Recomendaciones espidianas. Abril

9.3

El mes dedicado al libro, en sus variantes de Día del Libro, Sant Jordi, conmemoración de Cervantes o de Shakespeare nos deja a los autores que llevamos una vida activa con conferencias, encuentros y firmas poco espacio para leer, paradójicamente. En muchas ciudades comienza la temporada de ferias y de actividades literarias, que remitirá hacia junio, con la Feria del Libro de Madrid. En mi caso, este año decidí reservar fuerzas y no acudir a Sant Jordi, y en cambio celebré en Bilbao el 200 aniversario del nacimiento de Charlotte Brontë. Estas semanas ofrecen la oportunidad a lectores y autores para encontrarse y conocerse; a veces, el resultado es una decepción mutua. Otras veces, por suerte, el enamoramiento continúa y se refuerza. Y si no, siempre nos quedarán los libros, sin sus autores. Estos son mis elegidos durante Abril.

Lady Macbeth, por cierto, ha escogido los preciosos libros de Maeva  sobre la relación entre mujeres, libros y oficios. Podemos ver de abajo a arriba Mujeres admiradas, mujeres bellas, Las mujeres que escriben también son peligrosas, Y además saben pintar y Las mujeres que no pierden el hilo. Las imágenes, fotografías y cuadros que los ilustran salpican la narración, y creo que son un regalo perfecto para lectoras, pintoras, costureras o… son un perfecto regalo. Punto.

Para relativizar los problemas, las palabras de los genios resultan siempre una ayuda: en este libro se produce la unión de dos genios. Beethoven se titula este ensayo de Richard Wagner sobre la figura de su admirado músico: le sigue otra reflexión, La dirección de orquesta, en esta pequeña joya de Fórcola. Y, bueno, un trocitino diminuto insignificante de brownie casero tampoco hace daño a nadie.

 

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Los consejos de la paloma ha sido una primera novela que ha atraído tanta atención que su autor, S. Kelman, pasó del anonimato a la lista de preferidos en un parpadeo. Publicada por Salamandra, salamandra.info, elige la mirada de un niño de familia inmigrante de Ghana en el Reino Unido para describir la realidad de un barrio violento, una vida violenta, una época violenta. Muy de actualidad debido al estremecimiento general que nos produce la situación de los refugiados, la suaviza un humor que permite que la vida sea soportable.

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Conocido por ser parte de Académica Palanca, M. Vigil  ha publicado Relatos polisémicos, un experimento literario que tiene como columna vertebral el humor. A partir de ahí, encontramos reflexiones, chistes recreados, fragmentos de monólogo, poemas, cuentos y reflexiones. Algunas amargas, otras ya clásicos del humor. Sonrisas y sonrisillas, y medias sonrisas desengañadas.

16.2

El Eternauta es un clásico; no sólo lo consideran así los lectores de cómic, que lo acogieron como una revelación en los años 50, sino que también ha pasado a formar parte del imaginario emocional de los argentinos. Oesterheld les hizo viajar en el tiempo, soñar con invasiones alienígenas, y continúa siendo una inspiración en esta edición de Norma.

9.2

Hacía mucho tiempo que un libro no me llevaba de las lágrimas a la sonrisa en segundos de esta manera. Las memorias del Dr Marsh, neurocirujano inglés, están estupendamente bien escritas; la belleza del cerebro, el azar de la salud, las decisiones a veces fatales que toma el médico pasan por estas páginas. El miedo, el humor, la humildad, la estúpida burocracia de la Sanidad. La enfermedad y la muerte. A mí, a quien estos temas entusiasman, me ha encantado; pero puede ser materia delicada para quien haya padecido o sido testigo de ese tipo de dolencias. Lo ha publicado Salamandra.

6.2

Los reconocimientos que el poeta aragonés José Verón Gormaz ha recibido se entienden cuando se lee Salón de los Espejos. Epigramas. ¿Epigramas? Sí, que encajan como un guante con la rabia y la frustración que provocan la corrupción, el politiqueo, la mezquindad y la vanidad que adivinamos en el presente. Una mirada aguda e implacable se unen su dominio del lenguaje. Se encuentra en Papeles de Trasmoz .

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Hablamos del Premio Biblioteca Breve de 2015, de Seix Barral, y de una obra de mi amigo Fernando Marías, con lo que me resulta complicado ser objetiva. Por sus páginas pasan lugares y emociones que me son familiares: la necesidad de escapar a través del cine, el viaje o la literatura, la construcción de la identidad frente a la familia, las calles de Bilbao. Por suerte, no me hace falta ser objetiva para recomendar este libro espléndido, La isla del padre, una búsqueda del padre ausente y del niño eterno. Emocionante. Y con un punto desgarrador.

