Los Planetas distantes

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Antes de acudir a mi primer Premio Planeta, allá por los años veinte (los míos: en tiempo real hablamos de finales de los 90), imaginaba una atmósfera refinada, donde los autores llevarían chaquetas de terciopelo sin corbata y las escritoras sofisticados vestidos desestructurados. Cierto que también creía que existían las tertulias de café y en la posibilidad de crear una generación literaria sólida, con lo que la medida de mi ingenuidad solo fue comparable a la de mi decepción.

El mundo literario, que cuenta con gran número de personas atractivas y carismáticas, no destaca, precisamente, por su interés por la moda. Ni marcado, ni leve: existen algunas excepciones (algún dandy disperso, o Marta Rivera de la Cruz, por ejemplo, que ha escrito en SModa sobre diversos armarios de personalidades conocidas,  o Vanessa Montfort). Otras autoras, como María Zaragoza, o algunas de las jóvenes poetas, interpretan la moda de una manera marcadamente personal y muy interesante.

No entraré a analizar las causas de ese recelo hacia la couture: las críticas que se reciben, el tiempo y el genuino interés que exige, la dificultad de conciliar, por parte del público y de muchas personas del sector, la imagen de un oficio intelectual con una apariencia más glamurosa pueden ser algunas de ellas.

Por mi parte, no revelo ningún secreto si hablo de mi entusiasmo por la moda, y más aún por la ropa reservada para ocasiones especiales. Recuerdo la ilusión con la que planeé mi primer vestido para el Planeta, en 1998. Lo dibujé yo y lo cosió mi madre; era muy sencillo, de manga larga y cuello de pico, y largo hasta el tobillo. El toque lujoso lo aportaba el tejido, un terciopelo verde degradado que, por cierto, vuelve a estar de moda. Debería rescatar ese vestido que, como buena urraca, guardo, por supuesto…

Mi siguiente Planeta fue decisivo; yo concursaba con Melocotones Helados, y contra todo pronóstico, lo gané. Lo recogí con un jersey de punto gris, y una falda de seda en el mismo color que compré en una boutique de Bilbao. Un look inspirado en los conjuntos de Ralph Lauren de aquel año, que remataba con un collar de grandes cuentas. Han pasado casi veinte años, y sigo satisfecha de aquella elección, bastante intemporal y muy yo. Hubo un error que no podía prever: el maquillaje, similar en tonos al de la recreación que hice el año pasado con las mismas prendas, no daba bien en fotos con los focos: aparecí pálida en exceso, y con los labios muy oscuros, un aspecto gótico que no me gustó nada.

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Con el paso de los años, el Planeta, el 15 de octubre, se convirtió en una cita anual con mis amigos, y un juego con los diseñadores españoles: así, al vestido de raso negro, largo y sin espalda, encargado a una modista, del año 2000, le siguieron apuestas más arriesgadas. El kimono de raso cereza, con unos bordados de flor de almendro, de Lydia Delgado, (que también me vistió el día que gané el Ateneo de Sevilla) y el vestido de tirantes de gasa entreverada con hilo dorado, de Ailanto, son dos de mis preferidos. Los lucí en 2007 y 2006 respectivamente.

Aprovecho aquí para mencionar la espantosa luz del hotel en el que nos hospeda Planeta cada año para el Premio, el Juan Carlos I, que, si bien excelente en otros campos, es, posiblemente, uno de los lugares menos fotogénicos que conozco. Eso sí, la foto con el papel rayado de fondo es ya un clásico del premio. planeta10

Josep Font, mi elegido para 2010, no había dado aún el salto a Delpozo. Este vestido, de estampado llamativo y una única manga de gasa, era absolutamente espectacular.

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Tuve la suerte de llevar, en 2011, un modelo único de la colección clásica de Jesús del Pozo, perteneciente a su legado. Jesús fue uno de los responsables de que arriesgara cada vez más en el mundo de la moda, y acababa de morir unos meses antes. En homenaje a su figura, y gracias a la generosidad de sus colaboradores, mostré esa noche un vestido vintage y único, de seda color cobre, con drapeado en el escote. En esa ocasión, mi compañera de mesa fue la bellísima Ángela Becerra.

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2014 me trajo la sofisticación de The 2nd Skin.co, con un modelo palabra de honor en verde que aún creo sentir sobre la piel. En ese caso llevaba zapatos de Paco Gil.

