Recomendaciones espidianas. Abril

9.3

El mes dedicado al libro, en sus variantes de Día del Libro, Sant Jordi, conmemoración de Cervantes o de Shakespeare nos deja a los autores que llevamos una vida activa con conferencias, encuentros y firmas poco espacio para leer, paradójicamente. En muchas ciudades comienza la temporada de ferias y de actividades literarias, que remitirá hacia junio, con la Feria del Libro de Madrid. En mi caso, este año decidí reservar fuerzas y no acudir a Sant Jordi, y en cambio celebré en Bilbao el 200 aniversario del nacimiento de Charlotte Brontë. Estas semanas ofrecen la oportunidad a lectores y autores para encontrarse y conocerse; a veces, el resultado es una decepción mutua. Otras veces, por suerte, el enamoramiento continúa y se refuerza. Y si no, siempre nos quedarán los libros, sin sus autores. Estos son mis elegidos durante Abril.

Lady Macbeth, por cierto, ha escogido los preciosos libros de Maeva  sobre la relación entre mujeres, libros y oficios. Podemos ver de abajo a arriba Mujeres admiradas, mujeres bellas, Las mujeres que escriben también son peligrosas, Y además saben pintar y Las mujeres que no pierden el hilo. Las imágenes, fotografías y cuadros que los ilustran salpican la narración, y creo que son un regalo perfecto para lectoras, pintoras, costureras o… son un perfecto regalo. Punto.

Para relativizar los problemas, las palabras de los genios resultan siempre una ayuda: en este libro se produce la unión de dos genios. Beethoven se titula este ensayo de Richard Wagner sobre la figura de su admirado músico: le sigue otra reflexión, La dirección de orquesta, en esta pequeña joya de Fórcola. Y, bueno, un trocitino diminuto insignificante de brownie casero tampoco hace daño a nadie.

 

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Los consejos de la paloma ha sido una primera novela que ha atraído tanta atención que su autor, S. Kelman, pasó del anonimato a la lista de preferidos en un parpadeo. Publicada por Salamandra, salamandra.info, elige la mirada de un niño de familia inmigrante de Ghana en el Reino Unido para describir la realidad de un barrio violento, una vida violenta, una época violenta. Muy de actualidad debido al estremecimiento general que nos produce la situación de los refugiados, la suaviza un humor que permite que la vida sea soportable.

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Conocido por ser parte de Académica Palanca, M. Vigil  ha publicado Relatos polisémicos, un experimento literario que tiene como columna vertebral el humor. A partir de ahí, encontramos reflexiones, chistes recreados, fragmentos de monólogo, poemas, cuentos y reflexiones. Algunas amargas, otras ya clásicos del humor. Sonrisas y sonrisillas, y medias sonrisas desengañadas.

16.2

El Eternauta es un clásico; no sólo lo consideran así los lectores de cómic, que lo acogieron como una revelación en los años 50, sino que también ha pasado a formar parte del imaginario emocional de los argentinos. Oesterheld les hizo viajar en el tiempo, soñar con invasiones alienígenas, y continúa siendo una inspiración en esta edición de Norma.

9.2

Hacía mucho tiempo que un libro no me llevaba de las lágrimas a la sonrisa en segundos de esta manera. Las memorias del Dr Marsh, neurocirujano inglés, están estupendamente bien escritas; la belleza del cerebro, el azar de la salud, las decisiones a veces fatales que toma el médico pasan por estas páginas. El miedo, el humor, la humildad, la estúpida burocracia de la Sanidad. La enfermedad y la muerte. A mí, a quien estos temas entusiasman, me ha encantado; pero puede ser materia delicada para quien haya padecido o sido testigo de ese tipo de dolencias. Lo ha publicado Salamandra.

6.2

Los reconocimientos que el poeta aragonés José Verón Gormaz ha recibido se entienden cuando se lee Salón de los Espejos. Epigramas. ¿Epigramas? Sí, que encajan como un guante con la rabia y la frustración que provocan la corrupción, el politiqueo, la mezquindad y la vanidad que adivinamos en el presente. Una mirada aguda e implacable se unen su dominio del lenguaje. Se encuentra en Papeles de Trasmoz .

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Hablamos del Premio Biblioteca Breve de 2015, de Seix Barral, y de una obra de mi amigo Fernando Marías, con lo que me resulta complicado ser objetiva. Por sus páginas pasan lugares y emociones que me son familiares: la necesidad de escapar a través del cine, el viaje o la literatura, la construcción de la identidad frente a la familia, las calles de Bilbao. Por suerte, no me hace falta ser objetiva para recomendar este libro espléndido, La isla del padre, una búsqueda del padre ausente y del niño eterno. Emocionante. Y con un punto desgarrador.

 

20160408_192038Faltaba en la lista una novela negra, o al menos, una narración tan negra como Observada, de R. Knight. Los secretos de unos suponen la fuente de poder de otros. Una noche, una mujer encuentra un libro sobre su mesita de noche. Alguien lo ha depositado allí: alguien que conoce el secreto más terrible, mejor guardado, de su existencia. Algo ocurrió años atrás, en España. Quién lo sabe la ha observado en la distancia durante mucho tiempo. La podéis adquirir en Salamandra. http://salamandra.info/libro/observada

 

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Y  finalizamos con otra novela negra pero de un tinte negro muy distinto a la anterior: el escritor Juan Bolea retoma a su personaje de cabecera, Martina, desde otro ángulo, el de un detective un poco Sancho Panza, muy humano, algo tristón, demasiado humano, de origen armenio y llamado Falomir, que debe indagar en los misterios divinos: en concreto, la desaparición de una talla mariana. Desde luego, la cosa no queda ahí, y mientras existan seres humano dispuestos a creer, se darán apariciones, misterios y estafas relacionadas con la religión. Ágil, divertida, terrible y lúcida, es, para mí, la mejor novela de Bolea hasta ahora.  El Síndrome de Jerusalén, por cierto, además del título de la novela, es un trastorno psíquico que afecta a turistas que viajan a Tierra Santa, que se creen, de pronto, personajes bíblicos. La editorial responsable es Ediciones B.

