, cómo había surgido la idea de escribir esta historia: un fin de semana con mi amiga de la infancia, Valentina, que estaba presente y no podía contener la risa cuando recordaba las anécdotas que vivimos en el colegio, cuando ya torturaba a mis compañeras con obras de teatro, cuentos y ocurrencias. Hablamos de los niños y sus preocupaciones, y de una de las más acuciantes de los padres: que los niños desarrollen el amor por la lectura. De la pasión común que mi editor Pablo y yo sentimos por la antigua Roma y por su legado. Y, en definitiva, de todo aquello que nos une y que deseríamos que nos uniera a quienes queremos.

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Para esta presentación llevé mi abrigo blanco de Promod, con botines de terciopelo negro de Mango, y un bolso reversible (mostaza y de estampado animal ) de Gloria Ortiz. El top de tartan blanco y negro es de Chip Up. Los pendientes con turquesas, de Luxenter, fueron un regalo de María, la bibliotecaria y profesora de historia del IES García Bernalt. El brazalete, de jaspe, lleva la firma de Nockt, y la sortija de oro y zafiro es casi tan antigua como mi amistad con Valentina: fue un regalo de mi comunión. Por último, las gafas son de Musthave.

Las fotos son responsabilidad de Nika Jiménez.

 

Bajo el techo de Bump Green

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Los lugares nos conforman, de la misma manera en la nuestros recuerdos los transforman a ellos. En los últimos años me he esforzado en asignar nuevos recuerdos a lugares nuevos. Es una manera sutil, pero muy eficaz, de transformar nuestra vida. La nostalgia, al menos para mí, resulta inevitable, y no me suele llevar a nada bueno: pero no hay espacio para esa nostalgia en los sitios que descubrimos por primera vez. La sustituimos por la atención, o la curiosidad, o por el momento presente, ese que se escapa en cuanto nos damos cuenta.

Para mí BumpGreen, en Velázquez 11, de Madrid, es el lugar donde quedo con Macarena Berlín, la dulce voz que nos sale al encuentro de madrugada en La Ser en Hablar por hablar. Una mujer de una generosidad y unas cualidades tan difíciles de encontrar como gratificantes; pero es también el espacio que me sorprendió en su inauguración por una decoración ecléctica y arriesgada, obra de Adriana Nicolau, en la que las espectaculares arañas de vidrio se mezclan con las piezas inconfundibles de Guille García-Hoz, donde afirman que la comida tiene alma y que cocinar con paciencia, con productos orgánicos y con imaginación es una manera, (y otra vez sale ese concepto) de transformarse.

BumpGreen es también importante por razones secretas, por lo celebrado allí con una mezcla agridulce de fin de etapa y comienzo de vida, porque este enero gélido me trae cambios que son, como todos los realizados a conciencia, necesarios y dolorosos. Y casi todo lo digno de recordarse hay que celebrarlo comiendo: un hummus con cortezas de bacalao, por ejemplo. O un tartar de salmón, o un postre con su leve toque de caramelo salado. La carta despierta primero la curiosidad y luego los sentidos. Y luego, los sillones amarillos de la entrada invitan al café y la conversación.

Convertimos los lugares en aquello que sentimos. Traspasamos nuestra mirada y nuestras emociones a las paredes. Y eso, a veces, es una declaración de intenciones.

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El look de ese día se componía de un abrigo blanco que ya me habíais visto aquí, unos pantalones anchos de tweed de Zara, una camisa de cuello de tira y pespuntes negros de Mango que estrenaba ese día y que me tiene enamorada, y el bolso Cebra, con estampado animal, de Tatiana Riego.

Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez con mi último juguete, la cámara Olympus E-PL8, mi mejor regalo de Reyes, que me ha traído, literalmente, una visión nueva de las cosas.

Presentación para replicantes en Plasencia

OLYMPUS DIGITAL CAMERACon mi novela juvenil El chico de la flecha estoy disfrutando de varias presentaciones abiertas a niños, a sus padres y profesores; lo habitual suele ser que los esfuerzos se concentren únicamente en dirigirse a los chicos, en sus institutos, en encuentros para el fomento de la lectura.

Si la primera presentación se hizo, como parecía lógico y conté aquí, en Mérida, en el Museo de Arte Romano, rodeada de mosaicos milenarios, de estelas conmemorativas y de magníficas esculturas, la segunda tuvo lugar en la librería que ha recibido el Premio Nacional de Fomento a la Lectura 2016, La Puerta de Tannhäuser de Plasencia.  y de la mano de quien, sin duda, es el lector que mejor me conoce y que más tiempo me ha dedicado, el profesor Samuel Rodríguez: no en vano se ha doctorado Cum Laude en La Sorbona con una tesis sobre el mal en mi obra.

Las bibliotecas son para mí lugares maravillosos: las librerías, en cambio, antros de perdición. Resultan focos irresistibles cuando, como en el caso de La Puerta de Tannhäuser, están pensadas con mimo y atención para que un lector incauto, un replicante,  no quiera salir nunca de allí, con la oportunidad de tomarse un café y de hojear con calma los libros, en este caso de editoriales minoritarias. Además de funcionar como librería online, cuenta con una sección para niños escogida con un primor llamativo. En las estanterías reconocía numerosos ejemplares que habían aparecido en mis recomendaciones espidianas; libros ilustrados, novelas gráficas, reediciones preciosas y clásicos con un aire renovado.

Respecto a la presentación, qué decir salvo gracias: la librería se abarrotó, y de la historia romana pasamos a hablar de educación infantil, de los valores transmitidos a los jóvenes y de la responsabilidad que los adultos asumimos (o no) respecto a un mundo complejo, extraño y cambiante. Dos horas (si me animan a hablar no hay límite a la conversación) de encuentro entre replicantes y lectores.

