Cada paso, una conquista. Un diseño con RIA Menorca

Uno de los placeres de intervenir en el diseño de un zapato tiene que ver con la libertad y los límites, al mismo tiempo, que ofrece el soporte. El libro es un terreno ya conocido, aunque siempre nuevo. Sin embargo, las camisetas, la cartelería, los marcapáginas, incluso, fuerzan a un mensaje concentrado y que debe contar una historia no solo con palabras, sino con todo lo que el objeto es.

La colaboración que hoy os presento se inició hace ya tiempo, y comenzó con una visita a la fábrica RIA en Ferreries,  Menorca.

Allí me enseñaron cómo una necesidad básica de los menorquines, la de encontrar un calzado resistente y a su alcance, con una suela de goma que le permitiera caminar sobre terreno escarpado y librarse de las piedrecitas, se había sofisticado hasta los centenares de modelos actuales.

El nombre de ese calzado varía. Se conoce como abarcas, avarcas, menorquinasY lo que había comenzado como una solución local desfilaba en Nueva York, se exportaba ahora a países como Italia, Sudáfrica, Chile, Suiza, Bélgica, con un éxito muy marcado en Japón. 40 países, 300 modelos distintos.

La avarca primitiva casi no había variado desde que en 1947 Bartolomé Truyol abrió Ría Menorca, ni la manera artesanal de confeccionarlas. El curtido es ahora vegetal, para disminuir la huella ecológica. La estética, los materiales, más ligeros, eran completamente otros.

La parte que a mí me correspondía era la más agradecida: con los catálogos de tacones, telas, y acabados, ¿Qué quería hacer? En Ría me daban libertad absoluta. Era su manera de celebrar los 70 años de la empresa, una edición nueva de la avarca. ¿Qué hacer con ella?

Quería aprovechar la cuña alta, porque es cómoda y al mismo tiempo nos despega del suelo. El calzado debe permitir que caminemos, y sobre todo, que volemos. Quería la suavidad del nobuck hielo, y un toque de dorado. Quería el lujo casi inédito de incluir un puñado de tejido entrelazado con piedras y cristales. Y, finalmente, quería incluir una frase que me recordara, y que recordara a quien las lleve, que no importa hacia donde nos dirijamos, siempre es un logro. Cada paso, una conquista. Serigrafiada en el tacón, de mi puño y letra, esa frase acompaña a la mujer que calza la avarca.

Cada paso, una conquista. Every step a victory. Se camina de manera distinta si nos dirigimos hacia un lugar en el que esperamos grandes cosas, en el que confiamos en lo mejor. La frente alta, los pies ligeros, un poco de valor insuflado en el corazón. Siempre he creído que las emoción interna resulta difícil de ocultar, pero que toda ayuda exterior es poca para reforzarla. No estoy segura de que cada paso me conduzca a un logro. Pero tengo la certeza de que cada uno de los que soy es una conquista en sí mismo.

Las fotos muestran el momento del diseño de la avarca en la fabrica RIA Menorca, y su presentación, ya confeccionada, en Madrid, junto a la segunda generación Truyol. Fueron tomadas por Nika Jiménez.

Las avarcas con mi diseño están en todos los puntos de venta de Ría Menorca. Pero si no tenéis ninguno cerca, aquí tenéis el enlace en el que podéis comprarlas.

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Elegir un bikini

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Esta sesión de fotos fue una de las más divertidas y alegres que recuerdo: en ella influyó el clima, perfecto, el entorno, Menorca, el ambiente que se generó y un optimismo que me ha acompañado todo el verano. Si hace unos años me hubieran dicho que me llegaría a sentir tan feliz, tan despreocupada, en bikini, hubiera esbozado una sonrisa amarga. ¿El sol, el agua? ¿Qué era eso frente a la mirada de los demás, frente a mis propias críticas?

Para muchas mujeres esa sensación tan agradable finaliza muy pronto; no supera el paso a la adolescencia, cuando de pronto el cuerpo se convierte en algo que puede ser mirado, juzgado y sopesado (hablé de bodyshaming aquí). Se acaba el juego y la diversión, y todos los mensajes que esa chica ha recibido desde su infancia comienzan a actuar. Por suerte, no siempre es algo definitivo. Con el tiempo me he encontrado con mujeres que se han puesto un bikini casi como una conquista o una afirmación. No les han importado los kilos de más o de menos, han decidido que ni las estrías, ni la celulitis, ni la flaccidez (eso que nos han enseñado a odiar como defectos imperdonables) son importantes.

Han decidido mostrar la cicatriz de su cesárea como una huella de vida, o celebrar el que les falta un pecho, o los dos, como una medalla de su supervivencia. O, ya muy mayores, no querían perderse  una experiencia que le habían prohibido un marido, o un entorno, o unos prejuicios.

