Viaje a Irlanda (IV) Cong

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Después del recorrido en la anterior etapa por los caminos de la Gran Hambruna, tenía sentido continuar hacia Cong, en el Condado de Mayo. Esta zona sufrió con particular dureza la pesadilla del hambre: desahucios, desplazamientos y entierros masivos. Quien conduzca ahora por aquí difícilmente podrá imaginar las condiciones en las que malvivían los campesinos ya antes del mildiu: analfabetos, apiñados en casetas de un único recinto, sin ventanas, y con hogueras de turba.

Los que emigraron en esos años tampoco lo tuvieron fácil; si se dirigieron a Argentina, o a Uruguay, corrieron mejor suerte. La mayoría se embarcó hacia Estados Unidos, y Canadá. Saturados por las decenas de miles de irlandeses, los países de recepción los retuvieron en islas de paso como la de Ellis, en las que las cuarentenas no lograban frenar epidemias; y en las ciudades y barrios americanos la discriminación comenzó a hacerse evidente.

Pero ya antes, y durante todo el siglo XX, los irlandeses habían buscando salida a la miseria o a la persecución política en EEUU: en Lo que el viento se llevó, la autora Margareth Mitchell, descendiente de irlandeses, narra la historia de la hija de un oriundo del condado de Meath. Según la novela, Gerald O’Hara había escapado de Irlanda en torno a 1820, por haber asesinado a un funcionario inglés.

Quizás la otra heroína de arrebatado carácter irlandés más memorable, además de Escarlata, sea Mary Kate Dannagher, interpretada por Maureen O’Hara en El hombre tranquilo. Si bien se basaba en el libro de M. Walsh, fue la mirada del director John Ford la que le dio el carácter de clásico a la película. Ford heredó de sus padres, él de Galway y ella de las islas de Aran, la añoranza y la visión nostálgica de Irlanda. Y fue esta preciosa zona, la que rodea Cong, la que correspondía a la que anidaba en sus sueños, la quintaesencia de la mitificada y añorada Isla Esmeralda. 7.3

En Cong se puede seguir una ruta, incluso guiada, por los escenarios de la película: el río, con sus piedras y sus patos, no ha cambiado, existe un museo dedicado a El hombre tranquilo, una escultura, varias placas, y una de las callecitas y algunos de los locales se mantienen o se han reformado a la manera de la famosa obra. Es la Irlanda que todos hemos imaginado, la imagen en la que muchos se reconocen. Y, curiosamente, se ha construido con la amorosa mirada de los que escucharon las historias de quienes dejaron estos árboles y estos ríos y se llevaron su recuerdo a otras tierras.

Cong posee, además, las ruinas de una espectacular abadía agustina, casi en el mismo centro del pueblo. Aunque estuvo habitada por monjes desde el siglo VII, las ruinas, un monumento nacional, datan del s. XIII. Se conserva el torreón, y parte del claustro, además de algunos restos de edificios; entre las piedras brotan las tumbas, algunas muy viejas, otras que dan testimonio de muertes y penas cercanas. El acceso es gratuito.

Y, al final del claustro, bajo un arco ojival, se abre el camino al bosque y al río: los monjes dependían de ese bosque para subsistir, y de la pesca, para complementar la pobre alimentación que mantenían, además, voluntariamente frugal. Sobre uno de los saltos del río, de las miles de ramificaciones de agua que recorren el condado y lo convierten en un terreno siempre verde y vivo, se conserva la choza en la que los monjes pescaban: ¿sería siempre el mismo, o se turnarían? ¿Se trataría de un privilegio, un rato de soledad y libertad en la naturaleza, o más bien de un castigo, la humedad, el frío apenas combatido por un fuego, el aislamiento?

En la actualidad, el bosque cubre y envuelve al visitante con brazos muy ancianos, que dejan ver su fuerza, y su poder. Quien camina por él siente que es un viajero en el tiempo, a aquella época en la que los bosques cubrían la tierra sin competencia, ferales y libres.

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Para esta etapa me llevé conmigo el libro y la película El hombre tranquilo. El tiempo continuaba con un marcado carácter adolescente y  reacciones exageradas. El chaparrón que me cayó junto al río de Cong aspiraba a ser recordado, y sin duda, lo será. Me hice con una cazadora de cuero de Zara, y con una maravillosa falda artesanal profusamente bordada con lentejuelas. En mitad del bosque arcaico, el brillo de los abalorios creaba un efecto irreal, onírico.

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El sol cortaba de vez en cuando las nubes, como un cuchillo la manteca, y desde el coche el campo se iluminaba súbitamente. No me extrañó que se asociara la volatilidad del tiempo al llamado carácter irlandés: una tierra cambiante, brusca y generosa.

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Esta sería la última noche que pasaría en Clifden, y en el Abbeyglen Castle Hotel. Aproveché para dar un paseo por la diminuta ciudad, que ofrece, además de unas fachadas coloridas que alegran la vista y el ánimo, una historia peculiar: Clifden fue fundada por el sueño de un pionero empresario, John D’Arcy. Había heredado el castillo de Clifden y las tierras cercanas, y decidió que, por su posición junto al mar, y protegida por las colinas, sería un buen enclave comercial. Además, Connemara carecía de una ciudad o capital fuerte. Así nació Clifden, a principios del siglo XIX. Durante algunos años, el sueño pareció cumplirse. Prosperó la pesca, el comercio y la navegación. Pero nuevamente la Gran Hambruna arruinó los planes, la ciudad y los sueños. La ciudad llegó a declararse en quiebra.

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Un siglo más tarde de la fundación de Clifden, su enclave estratégico volvió a darle cierta relevancia: otro empresario e inventor italiano, G. Marconi, la escogía como sede para su estación de transmisión transatlántica de telegrafía por ondas. La estación fue arrasada durante la Guerra Civil, pero la huella y el nombre del Premio Nobel sigue presente en la ciudad.

El primer vuelo trasantlántico desde Estados Unidos aterrizaba en Clifden en 1919 (es una manera suave de decirlo: Brown y Alcock se esmorraron en una turbera en Derrigimlagh, después de 16 horas de vuelo accidentadísimo y casi mortal. Alcock salió por su propio pie y diciendo “He sido el primero, he sido el primero”. Angelicos).

Es decir, fue esta una tierra que forzaba a marchar a sus hijos, pero que les legaba el anhelo de regresar siempre, de no perder el contacto pese a que un océano les separara. Una morriña irlandesa contagiosa y que no se atenúa pese a que pasen las generaciones.

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Aquí os dejo el enlace de Pangea donde podéis encontrar información sobre cómo organizar vuestro propio viaje por Irlanda. Y el viaje continúa aquí.

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