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Para resarcirme del frío y la lluvia de Mérida, Plasencia me acogió con un sol optimista y jovial; me hice con uno de mis vestidos vintage de los 70, granate, en esta ocasión, de punto, manga larga, y con canesú y un falso obi incoporado. Llevé un collar dorado de LaOneta, y unos de mis zapatos preferidos de esta temporada, estos salones de pitón de Mango. Iba abandonando en todas parte mi bolso de mano de Gucci.  El esmalte de uñas granate es el Malaga Wine de OPI.

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No puedo olvidarme de Samuel, mi atento presentador y anfitrión en Plasencia, de mis amigas por Instagram Flores en tu ensalada, que tuvieron la amabilidad de acercarse a acompañarme, (obsérvese que al final de la presentación estaba ya hasta despeinada) y de Cereza Design, que me regaló el precioso brazalete que llevo en alguna de las fotos. Ni, por supuesto, de la charla y de las confidencias posteriores con los libreros, Álvaro y Cristina, pura vocación, apasionados de los libros y de un oficio al que debemos tanto los escritores. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez.

Atención, Obras

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Cuando hace unos años le pregunté a mi padre qué pensaba él, cuando yo era pequeña, que sería de mayor, me ofreció una respuesta sorprendente. Actriz, dijo. Desde luego, no hubiera sido su sueño; ambicionaba para sus hijas la formación universitaria que obtuvimos, y un oficio intelectual. Tampoco yo fui una de tantas niñas que fantasean con ser actrices. Yo quise ser, por este orden, astronauta, poeta, miembro del cuerpo diplomático y escritora.

En eso pensaba cuando me llamaron de Atención, Obras, el magacín de la 2 que se ocupa de la actualidad cultural, para que les hablara de El hogar del monstruo, y de qué suponía para mí debutar como actriz en el teatro María Guerrero con Abril en Estambul. Por cierto, podéis leer la crítica que escribió Culturamas aquí. Recopilé los recuerdos que podrían resultar relevantes: cómo liaba regularmente a las niñas de mi colegio y las embarcaba en obritas de teatro que yo escribía (y dirigía y protagonizaba y producía), la última y más ambiciosa una adaptación de César y Cleopatra, de G. B. Shaw, que involucró a la mitad de mi clase de 7º de EGB.

Recordé cómo aquello se diluyó cuando comencé a estudiar Canto a los 12 años; todo lo que estudié de teatro desde entonces se orientó a que nos desenvolviéramos con soltura sobre un escenario. Cómo en los cursos de lenguaje teatral aprendí a entrar con ímpetu, a posar delicamente la mano sobre el piano, a modular la mirada y a moverme (e incluso agonizar) de manera que nunca afectara a la emisión de la voz. A los 14 años absorbía con los ojos muy abiertos la manera en la que José Carreras enfervorizaba al público, o cómo Nuria Espert declamaba con su encanto deslumbrante, y los veía a apenas unos metros, en el mismo escenario en el que yo, una soprano jovencísima, formaba parte del coro.

Entonces me auguraban una brillante carrera como cantante; todos, hasta mis rivales, estaban de acuerdo en ello. Lo que ocurrió después lo he contado en muchas ocasiones: mi tibia vocación no pudo superar las dificultades y las amenazas que se presentaron, y me orientó a lo que deseaba hacer: escribir, contar historias. Siempre añoré el escenario, e intenté reproducir lo que aprendí en esos años en las conferencias y los cursos. Siempre chirrío un poco como escritora, siempre asoma ese pasado.

Desde luego, hubo aspectos buenos: el cálido empuje de mi profesora María Folcó, que creyó en mí con una fe casi visionaria, y el de Jose Luis Ocejo, director de la Coral Salvé, que me protegió todo lo que pudo. Estuvo la mano cariñosa de Rose Marie Meister, que tanto me enseñó sobre cómo encarnar un personaje en los Cursos de Música Antigua de Daroca. El apoyo incondicional de mi hermana Mila, que pasó muchas de sus valiosas horas como mi pianista repertorista y paciente profesora, la tenaz perseverancia de Sor Teodora Errasti, que acaba de morir, y que siempre, siempre, creyó en mí. La amistad con el tenor Fernando Latorre, mantenida a través de los años, o las conversaciones con María Bayo, que me ayudó a poner tantas cosas en su sitio.

Hubo cosas buenas.

Sin embargo, la entrevista de Cayetana Guillén Cuervo tomó otros derroteros. Mucho más íntima, mucho más interesante de lo que yo me imaginaba, Cayetana, con una impecable labor de su equipo, se preocupó por llevar las preguntas hacia lo esencial: el bien, el mal, los monstruos. Los miedos, la soledad. La intimidad, la exposición. Me emocionó. Se produjo uno de esos momentos raros y preciosos en la televisión en que olvidas todo porque entiendes a quien tienes frente a ti. Fue un regalo.

También lo ha sido la reacción de quienes lo vieron. Desde aquí, gracias. A los seguidores de Instagram y Twitter, en especial. La entrevista puede encontrarse aquí.

Hubo también algo que no dije: no deseo el menor mal a quienes se comportaron conmigo de manera tan cruel y agresiva que mi única opción fue abandonar lo que quizás hubiera sido mi carrera. Pero son responsables, y lo son de manera inequívoca, de haber provocado un enorme sufrimiento. No valen las excusas de que eran jóvenes, o inconscientes, de que yo era demasiado pequeña o sensible para estar en ese mundo, de que buscaban su futuro o que no sabían que las consecuencias serían las que fueron. La mala excusa de todos los acosadores, de los maltratadores.

