Los Planetas distantes

unnamed

Antes de acudir a mi primer Premio Planeta, allá por los años veinte (los míos: en tiempo real hablamos de finales de los 90), imaginaba una atmósfera refinada, donde los autores llevarían chaquetas de terciopelo sin corbata y las escritoras sofisticados vestidos desestructurados. Cierto que también creía que existían las tertulias de café y en la posibilidad de crear una generación literaria sólida, con lo que la medida de mi ingenuidad solo fue comparable a la de mi decepción.

El mundo literario, que cuenta con gran número de personas atractivas y carismáticas, no destaca, precisamente, por su interés por la moda. Ni marcado, ni leve: existen algunas excepciones (algún dandy disperso, o Marta Rivera de la Cruz, por ejemplo, que ha escrito en SModa sobre diversos armarios de personalidades conocidas,  o Vanessa Montfort). Otras autoras, como María Zaragoza, o algunas de las jóvenes poetas, interpretan la moda de una manera marcadamente personal y muy interesante.

No entraré a analizar las causas de ese recelo hacia la couture: las críticas que se reciben, el tiempo y el genuino interés que exige, la dificultad de conciliar, por parte del público y de muchas personas del sector, la imagen de un oficio intelectual con una apariencia más glamurosa pueden ser algunas de ellas.

Por mi parte, no revelo ningún secreto si hablo de mi entusiasmo por la moda, y más aún por la ropa reservada para ocasiones especiales. Recuerdo la ilusión con la que planeé mi primer vestido para el Planeta, en 1998. Lo dibujé yo y lo cosió mi madre; era muy sencillo, de manga larga y cuello de pico, y largo hasta el tobillo. El toque lujoso lo aportaba el tejido, un terciopelo verde degradado que, por cierto, vuelve a estar de moda. Debería rescatar ese vestido que, como buena urraca, guardo, por supuesto…

Mi siguiente Planeta fue decisivo; yo concursaba con Melocotones Helados, y contra todo pronóstico, lo gané. Lo recogí con un jersey de punto gris, y una falda de seda en el mismo color que compré en una boutique de Bilbao. Un look inspirado en los conjuntos de Ralph Lauren de aquel año, que remataba con un collar de grandes cuentas. Han pasado casi veinte años, y sigo satisfecha de aquella elección, bastante intemporal y muy yo. Hubo un error que no podía prever: el maquillaje, similar en tonos al de la recreación que hice el año pasado con las mismas prendas, no daba bien en fotos con los focos: aparecí pálida en exceso, y con los labios muy oscuros, un aspecto gótico que no me gustó nada.

img_20161015_185540

Con el paso de los años, el Planeta, el 15 de octubre, se convirtió en una cita anual con mis amigos, y un juego con los diseñadores españoles: así, al vestido de raso negro, largo y sin espalda, encargado a una modista, del año 2000, le siguieron apuestas más arriesgadas. El kimono de raso cereza, con unos bordados de flor de almendro, de Lydia Delgado, (que también me vistió el día que gané el Ateneo de Sevilla) y el vestido de tirantes de gasa entreverada con hilo dorado, de Ailanto, son dos de mis preferidos. Los lucí en 2007 y 2006 respectivamente.

Aprovecho aquí para mencionar la espantosa luz del hotel en el que nos hospeda Planeta cada año para el Premio, el Juan Carlos I, que, si bien excelente en otros campos, es, posiblemente, uno de los lugares menos fotogénicos que conozco. Eso sí, la foto con el papel rayado de fondo es ya un clásico del premio. planeta10

Josep Font, mi elegido para 2010, no había dado aún el salto a Delpozo. Este vestido, de estampado llamativo y una única manga de gasa, era absolutamente espectacular.

11

Tuve la suerte de llevar, en 2011, un modelo único de la colección clásica de Jesús del Pozo, perteneciente a su legado. Jesús fue uno de los responsables de que arriesgara cada vez más en el mundo de la moda, y acababa de morir unos meses antes. En homenaje a su figura, y gracias a la generosidad de sus colaboradores, mostré esa noche un vestido vintage y único, de seda color cobre, con drapeado en el escote. En esa ocasión, mi compañera de mesa fue la bellísima Ángela Becerra.

