Presentación para replicantes en Plasencia

OLYMPUS DIGITAL CAMERACon mi novela juvenil El chico de la flecha estoy disfrutando de varias presentaciones abiertas a niños, a sus padres y profesores; lo habitual suele ser que los esfuerzos se concentren únicamente en dirigirse a los chicos, en sus institutos, en encuentros para el fomento de la lectura.

Si la primera presentación se hizo, como parecía lógico y conté aquí, en Mérida, en el Museo de Arte Romano, rodeada de mosaicos milenarios, de estelas conmemorativas y de magníficas esculturas, la segunda tuvo lugar en la librería que ha recibido el Premio Nacional de Fomento a la Lectura 2016, La Puerta de Tannhäuser de Plasencia.  y de la mano de quien, sin duda, es el lector que mejor me conoce y que más tiempo me ha dedicado, el profesor Samuel Rodríguez: no en vano se ha doctorado Cum Laude en La Sorbona con una tesis sobre el mal en mi obra.

Las bibliotecas son para mí lugares maravillosos: las librerías, en cambio, antros de perdición. Resultan focos irresistibles cuando, como en el caso de La Puerta de Tannhäuser, están pensadas con mimo y atención para que un lector incauto, un replicante,  no quiera salir nunca de allí, con la oportunidad de tomarse un café y de hojear con calma los libros, en este caso de editoriales minoritarias. Además de funcionar como librería online, cuenta con una sección para niños escogida con un primor llamativo. En las estanterías reconocía numerosos ejemplares que habían aparecido en mis recomendaciones espidianas; libros ilustrados, novelas gráficas, reediciones preciosas y clásicos con un aire renovado.

Respecto a la presentación, qué decir salvo gracias: la librería se abarrotó, y de la historia romana pasamos a hablar de educación infantil, de los valores transmitidos a los jóvenes y de la responsabilidad que los adultos asumimos (o no) respecto a un mundo complejo, extraño y cambiante. Dos horas (si me animan a hablar no hay límite a la conversación) de encuentro entre replicantes y lectores.

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Para resarcirme del frío y la lluvia de Mérida, Plasencia me acogió con un sol optimista y jovial; me hice con uno de mis vestidos vintage de los 70, granate, en esta ocasión, de punto, manga larga, y con canesú y un falso obi incoporado. Llevé un collar dorado de LaOneta, y unos de mis zapatos preferidos de esta temporada, estos salones de pitón de Mango. Iba abandonando en todas parte mi bolso de mano de Gucci.  El esmalte de uñas granate es el Malaga Wine de OPI.

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No puedo olvidarme de Samuel, mi atento presentador y anfitrión en Plasencia, de mis amigas por Instagram Flores en tu ensalada, que tuvieron la amabilidad de acercarse a acompañarme, (obsérvese que al final de la presentación estaba ya hasta despeinada) y de Cereza Design, que me regaló el precioso brazalete que llevo en alguna de las fotos. Ni, por supuesto, de la charla y de las confidencias posteriores con los libreros, Álvaro y Cristina, pura vocación, apasionados de los libros y de un oficio al que debemos tanto los escritores. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez.

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El chico de la flecha en Mérida

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El chico de la flecha nació en Mérida, tras una conversación con una amiga de infancia, arranca en Mérida,  y ha sido una satisfacción para mí que la primera presentación haya tenido no solo en esta preciosa ciudad, sino en el Museo Nacional de Arte Romano.

Hay libros que nacen con más fortuna que otros: El chico de la flecha ha sido de los afortunados, de los que desde el primer momento conllevan alegrías y sorpresas inesperadas. Para vos nací pertenece también a esa misma categoría, como Irlanda. Otros necesitan más cuidados, o más explicaciones, o fueron publicados a destiempo. Sin embargo, esta novela juvenil me está permitiendo hablar de temas que siempre me han apasionado a otras personas, jóvenes y adultos, que se definen en unos momentos antes de la firma de libros, y lo hace tendiendo un puente natural y fluido.

Un solemne niño de ocho años que se siente preparado para leer un libro recomendado para doce, y que me habla de lo complicado que le resulta crecer y hacerse responsable. También yo hacía esas cosas a su edad y con la misma seriedad, y sentía que la infancia era una pérdida de tiempo.

Un maestro, coleccionista de libros juveniles, que lee con mimo lo que sus alumnos leerán (o leerían: algunos están ya jubilados), y que se va con su novela entre las manos ya medio ojeada. Madres que no saben ya qué regalar a sus hijas voraces, o que no saben con qué incitarles para que al menos aparten los ojos del móvil. Libros como obsequios de Navidad, o como un viaje en el tiempo.

