Atención, Obras

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Cuando hace unos años le pregunté a mi padre qué pensaba él, cuando yo era pequeña, que sería de mayor, me ofreció una respuesta sorprendente. Actriz, dijo. Desde luego, no hubiera sido su sueño; ambicionaba para sus hijas la formación universitaria que obtuvimos, y un oficio intelectual. Tampoco yo fui una de tantas niñas que fantasean con ser actrices. Yo quise ser, por este orden, astronauta, poeta, miembro del cuerpo diplomático y escritora.

En eso pensaba cuando me llamaron de Atención, Obras, el magacín de la 2 que se ocupa de la actualidad cultural, para que les hablara de El hogar del monstruo, y de qué suponía para mí debutar como actriz en el teatro María Guerrero con Abril en Estambul. Por cierto, podéis leer la crítica que escribió Culturamas aquí. Recopilé los recuerdos que podrían resultar relevantes: cómo liaba regularmente a las niñas de mi colegio y las embarcaba en obritas de teatro que yo escribía (y dirigía y protagonizaba y producía), la última y más ambiciosa una adaptación de César y Cleopatra, de G. B. Shaw, que involucró a la mitad de mi clase de 7º de EGB.

Recordé cómo aquello se diluyó cuando comencé a estudiar Canto a los 12 años; todo lo que estudié de teatro desde entonces se orientó a que nos desenvolviéramos con soltura sobre un escenario. Cómo en los cursos de lenguaje teatral aprendí a entrar con ímpetu, a posar delicamente la mano sobre el piano, a modular la mirada y a moverme (e incluso agonizar) de manera que nunca afectara a la emisión de la voz. A los 14 años absorbía con los ojos muy abiertos la manera en la que José Carreras enfervorizaba al público, o cómo Nuria Espert declamaba con su encanto deslumbrante, y los veía a apenas unos metros, en el mismo escenario en el que yo, una soprano jovencísima, formaba parte del coro.

Entonces me auguraban una brillante carrera como cantante; todos, hasta mis rivales, estaban de acuerdo en ello. Lo que ocurrió después lo he contado en muchas ocasiones: mi tibia vocación no pudo superar las dificultades y las amenazas que se presentaron, y me orientó a lo que deseaba hacer: escribir, contar historias. Siempre añoré el escenario, e intenté reproducir lo que aprendí en esos años en las conferencias y los cursos. Siempre chirrío un poco como escritora, siempre asoma ese pasado.

Desde luego, hubo aspectos buenos: el cálido empuje de mi profesora María Folcó, que creyó en mí con una fe casi visionaria, y el de Jose Luis Ocejo, director de la Coral Salvé, que me protegió todo lo que pudo. Estuvo la mano cariñosa de Rose Marie Meister, que tanto me enseñó sobre cómo encarnar un personaje en los Cursos de Música Antigua de Daroca. El apoyo incondicional de mi hermana Mila, que pasó muchas de sus valiosas horas como mi pianista repertorista y paciente profesora, la tenaz perseverancia de Sor Teodora Errasti, que acaba de morir, y que siempre, siempre, creyó en mí. La amistad con el tenor Fernando Latorre, mantenida a través de los años, o las conversaciones con María Bayo, que me ayudó a poner tantas cosas en su sitio.

Hubo cosas buenas.

Sin embargo, la entrevista de Cayetana Guillén Cuervo tomó otros derroteros. Mucho más íntima, mucho más interesante de lo que yo me imaginaba, Cayetana, con una impecable labor de su equipo, se preocupó por llevar las preguntas hacia lo esencial: el bien, el mal, los monstruos. Los miedos, la soledad. La intimidad, la exposición. Me emocionó. Se produjo uno de esos momentos raros y preciosos en la televisión en que olvidas todo porque entiendes a quien tienes frente a ti. Fue un regalo.

También lo ha sido la reacción de quienes lo vieron. Desde aquí, gracias. A los seguidores de Instagram y Twitter, en especial. La entrevista puede encontrarse aquí.