14

2014 me trajo la sofisticación de The 2nd Skin.co, con un modelo palabra de honor en verde que aún creo sentir sobre la piel. En ese caso llevaba zapatos de Paco Gil.

espidoplanetaig2

espidoplanetaig

Y 2015, el último año que acudí a la fiesta (este año he asistido al éxito de Dolores Redondo desde mi casa, porque finalizo, con el tiempo en contra, mi novela), lo hice con un vestido de lentejuelas negras y corte lencero de Juanjo Oliva, de nuevo muy sencillo, pero inolvidable.

Las joyas, por otro lado, han sido un complemento esencial para estos vestidos. Las que acompañaban este conjunto eran de Chocrón Joyeron, de oro blanco y diamantes.

espidopremioplaneta2

Aunque no publique las fotos porque son de pésima calidad, quiero mencionar a otros de los diseñadores que me han acompañado en Planetas ya distantes: Hannibal Laguna me brindó un maravilloso vestido de gasa gris perla y pedrería, Ana Locking, una fantástica túnica de tul blanco, Ion Fiz, un conjunto de falda azul y capa con volumen…

Todos ellos han formado parte de una larga lista que acompaña en mis recuerdos a libros y autores, sensaciones y emoción compartida; y a todos debo el que me hayan permitido convertir  la fiesta de la literatura en algo que se parecía a mis sueños de juventud.

 

Anuncios

Abril en Estambul

elhogardelmonstruoespido10

Aún con la sensación de vértigo del estreno, el día 21 de septiembre, de El hogar del Monstruo en el Teatro María Guerrero de Madrid, creo que es el momento de hablar con un poco de detenimiento de este proyecto, que culmina estos días sobre un escenario, pero que ha sido labor de varios años y de muchas personas.

Hablaré de cómo he llegado hasta aquí yo, porque cada uno de los involucrados ha seguido un camino distinto. El teatro dejó de ser  mi asignatura pendiente en 2012, cuando escribí Palabra de honor, representada en el Centro de España en Miami, con producción de  El Idearium y dirección de Manuel Mendoza, por Alba Reversi y Orlando Urdaneta.  Casi 10 años antes, Edith Salazar había llevado al escenario mis Cartas de Amor y Desamor en su espectáculo Bolero, con voces como las de María Estevez, Loles León, Terele Pavez, Lucía Bosé…

Pero, en mi día a día, algo que siempre he sabido era que no me gustaban las conferencias formales, sentada, a distancia de mis oyentes y con un vaso de agua. Creo que puedo impartir una conferencia en un ámbito universitario, ceñida a conceptos formales sobre literatura, y aportar un contenido digno. Sin embargo, la mayoría de las conferencias que me piden tienen como destinatarios lectores o curiosos con los que puede existir otra manera de comunicarse, más cercana, informal, o sorprendente. Ya lejos del miedo de no ser tomada en serio por mi juventud (si no soy tomada en serio ya no será por eso) me fascinaban las estrategias de comunicación que seguían los oradores que admiraba.

Por ese camino andaba Fernando Marías, siempre a la caza de ideas nuevas y de propuestas. Fernando, a quien me une una amistad de muchos años, y que siempre ha sido un apoyo indudable y un interlocutor presto a los desafíos, había iniciado un proyecto editorial que deseaba que se extendiera más allá de los libros: daba vueltas a la idea de la creación de una comunidad llamada Hijos de Mary Shelley. Resultaba evidente que algunos autores deseábamos dar un paso más en la dramatización de algunos textos, un juego con el público que se acercaba cada vez más al teatro.

Y ahí Vanessa Montfort sería una pieza clave: su talento y su experiencia internacional como autora y directora teatral permitiría darle forma a ideas sueltas y a proyectos inconexos. Me entregué a ella de manera incondicional, para que me dirigiera como le parecía conveniente, y volvería a hacerlo mil veces. Así, en el Festival Celsius de 2014 ya presentamos un montaje que incluía al magnífico Jorge Usón con texto de Sanchis Sinisterra, y a los cantantes Ruth González y Eduardo Sánchez  Ramos. Ambos conmovedores. Allí interpreté por primera vez Abril en Estambul.