 

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Y hasta aquí llegan las recomendaciones de este mes: disfrutadlas. Yo ya lo he hecho.

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Cuestión de prioridades

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La crisis no comenzó un día determinado, ni tras un suceso concreto. Comenzó para cada uno de nosotros según unas circunstancias particulares: la situación geográfica, el sector al que nos dedicáramos, el nivel de endeudamiento, o el momento en el que nuestra empresa decidió hacer recortes. A unos pocos afortunados les ha tocado ser testigos, y no sufrirla: pero incluso esos, por contagio, por miedo, han modificado sus hábitos de consumo y, sobre todo, su listado de prioridades.

Cuando escribí Mileuristas (I II: en realidad, eran un mismo volumen, pero el editor se empecinó en dividirlo y lanzarlo en dos partes, muy en mi contra, por cierto) avisaba de algunos de los problemas que se avecinaban. Resultaba imposible adivinar lo que se nos venía encima, pero sí resultaba obvio que nos encontrábamos en un ciclo que finalizaba y que nos obligaría a transformar nuestra relación con el mundo.

Un aspecto muy curioso de la crisis ha sido aquello en lo que hemos decidido ahorrar y aquello en lo que hemos continuado gastando: cómo han surgido empresas y emprendedores nuevos en un momento en el que se antojaba una misión suicida, y la manera en la que han empleado la creatividad para destacarse. Cualquier pensaría que lo lógico en tiempos difíciles sería apostar por un producto muy barato. Quien no pudiera permitirse otro, continuaría comprando, y quien tuviera un poco más de poder adquisitivo, compraría más ejemplares.

Sin embargo, no ha sido así. El consumidor que se ha fidelizado a una marca determinada no ha renunciado a ella salvo que le haya sido absolutamente inevitable: claro está que no todos hemos mantenido las mismas prioridades ni hemos seguido el mismo criterio para definir una necesidad. El café o la leche, el detergente o la crema facial, el perfume o el producto lavavajillas son algunos de los clásicos. Las bebidas alcohólicas o los refrescos despiertan enormes lealtades.

Por otra parte, se han dado otras decisiones basadas más en la ética y el pensamiento a medio plazo que en el sabor, o la tradición de uso: pese a que se ha normalizado la falta de respeto a los derechos de autor, ha habido quien ha continuado apostando por comprar libros, y quien ha respetado, a rajatabla, el no descargar un solo contenido ilegal de internet. Por razones obvias, ha sido mi caso. También hemos descubierto con agradable sorpresa que se ha creado una enorme sensibilidad hacia el producto nacional, frente a las importaciones internacionales de baja calidad, el apoyo al comercio local y a la artesanía. Los movimientos slow han dado prioridad al mimo y el mérito de un proyecto único, por encima del cebo del precio. Y, de la misma manera que algunos consumidores se las han arreglado para conseguir el móvil que ansiaban (en España los teléfonos encabezan los objetos de deseo que, pese a un precio fuera del alcance de la mayoría, han logrado convertirse en prioridad) otros han decidido otro modelo de consumo basado en los valores que aprecian.

Una de las marcas que se adaptan como un guante a esa idea es Nambasteuna boutique online joven, española (de hecho, fue concebida en Chiclana de la Frontera, aunque nació en Ares, A Coruña) que cumple a rajatabla con muchos de los principios que más valoro: el bolso que me acompaña últimamente muestra la exquisitez del acabado de los artesanos con los que trabajan, y un material excelente. La producción es reducida, y supervisada muy de cerca, y aseguran un modelo económico equilibrado.

Sin duda, muchas compradoras verán una serie de complementos muy bonitos, atemporales y de gran calidad, y esa atracción será la que prime en la compra. Está bien así. Pero quienes deseen indagar un poco más, encontrarán ese valor añadido, esa característica que les distingue y que han querido representar con un nombre derivado de la palabra Gracias en hindú: Namasté. En mi caso, me siento particularmente vinculada a ese tipo de trabajo, y le doy la máxima prioridad. Sé lo que supone apostar por un sueño y esforzarse porque sea coherente y ético, y los sacrificios que conlleva: pero el tacto satinado de mi bolso  o algo tan sutil como la manera en la que el monedero se ajusta a los enganches, y lo satisfecha que estoy con él demuestra que merece la pena. No creo que un bolso cualquiera me hiciera sentir así: lo único nos hace sentir únicas. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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Además de mi bolso Nambaste, (podéis sabes más sobre su filosofía de empresa aquí) en este día soleado llevo una camisa blanca,  con un sofisticado detalle de pliegues en la espalda, de Oxygene,  de cuyo concurso #besosoxigene os hablaré pronto. La falda blanca, corta y en forma de tulipán, la compré en una tienda que, por desgracia, acaba de cerrar; no todos los sueños salen bien. Llevo unos salones de Paco Gil  y un brazalete de pasta de Zwei.  Las fotos fueron tomadas en la plaza Colón de Madrid.

Y, respecto a las prioridades, conviene revisarlas de vez en cuando. Como los sueños, tienen sentido algún tiempo. Y si se cumplen, si se siguen, son un atajo seguro a la satisfacción.

Sígueme

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En los últimos tiempos la pregunta ¿Quiénes crees que son tus seguidores? ha sustituido a la de ¿Quién crees que es tu lector? En estos momentos cualquier persona puede obtener un número de seguidores impensable para un escritor, y conocer sus característica como nunca en un pasado predigital.

Sin embargo, para mí el misterio de quién me lee o quién me sigue continúa; me interesa más saber qué mueve a alguien a darme su favor que el perfil de esa persona, que, por otra parte, en mi caso, continúa siendo muy variopinto. Hombres y mujeres, de una franja de edad inusualmente amplia, con aficiones y procedencia geográfica muy diversa. Alguien que se identifica con la diversidad de temáticas y de intereses, mi itinerancia (nacida en el País Vasco, de familia gallega, residente en Madrid, viajera impenitente…) y un discurso que intenta ser incluyente y  movido por la curiosidad.