Hubo también algo que no dije: no deseo el menor mal a quienes se comportaron conmigo de manera tan cruel y agresiva que mi única opción fue abandonar lo que quizás hubiera sido mi carrera. Pero son responsables, y lo son de manera inequívoca, de haber provocado un enorme sufrimiento. No valen las excusas de que eran jóvenes, o inconscientes, de que yo era demasiado pequeña o sensible para estar en ese mundo, de que buscaban su futuro o que no sabían que las consecuencias serían las que fueron. La mala excusa de todos los acosadores, de los maltratadores.

No podían prever que aquello me haría abandonar y aborrecer la música durante años, que me causaría un trastorno de la alimentación y provocarían un enorme odio y cuestionamiento hacia mí misma, cierto. Pero sabían que lo que hacían estaba mal. Que unos adultos acorralen a una chiquilla de 14, de 15 años, que la amenacen y aterroricen, que la oigan llorar sola, que la dejen abandonada en una ciudad extranjera, que le roben su material de trabajo, que se burlen y la cuestionen constantemente no tiene justificación. Es intolerable. Lo era entonces y lo sigue siendo ahora. Que saquen ventaja de su inocencia o su bisoñez, que la aíslen cuando se encontraba sin ninguna protección, que bloqueen sus posibilidades de pedir ayuda, que la insulten y humillen día sí y día también puede acabar, literalmente, con su vida.

Me arrojaron a un camino áspero que no tendría por qué haber conocido. Nunca les hice mal alguno, no hubiera podido, ni sabido. Me convirtieron en alguien que deseaba escaparse, que mentía, que creó una coraza incómoda. Lo que era mi don se transformó en una maldición. No les estoy agradecida por haberme obligado a crecer antes de tiempo, ni por haber contribuido, con su maldad, a ser lo que ahora soy. No merecen mi comprensión, ni mi olvido. El perdón no se debe dar por supuesto. Antes, hay que asumir el daño que se ha infligido, y repararlo, si se puede. Yo he perdonado porque me lo debía a mí y a los míos, a quienes también salpicaron, no porque se disculparan. Es más: con el tiempo me ofrecieron explicaciones y apoyo precisamente quienes que no tenían por qué hacerlo.

En Atención, obras hablamos de monstruos. No hay que tenerles miedo. Pero no sirve de nada negar que existen. Hay que combatirlos con energía y vigor, con denuncias y con leyes. Con el rechazo de quienes callan y miran y saben. En mi Abril en Estambul yo lucho contra uno. Tengo cierta experiencia. Sí, ah, sí. Tengo cierta experiencia con ellos.

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Debo el maquillaje y la peluquería de las fotos al departamento correspondiente de RTVE, que trabajaron con las planchas cada mechón de pelo hasta dar con este look. El vestido de algodón, con aires a los años 50, es de Marc Jacobs. Lo combiné con peep toes de Magrit, de charol burdeos, joyas de oro blanco y un bolso geométrico de Salvador Bachiller. Las gafas de sol personalizadas, de Tiwi, fueron un regalo de Tomás Palacios. Las fotos corrieron a cargo de Nika Jiménez, en los jardines de RTVE.

Viaje a Irlanda (VII) – Limerick

20160808_153520-01Al estas alturas del viaje (cuya anterior etapa podéis leer aquí) comenzaba ya a darme cuenta de que tocaba a su fin, y que tras Limerick solo restaba Dublin y prepararme para el regreso. Para empeorar las cosas, asomó un sol radiante que me reconciliaba con el endemoniado clima de los últimos días, y que agravó aún más mi melancolía.

Limerick es un nombre que escuché por primera vez en mi adolescencia asociada al grupo musical The Cranberries. Algunos años más tarde todos lo uniríamos  a la lucha por la supervivencia de la familia McCourt en Las cenizas de Angela. Un ciudad con una historia dura, durísima, en ocasiones, cuyo origen se remonta a los vikingos, marcada por la campaña de Cromwell contra los irlandeses, y por la hambruna, de la que la ciudad se recuperó con mucha dificultad

El castillo del Rey Juan, que, rehabilitado como centro turístico, puede visitarse, muestra sus torres y sus muros sobre el río Shannon. Se constituyó como fuerte desde la época vikinga; unos ojos vigilantes han asomado durante siglos por encima de sus almenas, en un intento de proteger la ciudad.