No podían prever que aquello me haría abandonar y aborrecer la música durante años, que me causaría un trastorno de la alimentación y provocarían un enorme odio y cuestionamiento hacia mí misma, cierto. Pero sabían que lo que hacían estaba mal. Que unos adultos acorralen a una chiquilla de 14, de 15 años, que la amenacen y aterroricen, que la oigan llorar sola, que la dejen abandonada en una ciudad extranjera, que le roben su material de trabajo, que se burlen y la cuestionen constantemente no tiene justificación. Es intolerable. Lo era entonces y lo sigue siendo ahora. Que saquen ventaja de su inocencia o su bisoñez, que la aíslen cuando se encontraba sin ninguna protección, que bloqueen sus posibilidades de pedir ayuda, que la insulten y humillen día sí y día también puede acabar, literalmente, con su vida.

Me arrojaron a un camino áspero que no tendría por qué haber conocido. Nunca les hice mal alguno, no hubiera podido, ni sabido. Me convirtieron en alguien que deseaba escaparse, que mentía, que creó una coraza incómoda. Lo que era mi don se transformó en una maldición. No les estoy agradecida por haberme obligado a crecer antes de tiempo, ni por haber contribuido, con su maldad, a ser lo que ahora soy. No merecen mi comprensión, ni mi olvido. El perdón no se debe dar por supuesto. Antes, hay que asumir el daño que se ha infligido, y repararlo, si se puede. Yo he perdonado porque me lo debía a mí y a los míos, a quienes también salpicaron, no porque se disculparan. Es más: con el tiempo me ofrecieron explicaciones y apoyo precisamente quienes que no tenían por qué hacerlo.

En Atención, obras hablamos de monstruos. No hay que tenerles miedo. Pero no sirve de nada negar que existen. Hay que combatirlos con energía y vigor, con denuncias y con leyes. Con el rechazo de quienes callan y miran y saben. En mi Abril en Estambul yo lucho contra uno. Tengo cierta experiencia. Sí, ah, sí. Tengo cierta experiencia con ellos.

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Debo el maquillaje y la peluquería de las fotos al departamento correspondiente de RTVE, que trabajaron con las planchas cada mechón de pelo hasta dar con este look. El vestido de algodón, con aires a los años 50, es de Marc Jacobs. Lo combiné con peep toes de Magrit, de charol burdeos, joyas de oro blanco y un bolso geométrico de Salvador Bachiller. Las gafas de sol personalizadas, de Tiwi, fueron un regalo de Tomás Palacios. Las fotos corrieron a cargo de Nika Jiménez, en los jardines de RTVE.

Viaje por Irlanda (VI) Dingle y el Oratorio de Gallarus

20160911_182244El condado de Kerry fue mi siguiente destino, tras las impresionantes cumbres muy borrascosas de Moher (podéis leer sobre ello aquí).

El Parknasilla Resort es un hotel ligeramente distinto a los anteriores: no porque fuera hermoso, tuviera un spa u ofreciera espacios para el golf, sino porque su situación en una pequeña península ofrecía la posibilidad de varias rutas entre la costa y los bosques, incluso por una diminuta isla privada. Rodeado de vegetación exuberante, hortensias de colores intensos y guijarros pulidos, con una sala dedicada únicamente al silencio y galerías con libros a disposición de los huéspedes, albergaba tambien a familias con niños, a los que proponen planes propios.

20160911_182313Me encontraba muy cerca de la Península de Dingle donde se rodó, entre otras, La Hija de Ryan. Si algo había descubierto en este viaje con Pangea era que yo sabía cuándo abandonaba el hotel, pero no cuando regresaba: ni si necesitaba meter las botas de agua o las gafas de sol. Por lo tanto, de cada cambio de ropa hice dos versiones. Una más formal y otra más versátil.

Por ejemplo, la misma camisa blanca y la falda de tul gris de Zara podía llevarla durante el día con alpargatas de cuña, un cinturón trenzado y pendientes de plata noruega.  Pero podía darle un giro rápido con un obi artesano, pendientes de hojas con cristales, un bolso de raso Vasari y unas mules doradas. Como el día amaneció radiante, me arriesgué a llevar una biker de Mango de ante caramelo.

20160911_175630-01Los desayunos se estaban convirtiendo en la mejor parte del día. En el caso del Parknasilla, no perdoné los frutos rojos y la bollería ninguno de los días, mientras disfrutaba del servicio de plata y las cambiantes vistas del comedor acristalado.

20160911_174950Dediqué la mañana a pasear por las rutas que rodeaban el Parknasilla: una de ellas bordeaba el mar, atravesaba una turbera, y se adentraba en la islita vecina, donde los árboles crecían y se derrumbaban con entusiasmo. A veces tenía la sensación de haber vuelto a los años en los que eran niña, y subía al monte con mi padre; el liquen sobre las piedras, los helechos, los crujidos de los troncos en las alturas, las ardillas sin miedo alguno eran los mismos. El territorio de mi novela Irlanda, o de Nos espera la noche se gestó en paseos parecidos.

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20160911_174007Con desayunos de esas características, la comida del mediodía debía, por fuerza, ser frugal: pero al menos para un sandwich había que detenerse en Sneem, uno de los pueblos más bonitos y cuidados de Irlanda. Aunque solo fuera por sentarse en una casa de paredes malvas.

