Elegir un bikini

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Esta sesión de fotos fue una de las más divertidas y alegres que recuerdo: en ella influyó el clima, perfecto, el entorno, Menorca, el ambiente que se generó y un optimismo que me ha acompañado todo el verano. Si hace unos años me hubieran dicho que me llegaría a sentir tan feliz, tan despreocupada, en bikini, hubiera esbozado una sonrisa amarga. ¿El sol, el agua? ¿Qué era eso frente a la mirada de los demás, frente a mis propias críticas?

Para muchas mujeres esa sensación tan agradable finaliza muy pronto; no supera el paso a la adolescencia, cuando de pronto el cuerpo se convierte en algo que puede ser mirado, juzgado y sopesado (hablé de bodyshaming aquí). Se acaba el juego y la diversión, y todos los mensajes que esa chica ha recibido desde su infancia comienzan a actuar. Por suerte, no siempre es algo definitivo. Con el tiempo me he encontrado con mujeres que se han puesto un bikini casi como una conquista o una afirmación. No les han importado los kilos de más o de menos, han decidido que ni las estrías, ni la celulitis, ni la flaccidez (eso que nos han enseñado a odiar como defectos imperdonables) son importantes.

Han decidido mostrar la cicatriz de su cesárea como una huella de vida, o celebrar el que les falta un pecho, o los dos, como una medalla de su supervivencia. O, ya muy mayores, no querían perderse  una experiencia que le habían prohibido un marido, o un entorno, o unos prejuicios.

En pocos años hemos pasado de considerar el cuerpo como algo pecaminoso a desarrollar un sentimiento de culpa similar, pero sin una motivación religiosa; la emoción era similar, la hemos heredado de las generaciones anteriores sin cuestionar nada. Solo las razones para esa vergüenza y esa culpa varían.

Eso nos ocurre a nosotras, las occidentales: a chicas o mujeres o niñas, como yo, que han sido educadas en democracia e igualdad, que hemos accedido a estudios en algunas ocasiones superiores, que hemos obtenido mejores notas y resultados que nuestros compañeros varones: pero que aún nos encontramos con la incomodidad de no saber qué hacer ni cómo comportarnos con el conflicto que nuestro cuerpo genera en el entorno.

Por eso he seguido con particular interés los conflictos y las opiniones que durante este verano ha generado el burkini: no me parece que su prohibición aliente en absoluto ni la convivencia ni la presencia de mujeres musulmanas en espacios públicos. Y un paso necesario, tanto en Occidente como en otros países, es que se las vea, que puedan ir y venir, intervenir y trabajar fuera de sus hogares. Pero si algo tengo claro es que el argumento de algunos de que se debe a una elección femenina, libre y voluntaria es falso. En algunos países (Marruecos, Egipto, Turquía…) el avance del velo nos hace olvidar que hace cuarenta, cincuenta años, las mujeres musulmanas vestían a la occidental, estudiaban y gozaban de una libertad que ha desaparecido.

Y si algo sé es que ni el trato del cuerpo ni de la ropa femenina es casual, ni se encuentra desligada del momento histórico y de la represión. El cuerpo femenino continúa siendo una cuestión política: y casi nunca para beneficio de la propia mujer.

Una sociedad que no garantiza la seguridad y la igualdad de oportunidades de las mujeres no puede esgrimir el argumento de que estas son libres para elegir. No lo son. La presión social y el control machista que afecta a las mujeres occidentales condiciona de tal manera a las de otras culturas que, sencillamente, no pueden sopesar opciones de una manera equilibrada, ni escoger sin que las consecuencias sean insospechadas.

Hace quince años, cuando vivía en Noruega, descubrí con sorpresa la naturalidad con la que familias enteras practicaban el nudismo en las playas. No soy una persona creyente, ni mojigata, pero nunca se me había pasado por la cabeza desnudarme en público, ni siquiera hacer topless. Ni entonces, ni antes, ni después, lo he hecho, ya como una elección meditada; sin embargo, en ese momento me obligó a plantearme la razón. Por qué me perturbaba tanto. Y qué mensajes, tan distintos, debía haber recibido esa señora noruega con el vello púbico cano que jugaba con su nieto, y que vivía con tanta comodidad en su piel que no le importaba encontrarse desnuda.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En las fotografías, que fueron sacadas por Nika Jiménez en el Hotel Artiem Audax de Menorca. Este hotel, que cuenta con un Spa fabuloso, está pensado únicamente para personas adultas, con lo que la piscina y sus alrededores eran un remanso de paz, lectura y sol. Mi bikini (y también el pareo de gasa) pertenece a la firma Rosa Faia, de Anita since 1886, y podéis encontrarlo aquí. Es una casa que trabaja muy bien las copas grandes y que resulta muy cómoda a las mujeres que tenemos pecho abundante. Las sandalias que aparecen en alguna foto son de Unisa y fueron el regalo de un matrimonio amigo.

Me recogí el pelo con trenzas y flores, lo que siempre me recuerda a Frida Kahlo, una pintora que desafió normas y convenciones. Algunas de las florecitas son de HM, y otras las compré en una tienda de Mérida. Llevo protección solar +50 de L’Oreal, pero pantalla total en el rostro. Y mi collar fue un regalo realizado por la artista Teresa Cia, una obra única titulada Temple y fortaleza, y que esculpió en látex, con nácar fumé, amatista, malaquita, cristal y una borla de seda exclusivamente para mí. Cuando me la dio me dijo que estaba inspirada en el temple y la fortaleza de una mujer renacida.

Creo que a ese renacer aspiramos todas.

Viaje a Irlanda (IV) Cong

7.1

Después del recorrido en la anterior etapa por los caminos de la Gran Hambruna, tenía sentido continuar hacia Cong, en el Condado de Mayo. Esta zona sufrió con particular dureza la pesadilla del hambre: desahucios, desplazamientos y entierros masivos. Quien conduzca ahora por aquí difícilmente podrá imaginar las condiciones en las que malvivían los campesinos ya antes del mildiu: analfabetos, apiñados en casetas de un único recinto, sin ventanas, y con hogueras de turba.