 

20160408_192038Faltaba en la lista una novela negra, o al menos, una narración tan negra como Observada, de R. Knight. Los secretos de unos suponen la fuente de poder de otros. Una noche, una mujer encuentra un libro sobre su mesita de noche. Alguien lo ha depositado allí: alguien que conoce el secreto más terrible, mejor guardado, de su existencia. Algo ocurrió años atrás, en España. Quién lo sabe la ha observado en la distancia durante mucho tiempo. La podéis adquirir en Salamandra. http://salamandra.info/libro/observada

 

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Y  finalizamos con otra novela negra pero de un tinte negro muy distinto a la anterior: el escritor Juan Bolea retoma a su personaje de cabecera, Martina, desde otro ángulo, el de un detective un poco Sancho Panza, muy humano, algo tristón, demasiado humano, de origen armenio y llamado Falomir, que debe indagar en los misterios divinos: en concreto, la desaparición de una talla mariana. Desde luego, la cosa no queda ahí, y mientras existan seres humano dispuestos a creer, se darán apariciones, misterios y estafas relacionadas con la religión. Ágil, divertida, terrible y lúcida, es, para mí, la mejor novela de Bolea hasta ahora.  El Síndrome de Jerusalén, por cierto, además del título de la novela, es un trastorno psíquico que afecta a turistas que viajan a Tierra Santa, que se creen, de pronto, personajes bíblicos. La editorial responsable es Ediciones B.

 

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Y hasta aquí llegan las recomendaciones de este mes: disfrutadlas. Yo ya lo he hecho.

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En los últimos tiempos la pregunta ¿Quiénes crees que son tus seguidores? ha sustituido a la de ¿Quién crees que es tu lector? En estos momentos cualquier persona puede obtener un número de seguidores impensable para un escritor, y conocer sus característica como nunca en un pasado predigital.

Sin embargo, para mí el misterio de quién me lee o quién me sigue continúa; me interesa más saber qué mueve a alguien a darme su favor que el perfil de esa persona, que, por otra parte, en mi caso, continúa siendo muy variopinto. Hombres y mujeres, de una franja de edad inusualmente amplia, con aficiones y procedencia geográfica muy diversa. Alguien que se identifica con la diversidad de temáticas y de intereses, mi itinerancia (nacida en el País Vasco, de familia gallega, residente en Madrid, viajera impenitente…) y un discurso que intenta ser incluyente y  movido por la curiosidad.

¿Funcionan los hashtags? En ese caso, en los míos pesarían la literatura y la formación, siempre los libros y el arte, la cultura, la naturaleza y los animales, la moda y su relación con la sociedad, la cosmética, la belleza, (física y abstracta), los viajes, la gastronomía y…

Es decir, nada demasiado original, pero tampoco con un enfoque mayoritario. ¿Por qué, entonces, tengo la satisfacción de ver que mis seguidores suben de día en día, dónde está el truco? Eres escritora, me dices, no sois atractivos para las redes. ¿Por qué a ti te va bien?

Creo que se debe a que durante toda mi vida he contado historias, y que los nuevos medios necesitan crear contenidos. A diferencia de en los textos literarios, o en las columnas de opinión, puedo jugar con el humor, puedo mostrarme gamberra o hablar sin prejuicios de temas considerados frívolos. Hago que mis gatas participen, recomiendo un rimmel o muestro una prenda, me río de mí misma o muestro la parte teatral y solemne que siempre he necesitado. Creo que transmito que en mi vida hay coherencia en mis aficiones, que se entrelazan y forman parte de mi creación y de mi obra. E intento todo eso con el máximo respeto por quienes me siguen, tanto nuevos como veteranos.

No soy tan superficial como para fingir que los seguidores no tienen importancia: en un momento como éste, en que el caprichoso mundo de las comunicaciones y las editoriales se muestran más volátiles que nunca, el crear un vínculo directo con quienes te siguen resulta de vital importancia. Ellos son la diferencia entre el abismo y continuar atrayendo el interés de editores, medios de comunicación y marcas. Yo vivo, como siempre he hecho, de mi trabajo. Y sin personas que deseen escucharlo, leerlo o verlo, carezco de sentido.

Por eso mimo y cuido todo lo que puedo a quienes se acercan a mis redes, en particular, a Instagram. Devuelvo likes y comentarios, cuando puedo. Procuro responder a las preguntas que se me hacen. Soy muy clara respecto a la atención negativa, que no premio nunca, y mucho menos los insultos o provocaciones. Intento sorprender con mis textos y darles pie a ellos en cada foto para que se expresen. Intento aprender cada día un poco más de fotografía, para que mis imágenes aporten algo; sigo y admiro a los mejores en bodegones, estilismo, creatividad, moda o paisajes. Yo misma hago y compongo mis bodegones, y decido y planeo la mayoría las fotos en las que aparezco. Cuido con esmero mi atuendo y mi apariencia, porque a través de ellas construyo una identidad con la que continúo luchando; si gusto, es mi mérito. Si no, mi entera responsabilidad.

