Una noche en la fábrica de Ria Menorca

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Cuando éramos niñas, muchas de mis amigas soñaban con quedarse encerradas una noche en El Corte Inglés, con todas las plantas a su antojo: el cielo, angelitos con cítara aparte, no parecía capaz de superar la oferta de atractivos de un gran almacén.

Yo, en cambio, hubiera preferido una noche en una fábrica. De qué, no me importaba. Crecí en una localidad fabril: lo que ocultaban las vidrierías, las acerías, las plantas de envasado, me parecía un mundo fabuloso con robots y órdenes secretas. Ha pasado mucho tiempo y varias remodelaciones industriales, pero mi fascinación por los lugares donde se fabrican cosas (los talleres, las empresas, las fábricas, las bodegas o las plantas de procesado) continúa intacta.

Siento debilidad por las fábricas de calzado, quizás porque me han enseñado a apreciar el minucioso trabajo que se esconde detrás de cada zapato, y el papel que el calzado español ocupa en el mundo. Valoro enormemente a quienes, pese a la aplastante competencia, continúan produciendo a nivel local, con las garantías y los controles de calidad europeos. Me gusta que las historias me obliguen a mirar de otra manera, con otra atención, mi entorno.

La que me esperaba cuando me invitaron a visitar la fábrica de Ria Menorca se remonta a hace casi 70 años: en 1947 Bartolomé Truyol comenzó a fabricar avarcas, (en castellano, abarcas o menorquinas), en un nuevo giro a una tradición que se remonta al calzado que llevaban los honderos baleares en sus enfrentamientos contra los romanos o los cartagineses. Guerreros cotizadísimos por su puntería, capaces de matar a un hombre de una pedrada a 100m, Tito Livio ya habla de ellos, y aunque en ocasiones los describen descalzos, otras fuentes mencionan sus tres hondas de combate y su peculiar calzado.

Esas abarcas primitivas se mantuvieron casi sin cambios durante siglos, me explicó Carlos Truyol, el hijo del fundador, y actual responsable de Ria Calzados, hasta que un elemento extraño llegó a la isla: las ruedas de caucho de los automóviles, las llantas. El diseño que protegía los pies, y con una tira en el talón que permitía sujeción, pero también que las piedras y la tierra no molestaran, se mejoró con una suela curva recortada de las ruedas. De los clavos finísimos, el cuero y el hilo encerado primitivos se pasó con rapidez a una manera de producción más ecológica y eficaz.

Pese a su sencillez, que es precisamente la clave de su éxito, el diseño permite una variedad ilimitada: esa ha sido una de las obsesiones de la segunda generación de Ria. Por ejemplo, en 2005 la suela curva dio paso a una cuña en el calzado femenino, que oscila entre los 3,5cms a los 10cms, y que incorporó la abarca en looks más formales.  Por otro lado, desde 2009 el caucho se alternó con diseños más ergonómicos,  con una plantilla de viscolástica tan cómoda que resulta una sorpresa calzarlas.

La parte que cubre los dedos, llamada pala, también ha experimentado cambios: desde los diseños de la artista María Janer (y otros artistas, en ocasiones destacadas) al troquelado con láser, se ha convertido en un espacio diminuto perfecto para expresar la personalidad y el gusto particular.

La fábrica de Ferrerías,  recién estrenada, me entuasiamó. Alberga una tienda deslumbrante en variedad y número, y reúne bajo su techo todo el sistema de producción, que puede observarse desde una pasarela elevada. Las hormas, los tejidos, (mi sección preferida) los puestos para el cosido o el encolado, todo funciona como un organismo joven y único; el resultado, las abarcas, sale para todos los rincones del mundo: Asia, América u Oceanía reciben las mismas menorquinas que yo tengo ahora ante mis ojos; y. mientras yo camino por la nave, con sus cajas blancas y rojas en perfecta alineación, en algún lugar del mundo alguien que duerme ignora aún que estoy presenciando cómo se fabrican sus abarcas.

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Para visitar la fábrica de Calzados RIA elegí un vestido de raso negro de Mango, de líneas fluidas. Llevé uno de mis collares preferidos, el de la espina de pez, realizado con piedras semipreciosas y cristal balear. Entré con unas sandalias de ante y strass de Paco Gil, pero, como el destino es el destino, salí con unas avarcas doradas, de cuña alta. Y ¿quién soy yo para oponerme al destino, si es dorado y me hace elevarme sobre el suelo?

