París y los textos ocultos

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Algunos de los textos más bonitos, más desgarradores que he escrito, nunca verán la luz: fueron concebidos para ser leídos ante una audiencia querida, una única vez. En una boda, en un aniversario, ante la cuna de un niño o para decirle adiós a un ser inolvidable. Como las flores o las ceremonias, las palabras marcan las ocasiones especiales que atraviesa la vida, y que desembocan en la muerte.

Ahora resulta casi lógico que mis amigos me pidan que hablen en sus eventos, o que les escriba algunas frases para ellos. Sin embargo, esa costumbre comenzó tan pronto como en mi Primera Comunión: supongo que se debía a que leía bien en alto y que carecía de miedo escénico, o a que me ofrecía voluntaria para cualquier redacción, cuento o poesía que pidieran en el colegio. Elígeme a mí, debían suplicar mis ojos.

De los votos de aquella primera ceremonia me quedaron dos manías: comprobar siempre por dónde van los cables de la microfonía (entre la iluminación de las velas y el vestido largo acabé estampada en el suelo, algo que nunca he olvidado), y hacer alguna mención botánica. Las hiedras que se entrelazan, las higueras que envejecen, las malas hierbas.

Y después de tantas ceremonias como invitada, alguna como protagonista, después de cantar en tantas bodas y de contar en muchas más, de que me temblara la voz en algunos entierros y del estremecimiento emocionado de las bodas de plata, creo que he aprendido algo: es muy difícil que un grupo de gente mienta. Es imposible mentir ante un grupo de personas. Una ceremonia se puede ver arruinada por la lluvia, o entristecida por una pérdida inminente o apenas ocurrida, pero por encima de las circunstancias, el amor o la indiferencia se extienden, como acuarela en un papel mojado.

Se puede prever qué será un éxito y qué acabará en lágrimas, si se quiso a quien se entierra o ha causado un enorme alivio su ausencia. Si no por la actitud genera, por la reacción ante los textos, cuando creen que nadie les observa. Con el tiempo, no solo me he convertido en una invitada a fiestas: también a las emociones ajenas, a las sombras y luces que se celebran o se ocultan. Es uno de los privilegios de la palabra: define y modela aquello que creíamos secreto y oculto.

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En este caso, para esta invitación con un texto oculto, elegí un vestido de The 2nd Skin.co de tul con flores rasgadas y cosidas sobre el tejido. Estoy un poco obsesionada con ese estampado, por cierto. El enorme lazo puede engancharse como una tira en torno al cinturón, si se quiere un aire más informal.

Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en París.

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