Cómo hacer la maleta perfecta para dos días

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Esta es una entrada que les había prometido a mis amigas desde hacía tiempo.  Pese a que a veces me dicen que me envidian por lo mucho que viajo, la mayor parte de mis desplazamientos no son muy envidiables: duran una o dos noches, por trabajo, y no suelen dejar tiempo ni para el turismo ni para el ocio.

Pero no importa: me gusta viajar, aunque sea a ratitos, y salir de la rutina.  He aprendido a hacer la maleta imprescindible a fuerza de experiencia y de normas de líneas aéreas (son muy restrictivas). El armario de ensueño debe quedarse en casa, los cosméticos se reducen a lo simbólico, y queda excluido lo delicado que requiera plancha o lavandería. Espero que esta guía para una maleta perfecta os sea de provecho. Lo cierto es que la mayor parte de los consejos que he leído sobre cómo empaquetar a mí no me resultan útiles, ni realistas. He confeccionado una tabla con todo lo que llevo en estos viajes de dos días, y la imprimo y completo cada vez. Así me aseguro de no olvidarme de nada.

Esta maleta está pensada para  una mujer, para el buen tiempo (ya haré alguna para el invierno), y para la posibilidad de volar (sin facturar).Si se viaja por tierra, el neceser puede ser más flexible. Vamos con la lista.

LOS SOSPECHOSOS HABITUALES

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Así llamo a los objetos cotidianos que siempre necesitaremos, y que más posibilidades tienen de ser olvidados y luego recordados con amargura.

Bolso (cuidado si volamos: algunas compañías restringen incluso los bolsos de mano e indican sus dimensiones máximas). Si es posible, grande, con asas para el hombro y cómodo. El mío es de Nambasté.

-Billetes- No aparecen en la foto. Copia impresa y digital.

Cartera– Con el DNI, una tarjeta de crédito, dinero en metálico, permiso de conducir, tarjeta sanitaria, tarjeta de descuento de viajes… La mía es de Misako.

Pasaporte– Si es necesario. Algunos países no lo admiten si va a caducar en menos de seis meses. Eso también se aplica al DNI.

Llaves.

Móvil– No aparece en la foto… porque saco la foto con él. Es un Samsung S6. Y su cargador.

-Cuaderno, boli y un libro. En este caso, de mi admirado Fernando Iwasaki. Tarjetero. Tengo la suerte de que me regalaran uno personalizado con un diseño del maestro Mingote. Un pendrive, en forma de llave, de Baume&Mercier.

-Un botiquín con medicación habitual, si se usa (dolor de cabeza, antihistamínicos, pastillas para la garganta, vitaminas, anticonceptivos, etc…), tiritas, Suavina para los labios, cepillo de dientes y un dentífrico en sobre, chicles o caramelos, kleenex

Gafas de sol polarizadas de MustHave. Foulard (tanto para el sol como para los aires acondicionados) de Adolfo Domínguez. Y un sombrero.

LO QUE NO CONTROLAN

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Me he acostumbrado a llevar en un neceser aparte lo relacionado con el aseo que no son líquidos, ni objetos punzantes: es decir, una pequeña bolsa que puede ir en la maleta y que incluya:

Cepillo y peine. Horquillas. Gomas para el pelo.

Lima de uñas. Pegatinas para uñas que me regaló Alma Cupcakes (puro amor).

Bastoncillos. Toallitas desmaquillantes en seco Olay.

Tampax. O alguna protección femenina. Nunca se sabe.

Preservativos. Es posible que haya quien no esté de acuerdo, pero somos adultos, un viaje cambia la perspectiva, las cosas pueden surgir, y la protección frente al sexo casual es imprescindible. O quizás viajas, precisamente, para pasar el fin de semana con tu pareja. O alguien de tu entorno liga y le haces un favor al prestárselos. Sea como sea, que sea de una marca de confianza, como Durex, y revisa la fecha de caducidad. Ten cabeza.

EL FAMOSO NECESER DE VUELO.

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En este knolling (foto de productos ordenados) podéis comprobar que es posible burlar las estrictas normas del mini neceser-bolsabirriaplástico para cosméticos y similares que prescriben para viajar en avión. Aunque algunos de estos productos no son estrictamente líquidos, después de malas experiencias en aeropuertos y de ciertos intercambios de opinión memorables con el personal de seguridad prefiero no arriesgar y considerar todo, todo, un líquido.

