Clermont-Ferrand. Agua y fuego.

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Los lectores de Astérix recordarán esa viñeta en la que el humillado jefe de los galos, Vercingétorix, arroja sus armas a los pies de Julio César, vencido. Para aplastárselos sin piedad, según sus dibujantes.  Pues bien, este muchacho, hijo de muy buena familia gala, de las de toda la vida, había nacido en Auvernia, en el corazón de Francia, en el entorno de lo que ahora es la ciudad de Clermont Ferrand.

Yo no conocía esta zona, aunque he recorrido el país de norte a sur y de este a oeste en conferencias, congresos, presentaciones, vacaciones y reportajes. Por cierto, uno de los más interesantes fue el que escribí para Yo Dona http://www.elmundo.es/yodona.html sobre cómo la gripe aviar afectaría a la producción de foie de Aquitania y Midi-Pyrénées; un producto en el que se basaba toda la economía de la región, y que en aquellos momentos peligraba, porque todos íbamos a morir por la gripe aviar. Luego todos íbamos a morir por la gripe A. Luego, por el ébola, y ahora, a lo que parece, cada cual tendrá que arreglárselas para agenciarse su propia muerte. Así son los recortes.

De alguna manera, me las había arreglado para saltarme el centro francés, hasta que me pidieron de la Universidad de Auvernia http://www.u-clermont1.fr/ que impartiera una conferencia con el optimista título de “Cuándo la comida se convierte en angustia y cuándo en placer”. La Universidad se encuentra siempre entre los primeros puestos de calidad docente en Francia, y en esta ocasión organizaba un congreso sobre “Literatura y cocinas” en la que se dio de todo: cocineros, escritores, periodistas, talleres, clases en escuelas de hostelería… ese tipo de mezcla sin complejos de oficios, técnicas, cultura y vida práctica que a me encandila.

El maridaje de literatura y gastronomía es cosas seria en Auvernia. En un país de quesos, los de la zona goza de gran fama: 5 de ellos cuentan con denominación de origen protegida. Los embutidos salados, la diminuta lenteja verde de Le-Puy-en-Velay (exquisita en hamburguesas) merecen la pena. Hay buenos vinos, también.

Dicha que fue mi conferencia, en la que intenté incidir sobre todo en la parte del placer, no me quedaba demasiado tiempo para disfrutar de esa zona inédita; para otra ocasion quedarán los volcanes, y los bosques, y el magnífico gótico de la región. La ciudad es pequeña y con un encanto provinciano muy particular.

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Hay personas que habrán comenzado a bostezar antes de que haya finalizado la palabra Gótico. Y sin embargo, qué enorme belleza tienen esos edificios y sus esculturas, incluso para quienes no sepan una palabra de historia del arte, o haya tenido una mala experiencia con ella, un profesor aburrido, una asignatura obligada. El gótico de Clermont rebosa de figuras esbeltas y espectaculares, expresivas y cantarinas. El pórtico de la catedral de Nuestra Señora de la Asunción puede leerse casi como un cómic, las vidrieras derraman una luz colorida que narra el Génesis, el Apocalipsis. Como los modernos graffitis, el gótico contaba en las paredes lo que el pueblo ya sabía: pero a diferencia del street art, era la versión oficial, aquella alfabetización que se suponía que cualquiera debía adquirir.

Aquí, por ejemplo, se celebró el Concilio en el que Urbano II (una presencia recurrente en la ciudad) declaró la guerra a los infieles: es decir, puso en marcha la Primera Cruzada. Era un orador apasionado y convincente con un gran amor por los logos: él decretó que los cruzados llevaran una cruz roja sobre el hombro en sus vestiduras, iniciando una moda que caló hondo.

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La piedra porosa y negra de muchos de los edificios de la ciudad (no olvidemos que es una zona volcánica) parece, en un principio, manchada por la contaminación: cuesta acostumbrarse a su precioso color, que le da una gestualidad distinta a las esculturas, a sus pómulos y ojos. Durante una época se construyó en esa traquiandesita oscura. Después se empleó piedras más claras, como la que adorna la preciosa fachada de la Ópera, que ofrece además una programación bastante interesante.

Clermont-Ferrand, la cuna del genial y brillante Blaise Pascal, ofrece también la cercanía de Vichy, la de las mil fuentes de agua, tanto potable como termal. Hay más de cien tipos de agua mineral registrados. Entrelazados, el agua y el fuego, la lava y los minerales le dan a la región un carácter único. No es extraño que Vercingétorix la defendiera hasta el final.

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Últimamente se da la circunstancia de que llueve en casi todos los viajes que realizo. Como consecuencia, mi cabello recupera sus rizos. En Clermont- Ferrand hacía frío, y a riesgo de asemejarme al muñeco de Michelin, cuya factoría se alza en la ciudad, me puse mi plumífero preferido, de Zara,  ligero y cálido. Botines de ante protegidos y cómodos, de Unisa, y un vestido estampado que compré en París, en una boutique sin nombre del distrito 6. El empedrado puede resultar duro para los pies, y más aún para los tacones, pero es una ciudad que hay que recorrer así, para luego tomar un café en la plaza de la catedral,  y detenerse a soñar con el pasado.

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