20160911_174120La península de Dingle ha sido considerada uno de los lugares más hermosos de la tierra: además, por su posición, se creyó que era uno de los fines del mundo: como Finisterre, como Land’s End, en Cornualles.  Si se cruzaba ese confín, no se regresaba ya. Más allá había monstruos, y se defendían de los humanos con vientos huracanados, con olas gigantescas y grandes peces de formas extrañas.

La niebla y la bruma, y sobre todo, el viento constante, convierten esa zona en un lugar indómito, de una belleza en moviento continuo. No se deja conquistar, no sabe de serenidad. Invita a domarlo y no a comprenderlo. A aceptar que hay fuerzas y misterios más allá del poder humano.

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9-4Y, sin embargo, solo unos pocos kilómetros más allá se alza uno de los lugares sagrados con más historia y que transmite más paz de toda Irlanda; el Oratorio de Gallarus, una edificación misteriosa, que algunos consideran del siglo VI y otros del XII; , además de un lugar de culto casi ininterrumpido durante siglos, muestra una construcción  paleocristiana fascinante.

Hay que pagar un pequeña entrada para acceder, y entre los muros de piedra y los enormes macizos de pendientes de la reina, posado al pie de una ladera, de pronto, se alza el Oratorio.

20160911_181420-01Tenía que dedicarle un poco de atención a las vacas de la zona: de un precioso color dorado, y una calma proverbial, se encontraban en los alrededores del Oratorio, y contemplaban con curiosidad a los humanos que por allí pasaban. Con tanta curiosidad que estoy convencida de que después, en bovino, cotilleaban sobre nosotros.

-Qué birria de turistas nos han llegado hoy.

-Ya te digo. Donde esté un buen grupo de japoneses…

-¿Y esa que venía con la cazadora de ante? ¿Qué se quería hacer pasar, por una de nosotras?

-Tengo una prima en Moher que me dijo no sé qué de una turista que se dedicó a escalar el acantilado por su cuenta.

-Es que van como locos.

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9-2El Oratorio, que tiene forma de quilla de barco, se construyó siguiendo una técnica casi megalítica: al parecer, tiene un poquito de argamasa en el interior, quizás posterior, pero el encaje de la piedra exterior, suave y uniforme, es misterioso y de una resistencia extrema. Cada uno de los paisajes de esta etapa transmitía una energía propia, inconfundible: y esta zona transmitía la  serena sacralidad de un lugar donde se ha rendido culto a algo invisible durante mucho tiempo. Algo sutil, pero inconfundible. Fuera, la belleza, la calma, la silueta de piedras.

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9-3Dentro, el misterio.

17-1Podéis acompañarme a la etapa siguiente aquí.

Viaje a Irlanda (III). Abadías y bruma

20160823_005648Si en las anteriores entradas os hablaba de Dublín, y de Galway, y de las áreas bajo la influencias de estas dos ciudades, a partir de ahora nos moveremos en una Irlanda mucho más rural, y de paisajes de una intensa belleza. Irlanda, como algunos otros territorios que han sido cantados, descritos y reflejados por infinidad de artistas a lo largo de los siglos, no se descubre: se confirma. Recorremos tierras que hemos  visto ya, con las que ya hemos soñado. Y Connemara, la región que describiré hoy, resulta particularmente propicia a ello.

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El look del día, que hace un guiño cromático al que Maureen O’Hara luce en algunas de las escenas de El hombre tranquilo, tuvo en cuenta la absoluta irresponsabilidad y volubilidad del clima en la zona, que si bien nos deja cielos espectaculares, es capaz de alternar chubascos, sol, bruma, aguacero y sol de nuevo en diez minutos. Una camisa azul de crêpe y una falda tableada, tendencia este otoño, de encaje granate, ambas de Zara. El bolso, con una plancha tallada, es de Chie Mihara, una japonesa afincada en Elda; un colgante de cristal de roca. Me hacía falta una máscara de pestañas resistente al agua, como Grandiôse de Lancôme, y poco más.

Sí, algo más; de la marca de maquillaje Deciem, he descubierto un producto que me resultó muy útil para las fotografías, sobre todo para las realizadas con poca luz. Se llama Hylamide Photography Foundation, y se aplica en solitario o bajo la base de maquillaje. Está pensado para mejorar las imperfecciones de la piel cuando es fotografiada, y funciona: hay varios cosméticos similares, pero éste, en particular, me ha dejado sorprendida. Por lo tanto, muy recomendable para días de bodas, celebraciones o fiestas familiares en las que sabemos de antemano que nos sacarán infinidad de fotografías, si tenéis un blog o si os encantan las fotos y quedar bien en ellas.

El libro de esa etapa fue el conjunto de relatos Al borde del camino, de S. O’Kelly. De una tristeza infinita, profundamente irlandeses, y muy hermosos.

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IMG_20160823_005215Algo muy característico de este viaje fue la extraordinaria riqueza de colorido en las fachadas, los postigos y las contraventanas de las casas recuperadas y los nuevos establecimientos. Todos los colores parecían adecuados para una puerta o una casa entera: rosa, violeta, naranja, aguamarina… Los comercios y los pubs rivalizaban en parterres y jardineras con flores exuberantes: lobelias, petunias, hiedra, geranios…

Los interiores varían menos en materiales: moqueta casi generalizada, frisos de madera, papel pintado. Hoteles, restaurantes, cafeterías y pubs cuentan con wifi gratuito (y en funcionamiento).

Uno de los lugares de visita obligada en esta zona, pese al turismo y sus males, es la Abadía de Kylemore.  No solo la belleza del castillo forma ya parte de la leyenda: su historia se abre paso en la imaginación para convertirla en inolvidable, como el Taj Mahal, o Neuschwanstein, el castillo de Ludwig de Baviera.

