Recomendaciones espidianas de octubre

3-1No son demasiadas, porque Octubre trajo viajes y el trabajo en mi propia novela, y con otros libros tuve mala suerte; no me gustaron, y por lo tanto, no los recomendé. Aquí tenéis un puñado de los elegidos.

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Un maravilloso libro de relatos, firmado por Esther Bendahan, que recorre, efectivamente, las horas de un único día a través de personajes muy diversos, en distintas ciudades,  atravesados por el dolor, la duda, la humanidad y la curiosidad. Lo ha publicado Confluencias EditorialUna hora solamente, de la orilla del día se estructura de manera sólida en torno a una idea filosófica y cuántica, una base entretejida en torno al tiempo con una prosa muy bella; y, sobre todo los personajes adquieren una hondura y una conciencia que estremece al lector. Puede adquirirse aquí. Las galletitas con las que acompaño la lectura son de Hema, y el Serum de YLS Beauty Forever Youth Liberator, que estaba probando mientras tanto, es pura magia.

10-2Hablamos de Siria de oídas, conocemos poco su literatura, y menos aún a sus autores. En la tradición oriental de un relato casi inacabable, que mezcla realidad con percepción, Rafik Schami, un autor damasceno pero afincado en Europa desde hace tiempo, nos lleva a una historia de amor que perdura en un Damasco que ya no existe. Conmovedora y hermosa, con unos inesperados toques de humor que humanizan un sentimiento superior, Sofía o el Origen de todas las historias contrapone la delicadeza del amor, de la infancia y de las emociones de un pueblo con la brutalidad de lo impuesto, la tradición y la política. Schami, muy conocido por otras grandes historias, como El lado oscuro del amor, ha sido publicado en Salamandra. La crema de manos de Kenzo lleva el cuidado a otro nivel: no es grasa y puede aplicarme mientras se lee.

16-2Este viejo libro que leí una y otra vez en casa de mis padres despertó un inusitado interés cuando lo recomendé en mi Instagram. Las biografías de Tres mujeres gallegas del siglo XIX, tres escritoras de primera fila, Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán y Rosalía de Castro, están escritas en ese delicioso estilo un poco anticuado; desde luego, no son críticas con las autoras ni sus obras, pero sí ofrece una aproximación a la obra y a la vida de tres mujeres muy nombradas y poco conocidas. Mientras lo releía, picoteaba arándanos desecados y algún bocadito de aguacate.

26-1Una novela policíaca tan fresca como esa manzana verde: Una detective inesperada nos habla de las aventuras de la muy estilosa y muy impávida Phrine Fisher, una chica moderna de los años 20 en una Melbourne muy poco moderna.  Nada, ni un asesinato ni varios se le ponen por delante. Muy ligera, muy divertida, la ha publicado Siruela y deja ganas de más. Mi anillo es de Luxenter, y el esmalte, de OPI.

15-2Cada 15 de Octubre festejamos a Teresa de Jesús, a quien, como sabéis, dedico mi Para Vos Nací de Ariel. Si acompaña con estas viandas manchegas de Malagón, donde la librería Postas me acogió para una conferencia y me cubrió de afecto y de regalos.

20161107_123818Curro Cañete, periodista de, entre otros medios, Vanity Fair, se atreve con una primera novela Una nueva felicidad, de corte testimonial y autobiográfico. Conmoverá a quienes se encuentren en una búsqueda personal, a cualquier edad; amena y con un marcado mensaje optimista, Destino respalda esta historia de lucha y, sobre todo, de sinceridad con uno mismo. Mucha suerte, Curro, y mucha paciencia para el futuro. Quien dijo que esta era una carrera de fondo no sólo acuñó un tópico, sino que reflejó una realidad.

