De romances va la cosa

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¿Y por qué en tu blog, si eres escritora, casi no hablas de literatura? Precisamente, porque es mi blog, y hablo de lo que se me antoja, y va a peor, porque me voy soltando, me voy soltando. Y porque después de tantas horas y tantos años dedicados a la literatura, a veces apetece tratar de cualquier otro tema…

Pero hoy, por listos, toca entrada literaria. Porque es Lunes de Pascua, de Pascua Florida, un día festivo en muchos lugares, de celebraciones familiares, reencuentros de padrinos y ahijados y alegría por la llegada de la primavera y el triunfo sobre la muerte. También día de sufrimiento hepático: el ayuno forzoso de la Cuaresma, que incluía carne y huevos, llegaba a su fin, y los huevos, primorosamente cocidos o conservados en cal durante ese tiempo, se regalaban, se entregaban como pago de impuestos o se devoraban sin tregua.

Pero, a lo que vamos. El Lunes de Pascua marcaba también el momento en que, tras las treguas de los días santos, los caballeros se adentraban en tierras de moros para buscar gresca o ganar renombre. Los romances de cautivas se sitúan en ese día, en el que un mozo aburrido de misas y comidas en familia marcha sobre su caballo a buscarse una chica con la que divertirse, y la va a hallar en las fuentes o los arroyos donde las esclavas se ponían al día con la colada familiar.

Mi preferido es el de Don Bueso, o Don Boiso, que podéis leer aquí,  analizar aquí, o escuchar aquí.

Obviamente, no gozo yo de carácter de protagonista de romance: porque estoy un lunes por la mañana, en un marzo fresquito, lavando a mano en un arroyo la lencería de mi señora, que se me antoja un planazo, y se me acerca un chulito musculado con cota de malla y me dice que me aparte que su caballo tiene que beber, y le falta campo para correr, al corcel y a quien lo traía.

Pero no, comienza el roneo, el cortejo, el jiji jaja en la fuente, y él que si te vienes conmigo, ella que no sé, él que si la va a cubrir de finos paños de seda, morena, y ella ay, y qué hago con la ropa lavada. Que esa es de las típicas frases para quedar bien cuando ya has decidido que te vas con él, porque a ver qué excusa es “¿Y qué hago con la ropa?”. Pero Bueso, que tiene ojo para el traperío, recomienda que se quede con la cara, y que la otra no compensa. Cosa que cualquier estilista aplaudiría.

Vanse, pues, y tras siete leguas de incómodo silencio, la ex lavandera rompe a hablar: que si conozco estas tierras, que si mi hermano era protaurino, que si mi madre venía de muy buena familia… hasta que al chico, al que la pasión se le está bajando por momentos, se le ocurre preguntarle cómo se llama. Lo cual me refuerza en mi idea de que el ternerico con muy buenas intenciones no iba, y que ella tampoco es que tuviera muchas luces.

En resumen: que la chica revélase como la hermana perdida de la familia, que se la llevaron los moros, y mucho no la debieron buscar, porque si la tenían a siete leguas en pleno campo abierto, vamos, a treinta y cuatro kilómetros de distancia, y Bueso la encuentra a la primera que sale de su área de confort, tampoco es que rastrearan la zona a lo CSI. Lo que queda confirmado por la manera en la que la madre recibe, tras años de ausencia, a la recuperada hija. ¿Esta es mi hija? Por Dios, qué descolorida, peínate, que me traes unos pelos, niña… Mamá, que me he pasado siete años en una fuente al aire libre, do caballos beben y con culebras y sin protección solar. Que he estado a dieta detox de berros. Pero la madre, al parecer, ni caso. ¿Y el hermano? ¿Quédase, acaso a la reunión familiar, y a que Rosalía cuente una y otra vez lo mal que lo ha pasado y su trauma? No: antes bien, acuciado por las hormonas, sale de nuevo en la misma dirección, sin duda alentado por el pensamiento de que, si ya ha encontrado a la hermana, con la siguiente cautiva que se tope habrá plan.

Noble e instructivo romance, flor de las letras castellanas, y que dice mucho de la educación sentimental que cristaliza, aún a día de hoy, entre nuestros jóvenes.