Creo que resulta vital el que muestro con honestidad las luces y las sombras de mi vida, y dejo claro lo que no se ve de los triunfos, y lo necesario que es salir de los baches. Siempre muestro mi mirada.  No hablo de lo que no sé, ni recomiendo lugares, libros o productos que no he probado. Agradezco de corazón los elogios, pero no soy sensible a la adulación. Tengo mi punto de locura y de extravagancia, y lo disfruto. Intento ser feliz. Siempre me gustó la fotografía, y desde que mi hermana me empleaba como modelo para su primera cámara, cuando yo tenía 5 añitos, me he divertido ante un objetivo. No pretendo ser lo que no soy; pero lo que soy, está ahí, y no creo que deba pedir disculpas por ello.

Esas son las claves que sigo, y las satisfacciones que obtengo son tan enormes que deseaba compartirlas, por si a alguien más pueden resultarles útiles: no hay atajos. Pero mi camino ha sido este.

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Para hablar de seguidores rescaté unas fotografías de mi estancia en Clermont-Ferrand; en ellas llevo jeans negros de Blanco (la ironía es evidente) y una chaqueta bordada con abalorios de Stella McCartney para HM.  El jersey de cuello alto (o cisne, por continuar en plan irónico) es de la misma marca. Llevo zapatos abotinados de charol de Paco Gil y un bolso de mano de Gucci. Uñas oscuras de OPI y maquillaje de L’Oréal Durante esa sesión, que comenzó con mis inocentes paseos por el parque ante la cámara me vi involucrada, sin comerlo ni beberlo, con una pareja de cisnes que decidieron salir del agua y comenzar a seguirme. Yo esperaba, ellos esperaban. Yo avanzaban, ellos también. Cisnes, obviamente, con buen gusto, que reconocieron en mí toda una serie de virtudes… ¿O serían haters que decidieron boicotearme las fotos? Ya nunca lo sabremos, pero eran tan monos…

La historia no está escrita: dentro de “Juego de Tronos”

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Recuerdo mi primera conferencia pagada como si me la hubieran encargado ayer: devorada por la responsabilidad, totalmente convencida de la importancia de lo que iba a decir, como si algo de lo que hiciera o dijera pudiera cambiar el mundo, decidí que hablaría de la importancia de la ficción como una herramienta para sanar al individuo y a la sociedad. La titulé “Defensa de la fantasía” y me sentí una rebelde sin causa en un país dominado por el gusto costumbrista y la telebasura, y donde la imaginación se consideraba un estorbo. Tenía 23 años y un montón de tortazos contra la pared de la vida esperando por mí y mi inocencia.

Desde luego, eso era antes de que George R. R. Martin fuera un fenómeno masivo, y de que, primero las novelas de Canción de Hielo y Fuego, y luego la serie Juego de Tronos  viniera a trastocar todo lo que conocíamos en ficción televisiva y fenómeno fan. Antes de que quienes habíamos soñado con mundos imposibles, historias entrecruzadas que proceden de nuestro imaginario colectivo y de las sagas familiares más relevantes, y, por qué no, matar a un par de enemigos de la manera mas sangrienta posible, nos sintiéramos por fin arropados y comprendidos.

Como muchos seguidores de la serie, he estado aguardando por la nueva temporada con una disimulada impaciencia. En la madrugada del 24 al 25 de abril, sabremos si lo que hemos fantaseado, los “y sis” que genera cualquier buena historia, se ven confirmados o no. El secreto, el no querer saber nada, forma parte de ese encanto: una necesidad de vivir el momento con esa mezcla de placer y de ansiedad que tan bien sienta, y que tanta adicción provoca.

Por eso, cuando Canal Plus Series me pidió que participara en La historia no está escrita, y ofreciera mi análisis de Juego de Tronos reviví aquella noche en la que redacté mi primera conferencia, y esgrimí lo que sigo defendiendo: que existen muchas vidas, que pueden ser vividas en abstracto, que no es necesario experimentar para sentir: que en las peripecias de Jon Snow, de los Lannister o de la Khaleesi nos encontramos nosotros, esa extraña bilocación de lo que somos y lo que deseamos. Que unimos nuestro destino al de personajes imaginarios que la perversa cabeza de un escritor ha concebido, y que nos mantiene en vilo, que nos hace llorar, o enamorarnos, o callar, respetuosos (como ha ocurrido después de alguna matanza memorable, o de una pérdida inesperada) por respeto a una tragedia que continuará resonando en nuestra cabeza durante mucho tiempo.

