Una mirada a la MBFW16

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Si nos empeñamos, podemos convertir la Semana de la Moda en algo frívolo. Sí, desde luego, en un terreno abonado para la vanidad, la extravagancia y la ostentación. Si lo deseamos, podemos centrarnos únicamente en su fugacidad, en la interpretación superficial que muchos hacen de la ropa; incluso en la mala educación y la estupidez de algunos de los famosos en la primera fila: un personaje popular idiota que se pavonea ante los fotógrafos nos enseña casi tanto como lo hacen las personas reconocidas que despliegan encanto y buen hacer en las mismas circunstancias. Ambos, por razones distintas, son espectáculos dignos de ver. En mis primeros viajes, cuando era muy jovencita y estudiaba canto, aprendí a fuego a distinguir a las personas recomendables por la manera en la que trataban a quienes se encontraban en puestos de servicio; no, como defienden algunos cínicos, porque siempre se puede sacar algo de ellos, sino porque todo trabajo, desde el menos vistoso al más reconocido, merece el máximo respeto, y resulta necesario en nuestra sociedad.
Por lo tanto, solo alguien que desconozca el proceso que conlleva un desfile se atrevería a menospreciarlo; quien se limite a observar el paso de las modelos con las prendas ve muy poco. En las Semanas de la Moda de Madrid, y ya son una decena las que he presenciado, llevo siempre conmigo a alguna persona ajena a este mundo; y siempre, sin excepción, aprenden algo que llevarse al suyo. La coordinación, la capacidad de improvisación, el trabajo de equipo. Un iceberg invisible de maquilladores, estilistas, patrocinadores, compradores, decoradores, estudiantes, camareros, periodistas, representantes, actrices, planchadoras se mueve bajo la superficie evidente. Resulta fascinante comprobarlo, y, cada medio año, observo absorta el resultado.
Esta temporada he acudido a cuatro desfiles de cuatro firmas respetadas e interesantísimas, y muy distintas. Las cuatro me han vestido en ocasiones: a veces he tenido la suerte de que la prueba (el famoso fitting) la supervisara el propio diseñador: y la manera en la que colocan las prendas, ajustan el cinturón, o se detienen un momento en el tejido cuentan más de la pasión y del respeto por su profesión que la que he encontrado en muchos romances.

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Ailanto se ha convertido en sinónimo de estampados florales y geométricos, que los gemelos Muñoz trabajan e innovan de manera exquisita. Hay algo siempre de etéreo y espiritual en sus colecciones, temporada tras temporada, una cualidad misteriosa y evanescente que se repite, un secreto que esa mujer guarda incluso cuando muestra la espalda o las piernas. Esa característica se transmite a su ropa: vestirse con ella conlleva transformarse en algo ligeramente distinto a carne y hueso, como si la hiedra creciera a través de los dedos y nos revistiera de una seguridad líquida.

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En cambio, los volúmenes de Amaya Arzuaga apelan a otro tipo de seguridad: la única diseñadora de los cuatro desfiles que he presenciado, su propuesta rezuma fuerza, una paleta de colores lisos y contundente que se deslizan hacia el naranja rojizo, o el verde petróleo, pese a que el negro sea, como siempre, su apuesta. Quien lleva Amaya Arzuaga se reviste simbólicamente de fuerza: cuando me visto de ella crezco ópticamente, me siento a gusto bajo prendas que no necesariamente obedecen a la sensualidad convencional. Yo sé lo que soy bajo los puntos gruesos, o las faldas envolventes.

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Acudí al desfile de Ion Fiz en solitario, y por eso no incluyo fotografía en el kissing room con él: sin duda la hay, pero no en mi móvil. Ion ha demostrado ser increíblemente versátil; posee una capacidad creativa camaleónica, y admiro la manera en la que se ha adentrado siempre en terrenos distintos. Como alguien que considera la palabra una vía para comunicarse en formatos diferentes, he aprendido mucho de él. Su colección incluía siete vestidos de novia suavemente dorados, y una interpretación elegante y refinada de la feminidad clásica: pese a su nombre, Severine, basada en Catherine Deneuve, era más dulce y menos oscura que la convulsa protagonista de Belle de Jour.