Quien desee seguir la ruta de Las cenizas de Angela encontrará que puede realizarla con un guía si pregunta en la oficina de turismo. Por suerte, la ciudad ha cambiado por completo desde aquellos años treinta de hambre y miseria que describe el autor, y que dividió a la ciudad en dos bandos cuando el libro fue publicado. Las acusaciones de exageración o de mentira, o de denigrar a su ciudad y a su familia se sucedieron, casi al mismo ritmo que la admiración que generó. Ese libro paradigmático inició una nueva corriente literaria, la llamada mis-lit, o literatura de la miseria, en la que lejos de idealizar una infancia o una pasado idílico, los escritores no rehuían de una visión costumbrista e incluso deprimente.

No hay duda, de todas maneras, de que la crisis europea que ha afectado principalmente a los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España) se manifiesta en Limerick con mayor claridad que en las otras ciudades que he visitado. Menos turística que las zonas anteriores, más real y cotidiana, muestra heridas y locales cerrados.

20160926_000327Pero también es en Limerick donde resulta más evidente el esfuerzo por combatir esa crisis. Desde los impresionantes graffitis que embellecen solares o fachadas grises, a los pequeños huertos urbanos, las iniciativas culturales o el apoyo a los museos, es una ciudad viva y orgullosa de su independencia, que intenta fidelizar un turismo de calidad.

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10-4Hasta entonces Irlanda había sido pródiga en bichos: había visto ovejas, cabras, vacas, perros en abundancia, pero ni un gato. Comenzaba a preocuparme por si mi radar felino continuaba activo cuando sobre un muro de ladrillo de Limerick me encontré con un precioso, y muy sociable, gatito que tomaba el sol. Eso demostraba, de entrada, que era un gato de provecho, y simpatizamos inmediatamente. Charlamos un rato, y allí lo dejé, sobre el muro, con cierta pena. Fue el único que me encontré en el resto del viaje.

10-2Y, por cierto, me encontré a un primo de Jaromir (quienes me siguen en Instagram desde al menos agosto de 2015 recordarán el éxito internacional de la #trilogiadejaromir). No me preguntéis por qué, era un no sé qué jaromirense, un aire equino familiar. No me obliguéis a explicarlo. Yo sé que eran primos. El primo Ethan. 20160926_000400Una relectura de Las cenizas de Angela me da siempre hambre y ganas de tomar , tazas de té encadenadas, una detrás de la otra. Contra el sol intermitente saqué a pasear el Filtro solar ultraligero de protección 50 de Kielh’s, que me encanta. Con una piel blanca y delicada con la mía la protección elevada es obligatoria, y muchas veces me encuentro con que las faciales protegen, pero tapan el poro y lo ensucian; esta crema no, y además, permite el maquillaje casi inmediatamente. Después de los fríos y los vientos de los días anteriores, empleé como refuerzo nocturno la Crema de noche con efecto mascarilla de L’Oreal Aceite Extraordinario: era un producto que no conocía y, que me llevé para probar durante el viaje, y que ahora, con el trajín al que someto la piel con el teatro, he incorporado a mi rutina. Por otro lado, la bruma de almohada, otro pequeño lujo que me entusiasma, era de La Maison du Savon de Marseille.

20160926_121055-01Durante siglos, Limerick ha vivido de espaldas al río, ese río Shannon del que tantos vapores, humedades e infecciones procedían. Ahora, saneado, y con un bonito paseo que recorre una de sus riberas, eso ha cambiado. Pequeños cafés, restaurantes y locales ofrecen una visión del puente y del castillo, y de su dramático cielo siempre en movimiento. img1474840779948-01

img_20160925_235618 Para recorrer a gusto la ciudad a pie, algo que merece la pena, por tamaño y para no perderse nada, escogí unos vaqueros de talle alto, botines cómodos y una camisa blanca de Oxygene tableada en la espalda.