Tras la reacción del público y cómo nos sentimos, la ola era ya imparable y amenazaba con convertirse en un tsunami. El trabajo desde entonces se encaminó a configurar una compañía, y a encontrar un programa serio con un planteamiento claramente profesional. Entró en la producción Imagine Ediciones. Se habían acabado los experimentos. Así se planteó el proyecto al Centro Dramático Nacional, que decidió programarnos como arranque de la temporada 2016-17 bajo el nombre de El hogar del monstruo, cuyo primer número es mi monólogo Abril en Estambul.

Y así hemos acabado en este extraordinario lugar, que está cumpliendo con creces la función de apoyo y promoción del nuevo teatro. Los medios de los que hemos dispuesto (desde el maquillaje a las grabaciones de audio y vídeo, el reportaje fotográfico y las posibilidades sonoras) proporcionan un  material de arranque fuera de nuestro alcance como compañía. La responsabilidad también se incrementó: el María Guerrero supone un compromiso firme. No solo nos evaluarían como autores, sino también como actores, en el caso de Fernando y el mío, y como directora a Vanessa.

Además, yo comparto escenario con actores profesional a los que no puedo avergonzar con mi actuación. Pienso en Miguel Ángel Muñoz, el único de mis compañeros a quien no conocía con anterioridad, y que además de interpretar a un Mr Hide demoledor me ha demostrado cada día una generosidad y un cariño impagables.

Se han sucedido semanas de ensayo a distintos niveles, en las que en mi caso fue clave la sesión con la coréografa Marta López Caballero. Mi papel conlleva una labor física que hubiera sido imposible sin ella. Arantxa Ezquerro se encargó de mi vestuario, un Kaftán, que se empleó en la película Prince of Persia, una enagua de encaje, y unas babuchas de Cornejo.

He tenido que aplicar también distintos cuidados cosméticos que requiere una producción diaria con maquillaje de teatro. Además, en esta obra también me pinto el cuerpo, con lo que hago una exfoliación tras cada sesión con el Rub Rub Rub de Lush que me había recomendado Alma Cupcakes. De momento, la hidratación en profundidad y la limpieza son imprescindibles; como prevención me hice un tratamiento de luminosidad con oxígeno en The Secret Lab, y también una permanente y tintado de pestañas, que sufren mucho con estos trajines. Cada día trae un truco nuevo, un secreto que revela una de las maquilladoras, de mis compañeros. Un mundo inédito.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

elhogardelmonstruoespido2

elhogardelmonstruoespido4

Los sospechosos habituales somos, de izquierda a derecha, de arriba a abajo: Miguel Ángel Muñoz, yo misma, Jorge Usón, Ruth González, Enrique Sánchez Ramos, Luis Antonio Muñoz, responsable de la música del espectáculo, Vanessa Montfort y Krish Otero, imprescindible. Falta María Díaz, que se encarga de la prensa, Rodrigo Ortega, el iluminador… Algunas fotos son de Nika Jiménez y otras han sido facilitadas por el Centro Dramático Nacional.

PS.- Por cierto, aquí podéis leer la primera crítica de la obra: muy positiva.

La historia no está escrita: dentro de “Juego de Tronos”

EspidoJuegoTronos5

Recuerdo mi primera conferencia pagada como si me la hubieran encargado ayer: devorada por la responsabilidad, totalmente convencida de la importancia de lo que iba a decir, como si algo de lo que hiciera o dijera pudiera cambiar el mundo, decidí que hablaría de la importancia de la ficción como una herramienta para sanar al individuo y a la sociedad. La titulé “Defensa de la fantasía” y me sentí una rebelde sin causa en un país dominado por el gusto costumbrista y la telebasura, y donde la imaginación se consideraba un estorbo. Tenía 23 años y un montón de tortazos contra la pared de la vida esperando por mí y mi inocencia.