En pocos años hemos pasado de considerar el cuerpo como algo pecaminoso a desarrollar un sentimiento de culpa similar, pero sin una motivación religiosa; la emoción era similar, la hemos heredado de las generaciones anteriores sin cuestionar nada. Solo las razones para esa vergüenza y esa culpa varían.

Eso nos ocurre a nosotras, las occidentales: a chicas o mujeres o niñas, como yo, que han sido educadas en democracia e igualdad, que hemos accedido a estudios en algunas ocasiones superiores, que hemos obtenido mejores notas y resultados que nuestros compañeros varones: pero que aún nos encontramos con la incomodidad de no saber qué hacer ni cómo comportarnos con el conflicto que nuestro cuerpo genera en el entorno.

Por eso he seguido con particular interés los conflictos y las opiniones que durante este verano ha generado el burkini: no me parece que su prohibición aliente en absoluto ni la convivencia ni la presencia de mujeres musulmanas en espacios públicos. Y un paso necesario, tanto en Occidente como en otros países, es que se las vea, que puedan ir y venir, intervenir y trabajar fuera de sus hogares. Pero si algo tengo claro es que el argumento de algunos de que se debe a una elección femenina, libre y voluntaria es falso. En algunos países (Marruecos, Egipto, Turquía…) el avance del velo nos hace olvidar que hace cuarenta, cincuenta años, las mujeres musulmanas vestían a la occidental, estudiaban y gozaban de una libertad que ha desaparecido.

Y si algo sé es que ni el trato del cuerpo ni de la ropa femenina es casual, ni se encuentra desligada del momento histórico y de la represión. El cuerpo femenino continúa siendo una cuestión política: y casi nunca para beneficio de la propia mujer.

Una sociedad que no garantiza la seguridad y la igualdad de oportunidades de las mujeres no puede esgrimir el argumento de que estas son libres para elegir. No lo son. La presión social y el control machista que afecta a las mujeres occidentales condiciona de tal manera a las de otras culturas que, sencillamente, no pueden sopesar opciones de una manera equilibrada, ni escoger sin que las consecuencias sean insospechadas.

Hace quince años, cuando vivía en Noruega, descubrí con sorpresa la naturalidad con la que familias enteras practicaban el nudismo en las playas. No soy una persona creyente, ni mojigata, pero nunca se me había pasado por la cabeza desnudarme en público, ni siquiera hacer topless. Ni entonces, ni antes, ni después, lo he hecho, ya como una elección meditada; sin embargo, en ese momento me obligó a plantearme la razón. Por qué me perturbaba tanto. Y qué mensajes, tan distintos, debía haber recibido esa señora noruega con el vello púbico cano que jugaba con su nieto, y que vivía con tanta comodidad en su piel que no le importaba encontrarse desnuda.

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En las fotografías, que fueron sacadas por Nika Jiménez en el Hotel Artiem Audax de Menorca. Este hotel, que cuenta con un Spa fabuloso, está pensado únicamente para personas adultas, con lo que la piscina y sus alrededores eran un remanso de paz, lectura y sol. Mi bikini (y también el pareo de gasa) pertenece a la firma Rosa Faia, de Anita since 1886, y podéis encontrarlo aquí. Es una casa que trabaja muy bien las copas grandes y que resulta muy cómoda a las mujeres que tenemos pecho abundante. Las sandalias que aparecen en alguna foto son de Unisa y fueron el regalo de un matrimonio amigo.

Me recogí el pelo con trenzas y flores, lo que siempre me recuerda a Frida Kahlo, una pintora que desafió normas y convenciones. Algunas de las florecitas son de HM, y otras las compré en una tienda de Mérida. Llevo protección solar +50 de L’Oreal, pero pantalla total en el rostro. Y mi collar fue un regalo realizado por la artista Teresa Cia, una obra única titulada Temple y fortaleza, y que esculpió en látex, con nácar fumé, amatista, malaquita, cristal y una borla de seda exclusivamente para mí. Cuando me la dio me dijo que estaba inspirada en el temple y la fortaleza de una mujer renacida.

Creo que a ese renacer aspiramos todas.