¿Funcionan los hashtags? En ese caso, en los míos pesarían la literatura y la formación, siempre los libros y el arte, la cultura, la naturaleza y los animales, la moda y su relación con la sociedad, la cosmética, la belleza, (física y abstracta), los viajes, la gastronomía y…

Es decir, nada demasiado original, pero tampoco con un enfoque mayoritario. ¿Por qué, entonces, tengo la satisfacción de ver que mis seguidores suben de día en día, dónde está el truco? Eres escritora, me dices, no sois atractivos para las redes. ¿Por qué a ti te va bien?

Creo que se debe a que durante toda mi vida he contado historias, y que los nuevos medios necesitan crear contenidos. A diferencia de en los textos literarios, o en las columnas de opinión, puedo jugar con el humor, puedo mostrarme gamberra o hablar sin prejuicios de temas considerados frívolos. Hago que mis gatas participen, recomiendo un rimmel o muestro una prenda, me río de mí misma o muestro la parte teatral y solemne que siempre he necesitado. Creo que transmito que en mi vida hay coherencia en mis aficiones, que se entrelazan y forman parte de mi creación y de mi obra. E intento todo eso con el máximo respeto por quienes me siguen, tanto nuevos como veteranos.

No soy tan superficial como para fingir que los seguidores no tienen importancia: en un momento como éste, en que el caprichoso mundo de las comunicaciones y las editoriales se muestran más volátiles que nunca, el crear un vínculo directo con quienes te siguen resulta de vital importancia. Ellos son la diferencia entre el abismo y continuar atrayendo el interés de editores, medios de comunicación y marcas. Yo vivo, como siempre he hecho, de mi trabajo. Y sin personas que deseen escucharlo, leerlo o verlo, carezco de sentido.

Por eso mimo y cuido todo lo que puedo a quienes se acercan a mis redes, en particular, a Instagram. Devuelvo likes y comentarios, cuando puedo. Procuro responder a las preguntas que se me hacen. Soy muy clara respecto a la atención negativa, que no premio nunca, y mucho menos los insultos o provocaciones. Intento sorprender con mis textos y darles pie a ellos en cada foto para que se expresen. Intento aprender cada día un poco más de fotografía, para que mis imágenes aporten algo; sigo y admiro a los mejores en bodegones, estilismo, creatividad, moda o paisajes. Yo misma hago y compongo mis bodegones, y decido y planeo la mayoría las fotos en las que aparezco. Cuido con esmero mi atuendo y mi apariencia, porque a través de ellas construyo una identidad con la que continúo luchando; si gusto, es mi mérito. Si no, mi entera responsabilidad.

Creo que resulta vital el que muestro con honestidad las luces y las sombras de mi vida, y dejo claro lo que no se ve de los triunfos, y lo necesario que es salir de los baches. Siempre muestro mi mirada.  No hablo de lo que no sé, ni recomiendo lugares, libros o productos que no he probado. Agradezco de corazón los elogios, pero no soy sensible a la adulación. Tengo mi punto de locura y de extravagancia, y lo disfruto. Intento ser feliz. Siempre me gustó la fotografía, y desde que mi hermana me empleaba como modelo para su primera cámara, cuando yo tenía 5 añitos, me he divertido ante un objetivo. No pretendo ser lo que no soy; pero lo que soy, está ahí, y no creo que deba pedir disculpas por ello.

Esas son las claves que sigo, y las satisfacciones que obtengo son tan enormes que deseaba compartirlas, por si a alguien más pueden resultarles útiles: no hay atajos. Pero mi camino ha sido este.

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Para hablar de seguidores rescaté unas fotografías de mi estancia en Clermont-Ferrand; en ellas llevo jeans negros de Blanco (la ironía es evidente) y una chaqueta bordada con abalorios de Stella McCartney para HM.  El jersey de cuello alto (o cisne, por continuar en plan irónico) es de la misma marca. Llevo zapatos abotinados de charol de Paco Gil y un bolso de mano de Gucci. Uñas oscuras de OPI y maquillaje de L’Oréal Durante esa sesión, que comenzó con mis inocentes paseos por el parque ante la cámara me vi involucrada, sin comerlo ni beberlo, con una pareja de cisnes que decidieron salir del agua y comenzar a seguirme. Yo esperaba, ellos esperaban. Yo avanzaban, ellos también. Cisnes, obviamente, con buen gusto, que reconocieron en mí toda una serie de virtudes… ¿O serían haters que decidieron boicotearme las fotos? Ya nunca lo sabremos, pero eran tan monos…

La historia no está escrita: dentro de “Juego de Tronos”

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Recuerdo mi primera conferencia pagada como si me la hubieran encargado ayer: devorada por la responsabilidad, totalmente convencida de la importancia de lo que iba a decir, como si algo de lo que hiciera o dijera pudiera cambiar el mundo, decidí que hablaría de la importancia de la ficción como una herramienta para sanar al individuo y a la sociedad. La titulé “Defensa de la fantasía” y me sentí una rebelde sin causa en un país dominado por el gusto costumbrista y la telebasura, y donde la imaginación se consideraba un estorbo. Tenía 23 años y un montón de tortazos contra la pared de la vida esperando por mí y mi inocencia.

Desde luego, eso era antes de que George R. R. Martin fuera un fenómeno masivo, y de que, primero las novelas de Canción de Hielo y Fuego, y luego la serie Juego de Tronos  viniera a trastocar todo lo que conocíamos en ficción televisiva y fenómeno fan. Antes de que quienes habíamos soñado con mundos imposibles, historias entrecruzadas que proceden de nuestro imaginario colectivo y de las sagas familiares más relevantes, y, por qué no, matar a un par de enemigos de la manera mas sangrienta posible, nos sintiéramos por fin arropados y comprendidos.