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Ofelia, la única de mis gatitas con criterio (Rusia lee de Pascuas a Ramos lo primero que pilla, y casi nunca lo acaba, y Lady Macbeth es un caso perdido; pero perdido. Todo lo que le gusta es malo)  se aferró a los Cuadernos japoneses de Igort, y ahí sigue. Lógico: Igort, una referencia en novela gráfica, e incluso en documental gráfico, describe aquí con texto e imágenes su fascinación por Japón, su cultura y su dibujo: hay vida más allá del Manga. En los ratitos en los que Ofelia me dejaba leerlos, disfruté enormemente de su lectura. Podéis encontrarlo aquí, y disfrutar de este álbum de viajes, que incluye mucho más. Es de Salamandra.

1-2Octubre ha sido, sobre todo, un mes de preparación para el 200 aniversario de Jane Austen, que celebraremos en 2017. Como sabéis, en otras entradas del blog, como aquí y aquí, os estoy hablando del viaje por la tierra de Jane Austen en el que guié a algunos viajeros y lectores apasionados. Repetiremos el viaje; respecto a mi libro, Querida Jane, querida Charlotte, se encuentra en la actualidad agotado, pero si estáis interesados podéis contactar con nikajimenez@espidofreire.com, que hará lo imposible por encontrar un ejemplar.

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En el jardín secreto

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Fui al colegio en un palacio, jugaba en el laberinto de setos de un jardín botánico, y las clases de gimnasia tenían lugar en el salón de baile, el Salón de los Espejos. No es el inicio de una novela, ni una fantasía adolescente: hasta que se construyó el nuevo colegio “La Milagrosa”, las niñas que estudiábamos con las Hijas de la Caridad disfrutamos de las instalaciones del Palacio del Marqués de Urquijo, en Llodio. Esos dos primeros años escolares incluyeron cenadores, capillas privadas, un río que cruzaba frente al colegio, y un estanque de nenúfares. Ahora, transformado en el Parque de Lamuza, el antiguo palacio sufre un lamentable abandono, denunciado de vez en cuando por algunas voces.

Creo que por eso siempre me he sentido cómoda en los palacios; algo de ese paraíso de la infancia quedó en mí. O eso, o que me encuentro mucho peor de los delirios de grandeza de lo que estoy dispuesta a admitir.

El último palacio madrileño que he descubierto es, por suerte, un precioso museo abierto al público, que ofrece las espléndidas colecciones de su antiguo dueño: el Lázaro Galdiano.  Me habían hablado maravillas de él incluso en otros museos, y lo cierto es que no exageraban. Cualquier objeto bello, cualquier obra de arte, era candidata a ser coleccionada por el incansable fundador. Lo típico de lo que cualquiera nos encapricharíamos: un Goya, un Bosco, un aderezo de diamantes, piezas de brocado del siglo VII… Sus talleres, y conferencias, y exposiciones temporales desmienten que en Madrid la cultura no tenga espacios donde, sin demasiado ruido pero con exquisito gusto, puede cultivarse.

La exposición que me llevó en esta ocasión al caserón de la calle Serrano 122 fue la del Libro Ilustrado que, de manera gratuita, se muestra hasta el 16 de junio. La riqueza de los ejemplares expuestos corta el aliento, y más si se tiene la suerte de una visita guiada. En mi caso tuve la suerte de que me atendiera Juan Antonio Yeves, su comisario y director de la Biblioteca, cuya pasión por los libros resulta contagiosa. Esas ilustraciones (desde las encontradas en los libros más antiguos a las técnicas más modernas) harán las delicias de cualquier impresor, o diseñador, o ilustrador gráfico. No siempre se tiene a cinco centímetros de distancia un Durero, o un Manucio.

Pero, además de esa belleza, me esperaba una sorpresa: en el jardín de museo han florecido los magnolios japoneses,  con sus flores rosadas en forma de cáliz. Esos árboles, ahora muy populares, resultaban extremadamente raros no hace tanto tiempo. Y, casualmente, junto con otros ejemplares exóticos, en el jardín del palacio de mi infancia existían dos. Sus pétalos, a diferencia de las magnolias convencionales, llovían por estas fechas. Años más tarde, en la Universidad de Deusto, un magnolio japonés florecía exactamente para los exámenes de febrero, y era centro de mitos y rituales: se decía que una hoja de ese árbol entre los apuntes provocaba que las preguntas que cayeran en el examen eran precisamente esas.