No es ningún secreto que soy una apasionada visitante de bibliotecas y museos, El Museo Romano de Mérida, de Moneo, se encuentra entre mis preferidos: falsamente abarcable, limpio de formas y casi evidente en su concepción, esconde en algún lugar un Aleph o un gusano de tiempo. Nunca se sale de allí con la sensación de conocerlo o de haberlo visto en profundidad. Los mosaicos de las paredes, los bustos de pliegues planchados a mármol, los objetos cotidianos. Cuando decidí escribir El chico de la flecha, mi amiga Valentina y yo nos dirigimos hacia el Museo Romano, como final de nuestra visita de fin de semana. Había una cierta lógica en que el círculo se cerrara (o comenzara) de nuevo aquí.

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Para la presentación escogí un vestido en amarillo intenso de María Barros, de manga larga y ajustado. No dejó de llover en todo el día, y el amarillo, además de desmentir teatrales supersticiones, fue una declaración de intenciones luminosas. El vestido se impone por sí mismo, de manera que lo completé únicamente con un collar de esmalte y unos preciosos zapatos de ante rosa palo de Magrit.

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Un traje nuevo

OLYMPUS DIGITAL CAMERAMientras escogía el look que muestro hoy me vino al recuerdo una conversación mantenida hacía poco con una buena amiga, a la que acompañaba de compras, porque se encontraba, me decía, en pleno cambio y, sobre todo, en plena insatisfacción.

¿Y éste? -le dije, ante un traje muy bonito.

-Hay cosas que ya no me pondría -me dijo-. No solo porque no me gusten, o porque sepa que no me van a sentar bien. Sencillamente, no me las pondría.

Lo que quería decir mi amiga, recién cumplidos los cuarenta, era una nueva versión suavizada de lo que ya dijeron nuestros madres: es que tengo una edad. Lo que yo escuchaba bajo unas frases en apariencia sensatas, mesuradas, y de sana asunción del paso del tiempo era algo distinto. Escuchaba una resignación, un doblegarse ante lo que, durante años y años, hemos escuchado, y hemos interiorizado respecto a cómo debe comportarse las mujeres. La rebelión, en ocasiones mostrada de una forma aparentemente tan superficial como la ropa que escogemos, la música que escuchamos, las actitudes adoptadas, había finalizado. Lo primero que muestra un cambio en la adolescencia es el cuerpo y la apariencia. Muchas veces sucede antes de que los adolescentes sean consciente de que lo están viviendo. Por imitación, o por inercia, o porque descubren el mundo como si fueran los primeros en llegar a él.

Y, también, cuando otras prioridades absorben a las mujeres, cuando todo les grita que se olviden de ellas mismas porque hay hijos, parejas, padres, trabajo, porque tienen una edad y es el momento de dejar de jugar para convertirse en alguien menos libre y más útil para otros, lo primero que lo delata es un cambio físico. El cabello. La piel expuesta. El maquillaje. Los zapatos, los colores, los cortes. Si a los quince se lleva un uniforme, a los cuarenta se propone otro, con una excusa: el estilo, la sobriedad, la madurez.

Lo que mi amiga no se pondría era un pantalón: nada extremo, nada corto, ni pegado, ni extraño. Cuando lo vio supo, en segundos, como casi todas sabemos, cómo quedaría en su cuerpo, captó cómo se expondría a la mirada ajena, analizó esa mirada de los otros y no le gustó. La solución más sencilla es la de cambiar de ropa; cambiar de mentalidad resulta siempre mucho más complejo. Yo me pregunté qué dejaríamos entonces para otras décadas venideras, interesantes y llenas de retos. La acompañé a escoger otro pantalón. Porque para resistirse a la presión, para saber si se quiere o no encajar en un molde impuesto, o para ceder, ya habrá tiempo, ya probaremos otras formas, ya vendrán días en que las cosas se vean de otra manera.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl traje pantalón de Alicia Rueda que yo escogí, es uno de los que yo le recomendaría a mi amiga que se probara. Azul marino, de corte y caída impecable, de una gran sensualidad en el tejido, se renueva con una línea blanca en el pantalón, que se enlaza con el estilo deportivo, ha sido una de las novedades de la temporada. Por otro lado, los vivos blancos en la chaqueta le aportan un cierto aire marinero. Puede lucirse con una camiseta o camisa, o, como es mi caso, como prenda única. El pantalón de talle alto, con botones, y la curva de la chaqueta enmarcan el ombligo. El anillo, los pendientes y el colgante, en oro rosa, muy sutiles, son de Luxenter. Los salones rojos de tacón alto los firma Lodi. Usé maquillaje de Lancôme. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en la campiña inglesa, muy cerca de Winchester.

Recomendaciones espidianas de Noviembre

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Noviembre ha sido  un mes dedicado, principalmente, a finalizar mi próxima novela para un público adulto, y a corregirla. Muchas lecturas especializadas e históricas, que no considero demasiado interesantes salvo para especialistas. Y, como después de sembrar hay que recoger, una novedad con mi firma.