Como muchos seguidores de la serie, he estado aguardando por la nueva temporada con una disimulada impaciencia. En la madrugada del 24 al 25 de abril, sabremos si lo que hemos fantaseado, los “y sis” que genera cualquier buena historia, se ven confirmados o no. El secreto, el no querer saber nada, forma parte de ese encanto: una necesidad de vivir el momento con esa mezcla de placer y de ansiedad que tan bien sienta, y que tanta adicción provoca.

Por eso, cuando Canal Plus Series me pidió que participara en La historia no está escrita, y ofreciera mi análisis de Juego de Tronos reviví aquella noche en la que redacté mi primera conferencia, y esgrimí lo que sigo defendiendo: que existen muchas vidas, que pueden ser vividas en abstracto, que no es necesario experimentar para sentir: que en las peripecias de Jon Snow, de los Lannister o de la Khaleesi nos encontramos nosotros, esa extraña bilocación de lo que somos y lo que deseamos. Que unimos nuestro destino al de personajes imaginarios que la perversa cabeza de un escritor ha concebido, y que nos mantiene en vilo, que nos hace llorar, o enamorarnos, o callar, respetuosos (como ha ocurrido después de alguna matanza memorable, o de una pérdida inesperada) por respeto a una tragedia que continuará resonando en nuestra cabeza durante mucho tiempo.

De eso (además de contestar a las preguntas que me hicieron) hablé en el documental que podéis ver en distintos pases durante los meses de abril y mayo (los horarios se encuentran en la web de Canal Plus Series) ; y, sobre todo, de la pasión que me inspira una ficción tan exquisitamente rodada, en la que cada detalle está cuidado con un mimo que ha abierto un camino nuevo en muchos sentidos, y que, además, ha contado con escenarios españoles: Sevilla, Osuna, Navarra, Girona, Peñíscola, Almería y Guadalajara.

Y, a quienes no se han acercado aún a esa serie, o a las novelas, solo puedo decirles que nadie puede meter a empujones a otra persona en un mundo en el que no lo desea. Pero que yo no deseo salir de él.

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Dos ocasiones he tenido para sentarme en el Trono de Hierro: la primera fue en el Congreso de Literatura Fantástica Celsius, al que estaba invitado el propio R.R. Martin. Pero en ese julio tórrido decidí no hacerlo. La segunda fue tras la grabación del documental: y entonces pensé ¿por qué no probar? ¿Qué se siente cuando se posee tan poder, tal fuerza como la que otorga el trono? Todo parecía encajar: mi vestido vintage blanco, el cinturón de plumas, los botines de ante. Rozaba con los dedos el Poder de los Primeros Hombres.

Oh, si estuviera en mi mano, si estuviera en mi poder, qué gran emperatriz de los Siete Reinos sería…

 

En el jardín secreto

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Fui al colegio en un palacio, jugaba en el laberinto de setos de un jardín botánico, y las clases de gimnasia tenían lugar en el salón de baile, el Salón de los Espejos. No es el inicio de una novela, ni una fantasía adolescente: hasta que se construyó el nuevo colegio “La Milagrosa”, las niñas que estudiábamos con las Hijas de la Caridad disfrutamos de las instalaciones del Palacio del Marqués de Urquijo, en Llodio. Esos dos primeros años escolares incluyeron cenadores, capillas privadas, un río que cruzaba frente al colegio, y un estanque de nenúfares. Ahora, transformado en el Parque de Lamuza, el antiguo palacio sufre un lamentable abandono, denunciado de vez en cuando por algunas voces.

Creo que por eso siempre me he sentido cómoda en los palacios; algo de ese paraíso de la infancia quedó en mí. O eso, o que me encuentro mucho peor de los delirios de grandeza de lo que estoy dispuesta a admitir.

El último palacio madrileño que he descubierto es, por suerte, un precioso museo abierto al público, que ofrece las espléndidas colecciones de su antiguo dueño: el Lázaro Galdiano.  Me habían hablado maravillas de él incluso en otros museos, y lo cierto es que no exageraban. Cualquier objeto bello, cualquier obra de arte, era candidata a ser coleccionada por el incansable fundador. Lo típico de lo que cualquiera nos encapricharíamos: un Goya, un Bosco, un aderezo de diamantes, piezas de brocado del siglo VII… Sus talleres, y conferencias, y exposiciones temporales desmienten que en Madrid la cultura no tenga espacios donde, sin demasiado ruido pero con exquisito gusto, puede cultivarse.

La exposición que me llevó en esta ocasión al caserón de la calle Serrano 122 fue la del Libro Ilustrado que, de manera gratuita, se muestra hasta el 16 de junio. La riqueza de los ejemplares expuestos corta el aliento, y más si se tiene la suerte de una visita guiada. En mi caso tuve la suerte de que me atendiera Juan Antonio Yeves, su comisario y director de la Biblioteca, cuya pasión por los libros resulta contagiosa. Esas ilustraciones (desde las encontradas en los libros más antiguos a las técnicas más modernas) harán las delicias de cualquier impresor, o diseñador, o ilustrador gráfico. No siempre se tiene a cinco centímetros de distancia un Durero, o un Manucio.

Pero, además de esa belleza, me esperaba una sorpresa: en el jardín de museo han florecido los magnolios japoneses,  con sus flores rosadas en forma de cáliz. Esos árboles, ahora muy populares, resultaban extremadamente raros no hace tanto tiempo. Y, casualmente, junto con otros ejemplares exóticos, en el jardín del palacio de mi infancia existían dos. Sus pétalos, a diferencia de las magnolias convencionales, llovían por estas fechas. Años más tarde, en la Universidad de Deusto, un magnolio japonés florecía exactamente para los exámenes de febrero, y era centro de mitos y rituales: se decía que una hoja de ese árbol entre los apuntes provocaba que las preguntas que cayeran en el examen eran precisamente esas.