Desde luego, eso era antes de que George R. R. Martin fuera un fenómeno masivo, y de que, primero las novelas de Canción de Hielo y Fuego, y luego la serie Juego de Tronos  viniera a trastocar todo lo que conocíamos en ficción televisiva y fenómeno fan. Antes de que quienes habíamos soñado con mundos imposibles, historias entrecruzadas que proceden de nuestro imaginario colectivo y de las sagas familiares más relevantes, y, por qué no, matar a un par de enemigos de la manera mas sangrienta posible, nos sintiéramos por fin arropados y comprendidos.

Como muchos seguidores de la serie, he estado aguardando por la nueva temporada con una disimulada impaciencia. En la madrugada del 24 al 25 de abril, sabremos si lo que hemos fantaseado, los “y sis” que genera cualquier buena historia, se ven confirmados o no. El secreto, el no querer saber nada, forma parte de ese encanto: una necesidad de vivir el momento con esa mezcla de placer y de ansiedad que tan bien sienta, y que tanta adicción provoca.

Por eso, cuando Canal Plus Series me pidió que participara en La historia no está escrita, y ofreciera mi análisis de Juego de Tronos reviví aquella noche en la que redacté mi primera conferencia, y esgrimí lo que sigo defendiendo: que existen muchas vidas, que pueden ser vividas en abstracto, que no es necesario experimentar para sentir: que en las peripecias de Jon Snow, de los Lannister o de la Khaleesi nos encontramos nosotros, esa extraña bilocación de lo que somos y lo que deseamos. Que unimos nuestro destino al de personajes imaginarios que la perversa cabeza de un escritor ha concebido, y que nos mantiene en vilo, que nos hace llorar, o enamorarnos, o callar, respetuosos (como ha ocurrido después de alguna matanza memorable, o de una pérdida inesperada) por respeto a una tragedia que continuará resonando en nuestra cabeza durante mucho tiempo.

De eso (además de contestar a las preguntas que me hicieron) hablé en el documental que podéis ver en distintos pases durante los meses de abril y mayo (los horarios se encuentran en la web de Canal Plus Series) ; y, sobre todo, de la pasión que me inspira una ficción tan exquisitamente rodada, en la que cada detalle está cuidado con un mimo que ha abierto un camino nuevo en muchos sentidos, y que, además, ha contado con escenarios españoles: Sevilla, Osuna, Navarra, Girona, Peñíscola, Almería y Guadalajara.

Y, a quienes no se han acercado aún a esa serie, o a las novelas, solo puedo decirles que nadie puede meter a empujones a otra persona en un mundo en el que no lo desea. Pero que yo no deseo salir de él.

EspidoJuegoTronos2

EspidoJuegoTronos4

EspidoJuegoTronos7

EspidoJuegoTronos1

EspidoJuegoTronos10

EspidoJuegoTronos9

Dos ocasiones he tenido para sentarme en el Trono de Hierro: la primera fue en el Congreso de Literatura Fantástica Celsius, al que estaba invitado el propio R.R. Martin. Pero en ese julio tórrido decidí no hacerlo. La segunda fue tras la grabación del documental: y entonces pensé ¿por qué no probar? ¿Qué se siente cuando se posee tan poder, tal fuerza como la que otorga el trono? Todo parecía encajar: mi vestido vintage blanco, el cinturón de plumas, los botines de ante. Rozaba con los dedos el Poder de los Primeros Hombres.

Oh, si estuviera en mi mano, si estuviera en mi poder, qué gran emperatriz de los Siete Reinos sería…

 

Un poco de romanticismo

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Existe un peligro cuando se ama aquello en lo que se trabaja: el que el amor se convierta en algo obsesivo, invada cada una de nuestras células, y nos transforme, en definitiva, que aquello que menos alimenta el amor. En un ser limitado, reducido a una definición, a dos etiquetas.

Después de muchos años en los que mi trabajo se encargaba de organizar mi vida, mi ocio y prácticamente todo mi día, llegó el momento de recuperar terreno. En mi caso, la trampa radicaba en que la literatura es tan inclusiva, permite incorporar tantos temas, que cada una de mis aficiones o de los temas que me atraían acababan incorporados en un libro, un curso o una serie de conferencias. Como muchas personas que se han matado a trabajar durante los años de crisis, en parte porque no quedaba otra, y en parte por el pensamiento mágico de que si nos esforzáramos todo lo posible algo espantoso ocurriría, he tenido que rectificar. Era eso o vivir con un estrés insoportable.

