Viaje a Irlanda (II): Galway

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Galway era mi siguiente destino después de la estancia en Dublín de la que os hablo aquí: una ciudad que nació en el siglo XII en una bahía en la que desemboca el río Corrib. Mi coche recorrió la isla de este a oeste; el trayecto más largo que realicé en autopista. Por cierto, por si os animáis a realizar este viaje con Pangea u otro similar que incluya coche de alquiler, los peajes son baratos, comparados con los que pagamos en España, mientras que el aparcamiento, sobre todo en Dublín y en Galway, resulta dolorosamente caro. El paisaje varió sin tregua. Al principio, los setos junto a la carretera ocultaban las planicies. Luego se sucedieron las colinas, muchas de ellas en mitad de la recogida de la hierba seca, que empacaban en balas redondas, algunas de ella protegidas por una llamativa lona rosa chicle. Después las montañas; y el mar.

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Desde el siglo XIV esta ciudad animada, joven (su crecimiento sigue en alza), e inquieta ha estado relacionada con los españoles, en especial por el comercio de vinos, que atrajeron tantos barcos que merecieron un lugar propio en el puerto. Aún hoy puede verse el Spanish Arch, y el Spanish Parade, un paseo que en los días de sol se llena de jóvenes que ven la puesta de sol con sus Guinness y sus amigos.

A Galway se le atribuía un carácter raro, casi latino. Se decía de manera popular que el contacto constante con España había transformado el temperamento irlandés, y que los cambios de humor, el orgullo y los arrebatos de cólera, así como los cabellos negros de algunos habitantes eran herencia de los marineros españoles y los viajes al sur. De todas maneras a los celtas, con su cruce normando, poco les hacía falta para saltar por cualquier cosa. Las 14 tribus que regían Galway eran de armas tomar. Baste saber que inventaron el concepto de linchamiento.

Sí, el Guzmán el Bueno de la zona fue James Lynch, un miembro de las 14 tribus, de los Lynch de Galway de toda la vida, que era además, alcalde y rico de familia. Su hijo Walter asesinó a un mercader español que se hospedaba en la casa del padre, porque al parecer estaba tirándole los tejos a su novia. Con lo que Walter le tiró a él por la ventana. Lo normal. Los extranjeros pidieron la cabeza del asesino. A Walter, que salvo en su relación con los españoles debía ser un chico de lo más normal, que saludaba siempre, muy amigo de sus amigos, nadie se atrevía a ajusticiarle, ni el verdugo. De manera que fue su propio padre el que le puso una cuerda al cuello y lo ahorcó, también lanzándole por la ventana. Eso son medidas para potenciar el turismo y lo demás, tonterías. Y de ahí lynch law– linchamiento.

Unos años antes (el linchamiento tuvo lugar en 1493) Cristóbal Colón escuchó misa aquí, en la Colegiata de San Nicolás,  camino hacia Islandia, en un viaje comercial. Escuchó la historia de San Barandán, o San Brendan, un viajero legendario que había visitado tierras lejanas, y comprobó que a la bahía llegaba madera de deriva que no era europea. Confirmó así sus sospechas. Había tierra hacia el Oeste.

Galway es una ciudad divertidísima, sobre todo si asoma el sol, un buen lugar para las compras (no hay muchos en Irlanda) y un destino típico de turismo. Conviene alejarse de las calles más bulliciosas como Shop Street, y callejear, husmear, meter la nariz en los rinconcitos, para encontrar pubs, pedazos de muralla, fragmentos de conversación en español al aire, cisnes (tan abundantes, y a los que no se debe alimentar) en pausada ruta por el río. Pude constatar que se han puesto de nuevo de moda las trenzas hiladas en la calle. Con 17 años yo regresé a casa con una.

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5.3

Desde aquí puede darse el salto en ferry a las preciosas Islas Aran, o continuar hacia Connemara, la legendaria Irlanda tradicional. Yo preferí lo segundo, y tomé ruta hacia Clifden.