Los que emigraron en esos años tampoco lo tuvieron fácil; si se dirigieron a Argentina, o a Uruguay, corrieron mejor suerte. La mayoría se embarcó hacia Estados Unidos, y Canadá. Saturados por las decenas de miles de irlandeses, los países de recepción los retuvieron en islas de paso como la de Ellis, en las que las cuarentenas no lograban frenar epidemias; y en las ciudades y barrios americanos la discriminación comenzó a hacerse evidente.

Pero ya antes, y durante todo el siglo XX, los irlandeses habían buscando salida a la miseria o a la persecución política en EEUU: en Lo que el viento se llevó, la autora Margareth Mitchell, descendiente de irlandeses, narra la historia de la hija de un oriundo del condado de Meath. Según la novela, Gerald O’Hara había escapado de Irlanda en torno a 1820, por haber asesinado a un funcionario inglés.

Quizás la otra heroína de arrebatado carácter irlandés más memorable, además de Escarlata, sea Mary Kate Dannagher, interpretada por Maureen O’Hara en El hombre tranquilo. Si bien se basaba en el libro de M. Walsh, fue la mirada del director John Ford la que le dio el carácter de clásico a la película. Ford heredó de sus padres, él de Galway y ella de las islas de Aran, la añoranza y la visión nostálgica de Irlanda. Y fue esta preciosa zona, la que rodea Cong, la que correspondía a la que anidaba en sus sueños, la quintaesencia de la mitificada y añorada Isla Esmeralda. 7.3

En Cong se puede seguir una ruta, incluso guiada, por los escenarios de la película: el río, con sus piedras y sus patos, no ha cambiado, existe un museo dedicado a El hombre tranquilo, una escultura, varias placas, y una de las callecitas y algunos de los locales se mantienen o se han reformado a la manera de la famosa obra. Es la Irlanda que todos hemos imaginado, la imagen en la que muchos se reconocen. Y, curiosamente, se ha construido con la amorosa mirada de los que escucharon las historias de quienes dejaron estos árboles y estos ríos y se llevaron su recuerdo a otras tierras.

Cong posee, además, las ruinas de una espectacular abadía agustina, casi en el mismo centro del pueblo. Aunque estuvo habitada por monjes desde el siglo VII, las ruinas, un monumento nacional, datan del s. XIII. Se conserva el torreón, y parte del claustro, además de algunos restos de edificios; entre las piedras brotan las tumbas, algunas muy viejas, otras que dan testimonio de muertes y penas cercanas. El acceso es gratuito.

Y, al final del claustro, bajo un arco ojival, se abre el camino al bosque y al río: los monjes dependían de ese bosque para subsistir, y de la pesca, para complementar la pobre alimentación que mantenían, además, voluntariamente frugal. Sobre uno de los saltos del río, de las miles de ramificaciones de agua que recorren el condado y lo convierten en un terreno siempre verde y vivo, se conserva la choza en la que los monjes pescaban: ¿sería siempre el mismo, o se turnarían? ¿Se trataría de un privilegio, un rato de soledad y libertad en la naturaleza, o más bien de un castigo, la humedad, el frío apenas combatido por un fuego, el aislamiento?

En la actualidad, el bosque cubre y envuelve al visitante con brazos muy ancianos, que dejan ver su fuerza, y su poder. Quien camina por él siente que es un viajero en el tiempo, a aquella época en la que los bosques cubrían la tierra sin competencia, ferales y libres.

20160823_174256

20160827_190540

20160827_185531

20160827_190426-01

20160827_190348

20160827_191552

20160827_185911

Para esta etapa me llevé conmigo el libro y la película El hombre tranquilo. El tiempo continuaba con un marcado carácter adolescente y  reacciones exageradas. El chaparrón que me cayó junto al río de Cong aspiraba a ser recordado, y sin duda, lo será. Me hice con una cazadora de cuero de Zara, y con una maravillosa falda artesanal profusamente bordada con lentejuelas. En mitad del bosque arcaico, el brillo de los abalorios creaba un efecto irreal, onírico.

20160827_184929-01

El sol cortaba de vez en cuando las nubes, como un cuchillo la manteca, y desde el coche el campo se iluminaba súbitamente. No me extrañó que se asociara la volatilidad del tiempo al llamado carácter irlandés: una tierra cambiante, brusca y generosa.

20160805_183033-01

20160805_183428-01

Esta sería la última noche que pasaría en Clifden, y en el Abbeyglen Castle Hotel. Aproveché para dar un paseo por la diminuta ciudad, que ofrece, además de unas fachadas coloridas que alegran la vista y el ánimo, una historia peculiar: Clifden fue fundada por el sueño de un pionero empresario, John D’Arcy. Había heredado el castillo de Clifden y las tierras cercanas, y decidió que, por su posición junto al mar, y protegida por las colinas, sería un buen enclave comercial. Además, Connemara carecía de una ciudad o capital fuerte. Así nació Clifden, a principios del siglo XIX. Durante algunos años, el sueño pareció cumplirse. Prosperó la pesca, el comercio y la navegación. Pero nuevamente la Gran Hambruna arruinó los planes, la ciudad y los sueños. La ciudad llegó a declararse en quiebra.

20160827_185738

Un siglo más tarde de la fundación de Clifden, su enclave estratégico volvió a darle cierta relevancia: otro empresario e inventor italiano, G. Marconi, la escogía como sede para su estación de transmisión transatlántica de telegrafía por ondas. La estación fue arrasada durante la Guerra Civil, pero la huella y el nombre del Premio Nobel sigue presente en la ciudad.