Repelente de mosquitos. Si hay un mosquito a cinco kilómetros, sabrá que yo he llegado y avisará a su familia. Uso Optimus.

Protector solar de factor 50. De Kiehl’s. Y crema de manos de la misma firma. Crema de día y de noche, de Caudalie. Contorno de ojos, Shiseido.

-Un gel y un bodymilk de Halloween. Aceites corporales de Alqvimia y una Suavina. Pasta de dientes Sensodine. Una ampolla del tratamiento SOS Brillo Million-Gloss de Gliss Schwarzkopf. 

Maquillaje: una base similar a las BBcreams, de Avène. Sombra de ojos en colores tierra de Chanel, La Palette roja, un labial rosa y un esmalte rojo de L’OrealMáscara de pestañas Grandiôse Extrême  y aceite labial Juicy Shaker de Lancôme, lápiz de ojos Estèe Lauder y perfilador rojo de Dior. La sombra de ojos líquida Full Metal Shadow de YSL.

Y un sacapuntas. ¿Es un líquido? No, peor. Es un arma peligrosa.IMG_20160706_223725

 Por lo general no preparo la maleta con tanta antelación, pero en esta fotografía podéis ver lo que me acompañará este viernes 8 a Valencia. Como veis, estiro la ropa de manera convencional, es decir, plana, porque en este caso no se arruga, y además solo un tercio de la maletita está ocupada. Los zapatos, complementos y ropa interior van en bolsas de tela, separados y protegidos. Al ser muy pocos días y con una agenda cerrada, puedo calcular un look para cada necesidad. Un día, un look. Una fiesta, otro look. Voy y regreso con la misma ropa puesta.

-Un par de zapatos. Otro par de zapatos de fiesta.

-Un vestido (u otro cambio de ropa) resistente a las arrugas y de lavado fácil (en este caso un vintage).

-Un vestido de fiesta o cóctel.

-Un bolso de diario y otro de fiesta.

Bisutería.

-Un cambio de ropa interior por cada día fuera.

Camisón.

-Un traje de baño.20160706_223806

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Respecto a la maleta, la que empleo para estancias de hasta tres días es la CONCORDE Pc438t Verde (50cms) de Salvador Bachiller. Ligerísima, muy resistente, con una capacidad de giro de 360º, candado, y con un mango de carro extraíble. Cumple con todas las normativas de viaje, y en particular este estampado es elegante y clásico. La relación calidad-precio, excelente.

¿Me dejo algo, algún truco o consejo que no os cuento? Pues sí: tengo una estricta asesora estilista felina. Bueno, en realidad, tengo tres, pero Ofelia suele ser la más entregada y la que se asegura, con su supervisión atenta, de que no me deje nada…

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¡Buenos viajes!

 

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Sin etiquetas

 

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No suele ser habitual que una fiesta mueva a mucha reflexión: al menos, no una fiesta exitosa. Las que fracasan sí, invitan a darle vueltas a las razones del fiasco. Pero ese no fue el caso de la que celebró Audi en Madrid para presentar el nuevo Q2, un fantástico evento animado por Lío Ibiza, y con una cuidada selección de invitados variopintos e interesantes. Me divertí como pocas veces.

Sin embargo, lo que me llamó la atención fue la palabra escogida para definir tanto el coche como la fiesta, #untaggable. Esta, y su traducción de andar por casa, “inetiquetable”, son términos que se han puesto de moda, como en su momento sinergiaempoderamiento. Por cierto, la traducción correcta al español sería inclasificable.

La referencia a las etiquetas obedece, desde luego, al hábito de facilitar la búsqueda a partir de términos comunes en redes sociales. Y la campaña de publicidad, ideada por DDB Barcelona, continuaba con una reflexión: lo realmente interesante en esta vida, sea una persona o una vivencia, no puede definirse únicamente con una palabra.

Y es cierto: pero el objetivo de las etiquetas no es, precisamente, definir, sino organizar, clasificar, categorizar, etiquetar. La etiqueta mental cumple con una función precisa: descartar lo que no es, y, a un nivel muy primitivo, que comencemos a estructurar el pensamiento. Como base, la etiqueta resulta necesaria. Como fin, nos limita.