Para quien no está demasiado acostumbrado a dedicarse tiempo, un plan de una tarde puede convertirse en un problema. ¿Qué hacer? ¿Por dónde comenzar? En ocasiones, se viaja a una ciudad con la intención de pasar un par de días y perdemos uno en descansar, o en planificar excursiones imposibles. Aún peor es si nos tenemos que mover en nuestra propia ciudad ¿No nos encontraremos con demasiados turistas? ¿Cómo elegir algo que se salga de lo común?

A mí me ha interesado cómo funciona Pangea desde su principio. Pangea, que se anuncia como la mayor tienda de viajes del mundo, y que presume de que sus especialistas en viajes son, ante todo, viajeros entusiastas, no se resume a una tienda de una modernidad que casi abruma, ni a una web intuitiva y directa: es un concepto basado en las experiencias y en los recuerdos, en el afán de descubrir y de probar situaciones nuevas. Además de viajes internacionales y de planes nacionales, me ofrece el atractivo de planificar tardes, o noches, en distintas ciudades, a un precio muy razonable, y con propuestas que nunca me hubiera planteado.

El primero de los planes que quise probar no se escapaba demasiado de mi zona de confort: Cultura romántica en Madrid. Es decir, una visita al Museo del Romanticismo, uno de mis lugares preferidos de Madrid, pero aún uno de los museos por descubrir para la mayoría, y una cena en La Fragua de Sebín

El Museo del Romanticismo se encuentra en la calle San Mateo número 13, y ofrece la experiencia de recorrer las estancias de un palacete, cuidadosamente conservado con los cuadros, el mobiliario y los útiles de esa época fascinante y de la que tan poco se sabe en España: existió el Romanticismo español, claro, que sí, y de ello dan fe pintores, poetas, escritores, y pintores. Desde el otro trono de Fernando VII (ejem) al retrato que de un Gustavo Adolfo Bécquer agonizante realizó su hermano Valeriano, lo humano y lo divino cabe en esas habitaciones lujosas, coloridas. La pasión con la que los guías hablan de los distintos temas dan fe de que este museo, que se recorre en un hora, aunque yo recomendaría muchas más, enamora y crea adicción. De los caballeros de la época se encontrarán armas y un billar, una estancia separada de la de la dama de la casa y una manera de vida caracterizada por la exageración y la ruptura de límites. De las señoras se conservan joyas espectaculares, algunos vestidos, carnets de baile, cajas con taracea, instrumentos musicales… hay también un espacio dedicado a los niños, otro para documentación, una biblioteca muy bien surtida, y un café con un precioso jardín al aire libre donde se pueden pasar las horas. Cada mes la agenda de actividades varía: conciertos, clases didácticas, presentaciones de libros…

Pueden sacarse fotos sin flash, hay que tener cuidado de no pisar las alfombras (son parte del mobiliario y se cuidan como tal), y existe una consigna a la entrada para depositar bolsos y mochilas, que no se permiten en el interior.

EspidoRomántico7

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA
OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Tras la visita al Museo llega el momento de descubrir un restaurante cercano, que unifica tradición, modernidad, y muy buen producto: aunque el interior, decorado con antiguas puertas de madera y ladrillo visto, nos recibe acogedor y cálido, el punto fuerte de la Fragua de Sebín  es su terraza, que se abre a una calle tranquila, muy cercana a la Plaza del 2 de Mayo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

No es cocina para tímidos, ni para timoratos. Desde las croquetas de jamón, a la crema trufada con huevo a baja cocción, los platos son sabrosos y sorprendentes: o bien la textura, o la combinación de sabores, o el giro personal del chef obligan a mantenerse atentos. El pescado, riquísimo, la carne, impecable, pero si algo quiero destacar de la carta es la magnífica tarta de queso de oveja con frutos rojos: untuosa, de gusto sedoso y contundente, se encuentra entre las mejores tartas de queso que he probado nunca. Y he probado algunas.