El primer vuelo trasantlántico desde Estados Unidos aterrizaba en Clifden en 1919 (es una manera suave de decirlo: Brown y Alcock se esmorraron en una turbera en Derrigimlagh, después de 16 horas de vuelo accidentadísimo y casi mortal. Alcock salió por su propio pie y diciendo “He sido el primero, he sido el primero”. Angelicos).

Es decir, fue esta una tierra que forzaba a marchar a sus hijos, pero que les legaba el anhelo de regresar siempre, de no perder el contacto pese a que un océano les separara. Una morriña irlandesa contagiosa y que no se atenúa pese a que pasen las generaciones.

img1472317876904

img1472317963446

Aquí os dejo el enlace de Pangea donde podéis encontrar información sobre cómo organizar vuestro propio viaje por Irlanda. Y el viaje continúa aquí.

Viaje a Irlanda (III). Abadías y bruma

20160823_005648Si en las anteriores entradas os hablaba de Dublín, y de Galway, y de las áreas bajo la influencias de estas dos ciudades, a partir de ahora nos moveremos en una Irlanda mucho más rural, y de paisajes de una intensa belleza. Irlanda, como algunos otros territorios que han sido cantados, descritos y reflejados por infinidad de artistas a lo largo de los siglos, no se descubre: se confirma. Recorremos tierras que hemos  visto ya, con las que ya hemos soñado. Y Connemara, la región que describiré hoy, resulta particularmente propicia a ello.

IMG_20160825_145243

El look del día, que hace un guiño cromático al que Maureen O’Hara luce en algunas de las escenas de El hombre tranquilo, tuvo en cuenta la absoluta irresponsabilidad y volubilidad del clima en la zona, que si bien nos deja cielos espectaculares, es capaz de alternar chubascos, sol, bruma, aguacero y sol de nuevo en diez minutos. Una camisa azul de crêpe y una falda tableada, tendencia este otoño, de encaje granate, ambas de Zara. El bolso, con una plancha tallada, es de Chie Mihara, una japonesa afincada en Elda; un colgante de cristal de roca. Me hacía falta una máscara de pestañas resistente al agua, como Grandiôse de Lancôme, y poco más.

Sí, algo más; de la marca de maquillaje Deciem, he descubierto un producto que me resultó muy útil para las fotografías, sobre todo para las realizadas con poca luz. Se llama Hylamide Photography Foundation, y se aplica en solitario o bajo la base de maquillaje. Está pensado para mejorar las imperfecciones de la piel cuando es fotografiada, y funciona: hay varios cosméticos similares, pero éste, en particular, me ha dejado sorprendida. Por lo tanto, muy recomendable para días de bodas, celebraciones o fiestas familiares en las que sabemos de antemano que nos sacarán infinidad de fotografías, si tenéis un blog o si os encantan las fotos y quedar bien en ellas.

El libro de esa etapa fue el conjunto de relatos Al borde del camino, de S. O’Kelly. De una tristeza infinita, profundamente irlandeses, y muy hermosos.

6.1

IMG_20160823_005215Algo muy característico de este viaje fue la extraordinaria riqueza de colorido en las fachadas, los postigos y las contraventanas de las casas recuperadas y los nuevos establecimientos. Todos los colores parecían adecuados para una puerta o una casa entera: rosa, violeta, naranja, aguamarina… Los comercios y los pubs rivalizaban en parterres y jardineras con flores exuberantes: lobelias, petunias, hiedra, geranios…

Los interiores varían menos en materiales: moqueta casi generalizada, frisos de madera, papel pintado. Hoteles, restaurantes, cafeterías y pubs cuentan con wifi gratuito (y en funcionamiento).

Uno de los lugares de visita obligada en esta zona, pese al turismo y sus males, es la Abadía de Kylemore.  No solo la belleza del castillo forma ya parte de la leyenda: su historia se abre paso en la imaginación para convertirla en inolvidable, como el Taj Mahal, o Neuschwanstein, el castillo de Ludwig de Baviera.

La Abadía fue, durante siglos, un paraje deshabitado, un coto con un refugio de caza; el Kylemore Lodge. Sin embargo, a mediados del siglo pasado, una pareja de multimillonarios de Manchester visitaron la zona. Se encontraban de luna de miel, se llamaban Mitchell y Margareth Henry, su familia se había enriquecido con el algodón, y a ella le entusiasmó Connemara. Tanto fue así que cuando Mitchell heredó algo de dinero (más), él cumplió la promesa que tantos recién casados hacen, un tanto impulsivamente, al casarse: te trataré como a una reina.

Y un castillo contruyó: con una estética de cuento de hadas, salones de ensueño, y todos los avances tecnológicos de la época, que en 1870 comenzaban a ser notables. Una de las obsesiones de los Henry era el autoabastecimiento, tanto de energía como de alimentos. La otra, los jardines. El jardín victoriano de Kylemore superó en tamaño a cualquiera de los otros del país. Y la última, y más loable, los Henry se encontraban política y personalmente involucrados con la mejora de la situación de las clases más pobres, que en Irlanda, como en toda Europa, abundaban.

Los testimonios dicen que se amaban entrañablemente, y que, a su vez, recibían una considerable cantidad de cariño, porque eran generosos y se preocuparon porque sus trabajadores recibieran un jornal digno, construyeron una escuela, mejoraron sus viviendas, y las dotaron de infraestructuras desconocidas en el país. Trescientas personas de la zona trabajaban para la enorme finca, en la que además de los Henry, vivían los nueve niños que fueron naciendo.

Entonces, Margareth murió. Regresó enferma de un viaje por Egipto con fiebres, y no pudo superarlo. Tenía 45 años. Su marido, desolado, no soportó permanecer en un lugar en el que habían sido felices. Erigió una preciosa iglesia neogótica, llena de alusiones a la alegría y la calma, y se alejó del castillo encantado hasta que murió, en 1903, y sus cenizas regresaron a Kylemore, para reposar junto a su esposa.

