Yo (no) trabajo desde casa

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Una pregunta que se le formula a menudo a los escritores tiene que ver con cómo se concentran o trabajan en su casa, en su despacho. Cada cual responde lo que le parece, según el grado de personaje, sinceridad o misterio que deseen transmitir: mi realidad es que raras veces trabajo en casa, salvo en los momentos en lo que finalizo libro (y no siempre). Como en todo, en la vida literaria existen picos y valles, que coinciden con ferias, días del libro, cursos de verano o promociones.

Aunque las cosas han cambiado drásticamente tras la crisis, para mí fue imprescindible el aprender a concentrarme de manera rápida e intensa en casi cualquier circunstancia. En los buenos viejos tiempos en los que escribía columnas de opinión semanales los imprevistos eran constantes. Recuerdo dictar una, por el móvil, desde la Terminal 4 del Adolfo Suárez de Madrid, minutos antes de embarcar, porque por algún azar no había llegado. Y escribir otra contrarreloj en la garita del portero de un instituto; la responsable había borrado, por error, mi columna, y no llevaba el ordenador encima. El grueso de mi trabajo diario no consiste en escribir: es más bien el resultado. Las lecturas previas, la reflexión, la información, el estudio, los encuentros con estudiantes y lectores, el preparar clases y cursos, y conferencias y ponencias, y, en mi caso, mi vinculación con marcas y otros proyectos, se llevan gran parte del tiempo. Por suerte mi carácter se adapta mejor a periodos intensos y breves de trabajo.

Cuando hace unos años asomó la amenaza de crisis, a raíz de mi libro Mileuristas me pidieron que impartiera unas conferencias sobre el trabajo a distancia, la eficiencia o no que suponía, y si, al fin y al cabo, resultaba rentable para el empleador. Si los medios tecnológicos estaban a la altura, por facilidad y por acceso, y si psicológicamente existían beneficios. Mis conclusiones fueron al mismo tiempo positivas y bastante devastadoras: la mentalidad de trabajo de mi país no se adaptaba con la suficiente rapidez a los cambios a los que nos enfrentábamos. La idea de no supervisar constantemente al trabajador ponía muy nerviosos a algunos jefes, y en especial a mandos intermedios cuyo cargo se justificaba con añadir presión al empleado. Costaba creer que las jornadas de trabajo podrían tener una flexibilidad mayor, y, sobre todo, no alargarse innecesariamente. Se dinamitaba gran parte del peloteo, al eliminarse las ocasiones de los cafés, las partidas de golf y las copas o los cotilleos tras el trabajo. Aunque todos estábamos de acuerdo en que se favorecía la conciliación, y que mejoraba la atención a personas mayores, discapacitados o niños, se revelaba una inusitada resistencia, por parte de los varones, sobre todo, a asumir esa responsabilidad.

Fueron unas conclusiones sorprendentes, sí, pero que adelantaban lo que ocurrió: de manera general se mantuvo el marco convencional de trabajo, y fueron las nuevas empresitas, pymes o emprendedores los que, a la fuerza, comenzaron a producir, distribuir y darse a conocer de otras maneras, en las que las redes sociales y las nuevas tecnologías han resultado esenciales. Por lo tanto, cada vez más personas trabajan como lo hacemos la mayoría de los escritores que yo conozco, como sus propios jefes, por lo general, malos jefes, obsesionados por una productividad que no se alcanza, en realidad, nunca, con jornadas inacabables, noches sin dormir, aumentando hasta lo ridículo pequeños problemas y con dificultades para distinguir el tiempo libre del tiempo de trabajo. Qué suerte, ser tu propio jefe es una de esas preguntas que deberían servir de atenuantes en caso de agresión por sillazo en la cabeza. Sin embargo, las ventajas que enumeré antes, si se logra ser sensato, continúan intactas. Y se une otra, un pobre consuelo, en realidad. Los empleados por cuenta propia, los que trabajan en casa, o donde sea, a salto de mata, serán los pioneros de toda una generación que trabajará así.

De hecho, cada vez más empleados por cuenta ajena están descubriendo que deberán adaptarse a una flexibilidad mental, espacial y temporal mucho mayor que la que tenían.

Me gustaría hablar otro día de la productividad como imposición, y de los problemas psicológicos que conlleva, pero creo que ya me he extendido lo suficiente. Ánimo y sensatez, horarios y prioridades, son las cuatros claves para que la manera de trabajar sin horarios, ni supervisión, ni espacio fijo sea sana y provechosa. Y pasión: sin ella, nada, con ella todo merece la pena.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERALa especie de juego de las sillas que muestran las fotografías es real: muchas veces comienzo en un lugar que me parecía agradable y finalizo en cualquier otro, por las corrientes de aire, la mala luz o el ruido. Las fotos fueron tomadas en la Residencia Universitaria de Clermont Ferrand, mientras anotaba algunas ideas para relatos, (que acabé por ser rechazar, todas menos una, que es bastante buena), me estiraba para que mi espalda no acabara hecha un ocho, descansaba un poco, escribía algunas claves para mi nueva web y de vez en cuando me acordaba de mirar a cámara.

El atuendo era muy informal, unos jeans negros de HM, y un top de Zara de gasa bordada que me encanta. Un poco largo para ser un crop top, pero corto para ser un top top como Dios manda. Descalza, que es como estoy casi siempre por casa, y muy contenta, como casi siempre que me siento con ideas y energía. ¿Sois vuestro propio jefe? ¿Os gustaría serlo? ¿No, por favor, gracias? Siempre me resulta interesante saber de los trabajos de los demás. Con el mío ya os vais familiarizando.

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