Solo resta la última etapa de este viaje que contraté con Pangea, y que hubiera deseado que durara al menos un mes más…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abril en Estambul

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Aún con la sensación de vértigo del estreno, el día 21 de septiembre, de El hogar del Monstruo en el Teatro María Guerrero de Madrid, creo que es el momento de hablar con un poco de detenimiento de este proyecto, que culmina estos días sobre un escenario, pero que ha sido labor de varios años y de muchas personas.

Hablaré de cómo he llegado hasta aquí yo, porque cada uno de los involucrados ha seguido un camino distinto. El teatro dejó de ser  mi asignatura pendiente en 2012, cuando escribí Palabra de honor, representada en el Centro de España en Miami, con producción de  El Idearium y dirección de Manuel Mendoza, por Alba Reversi y Orlando Urdaneta.  Casi 10 años antes, Edith Salazar había llevado al escenario mis Cartas de Amor y Desamor en su espectáculo Bolero, con voces como las de María Estevez, Loles León, Terele Pavez, Lucía Bosé…

Pero, en mi día a día, algo que siempre he sabido era que no me gustaban las conferencias formales, sentada, a distancia de mis oyentes y con un vaso de agua. Creo que puedo impartir una conferencia en un ámbito universitario, ceñida a conceptos formales sobre literatura, y aportar un contenido digno. Sin embargo, la mayoría de las conferencias que me piden tienen como destinatarios lectores o curiosos con los que puede existir otra manera de comunicarse, más cercana, informal, o sorprendente. Ya lejos del miedo de no ser tomada en serio por mi juventud (si no soy tomada en serio ya no será por eso) me fascinaban las estrategias de comunicación que seguían los oradores que admiraba.

Por ese camino andaba Fernando Marías, siempre a la caza de ideas nuevas y de propuestas. Fernando, a quien me une una amistad de muchos años, y que siempre ha sido un apoyo indudable y un interlocutor presto a los desafíos, había iniciado un proyecto editorial que deseaba que se extendiera más allá de los libros: daba vueltas a la idea de la creación de una comunidad llamada Hijos de Mary Shelley. Resultaba evidente que algunos autores deseábamos dar un paso más en la dramatización de algunos textos, un juego con el público que se acercaba cada vez más al teatro.

Y ahí Vanessa Montfort sería una pieza clave: su talento y su experiencia internacional como autora y directora teatral permitiría darle forma a ideas sueltas y a proyectos inconexos. Me entregué a ella de manera incondicional, para que me dirigiera como le parecía conveniente, y volvería a hacerlo mil veces. Así, en el Festival Celsius de 2014 ya presentamos un montaje que incluía al magnífico Jorge Usón con texto de Sanchis Sinisterra, y a los cantantes Ruth González y Eduardo Sánchez  Ramos. Ambos conmovedores. Allí interpreté por primera vez Abril en Estambul.

Tras la reacción del público y cómo nos sentimos, la ola era ya imparable y amenazaba con convertirse en un tsunami. El trabajo desde entonces se encaminó a configurar una compañía, y a encontrar un programa serio con un planteamiento claramente profesional. Entró en la producción Imagine Ediciones. Se habían acabado los experimentos. Así se planteó el proyecto al Centro Dramático Nacional, que decidió programarnos como arranque de la temporada 2016-17 bajo el nombre de El hogar del monstruo, cuyo primer número es mi monólogo Abril en Estambul.

Y así hemos acabado en este extraordinario lugar, que está cumpliendo con creces la función de apoyo y promoción del nuevo teatro. Los medios de los que hemos dispuesto (desde el maquillaje a las grabaciones de audio y vídeo, el reportaje fotográfico y las posibilidades sonoras) proporcionan un  material de arranque fuera de nuestro alcance como compañía. La responsabilidad también se incrementó: el María Guerrero supone un compromiso firme. No solo nos evaluarían como autores, sino también como actores, en el caso de Fernando y el mío, y como directora a Vanessa.

Además, yo comparto escenario con actores profesional a los que no puedo avergonzar con mi actuación. Pienso en Miguel Ángel Muñoz, el único de mis compañeros a quien no conocía con anterioridad, y que además de interpretar a un Mr Hide demoledor me ha demostrado cada día una generosidad y un cariño impagables.