Antes de morir, vendió su castillo a los duques de Manchester, que, como correspondía a su estado y posición, no incurrieron en la vulgaridad de apreciarlo, se arruinaron, y acabaron jugándoselo a las cartas. Lo perdieron, claro.

Y de comprador en comprador, llegó en 1920 a las manos de unas monjas belgas, benedictinas, que habían huido de su país. Su abadía en Ypres había quedado reducida a polvo por los bombardeos alemanas, e Irlanda, que era un país católico y que simpatizaba con los martirizados belgas, parecía un lugar idóneo para fundar un colegio y vivir en paz. Reconstruyeron el castillo y sus alrededores, y lo convirtieron en un internado para niñas de la nobleza y las fortunas internacionales. Anjelica Houston, por ejemplo, estudió aquí. (Este es el momento en el que la imaginación de una niña de los 70 se desboca: cuando daño hizo Candy Candy).

6.2

20160805_135405-01

 

6.3

20160823_010010-02

De un castillo de cuento, a un paisaje encantado. Nos encontramos en mitad del Parque Natural de Connemara, un vasto escenario natural que abarca algunas de las vistas más inolvidables del país, algunas colinas notables, como la Diamond Hill, y los lagos y el fiordo Killary. Las ciéganas, los páramos, los terrenos de turba que se emplearon durante siglo como combustible. Los pájaros que cruzan el cielo cambiante, las ovejas que salpican de blanco algunas laderas. Nada de lo que respira ahora calma y recogimiento nos permiten sospechar que esta ha sido una región que ha padecido un hambre feroz, un empobrecimiento crónico.

La hambruna más grave, cuyos ecos aún resuenan en el inconsciente colectivo irlandés, es la que mató a dos millones de personas entre 1845 y 1849. Otros dos millones huyeron del hambre y la miseria, como pudieron, muchos a Estados Unidos, a Canadá, a Sudamérica. Donde pudieron o les dejaron. Inglaterra no les aceptaba, temerosa de una revolución si el número de irlandeses aumentaba en sus calles. Otros reducen las cifras a la mitad, pero nadie niega el impacto brutal que ocasionó. Las crónicas del hambre estremecen incluso ahora: pueblos fantasmas donde no quedó nadie para enterrar a los muertos, casos de canibalismo, cadáveres con la boca verde por la hierba que ingerían. Mujeres  y niños esqueléticos que deambulaban como podían, hasta caer muertos en los caminos.

Las razones de la Gran Hambruna fueron tan previsibles e injustas como las de otras que han dejado cifras atroces en el siglo XX, en otros continentes. Desde la época de Cromwell, la gran mayoría de las tierras se encontraban en manos inglesas. Los irlandeses, jornaleros o aparceros de los ingleses, poseían o alquilaban pequeñas parcelitas para su subsistencia, en la que plantaban, sobre todo, patatas, alguna col, nabos. El cultivo de las grandes fincas se dedicaba a cereales para la exportación. En los años de la Gran Hambruna se importó, involuntariamente una plaga, el mildiú de la patata. El enemigo se llamaba Phytophthora infestans, un hongo que pudría el tubérculo en la tierra, o lo que era peor, cuando se había almacenado ya y se creía que el peligro había sido conjurado. Lo que fue una epidemia que puso en aprietos a los campesinos de otros países se convirtió en tragedia en Irlanda: no tenían nada más para comer.

El trigo continuó exportándose sin problemas, pero los irlandeses no lo poseían ni tenían acceso a él. La indiferencia general de los dirigentes ingleses, cuando no la acusación velada de que se merecían la plaga puede explicarse por el hecho de que muchos de los que se enriquecían con el trigo irlandés nunca pisaron la isla, ni la veían más que como una inmensa hacienda. No existía ningún vínculo emocional ni con el territorio, ni con los habitantes, celtas, católicos y despreciados.

Es decir, una historia de intereses creados, y de injusticias sangrantes que se ha repetido hasta la saciedad. En el caso de Irlanda, marcó un antes y un después. Los caminos de Connemara, que vieron como sus jóvenes alcanzaban como podían Clifden, o Galway, para embarcarse y salvarse de la muerte, acogen ahora a turistas silenciosos, o a los descendientes de esos emigrantes que nunca olvidaron sus orígenes y cantaron la Isla Esmeralda, sus condados y sus ciénagas inabarcables.

20160805_145022-01

IMG_20160822_232653

IMG_20160823_004244El viaje continúa aquí.

 

Viaje a Irlanda (II): Galway

20160804_170901-01

Galway era mi siguiente destino después de la estancia en Dublín de la que os hablo aquí: una ciudad que nació en el siglo XII en una bahía en la que desemboca el río Corrib. Mi coche recorrió la isla de este a oeste; el trayecto más largo que realicé en autopista. Por cierto, por si os animáis a realizar este viaje con Pangea u otro similar que incluya coche de alquiler, los peajes son baratos, comparados con los que pagamos en España, mientras que el aparcamiento, sobre todo en Dublín y en Galway, resulta dolorosamente caro. El paisaje varió sin tregua. Al principio, los setos junto a la carretera ocultaban las planicies. Luego se sucedieron las colinas, muchas de ellas en mitad de la recogida de la hierba seca, que empacaban en balas redondas, algunas de ella protegidas por una llamativa lona rosa chicle. Después las montañas; y el mar.

20160822_232309

Desde el siglo XIV esta ciudad animada, joven (su crecimiento sigue en alza), e inquieta ha estado relacionada con los españoles, en especial por el comercio de vinos, que atrajeron tantos barcos que merecieron un lugar propio en el puerto. Aún hoy puede verse el Spanish Arch, y el Spanish Parade, un paseo que en los días de sol se llena de jóvenes que ven la puesta de sol con sus Guinness y sus amigos.