De manera intuitiva, todos empleamos las etiquetas, y todos las aborrecemos si se nos aplican. Percibimos que se nos quedan pequeñas, que no abarcan las contradicciones y facetas que un adulto ha desarrollado, muchas veces con esfuerzo. Cuanto más neurótica sea la personalidad, mayor necesidad tiene de etiquetar a quienes le rodean. Y, aunque nombrar lo que sentimos y elaborar las emociones a través del lenguaje resulta de enorme utilidad, esa manera de experimentar el mundo con la palabra debe de mostrar flexibilidad y cierta creatividad.

Quien se define únicamente con una palabra (su ciudad o región de origen, su profesión, su equipo de fútbol, su color de pelo, o incluso algo tan noble como madre) no pierde de vista, desde luego, que no es únicamente eso. Pero quizás no sea consciente de que, por la simplificación que provocan las etiquetas, los demás los limitarán a ese término. Conviene recordar que  las etiquetas no conservan el mismo contenido emocional para todo el mundo: incluso términos tan positivos en teoría como #creatividad o #libre pueden ser considerados aberraciones para algunos. Ni una palabra, ni una imagen, ni una primera impresión deberían quedarse únicamente en  la superficie, sino servir como invitación para un paseo más reposado.

De no ser así, más vale rechazar cualquier etiqueta.

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Y así acudí yo a la fiesta sin etiquetas: mi vestido plisado azul marino es de Adolfo Domínguez: tan ligero y cómodo que resulta perfecto para viajes, porque  soporta cualquier maltrato. Las sandalias amarillas provienen de Paco Gil. Llevo mis aretes de diamantes, y un collar de oro blanco de Vasari. El responsable del labial y de la laca de uñas es L`Oreal, en concreto el 442 Coral Showroom.

Lugares de paso

 

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Así como hay gente que odia los lugares de paso, que elimina los pasillos en las reformas y limita al mínimo las esperas en aeropuertos y estaciones, a mí me entusiasman esos espacios: los físicos, y los mentales. El lento tránsito de una habitación a otra, de una emoción a otra. Incluso en una ocasión pensé en titular uno de mis libros de cuentos así, Lugares de paso, pero otro escritor se me adelantó, y así quedó la cosa, a la espera.

Siempre he dicho que si hubiera dedicado el tiempo que he pasado a la espera en una estación de trenes a estudiar chino, hablaría chino. Pero lo he dedicado a cosas posiblemente menos útiles, pero muy placenteras. He leído infinidad de libros, he escrito partes de los míos, me he pintado las uñas, he fantaseado, he mantenido charlas inolvidables con amigas, he llorado, he hablado con desconocidos y me he sentido siempre en esa tierra de nadie: como un regalo inesperado. Una de las estaciones más bonitas en las que he esperado es la Estación del Norte de Valencia.    Una estación de los luminosos años del Modernismo, tan errático en España, que recubre las paredes de este espacio de todos y de nadie con mosaicos, volutas, tallas y vidrieras. Los mensajes de buenos augurios (Buen viaje, dicen las palabras de las taquillas en varios idiomas) se alternan con la exuberancia de las flores, y las frutas, y todo lo que, si nos detenemos, observamos allí. Porque esa estación, como todas las de esa época, incluía la espera como parte esencial del viaje. Y, cada vez que paro allí, que, para mi suerte, ha sido en muchas ocasiones, me detengo un momento, disfruto de esa estética un poco demasiado bonita, un poco sentimental, pensada para ser agradable a la vista y al alma y recuerdo que, salga el tren con retraso, lo pierda, ocurra lo que ocurra, hay un espacio para la espera. Un lugar de paso.

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Los viajes requieren ropa cómoda, y por eso elegí un jersey de cuello cisne de Adolfo Domínguez,  en uno de mis tonos preferidos, el burdeos. La falda larga, de encaje, en el mismo tono, fue una compra acertada en Zara.  Si por mí fuera, siempre vestiría con una falda larga. Presenta un largo difícil, que yo aligero con zapatos de tacón; me veo incapaz de llevarla con deportivas, como he visto en otros casos.

El collar y la pulsera de eslabones dorados son de la marca La Oneta. Y el tiempo para gastar es todo mío.

 

Vestido para un invierno que no será invierno.

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Si 1816 fue el año sin verano, aquel en el que Percy B. Shelley, Mary Shelley, Byron y Polidori escribieron sobre monstruos y horrores inspirados en sus entrañas, el cambio de año 2015-2016 amenaza con ser el año sin invierno. El cambio climático (después de la Cumbre de París ya puede hablarse de él sin temor a ser considerados unos pirados, extremistas o devotos de Naomi Kleim) se ha instalado en nuestros huertos y en las ciudades, consiguiendo que frutales y personas enloquezcan y no sepamos si quitarnos las medias o ponernos las flores.