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La francesa también aparecía como referencia de The 2nd Skin.Co, pero en su aspecto de actriz icónica, junto a otras bellezas de los 70. La seda, declinada en varios tejidos, resultaba casi perturbadora en algunos de sus vestidos flotantes, amarillos, o azules, o blancos: una colección que, a mi entender, comprendemos bien las mujeres que no somos ya tan jóvenes y que hemos descubierto que el erotismo radica más en la promesa que en el cumplimiento, en el gesto que en lo visto. Antonio y Juan Carlos me pidieron unas palabras sobre la colección Soul para la nota de prensa, y elegí hablar, precisamente, de la piel y el alma, lo visible y lo intuido.

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Falta aún tiempo para que encontremos qué será aceptado y qué no de estas cuatro propuestas. Para mí supone una oportunidad más de presenciar, desde un lugar privilegiado, la mirada estos creadores que admiro, y que traducen en prendas preguntas y propuestas que yo formulo de otra manera, a través de historias o de frases. Cada cual habrá captado lo que desee en estos días, o no habrá percibido nada en absoluto más allá de lo que ya miraba. Al fin y al cabo, de eso se trata, de mirar, más que de ser vistos.

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Paseo por el pasado

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En otra ocasión os conté que, pese a ser una precoz acumuladora de recuerdos, libros y prendas, apenas había heredado prendas de mi madre de esos jugosos años 60, 70, y 80, que harían ahora las delicias de cualquier amante de lo vintage. He de decir que esa orfandad de prendas tiene su lado bueno: amigas y lectoras me han regalados ropa que sus hijas no aprecian y que yo tengo como oro en paño, y he trabado estrechas relaciones con las dueñas y dependientas de tiendas de segunda mano.
Cuando, hace poco, le comenté a mi madre esa situación, se indignó muchísimo; primero, de que lo contara. Después, le echó la culpa a los armarios, y su escasez en numero y metros cuadrados en las casas modernas. Y por último, el culpable final y definitivo resultó ser mi padre, no tengo muy claro por qué, y creo que él tampoco, pero por si acaso, nos callamos los dos. En definitiva, rectifico: y, para corregir mis errores, hoy saco a pasear una de las chaquetas que sí conservo de mi madre, para que no se diga.

Bromas aparte, me resulta muy querido llevar una chaqueta de ella que, además, fue cosida por ella: las puntadas perfectas, el forro verde dispuesto con un cuidado del que yo sería incapaz, el toque de modernidad que se aprecia mejor ahora que en su momento. Mi madre ha sido siempre elegantísima, y posee una gran intuición creativa. Era una modista arriesgada, autodidacta cuando no encontraba quién le enseñara lo que ella pretendía. Quiso tener un trabajo propio y ser independiente en un momento en el que el ideal de la mayoría de sus amigas era muy otro. Cuando idealizamos el pasado yo recuerdo a todas esas mujeres inteligentes y brillantes que, como mi madre, eran veinteañeras en los años 60, y que carecieron de las oportunidades que se merecían; el mundo estaba cambiando y ellas lo sentían, lo percibian pero, lejos de los centros de influencia o de las ciudades europeas o americanas en las que eso ocurría, no pudieron explotar su potencial. Es fácil reducir la historia a quienes destacaron, vivieron al límite, o rompieron límites. En su entorno de influencia, a su nivel, muchas madres y abuelas abrieron su camino callado, nos inculcaron valores, ideales o maneras de comportamiento que no fueron menos revolucionarias que las evidentes y visibles.