Queda el resto de la noche para pasear por Malasaña con la pareja o con una persona querida con la que queremos pasar una tarde inolvidable. Los días se alargan, las temperaturas suben… y hay muchas formas de amor que pueden enriquecernos. Todo antes que reducirnos a dos conceptos, a una etiqueta.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

No pude evitar la tentación de estrenar un vestido vintage que guardaban para una ocasión especial: de organza estampada, falda de vuelo y remate de volantes, su sabor a los años 70 lo hacía exótico en una fiesta, o una noche especial, pero absolutamente adecuado para el plan de cultura romántica. Es más, el Museo Romántico se convirtió inmediatamente en mi casa, y yo en un fantasma que me aparecía en los espejos. Con un collar de camafeos, y cierta capacidad de mimetizarme con el espacio que siempre he tenido, ¿quién dice que salí alguna vez de esas habitaciones, o que me he quedado atrapada allí por toda la eternidad?

La otra vuelta al mundo en ochenta días

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En la exposición que Fundación Telefónica, en Madrid, dedicó a Julio Verne y a la influencia que ejerció sobre otros escritores aparecía la fotografía de una mujer joven, con gesto determinado y un llamativo abrigo de viaje a cuadros: era Nellie Bly. ¡Nellie Bly! Durante varios meses estuve dándole vueltas a cómo podía hablar de esta mujer extraordinaria, y casi desconocida para muchos: creo que, dado que luchó por el sufragio femenino y durante toda su vida rompió barreras que limitaban a las mujeres, era adecuado hacerlo con motivo del Día de la Mujer Trabajadora.

Nellie no se llamaba Nellie, sino Elizabeth J. Cochrane. Había nacido en una familia que había adquirido cierta fortuna, pero arruinada, de Pensilvania, en 1864; cuando era una adolescente, una columna misógina en el periódico Pitsburgh Dispatch despertó tal indignación en ella que contestó bajo el nombre Huerfanita solitaria. El director del periódico detectó el nervio que se encontraba en esa chica, y le dio la oportunidad de escribir a tiempo completo, después, eso sí, de cambiarle el nombre, inspirado en una canción de Stephen Foster. Una canción de esclavos, por cierto.

Pero Nellie pronto comenzó a estorbar, y la destinaron a artículos sobre jardinería, cuidados de puericultura e intereses femeninos, temas que no le interesaban en absoluto. Viajó a Nueva York y se infiltró en el manicomio para mujeres de la Isla de Blackwell, donde, tras diez días de pesadilla, salió para escribir un terrible artículo en The New York World. Podéis leer esa obra, Diez días en un manicomio, en Ediciones Buck. Y si os interesa ese espantoso manicomio, Vanessa Monfort le dedica la novela La Leyenda de la isla sin voz.

Nellie engañó a los médicos: su diagnóstico fue el de demencia, y como a una interna la trataron. Ni siquiera sabía cómo podría salir una vez dentro de aquella isla-cárcel. Su testimonio permitió una reforma más que necesaria en el cuidado sanitario.

Pero tras ese reto de encierro y locura, saltó al extremo contrario: el libro La vuelta al mundo en 80 días, publicado una década antes, había reflejado la fiebre por los viajes y la tecnología que agitaba la sociedad, y además, había fijado un límite máximo. Nellie no creía demasiado en los límites. 72 días más tarde había completado la vuelta al mundo, y había conocido a Julio Verne en persona.

En los años en los que una mujer no viajaba sola jamás, por razones como las apariencias, la moral, la dependencia económica o la necesidad de una doncella para ayudarla a vestirse o acarrear su equipaje, Nellie lo hizo. Joven y hermosa, camaleónica y adaptable, sorprendió a todos cuando, ya con 31 años, se casó con un millonario mucho mayor que ella. ¿Era eso propio de una sufragista declarada, o de una interesada? ¿Había amor y fascinación, o simple interés? Una periodista tan brillante, que tanto se había esforzado y arriesgado, ¿podría resignarse a abandonar su carrera por el matrimonio?