La Abadía fue, durante siglos, un paraje deshabitado, un coto con un refugio de caza; el Kylemore Lodge. Sin embargo, a mediados del siglo pasado, una pareja de multimillonarios de Manchester visitaron la zona. Se encontraban de luna de miel, se llamaban Mitchell y Margareth Henry, su familia se había enriquecido con el algodón, y a ella le entusiasmó Connemara. Tanto fue así que cuando Mitchell heredó algo de dinero (más), él cumplió la promesa que tantos recién casados hacen, un tanto impulsivamente, al casarse: te trataré como a una reina.

Y un castillo contruyó: con una estética de cuento de hadas, salones de ensueño, y todos los avances tecnológicos de la época, que en 1870 comenzaban a ser notables. Una de las obsesiones de los Henry era el autoabastecimiento, tanto de energía como de alimentos. La otra, los jardines. El jardín victoriano de Kylemore superó en tamaño a cualquiera de los otros del país. Y la última, y más loable, los Henry se encontraban política y personalmente involucrados con la mejora de la situación de las clases más pobres, que en Irlanda, como en toda Europa, abundaban.

Los testimonios dicen que se amaban entrañablemente, y que, a su vez, recibían una considerable cantidad de cariño, porque eran generosos y se preocuparon porque sus trabajadores recibieran un jornal digno, construyeron una escuela, mejoraron sus viviendas, y las dotaron de infraestructuras desconocidas en el país. Trescientas personas de la zona trabajaban para la enorme finca, en la que además de los Henry, vivían los nueve niños que fueron naciendo.

Entonces, Margareth murió. Regresó enferma de un viaje por Egipto con fiebres, y no pudo superarlo. Tenía 45 años. Su marido, desolado, no soportó permanecer en un lugar en el que habían sido felices. Erigió una preciosa iglesia neogótica, llena de alusiones a la alegría y la calma, y se alejó del castillo encantado hasta que murió, en 1903, y sus cenizas regresaron a Kylemore, para reposar junto a su esposa.

Antes de morir, vendió su castillo a los duques de Manchester, que, como correspondía a su estado y posición, no incurrieron en la vulgaridad de apreciarlo, se arruinaron, y acabaron jugándoselo a las cartas. Lo perdieron, claro.

Y de comprador en comprador, llegó en 1920 a las manos de unas monjas belgas, benedictinas, que habían huido de su país. Su abadía en Ypres había quedado reducida a polvo por los bombardeos alemanas, e Irlanda, que era un país católico y que simpatizaba con los martirizados belgas, parecía un lugar idóneo para fundar un colegio y vivir en paz. Reconstruyeron el castillo y sus alrededores, y lo convirtieron en un internado para niñas de la nobleza y las fortunas internacionales. Anjelica Houston, por ejemplo, estudió aquí. (Este es el momento en el que la imaginación de una niña de los 70 se desboca: cuando daño hizo Candy Candy).

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De un castillo de cuento, a un paisaje encantado. Nos encontramos en mitad del Parque Natural de Connemara, un vasto escenario natural que abarca algunas de las vistas más inolvidables del país, algunas colinas notables, como la Diamond Hill, y los lagos y el fiordo Killary. Las ciéganas, los páramos, los terrenos de turba que se emplearon durante siglo como combustible. Los pájaros que cruzan el cielo cambiante, las ovejas que salpican de blanco algunas laderas. Nada de lo que respira ahora calma y recogimiento nos permiten sospechar que esta ha sido una región que ha padecido un hambre feroz, un empobrecimiento crónico.

La hambruna más grave, cuyos ecos aún resuenan en el inconsciente colectivo irlandés, es la que mató a dos millones de personas entre 1845 y 1849. Otros dos millones huyeron del hambre y la miseria, como pudieron, muchos a Estados Unidos, a Canadá, a Sudamérica. Donde pudieron o les dejaron. Inglaterra no les aceptaba, temerosa de una revolución si el número de irlandeses aumentaba en sus calles. Otros reducen las cifras a la mitad, pero nadie niega el impacto brutal que ocasionó. Las crónicas del hambre estremecen incluso ahora: pueblos fantasmas donde no quedó nadie para enterrar a los muertos, casos de canibalismo, cadáveres con la boca verde por la hierba que ingerían. Mujeres  y niños esqueléticos que deambulaban como podían, hasta caer muertos en los caminos.

Las razones de la Gran Hambruna fueron tan previsibles e injustas como las de otras que han dejado cifras atroces en el siglo XX, en otros continentes. Desde la época de Cromwell, la gran mayoría de las tierras se encontraban en manos inglesas. Los irlandeses, jornaleros o aparceros de los ingleses, poseían o alquilaban pequeñas parcelitas para su subsistencia, en la que plantaban, sobre todo, patatas, alguna col, nabos. El cultivo de las grandes fincas se dedicaba a cereales para la exportación. En los años de la Gran Hambruna se importó, involuntariamente una plaga, el mildiú de la patata. El enemigo se llamaba Phytophthora infestans, un hongo que pudría el tubérculo en la tierra, o lo que era peor, cuando se había almacenado ya y se creía que el peligro había sido conjurado. Lo que fue una epidemia que puso en aprietos a los campesinos de otros países se convirtió en tragedia en Irlanda: no tenían nada más para comer.

El trigo continuó exportándose sin problemas, pero los irlandeses no lo poseían ni tenían acceso a él. La indiferencia general de los dirigentes ingleses, cuando no la acusación velada de que se merecían la plaga puede explicarse por el hecho de que muchos de los que se enriquecían con el trigo irlandés nunca pisaron la isla, ni la veían más que como una inmensa hacienda. No existía ningún vínculo emocional ni con el territorio, ni con los habitantes, celtas, católicos y despreciados.