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Y 2015, el último año que acudí a la fiesta (este año he asistido al éxito de Dolores Redondo desde mi casa, porque finalizo, con el tiempo en contra, mi novela), lo hice con un vestido de lentejuelas negras y corte lencero de Juanjo Oliva, de nuevo muy sencillo, pero inolvidable.

Las joyas, por otro lado, han sido un complemento esencial para estos vestidos. Las que acompañaban este conjunto eran de Chocrón Joyeron, de oro blanco y diamantes.

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Aunque no publique las fotos porque son de pésima calidad, quiero mencionar a otros de los diseñadores que me han acompañado en Planetas ya distantes: Hannibal Laguna me brindó un maravilloso vestido de gasa gris perla y pedrería, Ana Locking, una fantástica túnica de tul blanco, Ion Fiz, un conjunto de falda azul y capa con volumen…

Todos ellos han formado parte de una larga lista que acompaña en mis recuerdos a libros y autores, sensaciones y emoción compartida; y a todos debo el que me hayan permitido convertir  la fiesta de la literatura en algo que se parecía a mis sueños de juventud.

 

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Hair Time

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Si en las tiendas de ropa me invade la sensación que tendría un niño en una tienda de chucherías, en los salones de peluquería tiendo a comportarme de una manera un poco solemne; pude comprobarlo en la última ocasión, cuando acudí a Hair Time y me vi en el sillón de cuero blanco, reflejada en el espejo, con un aire entre expectante y respetuoso. Los peluqueros han heredado una profesión solemne, que comenzó con los barberos y los hechiceros, los encargados de cuidar el cabello y de marcar los rituales de madurez. En todas las culturas, el pelo y su trato es cosa importante: una señal de estatus o incluso un castigo.

Después de varias semanas en que mi vida ha girado en torno a mi nueva novela, absorta, y en las que solo me faltaba hacerme la manicura a bocados, como mis gatas, llega el momento de regresar al mundo; y lo hago además a través de medios tan visibles como el teatro y la televisión. No es el momento de sentirse insegura; en estos días previos estoy dedicando tiempo a todo lo que luego no podré cuidar. Y el cabello se encontraba en primer lugar. Habrá quien no entienda esto: es un peso que muchas mujeres añadimos al resto de nuestras responsabilidades, y de lo que no hablamos. Para mí, después de la depresión, verme bien, cuidar mi aspecto,  es un indicador de mi salud y de mi vitalidad.

Hair Time solo tiene el inconveniente de encontrarse en una ciudad en la que no vivo: el resto (la técnica, la profesionalidad, el diseño, la discreción) son virtudes. Aproveché por lo tanto un viaje a Barcelona para la grabación de la clase del Master de Traducción de la VIU para a acercarme a este espacio cuyo trabajo es el secreto de la apariencia de muchas mujeres admiradas por su estilo, y del que no alardean: puede verse en los pies de fotos de numerosas revistas.

Para mí, que no trabajo con nada que requiera de habilidad física, resulta hipnótico ver la pericia con la que cualquier persona usa unas tijeras, un cuchillo o una navaja. El corte en seco que me realizó Mónica fue un tallado minucioso y el cambio se podía observar en cada giro. El cabello caía en mechones, como pequeñas serpientes castañas que reptaran por el suelo.

He escrito varios cuentos que ocurren en peluquerías y salones de belleza. Quizás porque sea un lugar en el que solo puedo observar. Y muchas cosas ocurren, muchos secretos se deslizan, muchos días felices se preparan en esos espacios, entre los espejos y las confidencias.

Como para todo, en el secreto de la fama de Hair Time no hay fórmulas mágicas: excelentes productos (Aveda), técnica esmerada y buen conocimiento del cliente, al que intentan comprender en un tono casi de psicólogo. Como para todo, no hay atajos. El mimo constante. El olor del agua de rosas rociada antes del secado, el paño de algodón que protege la frente y los oídos de la toalla caliente durante la mascarilla hidratante, el esculpido con producto que se aplica con las mechas no se dan por casualidad.

El resultado habla del proceso: unas ligerísimas mechas miel, apenas chispazos de luz. Un corte nuevo y con más movimiento. El pelo cuidado, sano y con un brillo lujurioso. Las ganas casi irrefrenables de bailar, de sonreír constantemente, de iniciar algo nuevo. De una manera muy distinta, sigue oculta en el cabello la magia que intuían los antiguos: algo serio. Algo que habla de convertirse en otro, de descubrir la fuerza propia y de comerse el mundo.