A la espera de que talentos literarios aprovechen de manera interesante las locuras del clima, los problemas inmediatos son otros: cómo combinar nuestra necesidad, casi exigencia de bienestar, con el calentamiento del planeta. Qué nos jugamos a medio plazo por un poco de confort de Primer Mundo. Qué decisiones tomar a nivel personal, y cuáles demandar a los políticos y dirigentes. El futuro inmediato será ecologista o no será, y no bastará el separar las basuras o el pagar unos céntimos por las bolsas de plástico para detener la catástrofe que se nos avecina. Tendremos que familiarizarnos con una actitud distinta no únicamente hacia el medio ambiente, sino hacia las bases de una sociedad basada en decisiones impulsivas y de satisfacción inmediata. Es decir, como hicieron unos jovencitos rebeldes y marginados hace dos siglos, hemos de mirar a los ojos, de nuevo, al monstruo interior que tememos tanto.

En cualquier otro año este vestido de gasa de Zara sería adecuado para una primavera amable o un otoño gentil, pero lo cierto es que he podido llevarlo en pleno mes de Diciembre sin más que una chaqueta de Adolfo Domínguez sobre los hombros. Con su escote posterior, es más versátil de lo que podría imaginarse; de hecho, yo muestro dos opciones , y a quienes asustan los estampados (que, por mi trayectoria y mi Instagram ya puede verse que no es mi caso) animo a que lo combinen con accesorios neutros, porque resultará mucho menos llamativo de lo que a primera vista parecería, porque el propio patrón del vestido y el tejido disimulan la potencia del print.

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En la primera opción, los zapatos verdes de Unisa y el bolso vintage conviven con los pendientes de HM y un anillo de plata con una perla de río irregular y enorme.

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Para la segunda opción aproveché la fiebre pasajera de los 70 que nos inunda y el sol de justicia que nos inunda también para combinarlo con dos prendas estrella de la temporada: la pamela de fieltro que sabe Dios que hace falta si pasamos tiempo al aire libre, junto con la protección solar, y los flecos, en este caso en un bolso de SuiteBlanco que me enloquece y que me consta que tiene muchas adeptas. Dispuesta  darlo todo, me puse unos pendientes de plumas; pero contrarresté con unos discretos zapatos beige de Unisa, porque de vez en cuando caigo en que más no siempre es más.

El esmalte de uñas es de Essie, y el resto del maquillaje, de Lancôme. Las fotos fueron tomadas en el Parque de Eva Perón, en Madrid. Por cierto, las flores del estampado son peonías. ¿Acabaremos sustituyendo la Euphorbia pulcherrima, o  poinsetia navideña, por las primaverales peonías?