Es decir, una historia de intereses creados, y de injusticias sangrantes que se ha repetido hasta la saciedad. En el caso de Irlanda, marcó un antes y un después. Los caminos de Connemara, que vieron como sus jóvenes alcanzaban como podían Clifden, o Galway, para embarcarse y salvarse de la muerte, acogen ahora a turistas silenciosos, o a los descendientes de esos emigrantes que nunca olvidaron sus orígenes y cantaron la Isla Esmeralda, sus condados y sus ciénagas inabarcables.

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IMG_20160823_004244El viaje continúa aquí.

 

Viaje por Irlanda (I) Dublín

3.1

Siempre que puedo, prefiero cambiar unas vacaciones tranquilas y reposadas por un viaje. Quizás también tranquilo y reposado, pero un viaje. Este año, sin embargo, he estado a punto de no disfrutar ni de unas ni de otro. Imprevistos laborales, decisiones editoriales, e inestabilidad económica; finalmente las cosas encajaron para lograr meter con calzador unos días de Agosto, y para marcharme a un destino cercano, pero siempre postpuesto.

El vestido es vintage. La maleta, de Salvador Bachiller; no puedo ocultar lo satisfecha que estoy con ella  y la importancia que tiene el contar con un equipaje ligero y versátil para un viaje de estas características, en el que hay que hacer y deshacer maletas en varias ocasiones.

3.2

Mi destino era Irlanda: mi intención, la de conocer con un poco de calma lugares por los que he pasado sin pausa, y otros que solo había visto en la ficción.

Nunca he aceptado de buen grado los viajes organizados: si no sacan lo peor de mí es porque me contengo constantemente, y tampoco estoy del todo segura de que el autocontrol me funcione. Gruño demasiado. Pero por otro lado, tampoco me encontraba ni con la energía ni con el tiempo suficiente como para ir a la aventura o planificar, como suelo hacerlo, cada jornada y cada sitio.

La mejor opción me la ofrecía Pangea, la agencia de viajes con la que ya había probado alguna experiencia en Madrid, y que dio con un equilibrio entre lo que deseaba: hoteles cerrados en un trayecto por toda la isla, y libertad el resto del día, un coche de alquiler y determinadas sugerencias que no me comprometían a nada. De las distintas propuestas similares, la que contraté fue  Irlanda como un lord. Como una lady, en este caso. Te encantarán los hoteles, me prometieron. Castillos, spa… Ya veremos, pensó mi gruñona interior.

No quería que fuera tanto un viaje literario o cinematográfico como que respondiera a mis intereses, que saltan de Joyce y Wilde a los restos de la Armada Invencible que llegaron a las costas de Galway, de la manera en la que se gestiona el campo y la agricultura a los jardines y arreglos florales, de la Gran Hambruna a la I Guerra Mundial. Y, como siempre, comprobar de qué manera se vive en un entorno distinto al mío la herencia y el presente cultural.

Por supuesto, hay tantas Irlandas como se desee: la centrada en los pubs y la Guinness, y en la cada vez más interesante gastronomía de la isla. La de la caza de paisajes, dramáticos e inolvidables. La que sigue los pasos de la música tradicional o de bandas como U2 o The Cranberries. La mía coincide con el mapa de algunos, dejará otros lugares esenciales fuera, y quizás permita descubrir otros.

Como muchas personas de mi generación, yo viajé a Irlanda con 16 años, un verano, para mejorar mi inglés. Pese a los viajes posteriores, la imagen de un Dublín amable y ruidoso, húmedo y verde, permanecía en mi cabeza fijada con la fuerza de la adolescencia. Era hora de mirar todo desde una perspectiva adulta.

El vestido de ese día es de  Zara.

3.4

El hotel en el que me quedé en esta etapa era el Fitzpatrick Castle Hotel, un auténtico castillo reformado y ampliado a cierta distancia de Dublín, lo que le daba tranquilidad espacio y permitía acercarse a pie al cercano Dalkey; tuve la suerte de hospedarme en la que sería la habitación más espectacular de todo el viaje, una enorme alcoba en lo alto de una torre octogonal, con cama con dosel, un cuarto de baño-spa y en la que no faltaba un pasadizo secreto, posiblemente para uso del servicio en su tiempo. Dejé de gruñir porque se me cayó la mandíbula sola.

5.1

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El desayuno, como ocurriría en el resto de los hospedajes, era abundante y delicioso. De  hecho, el problema de dormir en hoteles tan interesantes radica en la tentación de no moverse de allí en todo el día. Poco a poco se gesta el futuro trauma de regresar en algún momento a una realidad sin desayunos preparados, cubiertos de plata, vistas espectaculares y mobiliario histórico. Yo advierto.

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Para este primer día busqué un look clásico y cómodo: una falda de capa beige de Trucco, una camisa blanca de Zara, sandalias de charol beige, y varios pañuelos de seda con los que completar el look. Para la garganta, para el pelo, por si las dudas… El bolso era de Leylashop, y las gafas de sol de Wolfnoir. Una historia de Nueva York de W. Irving encajaba bien, con su humor y su sutil crítica a la constitución de un mito, con el espíritu irlandés. No me hacía ilusiones: en invierno o en agosto, en Dublín, y en Irlanda, en general, llovería a diario.

4.3

Y así fue, llovió en abundancia y con afán discontinuo durante todo el día. Eso dejó cielos espectaculares y espectaculares estampidas en el Castillo, por ejemplo; tres minutos después de esta fotografía la lluvia despejó el campo frente a la Biblioteca Chester Beatty, donde un buen grupo de actores ensayaban al aire libre.

