Quince minutos de gloria; con la VIU en el metro

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Hace unos  meses, a finales de enero, grabé una campaña como imagen de la VIU, la Universidad Internacional de Valencia, que se ha especializado en la educación a distancia, en especial para adultos que desean cursar un Master o una segunda carrera.

La pedagogía, las metodologías de enseñanza y  la aplicación de la tecnología en la enseñanza ha sido un auténtica obsesión para mí, por muchas razones: por ejemplo, la carencia de sistemas reglados para mi oficio, el de escritora, frente a los muchos métodos y lo muy controlada que estaba, por ejemplo, la enseñanza musical. Un grado medio o superior de piano o canto acreditabas las horas que había dedicado un alumno a la música, e incluso computaba en unas oposiciones. El escritor aficionado, condenado a un amateurismo eterno hasta que publicara un libro, no contaba con esas herramientas.

Por otro lado, como docente habitual en universidades y cursos, y muy interesada en particular en la formación de adultos, mi preocupación ha sido que tanto la materia como la forma pudieran ir siempre un paso por delante. La VIU apreció y valoró ese trabajo, y me propuso que protagonizara, junto con otros dos embajadores (uno de ellos, por cierto, músico), su nueva campaña.

El vídeo se grabó en La Central, una preciosa librería del centro de Madrid, y en el Círculo de Bellas Artes. Creo que parte del buen ambiente y de las ganas de colaborar se transmitió en él, porque funcionó en las redes de una manera excepcional. Bien ubicado, bien realizado, con una alta visualización, todos quedamos satisfechos. Podéis ver el vídeo aquí.

Y sí, se había sopesado la posibilidad de que si la campaña funcionaba como estaba previsto, se ampliara a publicidad exterior, a soportes como carteles, marquesinas… Era de esas posibilidades que se barajan como un por si acaso, como un sueño, y he de reconocer que no contaba con ella.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando de pronto, a finales de mayo, recibí en mi móvil una fotografía de mi anuncio, en formato de dos por tres metros (o más: no sé. Enorme) en un display de publicidad en el interior del metro de Madrid. ¡Cáspita! me dije, o algún término parecido. Ha ocurrido. 

Luego me vería también en los autobuses de Valencia, en una escena muy parecida a los créditos iniciales de Sexo en Nueva York con una escritora, Carrie Bradshaw, con tutú rosa. Lo que ocurre es que mi frase, No hay una edad concreta para empezar a estudiar, no resulta tan ambigua como la que le habían plantado a Carrie en su anuncio, y mi armario es más modesto.

Con lo que no contaba era con que la campaña, presente en estaciones como Goya, Diego de León, Ciudad Universitaria… iba a situarse en la parada de metro que uso habitualmente. El susto que me llevé al doblar la esquina para coger la línea 4 y verme allí con mi vestido verde es para no contarlo. Yo, que no soy considerada precisamente una tímida flor, pasé un rato regular mientras esperaba en el andén y comprobaba cómo la gente me miraba. Porque sí, me miraban, y me reconocían. Y lo comentaban en voz alta. Hay rumores de que me ruboricé. Puede ser. Amigos y conocidos me han enviado fotos con mi foto, y fotos de mi foto. Los quince minutos de fama warholiana se han convertido en veintiún días.  Divertido, pero también perturbador.

La fama, la presencia mediática, sucede como una consecuencia de determinados resultados, aunque en estos momentos los medios de comunicación inviertan a veces el proceso, y reconocemos a personas por el hecho de haberlas visto reiteradas veces, sin tener una idea clara de por qué han atraído esa atención. No hay nada de malo en la fama per se, si existe un contenido que la sostenga: hay carreras, como la de los artistas, que han de contar con ella, y gestionarla de la manera adecuada; la noción de marca personal resulta imprescindible en una sociedad no proteccionista, que aspira a ser competitiva por sí misma, sin los enchufes o contactos o vías directas que tanto han perjudicado el mercado de trabajo español.

Otro tema sería la percepción ajena de la fama: desde la idealización casi adolescente que se construye sobre algunos famosos, o la veda que se abre para criticar, cotillear y juzgar sus acciones o su apariencia, la relación de la sociedad española con quienes tienen notoriedad pública (y no hablo aquí de los famosos del corazón o los temporales que encumbra y despeña la televisión) dista mucho de ser natural.

La manera tan contradictoria de emplear las redes sociales, por ejemplo, delata ese deseo de opinar, de ser vistos, pero también la asunción de que quienes lo hagan serán criticados o atacados por ello. La polarización (blanco o negro, con los míos o contra mí), los prejuicios (se deducen datos irreales por la edad, vestimenta, procedencia o trabajo) y el etiquetado inmediato (seguimos siendo un país que acepta mal la ambigüedad, o la evolución personal o laboral) continúan siendo reacciones que delatan envidia, cerrazón de mente, inseguridad y necesidad de control.

Desde luego, la generación nacida en torno al 2000 verá todo esto como un legado del pasado. Habrá crecido con otra percepción de la visibilidad y de la fama, la modificará, aspirará a ella. Posiblemente sepa manejarla de una manera más práctica y menos sospechosa. Entenderán el uso de su imagen, y de su marca, como una parte imprescindible de su carrera profesional, y de su posicionamiento en un mundo que, si todo va bien, ofrecerá oportunidades fuera de un territorio limitado por la cercanía y el idioma.

O eso espero. Esa es la generación que nos relevará, y aspiro a que sea más inteligente, más rápida y que esté mejor adaptada que la mía. Por mi parte, me sigo viendo en el metro, me planteo ponerme gafas de sol mientras dure la campaña, y continúo pensando que no hay una edad predeterminada para estudiar. Ni para aprender.

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En el anuncio llevo un vestido verde vintage de los 70, de corte clásico, con falda de capa y grandes picos en el cuello. Es un color que muchas veces asusta y se evita, pero que en la tonalidad adecuada puede sentar bien a casi todas las mujeres. Los zapatos bicolores son de Rebeca Sanver, y el maquillaje fue obra de Myriam de Prada.

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Un pensamiento en “Quince minutos de gloria; con la VIU en el metro

  1. Bravo una vez más, por amadrinar esa campaña, por tus ideas, por tu fuerza, y sobre todo por tu valentía, siempre me pareces muy valiente, muchísimo más que Carrie, que además ella es de cartón…

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