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Nuevas voces, nuevas historias

 

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. No tanto de nuevas historias para narrar, porque esas llegan solas, o aparecen de vez en cuando entre los recuerdos y las experiencias pasadas, sino de quienes se expresan de manera diferente. El libro es para mí como un viejo amante, cuyas limitaciones conozco y acepto, a quien siempre puedo regresar. Pero las otras maneras de contar lo que deseo transmitir… ah, se han convertido en una pasión siempre renovada. , y siempre me siento dispuesta a ellas.

Durante años me obsesionó el encontrar nuevos formatos para transmitir mis historias: el audio, los textiles, la publicidad, los envoltorios (el packaging ofrece tantos espacios vacíos…), y, por supuesto, el escenario. El encuentro entre imagen, sonido y palabras

Publiqué un libro, los relatos de “Cuentos malvados” en farolas. He escrito cuentos sobre zapatos, y se han fabricado zapatos que he descrito en mis cuentos. Escondí textos en camisetas. Me he inspirado en perfumes, en la textura sedosa de los cosméticos, en colecciones de moda, en flores y jardines, en lámparas de cristal. Conté de nuevo historias como la del Cid o la de Hamlet a niños, y he trabajado con arte urbano.

Ahora, con la impetuosidad de la primera juventud ya apaciguada, y con algunos caminos ya explorados, aún me emociona el encontrarme con quien busca senderos nuevos.

Durante los días que pasé en Valencia, hace poco, lució un sol espléndido, y pude ponerme unos shorts de ante, con mi cazadora de cuero, una pulsera de Braccialini  y una camiseta de Cotocult.  Ya me visteis con ropa de Cotocult, en este caso una sudadera, aquí.

Los creadores de esta joven marca se definen a través de Shirt and Words. Dicen que Cotocult quiere contar una historia y un viaje con un personaje tras cada camiseta. Y la camiseta negra que luzco se titula Escribo parís, de la colección Quién nos escribirá mañana. La ilustración muestra una postal que podría ser enviada a cualquiera: pero si indagais en la web, el texto que está detrás declara esto:

Escribo parís en minúscula desde que sé que te dan rabia las faltas de ortografía. He aprendido a escribir vaso con b y beso con v y si me preguntas por qué lo hago te respondo que es una tontería porque me encantan los hoyuelos que te salen en las mejillas cuando te entra una rabieta. (…) Bicicleta y Cama van con mayúsculas si se refieren a tu Cama y a mi Bicicleta. La Camiseta de autor escribo paris negra declara la guerra a quien no se atreve a decir de otra manera lo que siente. Como el niño que le tira de las trenzas a la niña más guapa del colegio.

Les deseo toda la suerte del mundo. Creo que continuarán contando muchas más hermosas historias.

Y, también en Valencia, de una manera muy distinta, hay una joven artista que, por un momento fugaz, convierte lo cotidiano en algo inesperado. Su material es el café, los siropes y la espuma. Se llama Bea, y se encuentra en el Café dels Somnis,  en Avda del Puerto 152. Había tenido ya la amabilidad de retratarme en un café, a mí y a mis gatitas, pero cuando fui a visitarla repitió a Lady Macbeth con una habilidad casi fotográfica. Transformó un café en una experiencia, una pausa en un recuerdo. Las historias, se supone, son una lucha contra el tiempo, pero resulta extraordinario que algunas de ellas, que no perduran, nos obliguen a centrarnos en el momento con un resultado casi idéntico: una vida más intensa y con mayor sentido.

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. Y nunca sé dónde encontraré la siguiente historia.

 