A esta Biblioteca gratuita, que contiene la colección del interesante multimillonario Chester Beatty, irlandés de adopción y coleccionista por afición, merece la pena dedicarle un buen rato. No es apta para postureo cultureta, porque no permite sacar fotos, y nadie sabrá que hemos estado allí, lo que hoy en día supone un buen filtro. A Beatty lo encontraremos en otras instituciones culturales, porque además de bibliófilo, coleccionaba arte, mobiliario, y objetos preciosos de todo tipo. Como los Museos Cerralbo o Lázaro Galdiano en Madrid, nos permiten asomarnos a la particular mente y gusto de estos mecenas, extravagantes y exquisitos.

Mostraban una magnífica exposición de caligrafía musulmana (Lapis and Gold, Lapislázuli y oro).  Como ya nos encontramos en el centro de Dublín, todo está cerca del Castillo y la CBL; por ejemplo, el Ayuntamiento de Dublín.

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4.2

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Dublín celebra en 2016 el Centenario del Alzamiento de Pascua, que se considera la fecha clave para la independencia del país. Mi fascinación por la I Guerra Mundial no es ningún secreto, como saben los lectores de Soria Moria. Irlanda, aún parte de Reino Unido, envió un contingente importante de hombres a luchar, o mejor dicho, a morir, sobre todo al Somme. En mitad de la Guerra, diversos grupos republicanos revolucionarios tomaron varios edificios en Dublín, entre ellos Correos, el punto clave (donde una precisa maqueta de LEGO de dimensiones considerables refleja lo ocurrido), y el Ayuntamiento, y proclamaron la República de Irlanda. El Alzamiento fue aplastado, y sus cabecillas, fusilados, pero ni mucho menos olvidados. Yeats escribió en su poema Pascua 1914 el verso Una terrible belleza ha nacido. La lucha por la independencia sería ya imparable.

Basta con asomarse a la fachada principal para ver el pub Ivy con las ventanas cubiertas con las efigies de los héroes del Alzamiento. La película Michael Collins habla directamente de ese tema, que es tratado o mencionado de manera recurrente en novelas y películas (por ejemplo, en El viento que agita la cebada, o  La hija de Ryan) y no digamos ya en canciones o baladas populares.

Por cierto, por todo Dublín están pintando y cubriendo los transformadores eléctricos con arte urbano. Frente al Ayuntamiento remató uno Iljin.

Atardecía ya cuando llegué al Trinity College.

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Esta universidad mítica, fundada por Isabel I en el siglo XVI y por lo tanto, protestante, mantiene su reputación pese al tiempo y las crisis pasadas. El campus se vuelca hacia el interior, y transmite la sensación de que se ha quedado detenido en el tiempo. Campos verdes, bicicletas, música al aire libre y alumnos que juegan en las áreas deportivas transmiten una imagen casi ideal: tanto que películas como La puerta del cielo de Cimino, o Educando a Rita, de Gilbert, se han rodado aquí.

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La paz y el verdor del campus permiten olvidar que gran parte de la ciudad se encuentra en obras: durante el verano es posible hospedarse aquí, si se solicita con tiempo a la Universidad. Así se puede disfrutar de su Vieja Biblioteca (nada que envidiar a la de Harry Potter) y del Libro de Kells, aunque la entrada es de pago y las colas como para ser tenidas en cuenta. En estas aulas estudiaron Wilde, Beckett, y alguien tan remoto en el tiempo como Swift, el autor de Gulliver.

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Si digo que había obras, no exagero: obras, turistas, lluvia. En fin.

Dublín, recorrida por el Liffey, tiene su referencia en el río, y no en el mar, como Bilbao, aunque ambas ciudades no serían nada sin su ubicación estratégica. Los puentes de la ciudad vertebran y organizan otro paseo posible. Los pubs y los cafés salpican las riberas del río; yo me tomé el té, acompañado por una tarta de zanahoria estupenda, en el Dwarf Jar Coffee Shop. Los precios, comparados con los españoles, algo caros. Y cené unas Fish and chips en el pub Fitzgeralds. Absolutamente turístico, incluso con música irlandesa, pero quería recordar otros tiempos… 4.1

Y desde Dublín marché hacia el oeste, hacia la bulliciosa bahía de Galway…

(Continúa aquí)

 

A tu edad no deberías…

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A tu edad no deberías.

Cómo se te ocurre. En qué estás pensando.

Mira qué pintas llevas. Arréglate un poco.

No hace falta arreglarse tanto.

A tu edad yo ya. A tu edad yo nunca.

No sé lo que se cree. No sé quién se cree.

La lapidación está prohibida. Lástima.

Pintada como una puerta.

Ha hecho siempre lo que le ha dado la gana.

Claro, como no tiene hijos.

Si sus hijos le importaran un poco.

Solo piensa en los niños. Se le ha olvidado ser mujer.

Y lo deja todo ahora, a su edad.

Sus padres, los pobres. Lo que lleva pasado su familia.

Eres muy guapa de cara. Si solo bajaras diez kilitos.

De cuerpo está muy bien. Pero mira qué arrugas.

Se le ha ido la mano con la cirugía.

Con el dinero que tiene, ¿cómo no se hace algo?

Lo que deberías hacer es.

Sólo busca llamar la atención.

Una mosquita muerta. Que son las peores.

Que tus hijos no tengan que echarte en cara un día.

Irse a liar ahora con un jovencito.

Si se le va viendo todo.