Un vestido, veinte años

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl olfato es, sin duda, el sentido más incontrolable y el que nos hace regresar al pasado y a las emociones sin quererlo: de ello nos habló Patrick Süskind. También el gusto, como tan bien reflejó Proust. Pero la vista unida al tacto, es decir, esa poderosa combinación que la ropa estimula, no nos resulta indiferente: el rechazo de otras épocas se transforma en nostalgia, o la satisfacción personal en vergüenza ajena de ese yo que fuimos. Cuando vi este vestido de Mango recordé inmediatamente uno muy similar que tuve en la universidad, hace ya veinte años. Vivíamos el auge del grunge, una cierta revisión de los 70: y mi cabeza estableció una serie de paralelismos y diferencias.
– En 1995 aún pagábamos con pesetas. Donde yo las compraba, una palmera de chocolate costaba 85 pesetas, y un cubata, 250. Los tomates eran ridículamente baratos, y sabían, en general, a tomate.
– Internet era accesible solo para unos pocos: no existía Facebook, y la idea de que el móvil pudiera servir para dar “me gusta” a la fotografía de un desconocido ni se nos había pasado por la cabeza.
– En Bilbao se estaba construyendo el Museo Guggenheim, que no convencía a nadie, porque tenía una pinta muy rara.
– Las fotografías se revelaban, y con cierta frecuencia se velaban; había que sacarlas con precaución, porque eran caras.
– Kurt Cobain acababa de morir, pero al menos Héroes del Silencio continuaban juntos. España quedaba segunda en Eurovisión, con Anabel Conde, aunque ganaba Noruega, como Dios manda. Jesulín de Ubrique, soltero de oro, había organizado una corrida gratuita solo para mujeres, y estaba a punto de grabar el hit “Toda”.
– Se rumoreaba que Antonio Banderas salía con la ex de Don Johnson, Melanie Griffith, que tenía una hijita llamada Dakota.
– Camilo José Cela ganaba el premio Cervantes. Vivían y publicaban Ana María Matute, Miguel Delibes, José Saramago, Carmen Martín Gaite y Gloria Fuertes, pero ese año morirían Patricia Highsmith, Julio Caro Baroja y Michael Ende.
– En los Oscar arrasaban Braveheart, Nicholas Cage, Susan Sarandon y Mel Gibson. Emma Thompson dedicaba el suyo a Jane Austen.
El Corte Inglés compraba y absorbía Galerías Preciados, y de HM o Mulaya ni se había oído hablar. Zara parecía que iba muy bien y que tenía futuro.
– España lograba algo francamente complicado, que era mantener una guerra con Canadá: la del fletán.
– Y yo iniciaba mi 3º año de carrera y recorría el campus de Deusto con mis faldas largas, los libros bajo el brazo y la sensación de que estaba envejeciendo y que no me pasaba nada interesante…

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El precioso vestido de Mango azul marino que me ha llevado al pasado es, sin embargo, muy actual. Lo he combinado con zapatos de ante lila de Unisa, un cinturón étnico que compré por los años de los que hablo, y unos pendientes vintage. El bolso de paño, con flores cosidas, es de los 70 y el colgante artesano muestra una amatista sin pulir. Una combinación contemporánea con guiños a ese pasado que parece tan cercano, y que de pronto me ha hecho sentir tan, tan anciana…

 

La fiesta GQ San Jorge Juan

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Madrid arrastra la mala fama de ser una ciudad irrespirable a partir de san Juan hasta bien entrado septiembre. Esa mala fama no es del todo infundada: el calor cae a plomo, el asfalto se derrite, y solo los turistas más intrépidos se aventuran por las calles durante el día.
Hemingway, un buen conocedor del calor patrio, decía que en verano ninguna persona decente se va a la cama antes de las tres de la madrugada. Aunque el concepto de decencia de Hemingway podría ponerse en duda, no es un mal consejo, si puede seguirse. Con el atardecer, la ciudad se revitaliza, las terrazas se animan, algunas tiendas continúan abiertas, y la ciudad ofrece lo mejor de sí misma en un momento en el que la mitad de su población se ha ido de vacaciones, y un tercio es demasiado sensato como para poner un pie en la calle.
Una de las fiestas más interesantes de la temporada es la que organiza la revista GQ en la calle y el callejón de Jorge Juan para celebrar el día de San Juan: música, estilo, tiendas, cócteles, tapas, conversaciones, postureo, gente guapa, gente aún más guapa y la sensación de que el espacio pertenece a sus dueños, los ciudadanos que maldecirán el sol, el bochorno, la luz tras las persianas y las vacaciones que no llegan.
No sé aún si tendré vacaciones este verano: prefiero descansar en otoño, y quiero acabar una novela en estos meses. Pero eso no me iba a privar de una bienvenida y una noche para sonreírle al solsticio.

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Escogí de nuevo un vestido de The 2nd skin.co en tul de color nude, ajustado con un cinturón tornasolado, con escote evidente, y falda con algo de volumen. Los zapatos, de raso y ante violeta, eran de Rebeca Sanver, el collar, de cristal antiguo de Lalique. El bolso con cristales Swarovski es una edición especial de Littlearth LE designer. Llevo un anillo de plata y amatista que compré en Guadalaja, México, y un brazalete de perlas que es casi un fetiche para mí, de Verdeagua Alhajas. Los pendientes son perlas, también. Me maquillé con productos de Lancôme. Y a devorar la calle. Se lo debía a Hemingway.