Reinas y leche de burra

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   He hablado mucho de cómo la  moda ha sido descrita en literatura, sobre todo en las novelas, que, con su florecimiento en una época burguesa como fue el siglo XIX, prestaba atención a cada detalle con una precisión y una descripción fotográfica; y hacía tiempo que deseaba dedicarle un poco de atención a la cosmética y la manera en la que autores distintos la han abordado.

   Quizás se deba a que yo soñaba con maquillaje y cosméticos, como todas las niñas, cuando no tenía aún edad como para usarlos: pero lo hacía con antimonio para los ojos,  polvo de oro para brindar reflejos al cabello y mascarillas de cera y fresas: los culpables de que no me conformara con un brillo labial de vainilla, como mis compañeras del colegio, eran Sinkiewicz, que en “Quo Vadis?” describía los usos de la corte de Nerón, de Flaubert, que  se colaba en el tocador de Salambó con unas frases que aún puedo recitar de memoria, de Terenci Moix, que se acercaba a Cleopatra y a sus trucos de belleza en la queridísima “No digas que fue un sueño”. La manteca que Escarlata O’Hara usaba para quitarse las pecas y preservar su cutis de magnolia del sol o las técnicas de “El perfume” de Süskind formaron parte de mis conocimientos de belleza antes de saber cómo desmaquillarme de la manera adecuada.
Los ingredientes clásicos que han formado parte del tocador se encontraban también en los botiquines y en la cocina. La exfoliación y la despigmentación presentan dificultades mayores, y los peelings brutales con mercurio u otros productos abrasivos han evolucionado; pero en otros hábitos, como la limpieza, la hidratación, la lubricación, calmar una piel quemada o sensible, y nutrirla, si es posible, hemos recuperado productos tradicionales. La magia no existe: la lucha contra el tiempo es una guerra perdida de antemano, pero sí se encuentran los productos magicos.
El que me parece más exótico de ellos (y hay muchos donde elegir: las sales del Mar Muerto, la lavanda que ondula bajo el sol de Grasse, el aceite de oliva virgen, ese regalo de los dioses, el higo chumbo… por cierto, ¿sabíais que el higo chumbo fue una de las muchas importaciones americanas tras los viajes de Colón? Si la respuesta es sí, ya sabíais más que yo, que me enteré hoy mismo. El placer que me produce aprender algo nuevo me consuela de la inmensidad de mi ignorancia) es la leche de burra. ¡Ah, la leche de burra!
Nueve de cada diez personas asociarán la leche de burra a la reina Cleopatra: la décima vivió la postguerra y recordará que la leche de burra se daba a enfermos y tísicos, por sus cualidades nutritivas. Cleopatra, que tenía sangre griega, y por lo tanto, valoraba el conocimiento y la deducción, pero sabía que era preferible vivir como un dios rey en Egipto que como una esposa ateniense en el gineceo, unió una inteligencia excepcional a la certeza de que su belleza era una ventaja más: Moix la describe como una química-bióloga-farmacéutica aficionada, con un laboratorio de pruebas cosméticas a su servicio.

    El descubrimiento de las propiedades de leche de burra,  la avena, la lavanda o la rosa mosqueta, fue, aunque no lo parezca, un enorme avance. Otro día hablaré de las creencias esotéricas de la belleza por ósmosis, y con ello traeremos a colación los espejos, los baños en sangre de virgen (hablé de ello en un Congreso sobre Literatura de Vampiros que organizó el Instituto Andaluz del Libro hace algunos años, y que fue un éxito de lectores, por cierto), o de unicornio.
Mi usuaria de leche de burra preferida fue la emperatriz Popea: muy hermosa y, como Cleopatra, no tan joven cuando conquistó a su segundo marido, se bañaba en ácido láctico. Y, en los desplazamientos fuera de Roma para pasar el verano en la costa, se llevaba consigo un rebaño de 500 burras (cuenta Sinkiewicz), que los curiosos veían pasar en una especie de marcha triunfal, junto con los esclavos que portaban a mano los jarrones más delicados o los instrumentos musicales. Cinco centenares de burras con sus pastores ocupan un espacio para el que la mayoría de los cuartos de baño modernos no están diseñados. (En eso, como en la iluminación para maquillarse, se nota que la mayoría de los interioristas son varones). De manera que me las he ingeniado para encontrarla en una presentación más cómoda en La maison du savon de Marseille.

De hecho, aunque es una tienda especializada en jabón de Marsella, se encuentran productos de leche de burra fresca biológica, en gel de baño, en cremas y por supuesto, jabón, y también otros elaborados con los ingredientes míticos de la belleza: el aloe vera, las sales del Mar Muerto, la miel, el aceite de oliva, o el exquisito aceite de Argán. El jabón se elabora con cualquier base grasa y con sosa, (lo aprendíamos en Química en Secundaria, la saponificación es la hidrólisis alcalina de un éster) pero la clave radica en la calidad de ambos, y en el porcentaje de aceite esencial que se le añada. Eso se percibe en el tacto, en el peso, más que en el aroma, que puede ser químico o inducido. En ocasiones, el mejor jabón no es elegido porque su apariencia no está tan cuidada como en otros: no es el caso de estos jabones con un colorido precioso, pero el buen jabón de Marsella, con más de un 70% de aceite de oliva,  siempre tendrá ese tono parduzco característico, al igual que el jabón negro, que me tiene fascinada, sera un emplasto negro. Desde luego, tenéis más información en su web, que será siempre más detallada y fiable que la que yo ofrezca, pero como me volví loca en la tienda, y salí con una cesta de productos con historias distintas por contar, que os sirva esto de adelanto.
Me llamó la atención la forma de algunos jabones, como grandes semillas de cacao; estaban pensados para las antiguas jaboneras de torno, en las que se insertaba la preciada pieza, para que no se disolviera con en contacto con el agua de las jaboneras horizontales. Podemos comprar la jabonera giratoria, o colgar el jabón de una cuerda. Hay también jabon al corte, y el cubo clásico, de estética retro.

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El vestido que aparece en las fotografías es de Zara, y el esmalte de uñas plateado, de OPI. Por cierto, la leche de burra procede de una granja ubicada en Gers, en el Languedoc francés,  miembro de la Asociación de Productores de Leche de Burra, que avala el cuidado a los animales, y la sostenibilidad con el medio ambiente. Recordad que el burro, el noble burrito, es un animal en peligro de extinción, y que su protección es importante.

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