De eso (además de contestar a las preguntas que me hicieron) hablé en el documental que podéis ver en distintos pases durante los meses de abril y mayo (los horarios se encuentran en la web de Canal Plus Series) ; y, sobre todo, de la pasión que me inspira una ficción tan exquisitamente rodada, en la que cada detalle está cuidado con un mimo que ha abierto un camino nuevo en muchos sentidos, y que, además, ha contado con escenarios españoles: Sevilla, Osuna, Navarra, Girona, Peñíscola, Almería y Guadalajara.

Y, a quienes no se han acercado aún a esa serie, o a las novelas, solo puedo decirles que nadie puede meter a empujones a otra persona en un mundo en el que no lo desea. Pero que yo no deseo salir de él.

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Dos ocasiones he tenido para sentarme en el Trono de Hierro: la primera fue en el Congreso de Literatura Fantástica Celsius, al que estaba invitado el propio R.R. Martin. Pero en ese julio tórrido decidí no hacerlo. La segunda fue tras la grabación del documental: y entonces pensé ¿por qué no probar? ¿Qué se siente cuando se posee tan poder, tal fuerza como la que otorga el trono? Todo parecía encajar: mi vestido vintage blanco, el cinturón de plumas, los botines de ante. Rozaba con los dedos el Poder de los Primeros Hombres.

Oh, si estuviera en mi mano, si estuviera en mi poder, qué gran emperatriz de los Siete Reinos sería…

 

En el jardín secreto

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Fui al colegio en un palacio, jugaba en el laberinto de setos de un jardín botánico, y las clases de gimnasia tenían lugar en el salón de baile, el Salón de los Espejos. No es el inicio de una novela, ni una fantasía adolescente: hasta que se construyó el nuevo colegio “La Milagrosa”, las niñas que estudiábamos con las Hijas de la Caridad disfrutamos de las instalaciones del Palacio del Marqués de Urquijo, en Llodio. Esos dos primeros años escolares incluyeron cenadores, capillas privadas, un río que cruzaba frente al colegio, y un estanque de nenúfares. Ahora, transformado en el Parque de Lamuza, el antiguo palacio sufre un lamentable abandono, denunciado de vez en cuando por algunas voces.

Creo que por eso siempre me he sentido cómoda en los palacios; algo de ese paraíso de la infancia quedó en mí. O eso, o que me encuentro mucho peor de los delirios de grandeza de lo que estoy dispuesta a admitir.

El último palacio madrileño que he descubierto es, por suerte, un precioso museo abierto al público, que ofrece las espléndidas colecciones de su antiguo dueño: el Lázaro Galdiano.  Me habían hablado maravillas de él incluso en otros museos, y lo cierto es que no exageraban. Cualquier objeto bello, cualquier obra de arte, era candidata a ser coleccionada por el incansable fundador. Lo típico de lo que cualquiera nos encapricharíamos: un Goya, un Bosco, un aderezo de diamantes, piezas de brocado del siglo VII… Sus talleres, y conferencias, y exposiciones temporales desmienten que en Madrid la cultura no tenga espacios donde, sin demasiado ruido pero con exquisito gusto, puede cultivarse.

La exposición que me llevó en esta ocasión al caserón de la calle Serrano 122 fue la del Libro Ilustrado que, de manera gratuita, se muestra hasta el 16 de junio. La riqueza de los ejemplares expuestos corta el aliento, y más si se tiene la suerte de una visita guiada. En mi caso tuve la suerte de que me atendiera Juan Antonio Yeves, su comisario y director de la Biblioteca, cuya pasión por los libros resulta contagiosa. Esas ilustraciones (desde las encontradas en los libros más antiguos a las técnicas más modernas) harán las delicias de cualquier impresor, o diseñador, o ilustrador gráfico. No siempre se tiene a cinco centímetros de distancia un Durero, o un Manucio.

Pero, además de esa belleza, me esperaba una sorpresa: en el jardín de museo han florecido los magnolios japoneses,  con sus flores rosadas en forma de cáliz. Esos árboles, ahora muy populares, resultaban extremadamente raros no hace tanto tiempo. Y, casualmente, junto con otros ejemplares exóticos, en el jardín del palacio de mi infancia existían dos. Sus pétalos, a diferencia de las magnolias convencionales, llovían por estas fechas. Años más tarde, en la Universidad de Deusto, un magnolio japonés florecía exactamente para los exámenes de febrero, y era centro de mitos y rituales: se decía que una hoja de ese árbol entre los apuntes provocaba que las preguntas que cayeran en el examen eran precisamente esas.

Me basta ver esas flores para sentirme feliz. Han aparecido mencionados en varios de mis libros, sobre todo, en los cuentos, porque me resulta complicado escribir y no hablar de mi pasiones, como es la botánica. Y así, me permitiréis que, en lugar de los libros-joya de las salas, que podréis ver por algunas semanas, os muestre esta breve y efímera belleza vegetal.