Me basta ver esas flores para sentirme feliz. Han aparecido mencionados en varios de mis libros, sobre todo, en los cuentos, porque me resulta complicado escribir y no hablar de mi pasiones, como es la botánica. Y así, me permitiréis que, en lugar de los libros-joya de las salas, que podréis ver por algunas semanas, os muestre esta breve y efímera belleza vegetal.

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Una visita a un palacio invita a vestirse como un princesa, y así me sentí con este vestido de gasa de Trucco que recuerda, con su estampado, a los que las damas de la época podrían haber lucido en este mismo jardín (el palacio se finalizó en 1909). He cedido a la moda de lucir dos pendientes de longitud diferente, pero, eso sí, los dos realizados con piezas de relojería, y un brazalete de pedrería. Los zapatos azules, con acabado de serpiente, son de Sacha London. Y, como siempre que llega el buen tiempo, he comenzado a trenzarme el pelo. Como hacía, cuando era niña, en los ratos muertos en el palacio. 

Un poco de romanticismo

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Existe un peligro cuando se ama aquello en lo que se trabaja: el que el amor se convierta en algo obsesivo, invada cada una de nuestras células, y nos transforme, en definitiva, que aquello que menos alimenta el amor. En un ser limitado, reducido a una definición, a dos etiquetas.

Después de muchos años en los que mi trabajo se encargaba de organizar mi vida, mi ocio y prácticamente todo mi día, llegó el momento de recuperar terreno. En mi caso, la trampa radicaba en que la literatura es tan inclusiva, permite incorporar tantos temas, que cada una de mis aficiones o de los temas que me atraían acababan incorporados en un libro, un curso o una serie de conferencias. Como muchas personas que se han matado a trabajar durante los años de crisis, en parte porque no quedaba otra, y en parte por el pensamiento mágico de que si nos esforzáramos todo lo posible algo espantoso ocurriría, he tenido que rectificar. Era eso o vivir con un estrés insoportable.

Para quien no está demasiado acostumbrado a dedicarse tiempo, un plan de una tarde puede convertirse en un problema. ¿Qué hacer? ¿Por dónde comenzar? En ocasiones, se viaja a una ciudad con la intención de pasar un par de días y perdemos uno en descansar, o en planificar excursiones imposibles. Aún peor es si nos tenemos que mover en nuestra propia ciudad ¿No nos encontraremos con demasiados turistas? ¿Cómo elegir algo que se salga de lo común?

A mí me ha interesado cómo funciona Pangea desde su principio. Pangea, que se anuncia como la mayor tienda de viajes del mundo, y que presume de que sus especialistas en viajes son, ante todo, viajeros entusiastas, no se resume a una tienda de una modernidad que casi abruma, ni a una web intuitiva y directa: es un concepto basado en las experiencias y en los recuerdos, en el afán de descubrir y de probar situaciones nuevas. Además de viajes internacionales y de planes nacionales, me ofrece el atractivo de planificar tardes, o noches, en distintas ciudades, a un precio muy razonable, y con propuestas que nunca me hubiera planteado.

El primero de los planes que quise probar no se escapaba demasiado de mi zona de confort: Cultura romántica en Madrid. Es decir, una visita al Museo del Romanticismo, uno de mis lugares preferidos de Madrid, pero aún uno de los museos por descubrir para la mayoría, y una cena en La Fragua de Sebín