A Galway se le atribuía un carácter raro, casi latino. Se decía de manera popular que el contacto constante con España había transformado el temperamento irlandés, y que los cambios de humor, el orgullo y los arrebatos de cólera, así como los cabellos negros de algunos habitantes eran herencia de los marineros españoles y los viajes al sur. De todas maneras a los celtas, con su cruce normando, poco les hacía falta para saltar por cualquier cosa. Las 14 tribus que regían Galway eran de armas tomar. Baste saber que inventaron el concepto de linchamiento.

Sí, el Guzmán el Bueno de la zona fue James Lynch, un miembro de las 14 tribus, de los Lynch de Galway de toda la vida, que era además, alcalde y rico de familia. Su hijo Walter asesinó a un mercader español que se hospedaba en la casa del padre, porque al parecer estaba tirándole los tejos a su novia. Con lo que Walter le tiró a él por la ventana. Lo normal. Los extranjeros pidieron la cabeza del asesino. A Walter, que salvo en su relación con los españoles debía ser un chico de lo más normal, que saludaba siempre, muy amigo de sus amigos, nadie se atrevía a ajusticiarle, ni el verdugo. De manera que fue su propio padre el que le puso una cuerda al cuello y lo ahorcó, también lanzándole por la ventana. Eso son medidas para potenciar el turismo y lo demás, tonterías. Y de ahí lynch law– linchamiento.

Unos años antes (el linchamiento tuvo lugar en 1493) Cristóbal Colón escuchó misa aquí, en la Colegiata de San Nicolás,  camino hacia Islandia, en un viaje comercial. Escuchó la historia de San Barandán, o San Brendan, un viajero legendario que había visitado tierras lejanas, y comprobó que a la bahía llegaba madera de deriva que no era europea. Confirmó así sus sospechas. Había tierra hacia el Oeste.

Galway es una ciudad divertidísima, sobre todo si asoma el sol, un buen lugar para las compras (no hay muchos en Irlanda) y un destino típico de turismo. Conviene alejarse de las calles más bulliciosas como Shop Street, y callejear, husmear, meter la nariz en los rinconcitos, para encontrar pubs, pedazos de muralla, fragmentos de conversación en español al aire, cisnes (tan abundantes, y a los que no se debe alimentar) en pausada ruta por el río. Pude constatar que se han puesto de nuevo de moda las trenzas hiladas en la calle. Con 17 años yo regresé a casa con una.

20160822_233718-01

20160822_233418-01

20160822_234809-01

20160822_234116-01

5.3

Desde aquí puede darse el salto en ferry a las preciosas Islas Aran, o continuar hacia Connemara, la legendaria Irlanda tradicional. Yo preferí lo segundo, y tomé ruta hacia Clifden.

Aquí conviene olvidarse de lo que hemos conocido toda la vida como carretera, y adoptar el término más adecuado de pista. Incluso de pista cochiquera. Si bien el adaptarse a conducir por la izquierda se produce de manera más bien rápida e intuitiva (las rotondas dan ciertos problemas, y también las incorporaciones a la izquierda), nada nos han preparado para las sinuosas y estrechas carreteras del oeste irlandés. También es verdad que se encuentran en buenas condiciones, y que la extrema belleza del paisaje, y la sensación casi continua de soledad, de que han colocado esas nubes dramáticas, esos lagos, y esas ovejitas dispersas solo para nosotros compensan los sudores fríos cuando aparece un coche en dirección contraria. Las cunetas se encuentran flanqueadas por inmensos arbustos de pendientes de la reina y de crocosmias naranjas. De vez en cuando, el brezo, y el liquen sobre las rocas.

20160804_200313-01

20160804_200012-01

Por la zona se encuentran muchas referencias a los ponis de Connemara, y de vez en cuando hay algún establo o incluso hileras de caballitos, muy valorados y apreciados. Nuevamente la leyenda mete un toque español: se dice que cuando la Armada Invencible naufragó o arribó maltrecha a estas costas, los caballos andaluces de la tropa escaparon hacia el monte. Lo de escapar es relativo, porque sus dueños fueron, en muchos casos, apresados y asesinados. En Galway, en el cementerio principal, se recuerda a 300 de esos marineros españoles que fueron fusilados en 1588, tras sobrevivir al desastre naval. Absurdos y crueldades de una guerra más. Los caballos no, claro, los caballos huyeron libres y se cruzaron con la raza local. Eso dicen. A mi juicio, aunque son animales preciosos, toda similitud atisbada entre un corcel árabe-andaluz y un pony de Connemara es propia de una abuela cariñosa que insiste en que su nieto se parece mucho a ella.

El hotel en el que me hospedé en Clifden es el Abbeyglen Castle Hotel. Este castillito del siglo XIX ha sido un hotel familiar durante décadas, y se nota en el trato, de una desbordante simpatía. Una muestra: te da la bienvenida Gilbert, el loro, en su jaula en la recepción. Si eres mujer, enfáticamente: a los hombres no les suele decir nada. Es un loro muy suyo. Las habitaciones, encantadoras, miran al jardín, la escalinata o el pequeño helipuerto. Hay un spa, un campo de golf, pero yo, no hay que decirlo, me fui directa al jardín, plagado de impresionantes hortensias, y a las zonas comunes, que cuentan con chimenea y una buena oferta de libros.

5.4

Aquí, en mi heredad…

Ay.

Volvamos a la realidad.

5.5

IMG_20160822_235838

El clima cambia drásticamente en esta zona, y la humedad y el frío se hacen notar incluso en Agosto. Es más, yo agradecí de corazón el que las chimeneas estuvieran encendidas. Aunque ya hablaré con más detalle de esta zona, adelanto que  Clifden fue un enclave esencial durante el siglo XIX, una época trágica para Irlanda, asolada por las hambrunas y la emigración.

20160822_233047

20160805_102755-01

En toda la zona han tenido el acierto de mantener el equilibrio entre el turismo, muy abundante, y un sabor auténtico. Han atraído un tipo de viajero que regresa en busca de sus raíces, viene a pescar, a jugar al golf, o a hacer senderismo, poco invasivo, muy respetuoso, y de un nivel económico medio-alto. Un modelo interesante para muchas zonas que buscan ahora soluciones distintas.