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Una visita a un palacio invita a vestirse como un princesa, y así me sentí con este vestido de gasa de Trucco que recuerda, con su estampado, a los que las damas de la época podrían haber lucido en este mismo jardín (el palacio se finalizó en 1909). He cedido a la moda de lucir dos pendientes de longitud diferente, pero, eso sí, los dos realizados con piezas de relojería, y un brazalete de pedrería. Los zapatos azules, con acabado de serpiente, son de Sacha London. Y, como siempre que llega el buen tiempo, he comenzado a trenzarme el pelo. Como hacía, cuando era niña, en los ratos muertos en el palacio. 

Te trataré como a una reina

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   El problema al que se enfrenta la belleza se resume siempre en el tiempo: la lucha contra el tiempo, encontrar tiempo para ella. Una de las trampas del cuerpo es que requiere cantidades ingentes de horas: no en vano se habla de culto al cuerpo como si adoráramos una divinidad. De hecho, durante siglos (y aún ahora) la belleza ha consistido en un patrimonio de determinadas clases sociales. La piel nívea y suave, las manos sedosas, las uñas largas delataban que la mujer no sufría de los padecimientos del trabajo, y mucho menos, al aire libre. Cumplir con los requisitos que en la actualidad definen a una mujer bella implican mucho tiempo dedicado al ejercicio, al cuidado del cabello, de la piel, la depilación. Muchos de los criterios que implican ser atractiva tienen que ver con encontrarse alerta, detectar una cana, una arruga, una mínima mancha.

  Pero ese tiempo tan temido ofrece una gran ventaja: si bien no puede detenerse, nos enseña que la frase escuchada mil veces de que la belleza está en el interior esconde una gran verdad. Quizás no a los veinte años, pero pasados los treinta, el estado de ánimo marca tanto la piel como el peor de los hábitos. Además de la constancia en el cuidado y la buena alimentación, de las horas de sueño y la hidratación, la tranquilidad, o al menos, una cierta paz mental, comienza a convertirse en parte del atractivo personal. Las arrugas no pueden frenarse, pero las de una persona risueña y serena serán completamente diferentes a las que crea el estrés y la tristeza, o la cólera constante. La felicidad (que es distinta a la euforia, o la alegría) y la seguridad se traduce en una mirada luminosa, en un halo invisible y permanente.

  Yo ya no recurro a tratamientos que no me ofrezcan una filosofía de base con la que esté de acuerdo, en especial aquellos de cuerpo, que son para los que confío en profesionales, porque la pereza, esa gran enemiga, me vence con frecuencia en los corporales. Sea en un spa, en balnearios, para aliviar el dolor de espalda, o para relajarme, creo que se entabla una intimidad, una comunicación con quien te toca: y prefiero que lo haga con una intención parecida a la que defiendo.

Recomiendo, por ejemplo, el ritual Reina de Egipto de Alqvimia  para quienes piensen de manera parecida a la mía. Si por algo destaca Alqvimia es por una filosofía respetuosa con la psicología de la mujer, y por el uso de la cosmética completamente natural y con productos ecológicos. Su fundador, Idili Lizcano, conocía bien, como buen maestro perfumista, la tradición botánica, y lo arraigada que se encontraba la alquimia y la magia en ella, y algo de esa leyenda continúa en sus productos.

  Había otro elemento de puro capricho, claro, que tenía que ver con las resonancias que en belleza y fascinación despierta Cleopatra; y después de la leche de burra, no me quedaba más remedio que lanzarme a las sales del Mar Muerto, que ya había probado, el incienso y la mirra, que no podía continuar viviendo sin probar.

  El ritual combina la envoltura, que si bien hay a quien no le gusta demasiado, a mí me enloquece, con un masaje con aceites esenciales; el enfoque holístico funciona a la perfección: al finalizar, la piel parece de raso en tacto y aspecto, ha recuperado una tersura inédita, y la relajación es absoluta. Además, ese cambio energético que prometen se produce: yo experimenté una sensación de bienestar, de aumento de autoestima, que no se debía únicamente a un tratamiento agradable. Sean las que sean las fórmulas magistrales que utilizan en Alqvimia, en mi caso se produjo un cambio evidente, interno, que percibí sin necesidad de que nadie me lo dijera. Algo misterioso, un poco mágico.

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Para la visita a la tienda de Alqvimia en Madrid, en Don Ramón de la Cruz 13, escogí un vestido azul de otros diseñadores que transforman a la mujer en reina, The 2nd Skin.Co con un cinturón tornasolado, y unos pendientes de diamantes. En la tienda, que funciona también como Spa, y que es francamente bonita, pueden leerse diversas frases que van más allá de lo meramente físico: Amor es la esencia que da la vida es una de ellas. La belleza, sin ninguna duda, va más allá de la piel.