Santas de Zurbarán: mártires y princesas

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Hacía mucho tiempo que quería hablar de las santas de Zurbarán, ese poeta de la imagen, y en particular, de la relación de estas santas con la moda. No soy la primera en hacerlo: los diseñadores que las han reinterpretado son legión, y desde la Exposición de Sevilla de hace unos años, que reunió a Elio Bernhayer o Agatha Ruiz de la Prada a la del Thyssen Like a Painting, muchos han tocado el tema.
De estas santas llaman la atención varios elementos: primero, su belleza y su juventud. Después, la riqueza espectacular de sus ropajes: Zurbarán destaca por su excepcional tratamiento de los tejidos, sea el lino de los calzones de un Cristo, el hábito de San Serapio, los rasos de Santa Casilda o el velo de la Virgen de la Anunciación. En tercer lugar, la historia de las santas que retrata: dos de ellas son reinas madres (Santa Isabel de Hungría, Santa Matilde…) y el resto jovencitas de origen noble (Eulalia, Engracia) o princesas (Casilda, Bárbara…). Frente a las santas paupérrimas o de mala vida, las de Zurbarán son unas santas limpias, pijas y castas.
Los clientes de Zurbarán eran, sobre todo, grandes conventos, órdenes bien establecidas. Llegó a ser un auténtico experto en imágenes religiosas, hasta el punto de que exportaba un porcentaje importante de su obra a Ámérica. Nos encontramos en el siglo XVII, lujo y pobreza se alternan en Sevilla y en España, y la sociedad se ha acostumbrado a una constante iconografía sacra. Lo visual es pedagógico para quien no sabe leer, y reconfortante para una nobleza cada vez más habituada a la belleza.
Un porcentaje importante de las mujeres bien posicionadas en los conventos pertenecen a familias pudientes: no han podido casarse, han enviudado o pasan temporadas en el convento para perfeccionar su educación, por la ausencia de sus padres o porque han enviudado. Esas mujeres se identificaban y deseaban tener como referentes historias similares a las suyas, rostros bellos y bonitas vestidos. Las mártires de Zurbarán no muestran piel, no sangran. Santa Apolonia no aparece desdentada. Serenas y dignas, enseñan los símbolos de su martirio; si se despojaran de ellos, serían damitas de la corte.
Además, resultan llamativas las historias elegidas, leyendas muy antiguas, que se entremezclan. Son en realidad relatos de adolescentes rebeldes, que dan su vida por amor o por sus convicciones.
Tenemos a Santa Eulalia, por ejemplo, una preciosa jovencita de Mérida, o de Sarriá, a saber. A los 13 años, y mientras el resto de los cristianos se oculta de las persecuciones, la niña se escapa de casa y se encara a las autoridades romanas, que la mandan a casa de regreso. Pero ella, erre que erre, persevera, dándole la turra al gobernador de turno, hasta que el hombre, por no oírla, la manda matar. Algunas versiones le otorgan hasta 13 martirios, uno por cada año, de un sadismo ejemplar. ¿Qué tortura se os ocurre? Eulalia la sufre. Muere, finalmente, no sin causar toda la guerra que puede, y una nevada (que según las versiones ocurre durante uno de los martirios, y otra, tras su muerte) cubre la tierra, como muestra de su pureza.
Santa Casilda, mi preferida, es menos osada, y algo mayor. Una toledana guapísima, hija de un rey moro, que, muy concienciado, encierra cristianos y les da matarile en cuanto puede, en un intento de proteger su reino de tan perniciosa influencia. No olvidemos que durante siglos los cristianos fueron peligrosos revolucionarios que predicaban el celibato, la pobreza, y la solidaridad, y todas esas teorías que hacían temblar de raíz una sociedad organizada. Pero la chica, que sentía esa atracción de las niñas bien por los malotes (ver Lana del Rey) se escapaba a escondidas para alternar con los presos, y llevarles de comer. Hasta que el padre, con la mosca tras la oreja, sigue a la moza, que portaba pan y fruta en la falda, y tiene lugar esa conversación típica entre padre e hija adolescente.
-Hija, ¿qué llevas ahí?
-Nada, se lo estoy guardando a una amiga.
Total, que el cuadro muestra las flores en las que, por milagro divino, se convierten las viandas para los cautivos. Santa Casilda completa su azarosa existencia escapándose de casa para  regresar a la naturaleza y hacerse ermitaña. Claro, que si a mí se me transforma la compra en flores es posible que también regresara a la naturaleza, algo perturbada, incluso.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara convertirme en Santa Casilda me valí de un vestido negro de Amaya Arzuaga, colocado sobre un vestido largo de seda granate de Trucco y un enorme pañuelo de Adolfo Domínguez lleno de hortensias. En la cabeza, una diadema de Zara. El milagro de transformarme en Santa Espido se llevó a cabo con otro vestido de The 2nd Skin.co beige, ligeramente abolsado, un vestido de tul con estampado de leopardo de Dolce&Gabbana, y otro foulard de Adolfo Domínguez. De nuevo la tiara es de Zara. Sí, los vestidos me los visteis en la Fashion Week de Madrid.  Como atributos de mi martirio porto una rama de olivo, símbolo de la alimentación saludable, y un libro de Robert Graves sobre mitología, que representa la literatura y sus enseñanzas. Claro que cuando una se divierte tanto parece poco creíble decir que la han martirizado…