El mimo por el detalle es máximo, y la devoción por lo antiguo, por lo conservado del pasado, contrasta con el afán de modernidad de otros lugares. Aunque aquí muestro las hortensias, de un colorido espectacular, todos los parterres de flores daban una lección de buen gusto y de colorido.

La humedad riza el pelo, y alimenta la piel. Como ocurre en muchos viajes al norte, el cuerpo y la tez reaccionan, en mi caso, como si regresaran a casa. Respecto al look, el kimono es de HM. Y el anillo de plata, de Marisabell Design.

IMG_20160823_001908

En la gastronomía, el salmón y la trucha de la zona gozan de gran fama, y pude comprobar que merecida. Desde entonces no faltó en mis desayunos. La panadería, estupenda, y los lácteos, de nuevo, sobresalientes. El hotel cuenta con un restaurante de carta limitada, pero de buena calidad, y por la zona abundan las oportunidades para probar el estofado irlandés o Irish stew.

IMG_20160822_192151

Queda aún mucho por ver: las abadías de la zona, la salvaje naturaleza de la zona, la tierra de la que tantos poetas han hablado…

Continuará aquí. Me temo.

 

Viaje por Irlanda (I) Dublín

3.1

Siempre que puedo, prefiero cambiar unas vacaciones tranquilas y reposadas por un viaje. Quizás también tranquilo y reposado, pero un viaje. Este año, sin embargo, he estado a punto de no disfrutar ni de unas ni de otro. Imprevistos laborales, decisiones editoriales, e inestabilidad económica; finalmente las cosas encajaron para lograr meter con calzador unos días de Agosto, y para marcharme a un destino cercano, pero siempre postpuesto.

El vestido es vintage. La maleta, de Salvador Bachiller; no puedo ocultar lo satisfecha que estoy con ella  y la importancia que tiene el contar con un equipaje ligero y versátil para un viaje de estas características, en el que hay que hacer y deshacer maletas en varias ocasiones.

3.2

Mi destino era Irlanda: mi intención, la de conocer con un poco de calma lugares por los que he pasado sin pausa, y otros que solo había visto en la ficción.

Nunca he aceptado de buen grado los viajes organizados: si no sacan lo peor de mí es porque me contengo constantemente, y tampoco estoy del todo segura de que el autocontrol me funcione. Gruño demasiado. Pero por otro lado, tampoco me encontraba ni con la energía ni con el tiempo suficiente como para ir a la aventura o planificar, como suelo hacerlo, cada jornada y cada sitio.

La mejor opción me la ofrecía Pangea, la agencia de viajes con la que ya había probado alguna experiencia en Madrid, y que dio con un equilibrio entre lo que deseaba: hoteles cerrados en un trayecto por toda la isla, y libertad el resto del día, un coche de alquiler y determinadas sugerencias que no me comprometían a nada. De las distintas propuestas similares, la que contraté fue  Irlanda como un lord. Como una lady, en este caso. Te encantarán los hoteles, me prometieron. Castillos, spa… Ya veremos, pensó mi gruñona interior.

No quería que fuera tanto un viaje literario o cinematográfico como que respondiera a mis intereses, que saltan de Joyce y Wilde a los restos de la Armada Invencible que llegaron a las costas de Galway, de la manera en la que se gestiona el campo y la agricultura a los jardines y arreglos florales, de la Gran Hambruna a la I Guerra Mundial. Y, como siempre, comprobar de qué manera se vive en un entorno distinto al mío la herencia y el presente cultural.

Por supuesto, hay tantas Irlandas como se desee: la centrada en los pubs y la Guinness, y en la cada vez más interesante gastronomía de la isla. La de la caza de paisajes, dramáticos e inolvidables. La que sigue los pasos de la música tradicional o de bandas como U2 o The Cranberries. La mía coincide con el mapa de algunos, dejará otros lugares esenciales fuera, y quizás permita descubrir otros.

Como muchas personas de mi generación, yo viajé a Irlanda con 16 años, un verano, para mejorar mi inglés. Pese a los viajes posteriores, la imagen de un Dublín amable y ruidoso, húmedo y verde, permanecía en mi cabeza fijada con la fuerza de la adolescencia. Era hora de mirar todo desde una perspectiva adulta.

El vestido de ese día es de  Zara.

3.4

El hotel en el que me quedé en esta etapa era el Fitzpatrick Castle Hotel, un auténtico castillo reformado y ampliado a cierta distancia de Dublín, lo que le daba tranquilidad espacio y permitía acercarse a pie al cercano Dalkey; tuve la suerte de hospedarme en la que sería la habitación más espectacular de todo el viaje, una enorme alcoba en lo alto de una torre octogonal, con cama con dosel, un cuarto de baño-spa y en la que no faltaba un pasadizo secreto, posiblemente para uso del servicio en su tiempo. Dejé de gruñir porque se me cayó la mandíbula sola.

5.1

IMG_20160821_182531

El desayuno, como ocurriría en el resto de los hospedajes, era abundante y delicioso. De  hecho, el problema de dormir en hoteles tan interesantes radica en la tentación de no moverse de allí en todo el día. Poco a poco se gesta el futuro trauma de regresar en algún momento a una realidad sin desayunos preparados, cubiertos de plata, vistas espectaculares y mobiliario histórico. Yo advierto.

IMG_20160821_182232

Para este primer día busqué un look clásico y cómodo: una falda de capa beige de Trucco, una camisa blanca de Zara, sandalias de charol beige, y varios pañuelos de seda con los que completar el look. Para la garganta, para el pelo, por si las dudas… El bolso era de Leylashop, y las gafas de sol de Wolfnoir. Una historia de Nueva York de W. Irving encajaba bien, con su humor y su sutil crítica a la constitución de un mito, con el espíritu irlandés. No me hacía ilusiones: en invierno o en agosto, en Dublín, y en Irlanda, en general, llovería a diario.