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Hair Time se encuentra en la Carrer del Mestre Nicolau 2, en Barcelona. El vestido de encaje, pasamanería y plumetti color marfil es de Mango, y muestra la espalda en un escote bajo. Las fotos son de Nika Jiménez.

Mujeres con estilo propio

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-No sé que os pasa a las mujeres -se quejaba, hace poco, un conocido escritor, que me amenazó con terribles represalias si mencionaba su nombre-, y por qué últimamente todas vestís igual. Ya era una triste visión el que los hombres se hayan uniformado con el sempiterno traje gris, y una corbata anodina, o con vaqueros aburridos y chaquetas aún más vulgares. Pero ¿Y las mujeres? Incluso las modelos y las actrices sienten miedo a destacar, e imitan los escaparates. Las chicas de moda visten como los escaparates. Lo que ha conseguido esta prensa salvaje y estas críticas a la celulitis, los kilos, y las alfombras rojas es que nadie se arriesgue, a que todas copien a todas, y que la primera y la última sean el mismo producto en serie.
En otros términos, hacía tiempo que me rondaba esa misma idea: con sus matices. Como mujer, sé el poder del control social, y lo dolorosas que son las criticas si se rompe la norma no escrita de mantenerse indistinguible. Sé también que por mi interés y mi educación en colores, formas y tendencias, es probable que encuentre diferencias sustanciales en las prendas que mi amigo consideraría  idénticas. Y, además, conozco el esfuerzo y la energía que conlleva vestirse cada mañana, dejemos de lado el convertirse en un referente creativo. Hay días en que una se viste exclusivamente por no salir desnuda a la calle, y el peso añadido de pensar en cómo nos verán los otros, sencillamente, se espanta con un encogimiento de hombros.
Pero es cierto que ese periodo adolescente en el que las niñas resultan indistinguibles se ha prologado, como la propia adolescencia, hasta la edad adulta. Sea por la disponibilidad de ropa de marcas generalistas, por la copia indiscriminada que se hace de las firmas de referencia, por la globalización de la moda a través de revistas, blogs, o por la publicidad que asalta en calles, teles o redes sociales, el ataque de los clones del que se quejaba el escritor es un hecho.
La normalidad se premia, por lo general, con una indiferencia que se puede confundir con aprobación.  Y, sin embargo, las mujeres más interesantes en raras ocasiones visten de una manera gris. Uno de los iconos más queridos y reconocibles de la femineidad contemporánea, Frida Kalho, nunca copió un referente concreto. Coco Chanel, en el otro extremo, se inspiraba en atuendos masculinos, incluso obreros. Diane Kruger, quizás la actriz con más estilo de la actualidad, presume de no tener estilista. Björk o Lady Gaga, que han hecho de la extravagancia su tarjeta de visita, resultan inconfundibles. Pero Laura Ponte, o Luz Casal, o Natalie Portman, o Inés de La Fressange se mueven en parámetros muy distintos, todos ellos de factura sencilla y limpia, y nadie les negaría un estilo propio. Incluso las mujeres que se dedican a la política han cedido, en los últimos tiempos, a la uniformidad neutra. Atrás quedan María Teresa Fernández de la Vega, Rosa Díez o Carmen Alborch, con las que se puede simpatizar más o menos, pero con una estética personal inconfundible.
Por mi parte, con mis aciertos, y mis errores, que de todo ha habido, puedo calibrar los momentos menos felices o de mayor inseguridad con solo repasar mi vestuario: cuanto más formal o neutra fuera mi manera de vestir, más desdichada he sido, o más perdida me he sentido. Para alguien como yo, con un sentido teatral de la vida, con un notable amor por las prendas o los complementos dramáticos, mi terreno natural es el de chirriar siempre un poco. En ocasiones, es valorado y apreciado. En otras, por supuesto, no gusta en absoluto. No pasa nada. No puedo obligar a nadie a que aprecie el color, los estampados, los contrastes o los volúmenes. Tampoco pretendo acertar siempre: mi interés en la ropa no coincide, necesariamente, con que me favorezca o embellezca.
No suelo inspirarme en mujeres contemporáneas: las referencias pueden provenir de cualquier campo. Hace  unos días, en la Manchester Art Gallery,  en la que contemplaba algunos de los más hermosos cuadros prerrafaelitas, di con el cuadro “The reader”, de A. J. Moore.  y se produjo una conexión instantánea: sabía que a mi regreso a España debía acudir al Premio de Novela Biblioteca Breve. Lo que no tenía nada claro era qué ponerme. Entonces acudió a mi mente un precioso vestido de Dolores Promesas que había visto unos días antes, que mezclaba los colores de  la túnica naranja de la lectora y el fondo de flores; y algunos de mis collares. Y así me dirigí a Barcelona, a felicitar al ganador, Ricardo Menéndez Salmón  y a ver a mis amigos Juan BoleaFernando MaríasEduardo Mendoza y a mi adorada Rosa Montero.