Otra belleza es posible

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Las frases sobre la belleza, muchas de ellas aplicadas a la femenina, abundan casi tanto como las que hablan de amor; casi todas ellas han sobrevivido por más tiempo que las mujeres que las inspiraron. Si bien tenemos la sensación de que el rango de lo que consideramos bello se ha ampliado más que nunca, continuamos percibiendo como hermoso aquello que nos resulta simétrico, armónico, e identificamos con juventud y salud. Solo la educación en otros cánones de belleza y en la historia de la misma nos abre la mirada a otras razas, edades o peculiaridades. Pecas, arrugas, canas, labios gruesos o finos, cicatrices, pigmentaciones, han sido los rasgos reivindicados en los últimos tiempos: a ellos se unen algunos ya integrados en lo racional, aunque no siempre en el imaginario colectivo, como los diversos pesos, la androginia o el color de piel. Otras propuestas más radicales, como la discapacidad o la mutilación se encuentran aún en el camino de la visibilidad y la aceptación: que el rechazo desaparezca para ser considerado un valor puede ser en algunas ocasiones una cuestión de vida o muerte (como ocurre con el albinismo en algunas zonas de África) o de una insatisfacción personal que complique particularmente la existencia.
En mi última visita a la Galería de Arte de Manchester pensaba, precisamente, en lo cercano que nos queda el patrón de belleza de muchos de sus cuadros: su espléndida colección prerrafaelita cuenta con magníficos cuadros con mujeres deslumbrantes. La Perséfone de D. G. Rosetti se impone a las delicadas ninfas y náyades, pero todas ellas presentan una piel blanca, una expresión de indescriptible misterio, quizás, en ocasiones, una tortura interior. Sus grandes ojos, sus miradas perdidas, los cabellos de lluvia nos llevan a una modernidad frente a la que olvidamos que muchas de ellas serían, en la actualidad, consideradas regordetas, enfermizas, y algo descocadas. Porque, al contrario de lo que nos han enseñado, no sólo las mujeres muy delgadas pueden transmitir una impresión lánguida y poco saludable: ni el desnudo completo resulta más insinuante que según qué poses o tejidos.
Las aguadoras de Silver favourites de Alma Taderna se muestran tan atrapadas en su vida como los peces en el estanque. Hay una desesperación que presagia que su tiempo ha acabado en las sirenas de W. Etty, que ven cómo Ulises se escapa. Él no los sabe aún, pero el protagonista de Hyllas and the Nymphs, de J.W. Waterhouse, morirá bajo las aguas, atraído por las miradas ansiosas y manipuladoras de las adolescentes que le rodean. La Ophelia de A. Hughes, uno de mis cuadros preferidos, es, quizás, una de las representaciones más conmovedoras de la jovencita de Shakespeare. No vemos más que a una niña, muy enferma y trastornada, muerta de frío, perdida ya para el mundo. El único cuadro que no representa la belleza femenina, The Chariot Race, de A. Wagner, me lleva, en cambio, a pensar en la fugacidad, la prisa y el estruendo con el que identificamos la pasión y lo atractivo en estos momentos. Hace falta calma y edad para apreciar la serenidad, la calma, y considerarla hermosa.

Me encantaría saber si percibís estas antiguas bellezas como tales, o si os resultan desfasadas, perturbadoras, poco recomendables, desagradables… ¿Es posible otro tipo de belleza?

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   El encaje sirve para enmarcar la piel, en especial si es clara, con un temporal tatuaje de deseo. Este vestido es de Mango. Los zapatos, tricolores y de tacón vertiginoso, fueron diseñados por Paco Gil. Compré los pendientes de flor de lis en El jardín del deseo.  Todas las fotos fueron tomadas en la Art Gallery de Manchester. Todos y cada uno de los cuadros de este precioso museo son un canto a la belleza.

Un mundo mejor

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Durante esta semana estoy impartiendo un curso intensivo (un workshop de 30 horas) a alumnos de IED Moda Lab Madrid, 18 chicas y un varón veinteañeros que presentan su proyecto de fin de carrera este año. Mi misión es la de motivarles (en ocasiones el desánimo, el estrés, la presión o el miedo a las críticas les paralizar) y enseñarles a comunicar su trabajo de la mejor manera posible. Ya trabajé con ellas hace dos años, en otra asignatura, y es un placer ver cómo han madurado, y de qué manera su talento se vuelca en ideas.