Se han sucedido semanas de ensayo a distintos niveles, en las que en mi caso fue clave la sesión con la coréografa Marta López Caballero. Mi papel conlleva una labor física que hubiera sido imposible sin ella. Arantxa Ezquerro se encargó de mi vestuario, un Kaftán, que se empleó en la película Prince of Persia, una enagua de encaje, y unas babuchas de Cornejo.

He tenido que aplicar también distintos cuidados cosméticos que requiere una producción diaria con maquillaje de teatro. Además, en esta obra también me pinto el cuerpo, con lo que hago una exfoliación tras cada sesión con el Rub Rub Rub de Lush que me había recomendado Alma Cupcakes. De momento, la hidratación en profundidad y la limpieza son imprescindibles; como prevención me hice un tratamiento de luminosidad con oxígeno en The Secret Lab, y también una permanente y tintado de pestañas, que sufren mucho con estos trajines. Cada día trae un truco nuevo, un secreto que revela una de las maquilladoras, de mis compañeros. Un mundo inédito.

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Los sospechosos habituales somos, de izquierda a derecha, de arriba a abajo: Miguel Ángel Muñoz, yo misma, Jorge Usón, Ruth González, Enrique Sánchez Ramos, Luis Antonio Muñoz, responsable de la música del espectáculo, Vanessa Montfort y Krish Otero, imprescindible. Falta María Díaz, que se encarga de la prensa, Rodrigo Ortega, el iluminador… Algunas fotos son de Nika Jiménez y otras han sido facilitadas por el Centro Dramático Nacional.

PS.- Por cierto, aquí podéis leer la primera crítica de la obra: muy positiva.

Viaje por Irlanda (VI) Dingle y el Oratorio de Gallarus

20160911_182244El condado de Kerry fue mi siguiente destino, tras las impresionantes cumbres muy borrascosas de Moher (podéis leer sobre ello aquí).

El Parknasilla Resort es un hotel ligeramente distinto a los anteriores: no porque fuera hermoso, tuviera un spa u ofreciera espacios para el golf, sino porque su situación en una pequeña península ofrecía la posibilidad de varias rutas entre la costa y los bosques, incluso por una diminuta isla privada. Rodeado de vegetación exuberante, hortensias de colores intensos y guijarros pulidos, con una sala dedicada únicamente al silencio y galerías con libros a disposición de los huéspedes, albergaba tambien a familias con niños, a los que proponen planes propios.

20160911_182313Me encontraba muy cerca de la Península de Dingle donde se rodó, entre otras, La Hija de Ryan. Si algo había descubierto en este viaje con Pangea era que yo sabía cuándo abandonaba el hotel, pero no cuando regresaba: ni si necesitaba meter las botas de agua o las gafas de sol. Por lo tanto, de cada cambio de ropa hice dos versiones. Una más formal y otra más versátil.

Por ejemplo, la misma camisa blanca y la falda de tul gris de Zara podía llevarla durante el día con alpargatas de cuña, un cinturón trenzado y pendientes de plata noruega.  Pero podía darle un giro rápido con un obi artesano, pendientes de hojas con cristales, un bolso de raso Vasari y unas mules doradas. Como el día amaneció radiante, me arriesgué a llevar una biker de Mango de ante caramelo.

20160911_175630-01Los desayunos se estaban convirtiendo en la mejor parte del día. En el caso del Parknasilla, no perdoné los frutos rojos y la bollería ninguno de los días, mientras disfrutaba del servicio de plata y las cambiantes vistas del comedor acristalado.

20160911_174950Dediqué la mañana a pasear por las rutas que rodeaban el Parknasilla: una de ellas bordeaba el mar, atravesaba una turbera, y se adentraba en la islita vecina, donde los árboles crecían y se derrumbaban con entusiasmo. A veces tenía la sensación de haber vuelto a los años en los que eran niña, y subía al monte con mi padre; el liquen sobre las piedras, los helechos, los crujidos de los troncos en las alturas, las ardillas sin miedo alguno eran los mismos. El territorio de mi novela Irlanda, o de Nos espera la noche se gestó en paseos parecidos.

