Si te necesito, silbaré

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Casi todos los cuentos de hadas narran el proceso de madurez de un niño a través de una aventura maravillosa, o de una niña que debe superar pruebas hasta casarse. No en todos aparecen hadas: pero sí algún elemento mágico. Y su protagonistas no piden ayuda. Cuando los necesitan, en una situación deseperada, sus genios, protectores, u objetos mágicos aparecen.

Hay quienes hemos crecido así: sin saber cómo pedir ayuda. Es el caso de casi todas las mujeres que conozco, que han rechazado la posición de indefensión que la sociedad imponía, pero que han absorbido con gran precisión todas las exigencias de fortaleza, autosuficiencia y discreción que también dictaba. La mujer fuerte ha sido, desde la Biblia, (Proverbios 30, 10-31), un ideal inalcanzable. Una mujer que trabaja en casa, y fuera, que no se queja, que previene cada contingencia, que auxilia al pobre y que apoya en todo a su marido. Cierto que no se le pedía que fuera hermosa: ahora sí, también. Las tareas han cambiado, pero el espíritu es el mismo: calla y continúa trabajando, con o sin reconocimiento, con o sin remuneración, y siéntete orgullosa por hacer lo que debes.

También los hombres mantienen complejísimas relaciones respecto a pedir ayuda y a la deuda que contraen con quien les auxilia; en las relaciones de vasallaje, quién y cómo debía prestar ayuda quedaba rígidamente estipulado, hasta el punto de que en algunos casos, si por azar alguien salvaba la vida de otras persona el salvado permanecía en deuda, él y sus descendientes, hasta devolver el favor.

Me ha hecho falta escribir dos ensayos sobre lo que nos enseñan los cuentos de hadas (Primer Amor y Los malos del cuento) y muchas horas de reflexión y de sufrimiento para que esa idea cambiara en mi cabeza. Como tantas otras personas, me sentía más cómoda en la posición de hada madrina: son fuertes, no tienen problemas (salvo la de Piel de Asno, la pobre, un hada madrina de lo menos resolutiva), ayudan a los demás, solucionan vidas. Me ha supuesto mucha humildad, una mirada más sensata y consciente a mi existencia y a mis circunstancias y atravesar un dolor psicológico insostenible, pero he aprendido a pedir ayuda.

O, más bien, estoy aprendiendo a pedir ayuda. A reconocer debilidades sin que un vacío de naúsea me llene el estómago, a aceptar otras opiniones, a escuchar a gente que sabe más que yo y que tiene la generosidad de compartirlo conmigo, a reconocer mis carencias y a pedir consejo a quienes dominan lo que a mí me falta. He tenido que aprender a decir que no, que en ocasiones no puedo ser yo la que ayude ahora, y que mi conciencia no me remuerda. Pierdo poco a poco el miedo a estorbar, a ser una molestia o a que me miren de manera extraña: porque quienes hemos presentado siempre ese aspecto imbatible hemos de asumir la sorpresa ajena cuando los demás tienen que reescribir lo que opinan de nosotros.

La mujer fuerte casi nunca es humana: debe mantener esa máscara, por infeliz que sea. Es la madre por excelencia, la cuidadora, la que conviene a una sociedad que la utiliza para su beneficio sin pensar en las necesidades individuales. El hombre fuerte es una bestia de carga, un bastión, alguien que jamás se quejará y soportará aún más presión. La esencia de la productividad por excelencia. Sin identidad, y sin más pretensión que la de vivir para los demás y para cumplir con las obligaciones.

Me he cansado de ser autosuficiente. Poco a poco, en cosas pequeñas y en grandes cosas, he aprendido a silbar si necesito ayuda.  Si se me rompe la plancha, y no sé si por dónde comenzar la búsqueda, recurro a la comunidad que me rodea, que sin duda sabrá orientarme (gracias, por cierto, a quienes ayer en IG me ayudasteis con el momento plancha). Si tengo una duda, preguntaré. Si mis problemas me superan, pido auxilio, asesoramiento, lo cuento. Alguna solución encontraré con la ayuda de otros.

Y ¿sabéis? No se ha parado el mundo. No era tan importante. Mi ayuda no resultaba tan imprescindible. Mucha gente se ha mostrado dispuesta, e incluso feliz, de echarme una mano. Muchos vampiros emocionales, cuando han visto que no podían arrancarme ayuda, sino que, por el contrario, la pedía, se han desvanecido. Y los amigos… los amigos siempre han estado ahí. Pero ahora les escucho más.

Porque los cuentos tienen razón: hay hadas y genios ahí cerca.

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Como los humanos y nuestros sentimientos, los lugares se encuentra en proceso de cambio: los Mercados, como el de La Paz, se han convertido en lugares de encuentro y en centros de delicatessen, además cumplir de su función como mercado de abastos. El lugar donde compraste esa mañana en zapato plano y vaqueros te acoge al atardecer con los tacones de vértigo de Magrit y el precioso vestido abrigo de TopLove, con un delicado estampado de flores. El bolso está pendiente de que lo customice, la manicura es de OPI, y aunque casi no llevo maquillaje, el que llevo es de YSL.

Y si os interesan Primer amor o Los malos del cuento, que hablan de cómo los cuentos nos han enseñado a trabar relaciones amorosas o a detectar personalidades tóxicas, los podéis encontrar pulsando sobre el enlace. Porque para ayudar a alguien están, ahí están.

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3 pensamientos en “Si te necesito, silbaré

  1. Es realmente satisfactorio el poder “ayudar” a una mujer como tú que día a día nos brinda lecciones de vida y sabiduría a raudales. Gracias a tí.

  2. Pingback: Espido Freire: Si te necesito, silbaré - Moda mujer y complementos ToploveModa mujer y complementos Toplove

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