Todos, todos los Santos

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Sin que fuera realmente mi intención, he visitado un buen número de tumbas de escritores; en los dos últimos años he estado, entre otros, en el lugar en el que, definitivamente, parecen haber encontrado los huesos de Cervantes, en las tumbas de las Brontë, frente a la esfinge que custodia el descanso de Oscar Wilde… Pese a reducir la presencia de la muerte a un mínimo, y transformar el sentido original de las fiestas de difuntos en una noche de disfraces, si algo no ha cambiado ha sido la veneración a las obras de artistas muertos, y en ocasiones, la peregrinación a sus casas y a sus sepulcros.

Jane Austen fue enterrada en Winchester, en el suelo de la catedral. Un privilegio para la hija soltera de un clérigo, como se le nombra en su lápida: por mucho que ahora nos choque, o nos parezca una falta de respeto a su talento, a su alrededor proliferan cantos muy parecidos a la virtud de las mujeres de su tiempo: fueron esposas, hijas, madres, obedientes cristianas. Una placa en la pared cercana rectifica el silencio sobre su oficio, y le restituye la categoría de escritora. Pero esos matices son muy recientes.

Jane, a quien pasamos a visitar en el Viaje al País de Jane Austen con B the travel brand y El País Viajes, murió tras una breve enfermedad en Winchester. De otra manera, hubiera sido enterrada con su madre y su hermana en en cementerio de Chawton, muy cerca de la casa en la que vivió sus últimos años, y donde, según cuenta, y según demuestra lo mucho que escribió, fue feliz. Las dos Cassandras, madre e hija, sobrevivieron a la escritora, velaron por su legado y se encuentran a un costado de la iglesia, desde donde se puede ver Chawton House, la mansión que pertenecía a su hermano Edward, y que alberga ahora una Fundación que estudia obras literarias escritas por mujeres. Tampoco de ellas se dice gran cosa en la lápida. Su carácter, su influencia, sus penas o intereses son algo que podemos deducir, si lo deseamos, porque su hija y hermana escribió, hace doscientos años, un puñado de novelas, un montón de cartas, una serie de personajes.

El cementerio, con sus enormes tejos que sombrean las lápidas y las cruces, es un espacio de paz y de reflexión. No se ven flores. Los campos verdes se cubren de hojas otoñales, y el silencio es casi total. Algún turista sigue el camino. Una gatita, al acecho de caricias, aguarda. El tiempo pasa, los siglos transcurren. Una hora u otra carece de importancia. El día de Todos los Santos es un arañazo en la eternidad.

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El vestido que llevo en las fotos es un vintage de los años 70, de gasa estampada con mangas jamón, de puño muy ancho con botones forrados. Podría haber aparecido en la secuencia de apertura de Candy Candy (toda una generación contaminada emocional y estéticamente por un anime, maldita sea). El cinturón fue una compra en una tienda de segunda mano de Nueva York. La gargantilla o choker de terciopelo azul con una libélula me lo regaló Ébolis Princess, una alumna de Creación Literaria.

 Las fotos fueron tomadas en Chawton por Nika Jiménez con My pen Camera de Olympus.

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Paseo por el pasado

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En otra ocasión os conté que, pese a ser una precoz acumuladora de recuerdos, libros y prendas, apenas había heredado prendas de mi madre de esos jugosos años 60, 70, y 80, que harían ahora las delicias de cualquier amante de lo vintage. He de decir que esa orfandad de prendas tiene su lado bueno: amigas y lectoras me han regalados ropa que sus hijas no aprecian y que yo tengo como oro en paño, y he trabado estrechas relaciones con las dueñas y dependientas de tiendas de segunda mano.
Cuando, hace poco, le comenté a mi madre esa situación, se indignó muchísimo; primero, de que lo contara. Después, le echó la culpa a los armarios, y su escasez en numero y metros cuadrados en las casas modernas. Y por último, el culpable final y definitivo resultó ser mi padre, no tengo muy claro por qué, y creo que él tampoco, pero por si acaso, nos callamos los dos. En definitiva, rectifico: y, para corregir mis errores, hoy saco a pasear una de las chaquetas que sí conservo de mi madre, para que no se diga.

Bromas aparte, me resulta muy querido llevar una chaqueta de ella que, además, fue cosida por ella: las puntadas perfectas, el forro verde dispuesto con un cuidado del que yo sería incapaz, el toque de modernidad que se aprecia mejor ahora que en su momento. Mi madre ha sido siempre elegantísima, y posee una gran intuición creativa. Era una modista arriesgada, autodidacta cuando no encontraba quién le enseñara lo que ella pretendía. Quiso tener un trabajo propio y ser independiente en un momento en el que el ideal de la mayoría de sus amigas era muy otro. Cuando idealizamos el pasado yo recuerdo a todas esas mujeres inteligentes y brillantes que, como mi madre, eran veinteañeras en los años 60, y que carecieron de las oportunidades que se merecían; el mundo estaba cambiando y ellas lo sentían, lo percibian pero, lejos de los centros de influencia o de las ciudades europeas o americanas en las que eso ocurría, no pudieron explotar su potencial. Es fácil reducir la historia a quienes destacaron, vivieron al límite, o rompieron límites. En su entorno de influencia, a su nivel, muchas madres y abuelas abrieron su camino callado, nos inculcaron valores, ideales o maneras de comportamiento que no fueron menos revolucionarias que las evidentes y visibles.

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La chaqueta de mi madre es de un paño formidable, beige, con cuadros verdes, grises y pardos, y grandes botones de pasta. Apreciad el corte y la impecable factura. Aunque es anterior en el tiempo a los vaqueros setenteros de HM, de talle alto y abotonado y gran campana, me parece que se complementan bien, y que suaviza un look que de otra manera sería excesivamente folk, y que así se adecúan bien a una estética urbana, pero femenina. La blusa de lazo viene de Mango. Los complementos, por otro lado, son los pendientes blancos muy simples que me encantan (los estoy coleccionando en varios colores), un anillo muy elaborado de Art Wear Dimitriadis, zapatos blancos de charol, de Úrsula Mascaró, y una bolsa con un collage bordado de Frida Kahlo que compré hace muchos años a un artesano, en La Habana. Las fotos están sacadas en Madrid, en Goya con Alcalá, muy cerca de un Starbucks por el que suelo recalar, y he aprovechado para comprar unas margaritas como regalo para una amiga, Alma Cupcakes, que tiene su taller muy cerca, en la calle Montesa.

En fin, si la ropa no nos despertara emociones, qué aburrido sería hablar de moda…