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20160911_174007Con desayunos de esas características, la comida del mediodía debía, por fuerza, ser frugal: pero al menos para un sandwich había que detenerse en Sneem, uno de los pueblos más bonitos y cuidados de Irlanda. Aunque solo fuera por sentarse en una casa de paredes malvas.

20160911_174120La península de Dingle ha sido considerada uno de los lugares más hermosos de la tierra: además, por su posición, se creyó que era uno de los fines del mundo: como Finisterre, como Land’s End, en Cornualles.  Si se cruzaba ese confín, no se regresaba ya. Más allá había monstruos, y se defendían de los humanos con vientos huracanados, con olas gigantescas y grandes peces de formas extrañas.

La niebla y la bruma, y sobre todo, el viento constante, convierten esa zona en un lugar indómito, de una belleza en moviento continuo. No se deja conquistar, no sabe de serenidad. Invita a domarlo y no a comprenderlo. A aceptar que hay fuerzas y misterios más allá del poder humano.

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9-4Y, sin embargo, solo unos pocos kilómetros más allá se alza uno de los lugares sagrados con más historia y que transmite más paz de toda Irlanda; el Oratorio de Gallarus, una edificación misteriosa, que algunos consideran del siglo VI y otros del XII; , además de un lugar de culto casi ininterrumpido durante siglos, muestra una construcción  paleocristiana fascinante.

Hay que pagar un pequeña entrada para acceder, y entre los muros de piedra y los enormes macizos de pendientes de la reina, posado al pie de una ladera, de pronto, se alza el Oratorio.

20160911_181420-01Tenía que dedicarle un poco de atención a las vacas de la zona: de un precioso color dorado, y una calma proverbial, se encontraban en los alrededores del Oratorio, y contemplaban con curiosidad a los humanos que por allí pasaban. Con tanta curiosidad que estoy convencida de que después, en bovino, cotilleaban sobre nosotros.

-Qué birria de turistas nos han llegado hoy.

-Ya te digo. Donde esté un buen grupo de japoneses…

-¿Y esa que venía con la cazadora de ante? ¿Qué se quería hacer pasar, por una de nosotras?

-Tengo una prima en Moher que me dijo no sé qué de una turista que se dedicó a escalar el acantilado por su cuenta.

-Es que van como locos.

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9-2El Oratorio, que tiene forma de quilla de barco, se construyó siguiendo una técnica casi megalítica: al parecer, tiene un poquito de argamasa en el interior, quizás posterior, pero el encaje de la piedra exterior, suave y uniforme, es misterioso y de una resistencia extrema. Cada uno de los paisajes de esta etapa transmitía una energía propia, inconfundible: y esta zona transmitía la  serena sacralidad de un lugar donde se ha rendido culto a algo invisible durante mucho tiempo. Algo sutil, pero inconfundible. Fuera, la belleza, la calma, la silueta de piedras.

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9-3Dentro, el misterio.

17-1Podéis acompañarme a la etapa siguiente aquí.

Hair Time

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Si en las tiendas de ropa me invade la sensación que tendría un niño en una tienda de chucherías, en los salones de peluquería tiendo a comportarme de una manera un poco solemne; pude comprobarlo en la última ocasión, cuando acudí a Hair Time y me vi en el sillón de cuero blanco, reflejada en el espejo, con un aire entre expectante y respetuoso. Los peluqueros han heredado una profesión solemne, que comenzó con los barberos y los hechiceros, los encargados de cuidar el cabello y de marcar los rituales de madurez. En todas las culturas, el pelo y su trato es cosa importante: una señal de estatus o incluso un castigo.

Después de varias semanas en que mi vida ha girado en torno a mi nueva novela, absorta, y en las que solo me faltaba hacerme la manicura a bocados, como mis gatas, llega el momento de regresar al mundo; y lo hago además a través de medios tan visibles como el teatro y la televisión. No es el momento de sentirse insegura; en estos días previos estoy dedicando tiempo a todo lo que luego no podré cuidar. Y el cabello se encontraba en primer lugar. Habrá quien no entienda esto: es un peso que muchas mujeres añadimos al resto de nuestras responsabilidades, y de lo que no hablamos. Para mí, después de la depresión, verme bien, cuidar mi aspecto,  es un indicador de mi salud y de mi vitalidad.

