Elegir un bikini

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Esta sesión de fotos fue una de las más divertidas y alegres que recuerdo: en ella influyó el clima, perfecto, el entorno, Menorca, el ambiente que se generó y un optimismo que me ha acompañado todo el verano. Si hace unos años me hubieran dicho que me llegaría a sentir tan feliz, tan despreocupada, en bikini, hubiera esbozado una sonrisa amarga. ¿El sol, el agua? ¿Qué era eso frente a la mirada de los demás, frente a mis propias críticas?

Para muchas mujeres esa sensación tan agradable finaliza muy pronto; no supera el paso a la adolescencia, cuando de pronto el cuerpo se convierte en algo que puede ser mirado, juzgado y sopesado (hablé de bodyshaming aquí). Se acaba el juego y la diversión, y todos los mensajes que esa chica ha recibido desde su infancia comienzan a actuar. Por suerte, no siempre es algo definitivo. Con el tiempo me he encontrado con mujeres que se han puesto un bikini casi como una conquista o una afirmación. No les han importado los kilos de más o de menos, han decidido que ni las estrías, ni la celulitis, ni la flaccidez (eso que nos han enseñado a odiar como defectos imperdonables) son importantes.

Han decidido mostrar la cicatriz de su cesárea como una huella de vida, o celebrar el que les falta un pecho, o los dos, como una medalla de su supervivencia. O, ya muy mayores, no querían perderse  una experiencia que le habían prohibido un marido, o un entorno, o unos prejuicios.

En pocos años hemos pasado de considerar el cuerpo como algo pecaminoso a desarrollar un sentimiento de culpa similar, pero sin una motivación religiosa; la emoción era similar, la hemos heredado de las generaciones anteriores sin cuestionar nada. Solo las razones para esa vergüenza y esa culpa varían.

Eso nos ocurre a nosotras, las occidentales: a chicas o mujeres o niñas, como yo, que han sido educadas en democracia e igualdad, que hemos accedido a estudios en algunas ocasiones superiores, que hemos obtenido mejores notas y resultados que nuestros compañeros varones: pero que aún nos encontramos con la incomodidad de no saber qué hacer ni cómo comportarnos con el conflicto que nuestro cuerpo genera en el entorno.

Por eso he seguido con particular interés los conflictos y las opiniones que durante este verano ha generado el burkini: no me parece que su prohibición aliente en absoluto ni la convivencia ni la presencia de mujeres musulmanas en espacios públicos. Y un paso necesario, tanto en Occidente como en otros países, es que se las vea, que puedan ir y venir, intervenir y trabajar fuera de sus hogares. Pero si algo tengo claro es que el argumento de algunos de que se debe a una elección femenina, libre y voluntaria es falso. En algunos países (Marruecos, Egipto, Turquía…) el avance del velo nos hace olvidar que hace cuarenta, cincuenta años, las mujeres musulmanas vestían a la occidental, estudiaban y gozaban de una libertad que ha desaparecido.

Y si algo sé es que ni el trato del cuerpo ni de la ropa femenina es casual, ni se encuentra desligada del momento histórico y de la represión. El cuerpo femenino continúa siendo una cuestión política: y casi nunca para beneficio de la propia mujer.

Una sociedad que no garantiza la seguridad y la igualdad de oportunidades de las mujeres no puede esgrimir el argumento de que estas son libres para elegir. No lo son. La presión social y el control machista que afecta a las mujeres occidentales condiciona de tal manera a las de otras culturas que, sencillamente, no pueden sopesar opciones de una manera equilibrada, ni escoger sin que las consecuencias sean insospechadas.

Hace quince años, cuando vivía en Noruega, descubrí con sorpresa la naturalidad con la que familias enteras practicaban el nudismo en las playas. No soy una persona creyente, ni mojigata, pero nunca se me había pasado por la cabeza desnudarme en público, ni siquiera hacer topless. Ni entonces, ni antes, ni después, lo he hecho, ya como una elección meditada; sin embargo, en ese momento me obligó a plantearme la razón. Por qué me perturbaba tanto. Y qué mensajes, tan distintos, debía haber recibido esa señora noruega con el vello púbico cano que jugaba con su nieto, y que vivía con tanta comodidad en su piel que no le importaba encontrarse desnuda.

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En las fotografías, que fueron sacadas por Nika Jiménez en el Hotel Artiem Audax de Menorca. Este hotel, que cuenta con un Spa fabuloso, está pensado únicamente para personas adultas, con lo que la piscina y sus alrededores eran un remanso de paz, lectura y sol. Mi bikini (y también el pareo de gasa) pertenece a la firma Rosa Faia, de Anita since 1886, y podéis encontrarlo aquí. Es una casa que trabaja muy bien las copas grandes y que resulta muy cómoda a las mujeres que tenemos pecho abundante. Las sandalias que aparecen en alguna foto son de Unisa y fueron el regalo de un matrimonio amigo.

Me recogí el pelo con trenzas y flores, lo que siempre me recuerda a Frida Kahlo, una pintora que desafió normas y convenciones. Algunas de las florecitas son de HM, y otras las compré en una tienda de Mérida. Llevo protección solar +50 de L’Oreal, pero pantalla total en el rostro. Y mi collar fue un regalo realizado por la artista Teresa Cia, una obra única titulada Temple y fortaleza, y que esculpió en látex, con nácar fumé, amatista, malaquita, cristal y una borla de seda exclusivamente para mí. Cuando me la dio me dijo que estaba inspirada en el temple y la fortaleza de una mujer renacida.

Creo que a ese renacer aspiramos todas.

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2 pensamientos en “Elegir un bikini

  1. A veces me pregunto cómo es posible que se pase por alto el hecho de que los hombres también estamos sometidos a la imposición de tener un cuerpo perfecto. Salvando las distancias y las diferencias evidentes.
    Como hombre rellenito y calvo me encuentro día a día con esa presión, y con la misma exigencia por parte de las mujeres hacía mí. Mis propias amigas (y realmente no las necesitaría porque mi propia experiencia también me lo dice) me sugieren que adelgace porque si no no ligaré. Que me ponga moreno, que vista moderno, que haga deporte, que me ponga fuerte, y un largo etc…
    Yo he sido sometido a esa presión. Yo encuentro barreras con las mujeres debido a la imperfección de mi cuerpo. Como si yo no tuviera que luchar, como si para mi la vida no hubiera sido dura, ni hubiera peleado con mi cuerpo toda la vida, por ser hombre.

    No está de mas comentarlo, para que se sepa.

  2. Estoy viendo TVE desde Florida.. mientras me mudo de casa, empaco mis pinturas y ceno pan duro… Y acabo de conocerte.. y me llamo la atencion escuchar lo que haces y a lo que te dedicas… Es reconfortante escucharte y verte. Sigue inspirandonos.

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