Nellie enviudó nueve años más tarde, y durante algún tiempo intentó mantener a flote los negocios de su marido: fuera porque no se encontraban en muy buen estado, o por su falta de habilidad, fracasó. Esa nueva bancarrota la encaminó de nuevo al periodismo: se encontraba en Europa cuando estalló la Primera Guerra Mundial, y no dudó en enviar sus crónicas desde allí.

Nellie falleció de neumonía en 1922: solo tenía 57 años, pero sus últimos retratos la muestran como una matrona de cabello gris, con un vestido de grandes incrustaciones de encaje. Sin embargo, parece encontrarse en movimiento, y su mirada es inquisitiva y brillante.

EspidoyNellie

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

EspidoyNellie2

Cuando entré en la tienda de Blanco  (que ha dejado de ser Suite Blanco, en una decisión sin duda acertada, vista la nueva colección) y me encontré con este vestido de franela a cuadros me vino a la mente la famosa imagen de Nellie antes de su vuelta al mundo. El vestido es bonito por sí mismo, y perfecto para el invierno y para las frioleras en primavera, pero para mí se le añade el valor de convertirme por un momento en una pionera, en una viajera intrépida. No pude resistir la tentación de añadirle unos guantes de mi armario, y un bolso vintage, y, aunque en un futuro lo combinaré de una manera un poco menos llamativa, homenajear a la increíble Nellie. Las fotos, como sin duda reconoceréis, están sacadas en la Plaza de Colón de Madrid, en el Monumento al Descubrimiento de América.

Star Wars: el día en que salvé el universo

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

   Miércoles de Ceniza: el día en que la liturgia católica nos recuerda con una cruz en la frente que polvo somos, y en polvo nos convertiremos, el final del Carnaval en el que hemos podido ser… ¿qué no hemos podido ser?
El disfraz no resulta solo una transgresión en una sociedad que lo limita a unos pocos días al año (entre las primeras medidas que toma una dictadura se encuentra la de controlar la apariencia y uniformar a sus individuos): supone también una declaración de intenciones, un mimetismo temporal con aquello que desearíamos ser. Los niños, en especial, se convierten en aquello de lo que se visten. Por eso resulta tan importante dotarles de modelos interesantes y ricos en los que puedan transformarse por unas horas. Las niñas necesitan algo más que princesas, y los niños, algo más que superhéroes.
Por eso, cuando mi sobrino Nacho me sugirió el disfraz de Rey, la joven heroína de Star Wars El despertar de la fuerza, no lo dudé demasiado. Primero porque, como saben quienes me siguen un poco, me gusta más disfrazarme que un brillo a una urraca (es posible que también me guste más un brillo que a una urraca, pero esa es otra historia). Y segundo, porque son pocas las figuras femeninas que transmiten la fuerza, el valor y la independencia de esta muchacha.
De hecho, frente a los héroes un poco estereotipados de la saga, los personajes femeninos ideados por George Lucas están dotados de una dignidad y una determinación poco comunes en las historias destinadas al consumo masivo: Leia, Amidala o Key toman decisiones por sí mismas, son capaces de sacrificarse sin inmolarse, y mantienen un atractivo que va más allá de su belleza física o de una ropa atrevida. Una niña pobre, una chatarrera indefensa no solo puede aspirar, como nos han enseñado durante siglos, al amor de su príncipe: puede, si lo desea, correr sola, y salvar el universo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

  El disfraz del malísimo Kylo Ren se compró en Disney Store. El mío, en Amazon. Las botas son de Salvador Bachiller, y el peinado sigue un tutorial.
Ojo a mi postura marcial y mirada decidida, como si el destino me reservara cualquier día una llamada de la Fuerza mientras esté frente al ordenador tecleando y tenga que abandonar novela, artículos y lo que sea para salvar a la galaxia. Ganas le pongo. Habrá quién piense que soy una abusona por enfrentarme a un Kylo Ren más bajito que yo: pero bueno, como dijo unos dicen que Marco Aurelio, y otros que el jugador y entrenador de fútbol Vujadin BoskovNo hay enemigo pequeño.
PD.- Al final Kylo Ren y yo tuvimos que firmar la paz, porque, os lo creáis o no, mi gatita Rusia se metió en mitad de la pelea a mediar. Y así no hay quién pueda.