Aquí conviene olvidarse de lo que hemos conocido toda la vida como carretera, y adoptar el término más adecuado de pista. Incluso de pista cochiquera. Si bien el adaptarse a conducir por la izquierda se produce de manera más bien rápida e intuitiva (las rotondas dan ciertos problemas, y también las incorporaciones a la izquierda), nada nos han preparado para las sinuosas y estrechas carreteras del oeste irlandés. También es verdad que se encuentran en buenas condiciones, y que la extrema belleza del paisaje, y la sensación casi continua de soledad, de que han colocado esas nubes dramáticas, esos lagos, y esas ovejitas dispersas solo para nosotros compensan los sudores fríos cuando aparece un coche en dirección contraria. Las cunetas se encuentran flanqueadas por inmensos arbustos de pendientes de la reina y de crocosmias naranjas. De vez en cuando, el brezo, y el liquen sobre las rocas.

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Por la zona se encuentran muchas referencias a los ponis de Connemara, y de vez en cuando hay algún establo o incluso hileras de caballitos, muy valorados y apreciados. Nuevamente la leyenda mete un toque español: se dice que cuando la Armada Invencible naufragó o arribó maltrecha a estas costas, los caballos andaluces de la tropa escaparon hacia el monte. Lo de escapar es relativo, porque sus dueños fueron, en muchos casos, apresados y asesinados. En Galway, en el cementerio principal, se recuerda a 300 de esos marineros españoles que fueron fusilados en 1588, tras sobrevivir al desastre naval. Absurdos y crueldades de una guerra más. Los caballos no, claro, los caballos huyeron libres y se cruzaron con la raza local. Eso dicen. A mi juicio, aunque son animales preciosos, toda similitud atisbada entre un corcel árabe-andaluz y un pony de Connemara es propia de una abuela cariñosa que insiste en que su nieto se parece mucho a ella.

El hotel en el que me hospedé en Clifden es el Abbeyglen Castle Hotel. Este castillito del siglo XIX ha sido un hotel familiar durante décadas, y se nota en el trato, de una desbordante simpatía. Una muestra: te da la bienvenida Gilbert, el loro, en su jaula en la recepción. Si eres mujer, enfáticamente: a los hombres no les suele decir nada. Es un loro muy suyo. Las habitaciones, encantadoras, miran al jardín, la escalinata o el pequeño helipuerto. Hay un spa, un campo de golf, pero yo, no hay que decirlo, me fui directa al jardín, plagado de impresionantes hortensias, y a las zonas comunes, que cuentan con chimenea y una buena oferta de libros.

5.4

Aquí, en mi heredad…

Ay.

Volvamos a la realidad.

5.5

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El clima cambia drásticamente en esta zona, y la humedad y el frío se hacen notar incluso en Agosto. Es más, yo agradecí de corazón el que las chimeneas estuvieran encendidas. Aunque ya hablaré con más detalle de esta zona, adelanto que  Clifden fue un enclave esencial durante el siglo XIX, una época trágica para Irlanda, asolada por las hambrunas y la emigración.

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En toda la zona han tenido el acierto de mantener el equilibrio entre el turismo, muy abundante, y un sabor auténtico. Han atraído un tipo de viajero que regresa en busca de sus raíces, viene a pescar, a jugar al golf, o a hacer senderismo, poco invasivo, muy respetuoso, y de un nivel económico medio-alto. Un modelo interesante para muchas zonas que buscan ahora soluciones distintas.

El mimo por el detalle es máximo, y la devoción por lo antiguo, por lo conservado del pasado, contrasta con el afán de modernidad de otros lugares. Aunque aquí muestro las hortensias, de un colorido espectacular, todos los parterres de flores daban una lección de buen gusto y de colorido.

La humedad riza el pelo, y alimenta la piel. Como ocurre en muchos viajes al norte, el cuerpo y la tez reaccionan, en mi caso, como si regresaran a casa. Respecto al look, el kimono es de HM. Y el anillo de plata, de Marisabell Design.

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En la gastronomía, el salmón y la trucha de la zona gozan de gran fama, y pude comprobar que merecida. Desde entonces no faltó en mis desayunos. La panadería, estupenda, y los lácteos, de nuevo, sobresalientes. El hotel cuenta con un restaurante de carta limitada, pero de buena calidad, y por la zona abundan las oportunidades para probar el estofado irlandés o Irish stew.

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Queda aún mucho por ver: las abadías de la zona, la salvaje naturaleza de la zona, la tierra de la que tantos poetas han hablado…

Continuará aquí. Me temo.

 

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