4.3

Y así fue, llovió en abundancia y con afán discontinuo durante todo el día. Eso dejó cielos espectaculares y espectaculares estampidas en el Castillo, por ejemplo; tres minutos después de esta fotografía la lluvia despejó el campo frente a la Biblioteca Chester Beatty, donde un buen grupo de actores ensayaban al aire libre.

A esta Biblioteca gratuita, que contiene la colección del interesante multimillonario Chester Beatty, irlandés de adopción y coleccionista por afición, merece la pena dedicarle un buen rato. No es apta para postureo cultureta, porque no permite sacar fotos, y nadie sabrá que hemos estado allí, lo que hoy en día supone un buen filtro. A Beatty lo encontraremos en otras instituciones culturales, porque además de bibliófilo, coleccionaba arte, mobiliario, y objetos preciosos de todo tipo. Como los Museos Cerralbo o Lázaro Galdiano en Madrid, nos permiten asomarnos a la particular mente y gusto de estos mecenas, extravagantes y exquisitos.

Mostraban una magnífica exposición de caligrafía musulmana (Lapis and Gold, Lapislázuli y oro).  Como ya nos encontramos en el centro de Dublín, todo está cerca del Castillo y la CBL; por ejemplo, el Ayuntamiento de Dublín.

20160803_163405-01

4.2

IMG_20160821_184735

IMG_20160821_190816

20160803_213224

Dublín celebra en 2016 el Centenario del Alzamiento de Pascua, que se considera la fecha clave para la independencia del país. Mi fascinación por la I Guerra Mundial no es ningún secreto, como saben los lectores de Soria Moria. Irlanda, aún parte de Reino Unido, envió un contingente importante de hombres a luchar, o mejor dicho, a morir, sobre todo al Somme. En mitad de la Guerra, diversos grupos republicanos revolucionarios tomaron varios edificios en Dublín, entre ellos Correos, el punto clave (donde una precisa maqueta de LEGO de dimensiones considerables refleja lo ocurrido), y el Ayuntamiento, y proclamaron la República de Irlanda. El Alzamiento fue aplastado, y sus cabecillas, fusilados, pero ni mucho menos olvidados. Yeats escribió en su poema Pascua 1914 el verso Una terrible belleza ha nacido. La lucha por la independencia sería ya imparable.

Basta con asomarse a la fachada principal para ver el pub Ivy con las ventanas cubiertas con las efigies de los héroes del Alzamiento. La película Michael Collins habla directamente de ese tema, que es tratado o mencionado de manera recurrente en novelas y películas (por ejemplo, en El viento que agita la cebada, o  La hija de Ryan) y no digamos ya en canciones o baladas populares.

Por cierto, por todo Dublín están pintando y cubriendo los transformadores eléctricos con arte urbano. Frente al Ayuntamiento remató uno Iljin.

Atardecía ya cuando llegué al Trinity College.

IMG_20160821_183815

Esta universidad mítica, fundada por Isabel I en el siglo XVI y por lo tanto, protestante, mantiene su reputación pese al tiempo y las crisis pasadas. El campus se vuelca hacia el interior, y transmite la sensación de que se ha quedado detenido en el tiempo. Campos verdes, bicicletas, música al aire libre y alumnos que juegan en las áreas deportivas transmiten una imagen casi ideal: tanto que películas como La puerta del cielo de Cimino, o Educando a Rita, de Gilbert, se han rodado aquí.

20160822_113618

La paz y el verdor del campus permiten olvidar que gran parte de la ciudad se encuentra en obras: durante el verano es posible hospedarse aquí, si se solicita con tiempo a la Universidad. Así se puede disfrutar de su Vieja Biblioteca (nada que envidiar a la de Harry Potter) y del Libro de Kells, aunque la entrada es de pago y las colas como para ser tenidas en cuenta. En estas aulas estudiaron Wilde, Beckett, y alguien tan remoto en el tiempo como Swift, el autor de Gulliver.

IMG_20160821_192937

Si digo que había obras, no exagero: obras, turistas, lluvia. En fin.

Dublín, recorrida por el Liffey, tiene su referencia en el río, y no en el mar, como Bilbao, aunque ambas ciudades no serían nada sin su ubicación estratégica. Los puentes de la ciudad vertebran y organizan otro paseo posible. Los pubs y los cafés salpican las riberas del río; yo me tomé el té, acompañado por una tarta de zanahoria estupenda, en el Dwarf Jar Coffee Shop. Los precios, comparados con los españoles, algo caros. Y cené unas Fish and chips en el pub Fitzgeralds. Absolutamente turístico, incluso con música irlandesa, pero quería recordar otros tiempos… 4.1

Y desde Dublín marché hacia el oeste, hacia la bulliciosa bahía de Galway…

(Continúa aquí)

 

A tu edad no deberías…

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

A tu edad no deberías.

Cómo se te ocurre. En qué estás pensando.

Mira qué pintas llevas. Arréglate un poco.

No hace falta arreglarse tanto.

A tu edad yo ya. A tu edad yo nunca.

No sé lo que se cree. No sé quién se cree.

La lapidación está prohibida. Lástima.

Pintada como una puerta.

Ha hecho siempre lo que le ha dado la gana.

Claro, como no tiene hijos.

Si sus hijos le importaran un poco.

Solo piensa en los niños. Se le ha olvidado ser mujer.

Y lo deja todo ahora, a su edad.

Sus padres, los pobres. Lo que lleva pasado su familia.

Eres muy guapa de cara. Si solo bajaras diez kilitos.

De cuerpo está muy bien. Pero mira qué arrugas.

Se le ha ido la mano con la cirugía.

Con el dinero que tiene, ¿cómo no se hace algo?