Hair Time solo tiene el inconveniente de encontrarse en una ciudad en la que no vivo: el resto (la técnica, la profesionalidad, el diseño, la discreción) son virtudes. Aproveché por lo tanto un viaje a Barcelona para la grabación de la clase del Master de Traducción de la VIU para a acercarme a este espacio cuyo trabajo es el secreto de la apariencia de muchas mujeres admiradas por su estilo, y del que no alardean: puede verse en los pies de fotos de numerosas revistas.

Para mí, que no trabajo con nada que requiera de habilidad física, resulta hipnótico ver la pericia con la que cualquier persona usa unas tijeras, un cuchillo o una navaja. El corte en seco que me realizó Mónica fue un tallado minucioso y el cambio se podía observar en cada giro. El cabello caía en mechones, como pequeñas serpientes castañas que reptaran por el suelo.

He escrito varios cuentos que ocurren en peluquerías y salones de belleza. Quizás porque sea un lugar en el que solo puedo observar. Y muchas cosas ocurren, muchos secretos se deslizan, muchos días felices se preparan en esos espacios, entre los espejos y las confidencias.

Como para todo, en el secreto de la fama de Hair Time no hay fórmulas mágicas: excelentes productos (Aveda), técnica esmerada y buen conocimiento del cliente, al que intentan comprender en un tono casi de psicólogo. Como para todo, no hay atajos. El mimo constante. El olor del agua de rosas rociada antes del secado, el paño de algodón que protege la frente y los oídos de la toalla caliente durante la mascarilla hidratante, el esculpido con producto que se aplica con las mechas no se dan por casualidad.

El resultado habla del proceso: unas ligerísimas mechas miel, apenas chispazos de luz. Un corte nuevo y con más movimiento. El pelo cuidado, sano y con un brillo lujurioso. Las ganas casi irrefrenables de bailar, de sonreír constantemente, de iniciar algo nuevo. De una manera muy distinta, sigue oculta en el cabello la magia que intuían los antiguos: algo serio. Algo que habla de convertirse en otro, de descubrir la fuerza propia y de comerse el mundo.

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Hair Time se encuentra en la Carrer del Mestre Nicolau 2, en Barcelona. El vestido de encaje, pasamanería y plumetti color marfil es de Mango, y muestra la espalda en un escote bajo. Las fotos son de Nika Jiménez.

Viaje a Irlanda (V) Los acantilados de Moher

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La anterior etapa del viaje había transcurrido entre idílicos paisajes verdes, casi demasiado hermosos para ser reales, y proclives a que la distancia y la nostalgia los idealizara; eso se vería bruscamente alterado en la siguiente zona, la del condado de Clare.

Los acantilados de Moher pertenecen al inconsciente colectivo por sí mismos y entremezclados con otras narraciones: los hemos visto en reportajes y fotografías, en cubiertas de discos y de novelas: esa hermosa sucesión de barrancos cortados en diagonal se prolonga a lo largo de ocho kilómetros, y en cuanto se inventó el turismo en el siglo XIX (no para todos, claro; para ricos ociosos) ya se convirtió en un destino favorito de los viajeros, que lo llamaban “Los acantilados de la ruina”. De hecho, en algunas de mis fotografías se puede reconocer la torre O´Brien, que construyó un Sir local como mirador para esos pioneros devorados por el wanderlust.

Y mi generación no podrá olvidar el ascenso vertiginoso de la Princesa Prometida por los Acantilados de la Locura, presa por sus raptores, mientras el enmascarado pirata Roberts los sigue muy de cerca: sí, fue rodado en Moher, al igual que Harry Potter y el Misterio del Príncipe. Como en tantos otros lugares de Irlanda, cuando se llega allí ya hemos estado allí. Un fascinante déjà vu continuo.

Los acantilados ofrecen una vista impresionante que alcanza hasta las islas de Aran en los días claros: no era el caso durante mi visita. Amaneció un día de agosto gris, lluvioso y frío más adecuado para reflexionar sobre cuestiones existenciales que para visitar unos acantilados de 120 m de altura. Llovió con parsimonia y acrimonia durante toda la mañana, sin respiro.