Por qué los 70, por qué…

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Este otoño será setentero o no será: o, más bien, esta temporada adoptará como propios algunos rasgos, casi de caricatura, de cierta estética setentera, que en muy poco tiempo nos avergonzarán e intentaremos negar. Desde el punto de vista de la estética, los 70 fueron horrorosos: sólo los superarían los 80. Este años se ha rescatado o reinterpretado una amalgama de flecos (todo lleva flecos, y cuando digo todo, es TODO), ante (sobre todo, ante con flecos), pamelas de fieltro, pantalones de talle alto y campana amplísima, chalecos desmesurados, pieles de pelo largo, o al menos, voluminoso, vestidos y camisolas con retales, encaje, gasas y demás veleidades del estilo boho; y lo que es peor, se propone lucirlo todo junto.
La verdad es que casi mejor morir de un solo golpe, porque estas piezas son tan reconocibles, o dicho de una manera más sutil, poseen tanta personalidad, que contagian cualquier combinación más neutra, y por lo general, la inclinan hacia el lado oscuro. Un vaquero con campana no puede ser disimulado: una pamela de fieltro, por mucho que la guapísima Chiara Ferragni intente negar la evidencia, es una pamela de fieltro y pertenece y retrotrae a los 70. Los 70  no se adaptan: una se rinde ante ellos, se disfraza de ellos.
Por otro lado, estas prendas, rescatadas de tías o madres que en su momento eran las extravagantes de la familia o adquiridas antes de ayer en tiendas contemporáneas, son dificilísimas de llevar por mujeres mediterráneas con formas rotundas: muestran cortes que sólo favorecen a mujeres muy altas y muy delgadas, a las que, por otra parte, favorece casi todo. Con el agravante de que han de ser muy jóvenes, o mantener un aire aniñado, porque no existe estilo que aporte a una mujer madura mayor aire de estar ligeramente trastornada y vivir con un mínimo de tres gatos (ejem). No por algo las señoras que mantuvieron la elegancia y el saber vestir durante esa década pasaron por alto casi todas esas veleidades, y vistieron como marcaba un Yves Saint Laurent, un Courrèges, o, traducido en mujeres, Jackie Kennedy (incuestionable, auque nunca ha sido muy de mi agrado), la Hardy, con sus vestidos estructurados y, en el otro extremo, la Rampling, abanderada de los estampados vaporosos. O, en una versión más accesible, vistieron como la mamma que propone Dolce&Gabbana, (la de negro y encaje, no la de vestidos pasteles con rosas de lentejuelas, preciosos… pero esa no es la cuestión).
¿Qué nos queda que pueda salvarse? Los estampados psicodélicos, a quienes le gusten, las enormes gafas de sol, tan chic, la minifalda, los tacones altísimos y cuadrados, mucho más cómodos, las texturas del terciopelo, la pana y el ante, la gama de colores, y el regreso de los sombreros, capas y tocados, que es de agradecer. La libertad en las mezclas, y, una vez más, la capacidad de divertirse con la moda y expresarse a través de ella, que es, al fin y a cabo, de lo que se trata este cambio constante de estilos y formas.
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAOtro día os hablaré de la crisis enérgética, de la evolución del feminismo y de la Transición, que ya analicé en Mileuristas. Hoy nos quedamos con un vistazo rápido a varias piezas representativas: el vestido-camisola vintage muy corto, pero ya que una va a parecer una mesa camilla de tamaño medio, al menos, se permite lucir pierna. En solitario porque aún hacía buen tiempo, pero cuando el frío apriete, añadiría un pantalon o unas medias tupidas; los botines de ante de Mustang con (cómo no), flecos, los pendientes florales de Adolfo Domínguez, y la pulsera de piedras semipreciosas. Cabello suelto y maquillaje ligero, aunque el look también soportaría un trazo agresivo de eye-liner, o incluso un toque de lápiz blanco.
Las fotos fueron tomadas en el Jardín de la Viña, en Ávila.