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    Como ya he dicho, el vestido, con su inconfundible estampado, es de Dolores Promesas  y el bolso reversible es de Lodi. Los collares provienen de distintos lugares: adquirí el de malaquita tallada en Madrid, y el de perlas cultivadas, que me temo que me acompañará en mi vejez, en Manila, hace más de diez años. La manicura, en burdeos, naranja y plata, lleva el nombre de Opi  y el maquillaje en esta ocasión es de Bourjois. Por cierto, que la barra de labios Rouge Edition 12h me está dando un resultado fantástico.
Me pregunto quiénes serán esas ocultas fuentes de inspiración que os han influido en vuestro caso…

Planeta 2015: “LA” noche literaria

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Entre las dudas que más me trasladan las escritoras novatas descollan dos preguntas: ¿Cómo puedo conseguir que publiquen mi novela? y ¿Qué debo ponerme en una fiesta literaria?
La primera es larga de resolver. La segunda, muy sencilla: no existen las fiestas literarias en este país. Olvidad, románticas lectoras, esas soirèes llenas de sutilidades dialécticas, esos cisnes de Capote, esas veladas con champán y discusiones sobre Navokov. Salvo algunas notabilísimas y agradables excepciones, el mundo literario patrio no destaca por la atención a los detalles o la idea del glamour. Tampoco ha logrado congraciarse con la idea de que el rigor intelectual no debe, necesariamente, ser machadiano y adoptar un cierto desaliño indumentario.
Sin embargo, sí que existe una ocasión, cada 15 de octubre, día de Santa Teresa, en la que escritores, editores y adyacentes se reúnen en una gala con motivo del Premio Planeta, en Barcelona. Por motivos que no necesito explicar, y que se resumen en “Melocotones Helados”, para mí es un evento que recuerdo con mucho afecto. Pero eso no quita el que provoque un cierto vacío ante lo desconocido: ¿qué vestir en una fiesta que es, en realidad, una cena durante la cual delibera un jurado, en la que los escritores son minoría, en la que la discreción de la burguesía catalana se impone, y en la que sin embargo hay prensa? Y, sobre todo, ¿qué se viste siendo yo, cuya idea de lo que ha de lucirse en una fiesta se encuentra en las antípodas de la discreción, catalana o no, y cuando hay tan pocas ocasiones de emperejilarse siendo una escritora-escritora?
Hace algunos años resolví ese dilema: cada año acudo a un diseñador español amigo, y le confío la situación. Ailanto, Ana Locking, Ion Fiz, The 2nd Skin.Co, Jesús del Pozo, Josep Font, Hannibal Laguna… han sido algunos de los que me han vestido para esa noche. Todos han entendido el espíritu del premio mejor de lo que yo lo haría. También lo han hecho las marcas de joyas.

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Este año ha sido Juanjo Oliva, de su colección Elogy para el Corte Inglés el que, con un vestido muy sencillo, de corte sirena y miles de lentejuelas negras, me ha preparado para el Planeta. Ceñido, pero sin exageraciones, es el marco perfecto para las joyas de Chocrón: un collar-babero de diamantes, los pendientes de talla en lágrima, y el maxi anillo bañado en rodio con una enorme selenita y rodeado también de diamantes. Las sandalias, de raso y strass son, como muchas otras veces, de Paco Gil. Aunque en las fotos os muestro los previos en mi casa, justo antes del Premio me peinó Laura Zamacois con una trenza que se recogía en forma de flor sobre una oreja. Y por supuesto, siempre llevo el perfume Halloween.
Os contaré que cada año ha habido un imprevisto justo antes que hacía temer que el vestido no llegara o no sirviera: es casi una tradición. Retrasos de mensajero, medidas mal tomadas, despistes, desgarrones… este año fue la cremallera invisible la que se rompió, y hubo que cambiar a toda prisa. Y, cuando todo está preparado, la duda de siempre. ¿Quién será el ganador? Este año, la tierna, irónica y divertida Alicia Gimenez Barlett. ¡Enhorabuena, querida Alicia!