Como os conté hace unas semanas en mi post del congreso en Nueva Delhi, los estudios muestran que una de las preocupaciones constantes de las mujeres, tengan hijos o no, son la educación, los niños y la sanidad. Yo me encuentro por completo reflejada en esa estadística. En ocasiones, cuando he defendido en público la libertad de las mujeres para decidir sobre su maternidad sin presiones sociales o familiares, o cuando he defendido su independencia a toda costa, (económica, afectiva, laboral) incluso a costa de los beneficios que puede conllevar para su entorno una mujer más sumisa y convencional, se me ha tachado de egoísta, y de atacar a las madres. Nada más lejos de mi intención. Cuando defiendo esas ideas, pienso, por supuesto, en la manera en la que los niños han de ser atendidos, y sobre todo, en el futuro de las niñitas que estamos criando ahora, que serán mujeres pronto. Nunca perdamos de vista que las sociedades más evolucionadas en estos momentos garantizan una mayor igualdad entre géneros, un nivel más alto de formación a las mujeres y unas condiciones con las que en mi país aún continuamos soñando, a veces porque ni siquiera pensamos en que puedan existir.
Cuando veo las dificultades que mis alumnas han arrostrado de niñas (algunas casi lo son aún) siento una ardiente ansia defensora. Muchos de mis alumnos de moda y diseño son homosexuales, y en sus proyectos vuelcan elementos personales, en los que muchas veces se encuentra el acoso escolar, las burlas y la discriminación por su opción sexual. Como proyecto transversal en mis asignaturas, siempre aparece el insuflarles valor frente a la vida, valores frente a la amoralidad y defensas frente a la injusticia. Desde luego, son los padres los que deben llevar la mayor carga de la educación sobre sus hombros, pero creo que es toda la sociedad quien debe participar en la formación, a distintos niveles, de los niños y jóvenes. Yo nunca he renunciado a esa obligación moral, desde mis libros, mis clases o mis encuentros con escolares. Un mundo mejor sólo podrá ser creado si pensamos en los hijos de los demás como niños propios a los que legar, si no nuestros genes, sí nuestra experiencia, nuestros conocimientos y descubrimientos, con una generosidad mayor de la que tenemos ahora. La educación carece de horarios, a mi juicio. El reconocimiento de sus méritos, los límites, el enseñarles a frustrarse y acompañarles cuando lo hacen, mostrarles las recompensas de un buen trabajo y las consecuencias de uno mediocre es, creo yo, algo que solo nos beneficiará a todos. Y, sobre todo, la apreciación de la belleza en las pequeñas cosas, la amabilidad y la importancia de conocerse.

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Yo también soy, a estas alturas, alumna. De Ikebana, una técnica floral japonesa. Intento aprender lo que enseño luego, apreciación de la belleza, paciencia, la humildad de partir de cero, creatividad. Suelo comprar las flores casi cerradas para, como con mis alumnos, disfrutar de su evolución. Hoy repito camisa de Zara con hilos dorados, que ha resultado ser de lo más versátil, una falda corta y estampada de Suite Blanco, (no era tan corta, pero su longitud original me avejentaba), un abrigo de ante de Stradivarius, y bolso triangular de Salvador Bachiller. Los pendientes y el anillo son de Ciudad de París. Las fotos fueron tomadas en la floristería Mayo.

Mujeres inteligentes

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Tengo la suerte de vivir rodeada de mujeres inteligentes, con algunas de las cuales trabajo. Un buen puñado de ellas reúnen además la suerte de ser muy atractivas, o incluso auténticas bellezas, hecho que llevan con resignación y que jamás, que yo recuerde, han reconocido más que con amargura. Y, sin embargo, no me cabe duda de que todas ellas preferirían asomarse a la ventana y gritarle al mundo que son las más bellas del reino antes que afirmar abiertamente que son inteligentes. Como la hermosura, la agudeza mental ha de ser garantizada por los otros, las notas, las pruebas, o los resultados. Aún hoy en día, el que una mujer hable sin aspavientos de su capacidad intelectual despierta instantáneos recelos entre hombres y féminas: se dispara una alarma. Por encima de todos los logros, de la igualdad teórica, una joven o una anciana ha de mostrar modestia y discreción. Un eco Dickesiano: “Sé humilde, sé humilde”.
Yo, que no soy particularmente inteligente, pero que nunca le he encontrado gran encanto a la modestia, aún me extraño ante esa negación, ese bajar la voz. Incluso cuando abordamos los aspectos más enriquecedores de la inteligencia, y no la medimos por un cociente sino por, un suponer, capacidades emocionales, me he enfrentado a mujeres de una enorme riqueza sentimental pero que supeditaban ese logro a su falta de conocimiento. Se reconocen o reconocen a otras como listas, espabiladas, astutas. Se desprecian como manipuladoras o chantajistas, o autoritarias.  Si han llegado a una edad avanzada, se dice de algunas que son sabias. Un terrible ejemplo para las niñas y adolescentes, y una aterradora falta de modelos para las adultas. A diferencia del varón, que no ha tenido que conquistar el terreno social ni intelectual, porque por tradición son suyos, entramos de puntillas en esa esfera, sin decir nada, o lo que es aún peor, pidiendo disculpas.
Algo, sin embargo, está cambiando. Como siempre, se detecta antes en la esfera pública que en la privada. Aburridas de la dicotomía entre belleza e inteligencia, mujeres de influencia y visibilidad internacional no ocultan el que su cerebro ha tenido que ver en conseguir o mantener un éxito que las ha hecho famosas. Sharon Stone, Natalie Portman, Ashley Judd, Inés Sastre, Lisa Kudrow, Mayim Bialik, Emma Watson son ejemplos notorios, respaldados por títulos universitarios. Sin embargo, aunque nadie negaría que, asesoradas como sin duda están, otras modelos o actrices que han demostrado ser grandes empresarias, productoras o gestoras de sus carreras son inteligentes, pocas veces se destaca ese aspecto. ¿Es la inteligencia, junto con la ambición y la vanidad, algo prohibido a las mujeres? ¿Algo que está bien que otras muestren pero que conviene mantener en secreto, como parte de un perfil bajo? ¿O, por el contrario, nos gusta cada vez más esa voz pública, esas mujeres que resultan infinitamente más interesantes para hombres y para nosotras mismas cuando hablan que cuando callan?