Me basta ver esas flores para sentirme feliz. Han aparecido mencionados en varios de mis libros, sobre todo, en los cuentos, porque me resulta complicado escribir y no hablar de mi pasiones, como es la botánica. Y así, me permitiréis que, en lugar de los libros-joya de las salas, que podréis ver por algunas semanas, os muestre esta breve y efímera belleza vegetal.

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Una visita a un palacio invita a vestirse como un princesa, y así me sentí con este vestido de gasa de Trucco que recuerda, con su estampado, a los que las damas de la época podrían haber lucido en este mismo jardín (el palacio se finalizó en 1909). He cedido a la moda de lucir dos pendientes de longitud diferente, pero, eso sí, los dos realizados con piezas de relojería, y un brazalete de pedrería. Los zapatos azules, con acabado de serpiente, son de Sacha London. Y, como siempre que llega el buen tiempo, he comenzado a trenzarme el pelo. Como hacía, cuando era niña, en los ratos muertos en el palacio. 

Lugares de paso

 

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Así como hay gente que odia los lugares de paso, que elimina los pasillos en las reformas y limita al mínimo las esperas en aeropuertos y estaciones, a mí me entusiasman esos espacios: los físicos, y los mentales. El lento tránsito de una habitación a otra, de una emoción a otra. Incluso en una ocasión pensé en titular uno de mis libros de cuentos así, Lugares de paso, pero otro escritor se me adelantó, y así quedó la cosa, a la espera.

Siempre he dicho que si hubiera dedicado el tiempo que he pasado a la espera en una estación de trenes a estudiar chino, hablaría chino. Pero lo he dedicado a cosas posiblemente menos útiles, pero muy placenteras. He leído infinidad de libros, he escrito partes de los míos, me he pintado las uñas, he fantaseado, he mantenido charlas inolvidables con amigas, he llorado, he hablado con desconocidos y me he sentido siempre en esa tierra de nadie: como un regalo inesperado. Una de las estaciones más bonitas en las que he esperado es la Estación del Norte de Valencia.    Una estación de los luminosos años del Modernismo, tan errático en España, que recubre las paredes de este espacio de todos y de nadie con mosaicos, volutas, tallas y vidrieras. Los mensajes de buenos augurios (Buen viaje, dicen las palabras de las taquillas en varios idiomas) se alternan con la exuberancia de las flores, y las frutas, y todo lo que, si nos detenemos, observamos allí. Porque esa estación, como todas las de esa época, incluía la espera como parte esencial del viaje. Y, cada vez que paro allí, que, para mi suerte, ha sido en muchas ocasiones, me detengo un momento, disfruto de esa estética un poco demasiado bonita, un poco sentimental, pensada para ser agradable a la vista y al alma y recuerdo que, salga el tren con retraso, lo pierda, ocurra lo que ocurra, hay un espacio para la espera. Un lugar de paso.

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Los viajes requieren ropa cómoda, y por eso elegí un jersey de cuello cisne de Adolfo Domínguez,  en uno de mis tonos preferidos, el burdeos. La falda larga, de encaje, en el mismo tono, fue una compra acertada en Zara.  Si por mí fuera, siempre vestiría con una falda larga. Presenta un largo difícil, que yo aligero con zapatos de tacón; me veo incapaz de llevarla con deportivas, como he visto en otros casos.

El collar y la pulsera de eslabones dorados son de la marca La Oneta. Y el tiempo para gastar es todo mío.

 

Yo (no) trabajo desde casa

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Una pregunta que se le formula a menudo a los escritores tiene que ver con cómo se concentran o trabajan en su casa, en su despacho. Cada cual responde lo que le parece, según el grado de personaje, sinceridad o misterio que deseen transmitir: mi realidad es que raras veces trabajo en casa, salvo en los momentos en lo que finalizo libro (y no siempre). Como en todo, en la vida literaria existen picos y valles, que coinciden con ferias, días del libro, cursos de verano o promociones.

Aunque las cosas han cambiado drásticamente tras la crisis, para mí fue imprescindible el aprender a concentrarme de manera rápida e intensa en casi cualquier circunstancia. En los buenos viejos tiempos en los que escribía columnas de opinión semanales los imprevistos eran constantes. Recuerdo dictar una, por el móvil, desde la Terminal 4 del Adolfo Suárez de Madrid, minutos antes de embarcar, porque por algún azar no había llegado. Y escribir otra contrarreloj en la garita del portero de un instituto; la responsable había borrado, por error, mi columna, y no llevaba el ordenador encima. El grueso de mi trabajo diario no consiste en escribir: es más bien el resultado. Las lecturas previas, la reflexión, la información, el estudio, los encuentros con estudiantes y lectores, el preparar clases y cursos, y conferencias y ponencias, y, en mi caso, mi vinculación con marcas y otros proyectos, se llevan gran parte del tiempo. Por suerte mi carácter se adapta mejor a periodos intensos y breves de trabajo.

Cuando hace unos años asomó la amenaza de crisis, a raíz de mi libro Mileuristas me pidieron que impartiera unas conferencias sobre el trabajo a distancia, la eficiencia o no que suponía, y si, al fin y al cabo, resultaba rentable para el empleador. Si los medios tecnológicos estaban a la altura, por facilidad y por acceso, y si psicológicamente existían beneficios. Mis conclusiones fueron al mismo tiempo positivas y bastante devastadoras: la mentalidad de trabajo de mi país no se adaptaba con la suficiente rapidez a los cambios a los que nos enfrentábamos. La idea de no supervisar constantemente al trabajador ponía muy nerviosos a algunos jefes, y en especial a mandos intermedios cuyo cargo se justificaba con añadir presión al empleado. Costaba creer que las jornadas de trabajo podrían tener una flexibilidad mayor, y, sobre todo, no alargarse innecesariamente. Se dinamitaba gran parte del peloteo, al eliminarse las ocasiones de los cafés, las partidas de golf y las copas o los cotilleos tras el trabajo. Aunque todos estábamos de acuerdo en que se favorecía la conciliación, y que mejoraba la atención a personas mayores, discapacitados o niños, se revelaba una inusitada resistencia, por parte de los varones, sobre todo, a asumir esa responsabilidad.