Lo que deberías hacer es.

Sólo busca llamar la atención.

Una mosquita muerta. Que son las peores.

Que tus hijos no tengan que echarte en cara un día.

Irse a liar ahora con un jovencito.

Si se le va viendo todo.

Ha subido mucho en poco tiempo. A saber por qué.

A su edad no debería. Yo no. Yo nunca.

Si yo tuviera su dinero yo también vestiría bien.

Está obsesionada con el trabajo. Con el dinero. Consigo misma.

Qué esperas de una divorciada. Qué esperas de una lesbiana. Que esperas de una que se ha casado dos veces. Qué esperas de una pija. Qué esperas de una de esas.

Falsa, más que falsa. Mala madre. Maleducada. Vulgar.  Egocéntrica.

Husmeamaridos. Querindonga. Solterona. Vistesantos. Beatona.

Yo no le deseo mal a nadie, pero.

¿No le vas a dar el pecho?

Yo no la veo guapa. ¿Guapa? Hay mil como ella.

Y con ese marido que tiene. Que le aguanta por el dinero.

Está demasiado delgada. Anoréxica.

¿Y con quién dejas a los niños?

Qué pena, la lapidación.

Siempre me había caído bien, pero.

¿Cómo no va a engordar, si se pasa el día picoteando?

No tiene moral. No tiene principios.

Me has decepcionado.

¿No los mandáis de campamentos? ¿No se quedan al comedor? Ah, ¿se quedan al comedor?

Se ha hecho algo. Fijo.

Cómo has cambiado.

Para mí que el bizcocho no lo hizo ella.

No me extraña que la dejara el marido.

No sé de dónde saca para gastar tanto.

Envidia, un poco. Pero envidia sana.

Un día se le va a acabar el chollo.

La vi el otro día y no quieras saber cómo iba.

Si yo te contara.

Está viejísima.

Qué carácter tiene. Como para decirle nada.

Tiene pinta de sucia.

¿Qué? Tú no entras mucho por casa, ¿verdad?

¿Dónde te metes últimamente, que no se te ve el pelo?

Te lo digo por tu bien. La gente comenta.

Yo no es por criticar. A mí no me gusta criticar.

Pero es que a su edad no debería.

No, no debería.

No debería y punto.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA
OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Shorts bordados- Mango

Top- Cosido por mi madre. Tiene 22 años. El top, no mi madre.

Sandalias- Paco Gil.

Collar- Marisa Bell.

Bolso- Regalo de la revista Telva.

Higienizador de manos- Touchland

Cabello- Aveda

Maquillaje- Sandra Grau

Críticas- Cortesía de la casa.

Las fotos fueron tomadas en el Hotel Sorolla Palace, en Valencia, por Nika Jiménez.

Magia en una Chistera

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

El primer sombrero que me hizo feliz fue una pamela de paja que me regalaron cuando tenía 12 años. Hasta entonces hubo otros, sombreros que defendían del sol, otros de lana, o de terciopelo, más gorros, en realidad, que sombreros. Aquella pamela era una declaración de intenciones: aún la conservo y algunos veranos me la pongo. No he crecido demasiado en los últimos treinta años, o al menos mi cabeza mantiene el mismo tamaño.

Escarlata O´Hara, una gran aficionada a los sombreros, dice en un momento dado, en el aserradero, que su cabeza no puede retener nada relevante cuando estrena sombrero. A mí me ocurre al contrario; un sombrero me llena de historias, de argumentos que se escapan en todas las direcciones. Aquello que sin sombrero puede parecer una locura se convierte en realidad cuando me lo pongo.

Cuando abrí la sombrerera verde en la que venía mi preciosa chistera de La isla de los secretos aparecieron varias mariposas de papel y unas flores de hortensia preservadas. La chistera está guarnecida por una cinta de terciopelo azul agua, y delicadas flores de gasa rosas, amarillas y blancas.

La chistera lleva amarrada una mañana de verano, y una fiesta. Quizás una boda en el campo, informal, alegre; un reencuentro. La mujer del sombrero aún no lo sabe. Ha llegado tarde, no ha hablado con la novia, puede que una prima, que se encuentra, como es lógico, con la cabeza en sus propios asuntos. Se ha dirigido directamente al convite, se perdió la ceremonia, el arroz arrojado con saña contra los novios, y las inacabables felicitaciones posteriores.

Sopla un poco de viento, el suficiente como para preguntarse si habrá hecho mal al no fijarse la chistera con alfileres; hay peonías rosadas y hortensias tornasoladas en las mesas, y amigos del novio al que, ya a esas alturas de la mañana, resulta evidente que habrá que evitar.

Entonces le ve. Es tarde para escaparse: apenas le da tiempo a volverse de espaldas y tomar aire, mientras un camarero le tiende una copa de las bandejas que flotan entre los invitados. Es él, no hay duda, y ha venido, cómo no, acompañado, y toda la sangre se le agolpa en los ojos, y no le deja pensar con claridad. Se le ladea el sombrero, los tirantes oscilan con el viento.

Pero la decisión está tomada ya cuando endereza la chistera sobre la frente; esta vez no se escabullirá como una niña pequeña. Respira hondo, y se dirige a él, entre el lento oleaje de las bandejas con bebidas.

-Hola, nena -le dice él, sorprendido, cuando la ve aparecer de improviso-. No sabía que estuvieras invitada. Ha pasado mucho tiempo.

-Hola, papá -contesta ella. Y el sombrero tiembla y se ladea de nuevo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Para que el protagonismo de la chistera fuera total, la acompañé con un vestido color vainilla, un vintage de crêpe con tirantes que se anudan en los hombros  y un delicado bordado floral en el escote. El collar con una libélula es de Verdeagua, y el clutch de paja, con un festón de caracolas y perlas, de Ailanto.

Las fotos fueron tomadas en La Rábida. Hacía sol y soplaba un poco de viento.