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Después de casi quince años de la publicación de mi primera novela juvenil, La última batalla, llega la segunda: El chico de la flecha, en Anaya. Ha transcurrido tiempo suficiente como para que nazca otra generación de lectores; en esta novela viajamos hasta Emérita Augusta, en Hispania, en el siglo I de nuestra era. Allí conocemos a Marco, un jovencito de doce años, que crece con su hermana bajo la tutela de su tío. Marco es un joven afortunado, libre, a diferencia de su esclavo Aselo, su cómplice en diversas aventuras. Pero de pronto, una azaña, y un accidente, obligarán a los dos chicos a tomar decisiones importantes y a preguntarse por su entorno y su sociedad.

Soy una apasionada lectora de novela histórica y una gran amante de esta época. Desde hace muchos años deseaba compartir esa fascinación con los lectores jóvenes, y aquí está nuestra oportunidad. Si queréis leer la crítica que el blog Arqueología en mi jardín ha realizado de la novela, pulsad aquí.  Y os dejo una segunda de Área Libros aquí.

20161123_121454Aunque los autores nos quejamos, no sin razón, de la velocidad a la que los libros son reemplazados, he dado con una excepción: este mes he tenido la suerte de aparecer mencionada en la revista Encrucillada, en este caso como la autora del prólogo de Una canción inesperada, de Leire Quintana, publicada en Maeva, un testimonio muy peculiar del que os hablaré en otra ocasión. Tienen además la deferencia de referirse a mi Para vos nací: casi dos años de vida para un libro que me ha dado innumerables satisfacciones.

Basta ya de hablar de mí: saltemos a un fascinante libro de relatos de una muy fascinante autora.

28-1La condición animal de Valeria Correa Fiz es el primer libro de esta autora argentina. Un primer libro que no lo parece, por la madurez y sobre todo por la excelente estructura de estos relatos, por separado y en conjunto. Como humanos y como civilización, ¿somos ajenos a la crueldad, o, por el contrario, es lo que nos caracteriza como especie? El eco y la influencia de Quiroga sobrevuela este libro, de ciertos toques tétricos, y muy, muy perturbador.

9-2No lo es menos, aunque de una manera completamente distinta, Predicador, de Garth Ennis y Steve Dillon. Esta novela gráfica, ya clásica, nos habla de otro tipo de terror, y de otro salto a lo salvaje. Un ángel de la vida, o de la muerte, o una mezcla de ambos, posee a un predicador de un lugar tan remoto como Annville, en Texas; dicho así, parece cosa fácil. Compliquemos la cosa con que uno de los guías espirituales de ese predicador, Jess Custer, resulta ser John Wayne; y con que nuestro protagonista rivaliza con Dios así, de tú a tú. Pero todo lo que cuente no da una idea acertada de esta larguísima y gamberra búsqueda del bien y el mal que podéis leer en Vértigo.

25-3Por contraste, la novela Una voz escondida, de Parinoush Saniee resulta casi ligera, y no lo es. Una autora tan extraordinaria como esta iraní nunca podría pasar por encima de una tema como el que aborda aquí: un niño se niega a hablar. Puede hacerlo, no tiene miedo, no está enfermo, pero decide no emplear esa voz que le permitiría distinguirse de otros. Pero la brutalidad y las críticas ajenas comienzan. ¿Es tonto? ¿Se burla de todos? ¿Es su madre la culpable? Desde luego, nos habla de una sociedad censurada: pero también del parloteo sinsentido actual, de la prisa, y de la crueldad, un tema casi recurrente en las recomendaciones de este mes. Lo ha publicado Salamandra.

img_20161120_174527Un ensayo, esta vez: La menina ante el espejo, que Fórcola ha publicado a Luis Baqué Quílez, una reflexión acerca de la imagen, la palabra, el museo y la historia como iconos que me ha interesado muchísimo. Al fin y al cabo, anunciamos con demasiada frecuencia y demasiada facilidad que nos encontramos en la era de la imagen. ¿Qué genera ahora mismo una historia? ¿A qué nos lleva una imagen que, repetida millones de veces, ha cobrado otro significado? Como todo juego de espejos, revelador, y un tanto asfixiante. Lo cual en un ensayo, para mí, es una gran virtud.

17-1Hacía mucho que no incluía música en mis recomendaciones, y este mes os invito a que escucheis a Zahara en Santa. Del talento de Zahara soy testigo cuando coincido con ella en Likes, y del placer con el que he escuchado este disco, mucho más indie de lo que había hecho hasta ahora, disfruto en esos ratos desperdigados en los que me acompaña la música y la nostalgia.

Esto es todo por este mes. Diciembre promete...