Fueron unas conclusiones sorprendentes, sí, pero que adelantaban lo que ocurrió: de manera general se mantuvo el marco convencional de trabajo, y fueron las nuevas empresitas, pymes o emprendedores los que, a la fuerza, comenzaron a producir, distribuir y darse a conocer de otras maneras, en las que las redes sociales y las nuevas tecnologías han resultado esenciales. Por lo tanto, cada vez más personas trabajan como lo hacemos la mayoría de los escritores que yo conozco, como sus propios jefes, por lo general, malos jefes, obsesionados por una productividad que no se alcanza, en realidad, nunca, con jornadas inacabables, noches sin dormir, aumentando hasta lo ridículo pequeños problemas y con dificultades para distinguir el tiempo libre del tiempo de trabajo. Qué suerte, ser tu propio jefe es una de esas preguntas que deberían servir de atenuantes en caso de agresión por sillazo en la cabeza. Sin embargo, las ventajas que enumeré antes, si se logra ser sensato, continúan intactas. Y se une otra, un pobre consuelo, en realidad. Los empleados por cuenta propia, los que trabajan en casa, o donde sea, a salto de mata, serán los pioneros de toda una generación que trabajará así.

De hecho, cada vez más empleados por cuenta ajena están descubriendo que deberán adaptarse a una flexibilidad mental, espacial y temporal mucho mayor que la que tenían.

Me gustaría hablar otro día de la productividad como imposición, y de los problemas psicológicos que conlleva, pero creo que ya me he extendido lo suficiente. Ánimo y sensatez, horarios y prioridades, son las cuatros claves para que la manera de trabajar sin horarios, ni supervisión, ni espacio fijo sea sana y provechosa. Y pasión: sin ella, nada, con ella todo merece la pena.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERALa especie de juego de las sillas que muestran las fotografías es real: muchas veces comienzo en un lugar que me parecía agradable y finalizo en cualquier otro, por las corrientes de aire, la mala luz o el ruido. Las fotos fueron tomadas en la Residencia Universitaria de Clermont Ferrand, mientras anotaba algunas ideas para relatos, (que acabé por ser rechazar, todas menos una, que es bastante buena), me estiraba para que mi espalda no acabara hecha un ocho, descansaba un poco, escribía algunas claves para mi nueva web y de vez en cuando me acordaba de mirar a cámara.

El atuendo era muy informal, unos jeans negros de HM, y un top de Zara de gasa bordada que me encanta. Un poco largo para ser un crop top, pero corto para ser un top top como Dios manda. Descalza, que es como estoy casi siempre por casa, y muy contenta, como casi siempre que me siento con ideas y energía. ¿Sois vuestro propio jefe? ¿Os gustaría serlo? ¿No, por favor, gracias? Siempre me resulta interesante saber de los trabajos de los demás. Con el mío ya os vais familiarizando.

Recomendaciones espidianas de marzo

10.2

Desde que soy una niña siento una gran seguridad en las bibliotecas, y un punto de inquietud en las librerías. Han pasado 18 años desde que publiqué mi primera novela, pero las dos emociones perduran: el tiempo se detiene en las bibliotecas, los libros se prestan y perduran, hay más posibilidades de encontrar obras maestras que malos textos. En cambio, las librerías resultan abrumadoras, ofrecen demasiado, muestran todo a la vez, e incitan a comprar pronto, antes de que el libro desaparezca. Funcionan como novios poco convenientes, fascinantes pero volubles.

Algo así me ocurre con la crítica literaria, un terreno necesario, mas cenagoso; pasé de confiar a ciegas en las que aparecían en los suplementos literarios, a decepcionarme cuando aprendí algo más de la vida y del mundillo, a fiarme de las recomendaciones de algunos amigos de gusto afín: y eso he intentado hacer en mi caso. Recomendaciones, absolutamente subjetivas, de libros en los que encuentro algún valor.

Como leo de manera constante, y a una gran velocidad, me permito muchos caprichos que se desvían de lo que un gourmet literario aprobaría: mi dieta es omnívora. Muchos ensayos, novelas y relatos. Algo menos de poesía y teatro. Cómic, novela gráfica. Tesis y trabajos especializados. Géneros híbridos. Algo en digital, no mucho, la verdad. Infantil y juvenil. Libros que sé de antemano que son de bajísima calidad, o que no me gustarán, pero que leo para comprender gustos ajenos y entender mejor a lectores ocasionales. Muchas veces recomiendo a mis alumnos de comunicación libros mediocres, pero que abordan un aspecto determinado de la sociedad o de la psicología de una manera efectiva. Otras veces, sencillamente, me gustan novelas que no ofrecen una gran calidad, pero qué le vamos a hacer, me gustan. En esos casos, no defiendo que sean buenas. La filóloga que hay en mí mueve la cabeza, desesperada, pero se resigna y se va a un rincón a continuar con la lectura de Milton. Otras veces, la filóloga interior gana la batalla y recomiendo textos clásicos y pesados, con los que disfruto de la manera más pedante y esnob, pero que entiendo áridos para muchos lectores.

Espero que puedan ser interesantes para otros lectores, que se difundan (la labor de dar a conocer un libro es agotadora, y muy poco agradecida) y que permitan uno de los grandes placeres de los lectores entusiastas: el compartir los gozos secretos, el sentirse, en definitiva, menos solo en el mundo. Nunca he pretendido que esto fuera un blog literario. Me propongo recopilar una vez al mes los libros que he recomendado en una red social u otra; en algunas ocasiones serán más (leo entre veinte y treinta libros al mes) y otras menos, por que habré tenido menos suerte y no me parecerán tan especiales. Que disfrutéis.