Al llegar allí, entre caminos estrechos flaqueados por matas gigantescas de pendientes de la reina que rozaban el coche, me encontré con que el aparcamiento que da acceso al camino de 8 kms que bordea la cima de los acantilados estaba abarrotado. Imposible entrar, ni, por las características de la carretera, hacer cola.

Entonces decidí ejercer de bilbaína y tirar por el acantilado del medio: dejé el coche en la entrada de una propiedad particular a bastante distancia, y subí por un camino alternativo, campo a través, hasta el final de la sierra de acantilados.

Las vacas de los campos me miraban con bovino desprecio, lo que debió haberme dado una pista de lo que me esperaba. Si una vacada local, apiñada para protegerse del viento, te dice con la mirada que ellas no lo harían, es conveniente hacerles caso.

En mi imaginación, el vestido de encaje blanco de Mango  ondeaba con la brisa  suavemente, mientras mi mirada lánguida acariciaba el horizonte. Un ataque de bovarismo en toda regla.

El viento azotaba la ladera del monte con tal fuerza que era imposible avanzar sin tambalearse. Un cartel, de hecho, advertía del extremo peligro que corrían los caminantes, y, de pronto, no parecía demasiado exagerado. Veinte metros más arriba tuve que abandonar. El camino no ofrece demasiadas dificultades, pero literalmente el viento me llevaba. Incluso a gatas, algunas de las ráfagas me arrastraban contra la hierba. Zumbaba en los oídos hasta hacer daño y aturdir y desorientar un poco. No soy una persona asustadiza, y en ocasiones reacciono de manera impulsiva frente a una dificultad (también llamado síndrome McFly) pero nunca había sentido esa impotencia frente a una fuerza natural. Por el lado por el que intentaba acceder el camino está desprotegido, a diferencia del sendero superior, que, según me han dicho, ofrece más abrigo frente al viento.

De manera que recordé que llevaba veinte años en Madrid, que antes había vivido en Álava otros veinte, y ahogué a mi bilbaína interior a sopapo limpio. Retrocedí como pude, y me quedé con la espina de no haber podido observar los acantilados desde lo alto. Aún así, el paisaje y la experiencia resultaron inolvidables.

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Mientras el zumbido de mis  oídos se disipaba, puse rumbo al Anillo de Kerry, una ruta que recorre esa zona a través de caminos angostísimos y parajes deslumbrantes, hacia Killarney, con la intención de detenerme en un punto en particular, el llamado Ladies View.

Ese pequeño mirador, que se encuentra en mitad de la carretera, fue el punto donde durante la visita de la reina Victoria a la isla en 1861 (ya he hablado del turismo para ricos) los anfitriones locales hicieron que la comitiva se detuviera para admirar la vista. Los pequeños lagos, las colinas, las montañas. El condado en su esplendor. Y al parecer, las damas de compañía de la reina la admiraron profusamente; de ahí su nombre, la vista o el mirador de las damas.

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En un lugar así estaré a salvo, pensé yo, mientras tosía trocitos de brezo del acantilado de Moher. Las damas victorianas eran flores delicadas con corsé y miriñaque.

La leyenda cuenta que San Patricio expulsó a las serpientes de Irlanda. Pero se olvidó de los mosquitos. Tres minutos de admiración de la vista bastaron para que se corriera la voz entre los mosquitos de la zona de que yo había llegado. ¿Puede ser ella? ¡Sí, lo es! Tengo un primo en Tarragona que me habló de su sangre. Y yo un cuñado en la India. Yo ya la piqué en Cong, pero me supo a poco.

Hay gente que tiene mano con los ancianos, o con los niños. Gente a la que se le acercan los perros. A mí me adoran los mosquitos. Veintitrés picaduras conté durante los siguientes días. Quizás Irlanda no parezca, a priori, un lugar donde un repelente de insectos sea necesario. Lo es. A través del vestido de encaje que ondulaba etc picaban. Villanos.

Eso sí, la vista, impresionante.

Continuaremos viaje muy pronto. Ya sabéis que yo lo contraté en Pangea y que podéis adaptarlo a vuestra medida. 20160806_213006-01