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La chaqueta de mi madre es de un paño formidable, beige, con cuadros verdes, grises y pardos, y grandes botones de pasta. Apreciad el corte y la impecable factura. Aunque es anterior en el tiempo a los vaqueros setenteros de HM, de talle alto y abotonado y gran campana, me parece que se complementan bien, y que suaviza un look que de otra manera sería excesivamente folk, y que así se adecúan bien a una estética urbana, pero femenina. La blusa de lazo viene de Mango. Los complementos, por otro lado, son los pendientes blancos muy simples que me encantan (los estoy coleccionando en varios colores), un anillo muy elaborado de Art Wear Dimitriadis, zapatos blancos de charol, de Úrsula Mascaró, y una bolsa con un collage bordado de Frida Kahlo que compré hace muchos años a un artesano, en La Habana. Las fotos están sacadas en Madrid, en Goya con Alcalá, muy cerca de un Starbucks por el que suelo recalar, y he aprovechado para comprar unas margaritas como regalo para una amiga, Alma Cupcakes, que tiene su taller muy cerca, en la calle Montesa.

En fin, si la ropa no nos despertara emociones, qué aburrido sería hablar de moda…

Paseo por la Isla de San Luis, París

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¿Qué se visita en París cuando no se tiene tiempo para nada? Para mí un paseo que me permite todo (compras, novedades, un rincón privado, mi porción de kitch turístico) gira en torno a la Isla de San Luis, o Île de Saint-Louis, un territorio diminuto, que hasta hace 300 años se usaba como pasto para ganado, y que recibe su nombre por el rey Luis IX, que recibió a mi princesa Kristina de Noruega en su paso por Francia (La flor del norte).
La isla se recorre en un momento: un puñadito de calles con dos de mis galerías preferidas, tiendas de bisutería y de regalos de diseño, restaurantes, creperías y heladerías, una iglesia (Saint Louis en la Île) con un reloj amarrado con cinta americana, como si se fuera a escapar, y con un rico pasado literario: aparece en En busca del tiempo perdido, de M. Proust, en Las babas del diablo, de J. Cortázar, sirvió de escondite al famoso bandido Cartouche. A tiro de piedra se alza Notre Dame, inseparable de su jorobado de V. Hugo, y uno de los puentes que la comunican con tierra firme, el Puente de las Artes, carga con miles de candados, como manda la moda de Tengo ganas de ti, de F. Moccia.

Si se avanza un poco más, entre las mareas de turistas y las parejas de novios que eligen el Barrio Latino para su reportaje de fotos, nos encontramos con una de las librerías más famosas de París: Shakespeare and Company, un centro de culto para cualquier escritor o lector que conozca los nombres de quienes pasaron por la librería original, fundada por Sylvia Beach en 1919 y por la refundada por George Whitman en 1964. En el piso inferior se encuentran novedades y clásicos en lengua inglesa, y en la superior, en un caos intencionado, varias habitaciones con intención más de santuario para los amantes de la literatura que de librería.

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1  Con tanto color y ruido a mi alrededor, me fui al clásico de los clásicos de la ropa informal: una camisa blanca, de Zara, de una sencillez cuáquera, y unos vaqueros de Suiteblanco. El bolso de encaje negro me lo regaló mi madre, y como en todos los bolsos de madre, cabe medio París en él. Perlas como pendientes, y una cadenita de platino. Sin colgante.

 Durante una primavera real, norteña, con fríos repentinos y claros abrasadores, el abrigo de entretiempo resulta esencial; yo me llevé este de Laurèl, que aportaban un un poco de diversión con su estampado de leopardo. Me parecía aún más importante escoger un calzado adecuado para los empedrados y asfaltos parisinos: los botines de tacón medio, blancos, de Marciano, aguantaron bien el trote. A mí en estas fechas me hace ya falta una protección solar muy alta (otro día hablaré de ello), y un maquillaje suave, de Clarins.

 No da tiempo a más, quizás a adentrarse en la calle más estrecha de París, la Rue du Chat qui Pêche. Para avenidas, jardines y más grandezas, habrá otros días.