La lección de los escultores

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Imposible saber cuándo ni por qué nació la relación entre decadencia económica y esplendor artístico, pero resulta evidente que en los momentos de necesidad se han desarrollado grandes talentos. Y precisamente la creatividad y la capacidad de adaptación son claves para dejar esa crisis atrás. Cuando una ciudad entiende que las inversiones esenciales para un futuro mejor pasan por la cultura, la sanidad y la salud puede hablarse de esperanza. En Fuerteventura viví lo contagiosa que es esa energía que desprende la creación, sobre todo cuando la presenciamos en directo.
La excusa era el IX Simposio Internacional de Escultura de Puerto del Rosario. La realidad, un puñado de escultores que, al aire libre y ante los ojos del público, esculpían sus obras en metal (acero corten y acero inoxidable) o en piedra.  Tres son españoles y amigos desde que durante el concurso de arte urbano del que fui jurado: Amancio González, que además impartía un taller para estudiantes, Juan Miguel Cubas y Toño Patallo, el organizador. El resto, Carlos Monge, José Villa, Mauro Bettini, y Xavier González, provenían de México, Cuba, Italia y Francia.
Hace unos meses, cuando impartí en Puerto del Rosario una conferencia sobre trastornos de la alimentación, J.M. Cubas encontró en ella el origen de una de sus esculturas. Así lo describía en su Facebook: “sentí la necesidad de hacer algo que plasmara esa lucha brutal y la vez delicada que en algún momento de nuestras vidas se nos hace necesario, bien por enfermedad o simplemente en el ámbito laboral, y éste fue el resultado”. Fue uno de esos encuentros emocionantes que aportan sentido a ser escritora. Y cuando pude verlos trabajar en Corralejo, cubiertos de polvo, con sus radiales y herramientas, entendí que todo nace de la misma pasión, y que sólo la pasión (por la vida, por otras personas, por el arte) nos permite salir de crisis y dolores.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Para visitarles elegí un vestido de lana púrpura de Sybilla, una diseñadora que entiende bien los conceptos escultóricos. De lana fría, corta el viento majorero y no da calor; el foulard es de Adolfo Dominguez, otro experto de volúmenes y moda. Los zapatos verdes de Paco Gil, con sus piezas metálicas, guardaban coherencia, al igual que las gafas de Ray-Ban.  La pulsera de cuarzo es de Verdeagua Alhajas, y la de madera y el collar de esmalte llevan conmigo mucho tiempo. Yo no puedo tomar el sol, de manera que el sombrero era obligado, junto con la altísima protección solar. El look pedía a gritos bolso personalizado, con el cartel de la película de Buñuel, “El discreto encanto de la burguesía”. La laca de uñas es el Blossom Dandy de Essie, y el resto del maquillaje de Dior.

Maquillaje que, por cierto, me olvidé en el hotel, primorosamente guardado en su neceser, y que me trajo a la península Amancio González cuando finalizó sus compromisos en la isla. Quién sabe qué sacará de ello… ¿No es el maquillaje un medio para esculpir el rostro?

 

 

Comida con Raquel Sánchez-Silva

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Nunca he podido comprender los recelos acerca de la amistad femenina: me he considero una chica de chicas, apasionada de mis amigas, algunas de las cuales conservo desde los cinco años.

A otras, como Raquel Sánchez-Silva, las he incorporado a mi vida más recientemente, pero ya hace mucho tiempo. Raquel, a quienes muchos conoceréis por su faceta de presentadora y periodista, transmite una energía y una luz muy especiales. Las que da la inteligencia, y la curiosidad. Sus amigos la adoramos, y no por casualidad es la musa de Ion Fiz, para quien desfiló en la pasada MB Fashion Week. Su trabajo en televisión no nos permite vernos tanto como quisiera, pero en este caso había novedades importantes que dar en persona. Las revistas ya han publicado que está esperando dos bebés… Sólo añadiré que me siento muy feliz por ella, y que su alegría resulta evidente. Y contagiosa.

Pero la excusa para comer juntas era hablar de mi ensayo “Para vos nací” en su blog “Comerse el mundo”, y así dar un repaso a Santa Teresa, a la amistad entre mujeres, a nuestras ideas sobre la maternidad y a nuestra relación con los libros (Raquel está escribiendo sobre un proyecto nuevo, del que ya os hablará; se vuelca en la investigación como si fuera lo único que existe en el mundo, con una fuerza que envidiarían muchos escritores vagos… por ejemplo, yo).

 

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Este vestido de punto de Amaya Arzuaga en rosa palo, con sus laterales negros, atenúa un poco el miedo a los tejidos ceñidos: el corte es perfecto. Lo combiné con un bolso de Prada, de charol negro, que compré en un viaje ya mítico a HongKong, con medias tupidas Calzedonia, y zapatos, también de charol, de Paco Gil. Los pendientes, un regalo de, precisamente, una amiga de infancia que me conoce casi demasiado bien, son de Adolfo Domínguez. Para quienes os horroricéis porque no lleve chaqueta, os tranquilizaré diciéndoos lo que a mi madre: quedé al lado de mi casa. Y no soy friolera.

El blog de Raquel, donde podéis ver la entrevista que me hizo, os lo dejo aquí.