El Museo del Romanticismo se encuentra en la calle San Mateo número 13, y ofrece la experiencia de recorrer las estancias de un palacete, cuidadosamente conservado con los cuadros, el mobiliario y los útiles de esa época fascinante y de la que tan poco se sabe en España: existió el Romanticismo español, claro, que sí, y de ello dan fe pintores, poetas, escritores, y pintores. Desde el otro trono de Fernando VII (ejem) al retrato que de un Gustavo Adolfo Bécquer agonizante realizó su hermano Valeriano, lo humano y lo divino cabe en esas habitaciones lujosas, coloridas. La pasión con la que los guías hablan de los distintos temas dan fe de que este museo, que se recorre en un hora, aunque yo recomendaría muchas más, enamora y crea adicción. De los caballeros de la época se encontrarán armas y un billar, una estancia separada de la de la dama de la casa y una manera de vida caracterizada por la exageración y la ruptura de límites. De las señoras se conservan joyas espectaculares, algunos vestidos, carnets de baile, cajas con taracea, instrumentos musicales… hay también un espacio dedicado a los niños, otro para documentación, una biblioteca muy bien surtida, y un café con un precioso jardín al aire libre donde se pueden pasar las horas. Cada mes la agenda de actividades varía: conciertos, clases didácticas, presentaciones de libros…

Pueden sacarse fotos sin flash, hay que tener cuidado de no pisar las alfombras (son parte del mobiliario y se cuidan como tal), y existe una consigna a la entrada para depositar bolsos y mochilas, que no se permiten en el interior.

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Tras la visita al Museo llega el momento de descubrir un restaurante cercano, que unifica tradición, modernidad, y muy buen producto: aunque el interior, decorado con antiguas puertas de madera y ladrillo visto, nos recibe acogedor y cálido, el punto fuerte de la Fragua de Sebín  es su terraza, que se abre a una calle tranquila, muy cercana a la Plaza del 2 de Mayo.

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No es cocina para tímidos, ni para timoratos. Desde las croquetas de jamón, a la crema trufada con huevo a baja cocción, los platos son sabrosos y sorprendentes: o bien la textura, o la combinación de sabores, o el giro personal del chef obligan a mantenerse atentos. El pescado, riquísimo, la carne, impecable, pero si algo quiero destacar de la carta es la magnífica tarta de queso de oveja con frutos rojos: untuosa, de gusto sedoso y contundente, se encuentra entre las mejores tartas de queso que he probado nunca. Y he probado algunas.

Queda el resto de la noche para pasear por Malasaña con la pareja o con una persona querida con la que queremos pasar una tarde inolvidable. Los días se alargan, las temperaturas suben… y hay muchas formas de amor que pueden enriquecernos. Todo antes que reducirnos a dos conceptos, a una etiqueta.

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No pude evitar la tentación de estrenar un vestido vintage que guardaban para una ocasión especial: de organza estampada, falda de vuelo y remate de volantes, su sabor a los años 70 lo hacía exótico en una fiesta, o una noche especial, pero absolutamente adecuado para el plan de cultura romántica. Es más, el Museo Romántico se convirtió inmediatamente en mi casa, y yo en un fantasma que me aparecía en los espejos. Con un collar de camafeos, y cierta capacidad de mimetizarme con el espacio que siempre he tenido, ¿quién dice que salí alguna vez de esas habitaciones, o que me he quedado atrapada allí por toda la eternidad?