Comienzo con El punto de vista, de Henry James, de Páginas de Espuma. Como esta editorial solo publica relatos, salvo excepciones muy puntuales, ya sabemos que nos enfrentamos a narrativa breve, que en el caso de James, no es ni mucho menos obra de segunda fila. Es adecuada para quien no se atreve con una de sus grandes novelas clásicas o quien ha leído sus imprescindibles Otra vuelta de tuerca, Daisy Miller, Las bostonianas, Las alas de la paloma.. Un librito de una belleza breve y duradera.IMG_3579

En la misma editorial resulta imprescindible conocer a Ana María Shua, una de las mejores cuentistas en lengua castellana, creativa, brillante y original. Yo leí su libro Contra el tiempo en una tarde de primavera lluviosa, aunque sus cuentos son perfectos para casi cualquier condición atmosférica. Rompen lo cotidiano y nos obligan a saltar a otros mundos y otras vidas.

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Una recomendación general; las obras de Julio Verne, visionario, amenísimo, una de esas mentes que no solo discurrían sino que han servido de inspiración a toda una civilización. Incluso aunque consideremos que va poco más allá de literatura juvenil (no es mi opinión), la desbordante imaginación, la ruptura de límites y el ritmo que acompañaba sus páginas merece que releamos algunas de las obras que Verne que, sin duda, hemos leído ya. La isla del tesoro que sostengo en mi mano ha sido publicada por Mondadori.

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Olvidad lo que habéis leído de literatura erótica: os guste u os aburra, esta novela, La pasión de Mademoiselle S., Anónimo,  supone un giro inesperado. En realidad, es la correspondencia de la enigmática Simone, que su amante conservó y (dicen) fue encontrada en un desván. Yo debo limpiar los desvanes equivocados… A lo que vamos, estas confesiones apasionadas de una parisina de los años 20 resultan muy modernas, muy osadas: incluso demasiado, en ocasiones. Componen una relación llena de deseo y de dolor, estupendamente bien escrita y descrita. Una pieza única publicada por Seix Barral.

13.2

Color, color y más color en las ilustraciones que ha esbozado el propio escritor de este libro, un joven autor polifacético, J.M Algar, que ha publicado Ediciones Hidroavión Todxs nosotrxs es su primer poemario, y lleva en sus páginas un cierto poso de desencanto y de dolor, incluso en sus poemas más irónicos, para de nuevo regresar a la vitalidad y la energía. Para lectores aficionados a las montañas rosas rusas risas emocionales.

1.3

Para una entusiasta del tema como yo, el que aparezca La historia de los fantasmas supone un pequeño sobresalto. ¿Estará R. Clarke a la altura de lo esperado? ¿Aprenderé algo? ¿Será ameno? Yo me rendí a él a las tres páginas, cuando comenzó a hablar de su fantasma particular. Una delicia. Lo ha publicado Siruela. Diré que además, lo releí a los pocos días. Una delicia. El vestido de encaje podéis verlo aquí.

27.2

Y por último, en marzo se cumplieron los 501 años del nacimiento de una mujer extraordinaria, una gran escritora, una mística reconocida por todas las religiones y una de las Doctoras de la Iglesia Católica. Teresa de Ávila, Teresa de Jesús, Santa Teresa. Una presencia que me ha acompañado durante un año entero, y que me ha ofrecido este libro Para vos nací (Ariel), como legado. Quería compartirlo con todos, porque para mí ha sido decisiva.

28.2

¡Hasta el mes que viene! Leed mucho; es un atajo a la felicidad.

Clermont-Ferrand. Agua y fuego.

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Los lectores de Astérix recordarán esa viñeta en la que el humillado jefe de los galos, Vercingétorix, arroja sus armas a los pies de Julio César, vencido. Para aplastárselos sin piedad, según sus dibujantes.  Pues bien, este muchacho, hijo de muy buena familia gala, de las de toda la vida, había nacido en Auvernia, en el corazón de Francia, en el entorno de lo que ahora es la ciudad de Clermont Ferrand.

Yo no conocía esta zona, aunque he recorrido el país de norte a sur y de este a oeste en conferencias, congresos, presentaciones, vacaciones y reportajes. Por cierto, uno de los más interesantes fue el que escribí para Yo Dona http://www.elmundo.es/yodona.html sobre cómo la gripe aviar afectaría a la producción de foie de Aquitania y Midi-Pyrénées; un producto en el que se basaba toda la economía de la región, y que en aquellos momentos peligraba, porque todos íbamos a morir por la gripe aviar. Luego todos íbamos a morir por la gripe A. Luego, por el ébola, y ahora, a lo que parece, cada cual tendrá que arreglárselas para agenciarse su propia muerte. Así son los recortes.

De alguna manera, me las había arreglado para saltarme el centro francés, hasta que me pidieron de la Universidad de Auvernia http://www.u-clermont1.fr/ que impartiera una conferencia con el optimista título de “Cuándo la comida se convierte en angustia y cuándo en placer”. La Universidad se encuentra siempre entre los primeros puestos de calidad docente en Francia, y en esta ocasión organizaba un congreso sobre “Literatura y cocinas” en la que se dio de todo: cocineros, escritores, periodistas, talleres, clases en escuelas de hostelería… ese tipo de mezcla sin complejos de oficios, técnicas, cultura y vida práctica que a me encandila.

El maridaje de literatura y gastronomía es cosas seria en Auvernia. En un país de quesos, los de la zona goza de gran fama: 5 de ellos cuentan con denominación de origen protegida. Los embutidos salados, la diminuta lenteja verde de Le-Puy-en-Velay (exquisita en hamburguesas) merecen la pena. Hay buenos vinos, también.

Dicha que fue mi conferencia, en la que intenté incidir sobre todo en la parte del placer, no me quedaba demasiado tiempo para disfrutar de esa zona inédita; para otra ocasion quedarán los volcanes, y los bosques, y el magnífico gótico de la región. La ciudad es pequeña y con un encanto provinciano muy particular.