Ha subido mucho en poco tiempo. A saber por qué.

A su edad no debería. Yo no. Yo nunca.

Si yo tuviera su dinero yo también vestiría bien.

Está obsesionada con el trabajo. Con el dinero. Consigo misma.

Qué esperas de una divorciada. Qué esperas de una lesbiana. Que esperas de una que se ha casado dos veces. Qué esperas de una pija. Qué esperas de una de esas.

Falsa, más que falsa. Mala madre. Maleducada. Vulgar.  Egocéntrica.

Husmeamaridos. Querindonga. Solterona. Vistesantos. Beatona.

Yo no le deseo mal a nadie, pero.

¿No le vas a dar el pecho?

Yo no la veo guapa. ¿Guapa? Hay mil como ella.

Y con ese marido que tiene. Que le aguanta por el dinero.

Está demasiado delgada. Anoréxica.

¿Y con quién dejas a los niños?

Qué pena, la lapidación.

Siempre me había caído bien, pero.

¿Cómo no va a engordar, si se pasa el día picoteando?

No tiene moral. No tiene principios.

Me has decepcionado.

¿No los mandáis de campamentos? ¿No se quedan al comedor? Ah, ¿se quedan al comedor?

Se ha hecho algo. Fijo.

Cómo has cambiado.

Para mí que el bizcocho no lo hizo ella.

No me extraña que la dejara el marido.

No sé de dónde saca para gastar tanto.

Envidia, un poco. Pero envidia sana.

Un día se le va a acabar el chollo.

La vi el otro día y no quieras saber cómo iba.

Si yo te contara.

Está viejísima.

Qué carácter tiene. Como para decirle nada.

Tiene pinta de sucia.

¿Qué? Tú no entras mucho por casa, ¿verdad?

¿Dónde te metes últimamente, que no se te ve el pelo?

Te lo digo por tu bien. La gente comenta.

Yo no es por criticar. A mí no me gusta criticar.

Pero es que a su edad no debería.

No, no debería.

No debería y punto.

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Shorts bordados- Mango

Top- Cosido por mi madre. Tiene 22 años. El top, no mi madre.

Sandalias- Paco Gil.

Collar- Marisa Bell.

Bolso- Regalo de la revista Telva.

Higienizador de manos- Touchland

Cabello- Aveda

Maquillaje- Sandra Grau

Críticas- Cortesía de la casa.

Las fotos fueron tomadas en el Hotel Sorolla Palace, en Valencia, por Nika Jiménez.

Magia en una Chistera

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El primer sombrero que me hizo feliz fue una pamela de paja que me regalaron cuando tenía 12 años. Hasta entonces hubo otros, sombreros que defendían del sol, otros de lana, o de terciopelo, más gorros, en realidad, que sombreros. Aquella pamela era una declaración de intenciones: aún la conservo y algunos veranos me la pongo. No he crecido demasiado en los últimos treinta años, o al menos mi cabeza mantiene el mismo tamaño.

Escarlata O´Hara, una gran aficionada a los sombreros, dice en un momento dado, en el aserradero, que su cabeza no puede retener nada relevante cuando estrena sombrero. A mí me ocurre al contrario; un sombrero me llena de historias, de argumentos que se escapan en todas las direcciones. Aquello que sin sombrero puede parecer una locura se convierte en realidad cuando me lo pongo.

Cuando abrí la sombrerera verde en la que venía mi preciosa chistera de La isla de los secretos aparecieron varias mariposas de papel y unas flores de hortensia preservadas. La chistera está guarnecida por una cinta de terciopelo azul agua, y delicadas flores de gasa rosas, amarillas y blancas.

La chistera lleva amarrada una mañana de verano, y una fiesta. Quizás una boda en el campo, informal, alegre; un reencuentro. La mujer del sombrero aún no lo sabe. Ha llegado tarde, no ha hablado con la novia, puede que una prima, que se encuentra, como es lógico, con la cabeza en sus propios asuntos. Se ha dirigido directamente al convite, se perdió la ceremonia, el arroz arrojado con saña contra los novios, y las inacabables felicitaciones posteriores.

Sopla un poco de viento, el suficiente como para preguntarse si habrá hecho mal al no fijarse la chistera con alfileres; hay peonías rosadas y hortensias tornasoladas en las mesas, y amigos del novio al que, ya a esas alturas de la mañana, resulta evidente que habrá que evitar.

Entonces le ve. Es tarde para escaparse: apenas le da tiempo a volverse de espaldas y tomar aire, mientras un camarero le tiende una copa de las bandejas que flotan entre los invitados. Es él, no hay duda, y ha venido, cómo no, acompañado, y toda la sangre se le agolpa en los ojos, y no le deja pensar con claridad. Se le ladea el sombrero, los tirantes oscilan con el viento.

Pero la decisión está tomada ya cuando endereza la chistera sobre la frente; esta vez no se escabullirá como una niña pequeña. Respira hondo, y se dirige a él, entre el lento oleaje de las bandejas con bebidas.

-Hola, nena -le dice él, sorprendido, cuando la ve aparecer de improviso-. No sabía que estuvieras invitada. Ha pasado mucho tiempo.

-Hola, papá -contesta ella. Y el sombrero tiembla y se ladea de nuevo.

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Para que el protagonismo de la chistera fuera total, la acompañé con un vestido color vainilla, un vintage de crêpe con tirantes que se anudan en los hombros  y un delicado bordado floral en el escote. El collar con una libélula es de Verdeagua, y el clutch de paja, con un festón de caracolas y perlas, de Ailanto.

Las fotos fueron tomadas en La Rábida. Hacía sol y soplaba un poco de viento.