Homenaje a Frida Kahlo

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¿Qué misterio rodea a Frida Kahlo para que sesenta años tras su muerte mantenga intacto el  atractivo de una mujer arrolladora, de una creatividad y una capacidad de sincretismo excepcional? En una sociedad obsesionada por la belleza física, la salud y la juventud, una artista feúcha, prematuramente envejecida y enferma desde niña, a la que incluso amputaron una pierna, se alza como un icono al que muchos admiran y todos reconocen.
Supe de la existencia de Frida cuando tenía ocho años, por una revista: sus Retratos, (con monos, con un traje de terciopelo, con fruta), me resultaron fascinantes; aún no me importaba su historia de amor. Quince años más tarde me regalaron un facsímil de su diario: había leído ya la obra de Elena Poniatowska sobre ella, y el personaje cobraba unos matices más complejos, desagradables, en ocasiones.  La última vez que escribí sobre ella fue en mi ensayo “Para vos nací“. Como Teresa de Jesús, Frida no distingue entre su cuerpo, su mente y su obra, brillantes, únicos y torturados. No se entiende quiénes fueron estas dos mujeres sin tener en cuenta sus enfermedades, ni su radical originalidad, la lucha constante por crearse una identidad única. Ambas emplearon la palabra como una manera complementaria de relacionarse con el mundo, y la dos, incomprensibles, efímeras, se encontraban con un amor más allá de toda lógica y fusionado con el arte.
Frida ha sido imitada, parodiada, idealizada. Se ha interpretado su vello facial como un homenaje a sus orígenes criollos (las descendientes de europeos mantenían el vello para distinguirse de las indígenas, lampiñas), como una manera de enfatizar su lado masculino, como una provocación, en definitiva. Las reinterpretaciones del atavío tehuano, los tocados de flores, los mantoncillos, todo formaba parte de una teatralidad intencionada que eclipsó a Diego Rivera y que amenaza ahora con oscurecer su propia obra, también. El legado político, emocional, el discurso de Frida Kahlo, en definitiva, no digamos ya su obra, va mucho más allá de lo visible y lo inmediato. Pero bien está que la imagen de una mujer tan poco al uso contrarreste la avalancha de lo políticamente correcto.
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Para este homenaje a Frida recuperé un precioso vestido de estampado en tonos rosas de Ailanto, con botones de perlas. Las joyas provienen de orígenes muy distintos: el collar de perlas cultivadas lo compré en Filipinas, el dorado fue un regalo del pintor Juan Adriansens y de su marido, Pedro. El otro collar, de cristal mate y coral, lo encontré en una tienda de antiguedades, y los pendientes de aro son de Ciudad de París. Me peiné con un pañuelo de seda de herencia, una mariposa de cuero dorado de HM y buganvillas y jazmines naturales. El maquillaje es de Chanel. Las fotos, pese a lo que parezca, no fueron sacadas en México, sino en el microclima subtropical de Motril, en el precioso hotel Casa de los Bates. Siempre es una buena senda el seguir los pasos de las grandes mujeres.

PHotoEspaña en el Real Jardín Botánico

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No encuentro suficientes excusas para escaparme todo lo que quiero al Jardín Botánico de Madrid,  de manera que ya voy sin ellas: aún así, me las ofrecen cada semana. En este caso, fue la inauguración de las exposiciones de los artistas contemporáneos Julio Zadik y de Cravo Neto, dentro del Festival PHotoEspaña.

PHotoEspaña, esta vez con una directora, María García Yelo, acerca fotógrafos y propuestas de una calidad altísima a un público que no siempre encuentra la ocasión o el lugar para buscar imágenes conmovedoras. Este año se han dedicado en la fotografía latinoamericana (su lema es “Nos vemos acá”), un propósito casi infinito, que durante los meses de verano nos permitirán acercarnos a Tina Modotti, a Korda (sí, el del famoso retrato del Ché, en esta ocasión con sus preciosas imágenes de mujeres) o a Chema Madoz, quien me ha dado el privilegio de retratarme en más de una ocasión. Os hablaré de estas exposiciones en otra ocasión.

Mario Cravo, brasileño, inventa realidades extrañas en “Mitos y ritos”. En sus fotografías urbanas encontramos Nueva York, pero también Salvador de Bahía, color y blanco y negro, y, sobre todo, el ansia dellegar a algo invisible, místico, común a todas las razas y credos. Y Julio Zadik, guatemalteco, en “Un legado de luz”, muestra una y otra vez cuerpos y personas, bichos y paisajes. Zalik era un poeta que empleaba las imágenes para narrar, y que buscó el silencio (por décadas no se supo nada de él) para reclamar las historias.

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photoespaña Espido4Para una inaguración de fotografía en el Jardín Botánico podía optar por el minimalismo más estricto, o por el trampantojo. Ya podéis imaginar que me lancé a lo último, a un vestido de H&M con una fotografía de un paisaje, dos flores en el pelo, y unas libélulas de Verdeagua Alhajas como pendientes. Uñas pintadas de verde escarabajo con uno de los esmaltes tornasolados de OPI, y un brazalete hindú. Las sandalias verdes son de Jocomomola, y el bolso, de Cats, fue un regalo, masacrado cuidadosamente por mi gatita Lady Macbeth. No sé si el nombre influyó o no. Siempre digo que he de disimularlo con un pespunte… pero ahí siguen sus uñitas. El maquillaje, de Clarins, era muy suave, en un intento de suavizar el efecto folklórica de incógnito que le dan las gafas grandes a una coleta. Qué le vamos a hacer, con el calor el pelo estorba, y con el sol, hacen falta lentes.

Y después de la sobrecogedora creación humana de las fotografías, apareció la realidad bellísima del jardín…

(Por cierto, si os gustan los árboles, o si no dais ni una con ellos, esta app gratuita es un juguetito precioso para identificarlos…)