Ratón de biblioteca

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    Por mucho que me gusten las librerías, yo soy, sin duda, una autora de biblioteca: esa preferencia, que proviene del hecho de haberme formado en una biblioteca municipal pública, cuyos libros tomé prestados y devoré durante años con un apetito de polilla, se manifiesta en muchas cosas. Por ejemplo, en que yo no hablo nunca del olor a nuevo de los libros, ni los olfateo.  Olisquee usted con fruición un ejemplar medio de biblioteca, y se sentirá colonizado por ácaros de varias generaciones. Miro con desagrado no disimulado a quienes emplean sus salas para estudiar, y nunca pisan la biblioteca para curiosear o leer un libro. Y, sobre todo, frente al agobio y la confusión que me produce entrar en una librería bien provista, en especial en la sección de novedades, donde me siento abrumada por el trabajo, la inadecuación y la ignorancia por no ser, materialmente, capaz de leer tantos títulos y libros recién llegados, en la biblioteca me siento en paz: me transmite la sensación de que se ha decantado ya parte de ese trabajo, que el tiempo sobra, que, de manera generosa y sin agobios me presta lo que he de conocer y ha sido esencial para otras personas más sabias y más serenas que yo.
En mis viajes nacionales y al extranjero visito siempre que puedo alguna biblioteca: desde la Biblioteca Municipal de Calatayud Baltasar Gracián que, necesita espacio para crecer pero que, cuidado con ella, alimenta nada menos que tres clubes de lectura y convoca gracias a sus entusiastas bibliotecarios encuentros regulares de escritores, a la Central de Manchester, muy impresionante en cuanto a su versatilidad. Cada biblioteca debe adaptarse a sus circunstancias: en la actualidad, por suerte, el bibliotecario posee una buena formación específica, cosa que no siempre ocurría en el pasado (y que no impidió que tuviéramos espléndidos profesionales, apasionados por los libros), y está en contacto con otras bibliotecas, archivos. Ha trabajado en Fundaciones, museos o bibliotecas privadas, se adapta y actualiza. Encontramos quienes son más conservadores, quienes apuestan por bibliotecas para bebés, a quienes les revienta el concepto de ludoteca que algunas bibliotecas, en cambio, defienden, porque les ha dado vida; como gremio, hay mucha tela que cortar. Pero lo grave son las ocasiones en las que les toca lidiar con abiertos incompetentes en cuando a la gestión cultural y del libro, en particular, y la lamentable falta de apoyo por parte de los usuarios.
De Manchester tomé notas sobre dos actividades que me dieron mucho que pensar.  Es, desde luego, un edificio magnífico con un fondo espectacular, una sala de lectura bellísima, circular y elegante, donde se evidencia el amor por el conocimiento. Resulta perceptible que no falta el dinero (habría que preguntarle a los bibliotecarios, de todas maneras, por sus quejas), posee una Biblioteca Musical, la Henry Watson, dotada de pianos, espacios para la grabación y audición, y donde algunos músicos ensayaban. Las actividades musicales, avisadas con antelación, son habituales, y se facilita el que tengan lugar en el propio espacio. Un sueño, pero difícilmente extrapolable.
Sin embargo, me llamaron la atención otras características más asequibles: una de ellas, las facilidades de entrada, salida, para la grabación y maniobra que daba la biblioteca. Ni una mirada sospechosa, ni una pregunta, daban fe de la confianza que la biblioteca tenía en sus usuarios y del respeto con el que la gente se comporta. Otra, la inversión en tecnología realizada, evidente en la planta baja, la de acceso más general. Los fondos y archivos de la ciudad son accesibles a cualquiera, se ha realizado una labor de estudio sobre el pasado y la historia de la ciudad que, tanto para niños como para adultos, resulta apasionante. Eso delata, nuevamente, la cantidad de personal, tiempo y recursos que se le ha destinado, y el carácter abierto que se le quiere brindar. La cafetería integrada en esa planta permite, además, tomarse un café o un sandwich en la biblioteca, como una alternativa hostelera. Otra más, la existencia de un espacio para emprendedores y empresas en la última planta fue, quizás, el remate. allí no solo podían ponerse en contacto distintos emprendedores, sino que las empresas podían disponer de un espacio para sus presentaciones o entrevistas. Entiendo que hay muchas bibliotecas que no podrán contemplar, por filosofía, concepto, o esa lamentable falta de espacio que sufren, algo parecido: pero el que un vivero empresarial de esas dimensiones, con un diseño bonito, con proyectos de los que la propia biblioteca puede beneficiarse e inversión de empresas en su mantenimiento, se encontrara allí, atrayendo a un público distinto que daba uso a libros legales, económicos y a salas muertas, me pareció algo digno de ser anotado.
Para mí el mundo de los libros resulta apasionante, pero comprendo que no lo es para la mayoría de la gente: la labor de las bibliotecas resulta imprescindible, pero necesitan de inversión, ayuda, y sobre todo, apoyo. Han sufrido muchísimo durante los años de crisis: muchas bibliotecas de barrio han desaparecido sin que nadie se hiciera eco de ello. Se cree, con vaguedad, que los libros son importantes, que los niños deben leer, pero no se defiende con calor. Dicen que Cleopatra, una mujer de una inteligencia y conocimientos sobresalientes, lloró cuando supo de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, y la consideró una de las grandes desgracias de su reinado. Es fácil culpar a los políticos, pero ¿en qué lugar entre las prioridades de los ciudadanos, incluso los lectores, se encuentra la defensa de las bibliotecas?