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Hay personas que habrán comenzado a bostezar antes de que haya finalizado la palabra Gótico. Y sin embargo, qué enorme belleza tienen esos edificios y sus esculturas, incluso para quienes no sepan una palabra de historia del arte, o haya tenido una mala experiencia con ella, un profesor aburrido, una asignatura obligada. El gótico de Clermont rebosa de figuras esbeltas y espectaculares, expresivas y cantarinas. El pórtico de la catedral de Nuestra Señora de la Asunción puede leerse casi como un cómic, las vidrieras derraman una luz colorida que narra el Génesis, el Apocalipsis. Como los modernos graffitis, el gótico contaba en las paredes lo que el pueblo ya sabía: pero a diferencia del street art, era la versión oficial, aquella alfabetización que se suponía que cualquiera debía adquirir.

Aquí, por ejemplo, se celebró el Concilio en el que Urbano II (una presencia recurrente en la ciudad) declaró la guerra a los infieles: es decir, puso en marcha la Primera Cruzada. Era un orador apasionado y convincente con un gran amor por los logos: él decretó que los cruzados llevaran una cruz roja sobre el hombro en sus vestiduras, iniciando una moda que caló hondo.

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La piedra porosa y negra de muchos de los edificios de la ciudad (no olvidemos que es una zona volcánica) parece, en un principio, manchada por la contaminación: cuesta acostumbrarse a su precioso color, que le da una gestualidad distinta a las esculturas, a sus pómulos y ojos. Durante una época se construyó en esa traquiandesita oscura. Después se empleó piedras más claras, como la que adorna la preciosa fachada de la Ópera, que ofrece además una programación bastante interesante.

Clermont-Ferrand, la cuna del genial y brillante Blaise Pascal, ofrece también la cercanía de Vichy, la de las mil fuentes de agua, tanto potable como termal. Hay más de cien tipos de agua mineral registrados. Entrelazados, el agua y el fuego, la lava y los minerales le dan a la región un carácter único. No es extraño que Vercingétorix la defendiera hasta el final.

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Últimamente se da la circunstancia de que llueve en casi todos los viajes que realizo. Como consecuencia, mi cabello recupera sus rizos. En Clermont- Ferrand hacía frío, y a riesgo de asemejarme al muñeco de Michelin, cuya factoría se alza en la ciudad, me puse mi plumífero preferido, de Zara,  ligero y cálido. Botines de ante protegidos y cómodos, de Unisa, y un vestido estampado que compré en París, en una boutique sin nombre del distrito 6. El empedrado puede resultar duro para los pies, y más aún para los tacones, pero es una ciudad que hay que recorrer así, para luego tomar un café en la plaza de la catedral,  y detenerse a soñar con el pasado.

Nuevas voces, nuevas historias

 

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. No tanto de nuevas historias para narrar, porque esas llegan solas, o aparecen de vez en cuando entre los recuerdos y las experiencias pasadas, sino de quienes se expresan de manera diferente. El libro es para mí como un viejo amante, cuyas limitaciones conozco y acepto, a quien siempre puedo regresar. Pero las otras maneras de contar lo que deseo transmitir… ah, se han convertido en una pasión siempre renovada. , y siempre me siento dispuesta a ellas.

Durante años me obsesionó el encontrar nuevos formatos para transmitir mis historias: el audio, los textiles, la publicidad, los envoltorios (el packaging ofrece tantos espacios vacíos…), y, por supuesto, el escenario. El encuentro entre imagen, sonido y palabras

Publiqué un libro, los relatos de “Cuentos malvados” en farolas. He escrito cuentos sobre zapatos, y se han fabricado zapatos que he descrito en mis cuentos. Escondí textos en camisetas. Me he inspirado en perfumes, en la textura sedosa de los cosméticos, en colecciones de moda, en flores y jardines, en lámparas de cristal. Conté de nuevo historias como la del Cid o la de Hamlet a niños, y he trabajado con arte urbano.

Ahora, con la impetuosidad de la primera juventud ya apaciguada, y con algunos caminos ya explorados, aún me emociona el encontrarme con quien busca senderos nuevos.

Durante los días que pasé en Valencia, hace poco, lució un sol espléndido, y pude ponerme unos shorts de ante, con mi cazadora de cuero, una pulsera de Braccialini  y una camiseta de Cotocult.  Ya me visteis con ropa de Cotocult, en este caso una sudadera, aquí.

Los creadores de esta joven marca se definen a través de Shirt and Words. Dicen que Cotocult quiere contar una historia y un viaje con un personaje tras cada camiseta. Y la camiseta negra que luzco se titula Escribo parís, de la colección Quién nos escribirá mañana. La ilustración muestra una postal que podría ser enviada a cualquiera: pero si indagais en la web, el texto que está detrás declara esto:

Escribo parís en minúscula desde que sé que te dan rabia las faltas de ortografía. He aprendido a escribir vaso con b y beso con v y si me preguntas por qué lo hago te respondo que es una tontería porque me encantan los hoyuelos que te salen en las mejillas cuando te entra una rabieta. (…) Bicicleta y Cama van con mayúsculas si se refieren a tu Cama y a mi Bicicleta. La Camiseta de autor escribo paris negra declara la guerra a quien no se atreve a decir de otra manera lo que siente. Como el niño que le tira de las trenzas a la niña más guapa del colegio.

Les deseo toda la suerte del mundo. Creo que continuarán contando muchas más hermosas historias.

Y, también en Valencia, de una manera muy distinta, hay una joven artista que, por un momento fugaz, convierte lo cotidiano en algo inesperado. Su material es el café, los siropes y la espuma. Se llama Bea, y se encuentra en el Café dels Somnis,  en Avda del Puerto 152. Había tenido ya la amabilidad de retratarme en un café, a mí y a mis gatitas, pero cuando fui a visitarla repitió a Lady Macbeth con una habilidad casi fotográfica. Transformó un café en una experiencia, una pausa en un recuerdo. Las historias, se supone, son una lucha contra el tiempo, pero resulta extraordinario que algunas de ellas, que no perduran, nos obliguen a centrarnos en el momento con un resultado casi idéntico: una vida más intensa y con mayor sentido.

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. Y nunca sé dónde encontraré la siguiente historia.