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Para acompañar este post me parecía importante escoger una minifalda, una de las prendas que se ha convertido en un símbolo de la liberación de la mujer, por mucho que haya tenido la segunda lectura de sexualizarla. Esta, de rayas casi carcelarias, es de HM. La camisa, de gasa, muy femenina y vaporosa, la firma Zara, y los zapatos, Suite Blanco. Llevo un anillo de Dimitriadis, y, en lugar de un bolso, un libro antiguo. Opuestos en apariencia que, en el fondo, casan bien. ¿No es eso muy parecido a reivindicar una personalidad?

Homenaje a Frida Kahlo

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¿Qué misterio rodea a Frida Kahlo para que sesenta años tras su muerte mantenga intacto el  atractivo de una mujer arrolladora, de una creatividad y una capacidad de sincretismo excepcional? En una sociedad obsesionada por la belleza física, la salud y la juventud, una artista feúcha, prematuramente envejecida y enferma desde niña, a la que incluso amputaron una pierna, se alza como un icono al que muchos admiran y todos reconocen.
Supe de la existencia de Frida cuando tenía ocho años, por una revista: sus Retratos, (con monos, con un traje de terciopelo, con fruta), me resultaron fascinantes; aún no me importaba su historia de amor. Quince años más tarde me regalaron un facsímil de su diario: había leído ya la obra de Elena Poniatowska sobre ella, y el personaje cobraba unos matices más complejos, desagradables, en ocasiones.  La última vez que escribí sobre ella fue en mi ensayo “Para vos nací“. Como Teresa de Jesús, Frida no distingue entre su cuerpo, su mente y su obra, brillantes, únicos y torturados. No se entiende quiénes fueron estas dos mujeres sin tener en cuenta sus enfermedades, ni su radical originalidad, la lucha constante por crearse una identidad única. Ambas emplearon la palabra como una manera complementaria de relacionarse con el mundo, y la dos, incomprensibles, efímeras, se encontraban con un amor más allá de toda lógica y fusionado con el arte.
Frida ha sido imitada, parodiada, idealizada. Se ha interpretado su vello facial como un homenaje a sus orígenes criollos (las descendientes de europeos mantenían el vello para distinguirse de las indígenas, lampiñas), como una manera de enfatizar su lado masculino, como una provocación, en definitiva. Las reinterpretaciones del atavío tehuano, los tocados de flores, los mantoncillos, todo formaba parte de una teatralidad intencionada que eclipsó a Diego Rivera y que amenaza ahora con oscurecer su propia obra, también. El legado político, emocional, el discurso de Frida Kahlo, en definitiva, no digamos ya su obra, va mucho más allá de lo visible y lo inmediato. Pero bien está que la imagen de una mujer tan poco al uso contrarreste la avalancha de lo políticamente correcto.
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Para este homenaje a Frida recuperé un precioso vestido de estampado en tonos rosas de Ailanto, con botones de perlas. Las joyas provienen de orígenes muy distintos: el collar de perlas cultivadas lo compré en Filipinas, el dorado fue un regalo del pintor Juan Adriansens y de su marido, Pedro. El otro collar, de cristal mate y coral, lo encontré en una tienda de antiguedades, y los pendientes de aro son de Ciudad de París. Me peiné con un pañuelo de seda de herencia, una mariposa de cuero dorado de HM y buganvillas y jazmines naturales. El maquillaje es de Chanel. Las fotos, pese a lo que parezca, no fueron sacadas en México, sino en el microclima subtropical de Motril, en el precioso hotel Casa de los Bates. Siempre es una buena senda el seguir los pasos de las grandes mujeres.