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Todas las fotografías están tomadas en la Central Library de Manchester, antes de mi conferencia sobre Teresa de Jesús que tuvo lugar, por cierto, en la sede del actual Instituto Cervantes, en Deansgate, que en el siglo XIX albergó la primera Biblioteca abierta por suscrición popular e inaugurada por Dickens. Lucí un vestido azul marino de Etxart&Panno, confeccionado en neopreno,  y que aparenta ser un dos piezas de crop top y falda lápiz (consejo de The Gallery Room) y, para romper la seriedad de sus líneas clásicas, una tiara de Mibuh. Estamos de enhorabuena las amantes de tocados, coronas, diademas, sombreros y aderezos: siguen sin ser comunes, pero ya no cuchichean en voz baja al vernos. Los pájaros y las flores dorados hablaban de libertad, de vuelo, de cielos abiertos. De hecho, fue la estrella de mi look esa noche. Y mirad qué monada de bolsos hacen. Los zapatos, por una vez de tacones medios, porque me tocó trotar bastante por la ciudad, eran unos nude de Unisa. El maquillaje, de Chanel, fue obra mía, pero quedé bastante satisfecha con mis ojos ahumados. El esmalte de uñas es de OPI.
Llovía, por cierto, con empeño digno de mejor causa, y me costó muchísimo salir de aquella biblioteca… Además, ¿Os habéis fijado en la vidriera de la entrada, con la efigie de Shakespeare? Hay un espacio dedicado a Lady Macbeth…

 

La conquista de las Bibliotecas, París

espidofreireparis1 ¿Érais de esas personas que solo pisaban la biblioteca para estudiar, y que ocupaban todos los asientos desde primera hora de la mañana en época de exámenes? La chica que os miraba furibunda con tres o cuatro libros bajo el brazo y carraspeaba ruidosamente era yo. Nada personal, especies distintas en el mismo hábitat. Creo que nunca he estudiado en una biblioteca. Las amo y defiendo con pasión; les debo mucho. Para mí eran, y siguen siendo, espacios destinados a la lectura, una desbordante cantera de libros. Una visión un tanto limitada por mi parte, porque las bibliotecas cumplen funciones tan variadas, reúnen tantos ecosistemas distintos que reclamar una única faceta sólo las llevaría a la extinción. Pero eso no quita para que intente, siempre, conquistarlas.
La biblioteca del Colegio de España en París se cuenta entre las de apariencia clásica, reconfortante, con sillones cómodos y estantes venerables. Una biblioteca como la que me gustaría atesorar en mi casa. De momento, he de conformarme con usarla cuando pase por allí, y con donar algunas de mis obras, de manera que “Irlanda” o “Para vos nací” pasen a engrosar su patrimonio.

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espidofreireparis2Cuando tenga mi propia biblioteca en condiciones me imagino entre los libros más o menos así, con un kimono antiguo de gasa , bordado con lentejuelas metálicas, que compré en Tokio, (para que no me hiciera ilusiones me dijeron que no era una prenda exterior, ni posiblemente tan antigua, lo que me hizo sentirme algo boba, porque creí haber dado con un tesoro) de un color verde pálido. Estoy dándole tanto uso a las sandalias nude de Unisa que posiblemente se me rompan puestas, pero me son tan cómodas que correré el riesgo. Llevo un collar de nácar de Dimitriadis, y un anillo de bronce de la misma marca. Y la novela “Irlanda”, la primera que publiqué, para darle vida y nuevo hogar.

Biblioteca conquistada. Ahora se inicia la lucha por la siguiente.