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En este soleado lunes de Pascua he optado por un look hiperfemenino; una blusa blanca sencilla, con una preciosa falda de tul negro de Gemma Fradera BCN que le da un aire renovado al clásico blanco y negro. Lo acompaño de las pulseras-cadena de oro blanco de Aristocrazy, los zapatos Viuda de Sacha London (inspirados en mi cuento del mismo nombre) y un bolso ataúd con la Union Jack, porque algo gamberro tenía que meter.

Y con esta breve lección de épica costumbrista, pasada por el filtro menedezpidaliano y definitivamente espidizada os dejo que disfrutéis de este radiante lunes.

Bizcocho de zanahoria al viejo estilo

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Entre las recetas que he rescatado de mi madre, escritas a mano (a varias manos) en un cuaderno de cuadros, se encuentra una de bizcocho de zanahoria; ese bizcocho nos gustaba mucho porque era esponjoso, pero contundente, dulce, sin llegar al empalago, y más sano que otros, por la presencia del azúcar natural de la zanahoria. En su origen no dejaba de ser, en realidad, una receta de pobres, como el bizcocho de remolacha, una manera muy antigua de consolarse cuando no se tenía acceso ni a la miel ni al preciado azúcar.

De manera que casi ni me lo creí cuando comprobé que, en este tsunami hipster que nos arrasa, el carrot cake se había puesto de moda. De todas las maneras y coberturas, el humilde bizcocho se había convertido en tarta, e imperaba en todos los brunches que se tuvieran por tales, con permiso de la red velvet. Y cuando desde el blog Molletes y Hambre y Micerveza me pidieron una receta para incluirme en la galería de #Recelebrities me dije, esta es la mía. Y la mía fue: la receta, (a la original de mi madre yo le añado frutos secos y un poco de naranja), y la excusa para incluirla en el blog, y retomar esa buena y olvidada costumbre.

Al tajo: para un bizcocho de unos 20 cms de diámetro necesitaremos:

– 1 yogur natural (de 125 gr)
-1 vaso de yogur de aceite AOVE

-2 vasos de yogur de azúcar (yo uso moreno)
-3 vasos de yogur de harina.
-3 huevos.
-200grs de zanahorias. Yo las empleo crudas y ralladas.
-Un puñado de nueces picadas.
-La ralladura de media naranja.
-El zumo de media naranja.
-1 cucharada de especias (canela, vainilla, nuez moscada, una pizca de pimienta)
-1 cucharadita de jengibre en polvo, o dos dedos de jengibre fresco rallado. (esto es mío también)
-1 sobre de levadura en polvo.
Mantequilla para untar el molde.

Para la cobertura.

-125 gr de mantequilla.

-250 gr de queso crema tipo Philadelphia.

-60 gr de azúcar glass.

 – Lo primero es ouparnos del horno, que hay que precalentar a 180º durante 10m. Y haber sacado con antelación los ingredientes, que deben estar a temperatura ambiente.
– Se baten en un bol el azúcar y los huevos. Con energía, sin miedo. Si se quiere un bizcocho muy esponjoso, se montan las claras a punto de nieve, y se añade en el mismo punto que la zanahoria. Pero si se bate sin separar tampoco pasa nada, salvo que el bizcocho es un poco más compacto. Luego se añaden el aceite, el zumo, el yogur, y la ralladura de naranja.
– Entonces se añade la harina, y la levadura. Si se tiene paciencia, deberían añadirse tamizados a través de un colador, pero yo casi nunca me acuerdo, lo que tiene como consecuencia el batir mucho más. Ahora, hay que aceptarse como se es, qué remedio. Total, que la cosa es batir y batir con o sin tamiz, y añadir la zanahoria, las nueces (que para entonces han quedado reducidas a la mitad con el picoteo) y las especias (y las claras montadas, si queremos). Como para ese punto ya no se puede batir, se remueve un poco para mezclar los ingredientes y tener la conciencia tranquila.
– Se unta el molde con mantequilla de manera pródiga y generosa. Existen rumores de que también sale bien si se forra el molde con papel de horno, pero yo, personalmente, me aferro a la mantequilla.
– Se lleva el molde (con la masa dentro; lo preciso porque hay gente que lee las recetas de manera muy extraña) al horno, a altura media, a temperatura de 180º, durante 25 minutos. Suele bastar. La prueba de la aguja de punto (que yo hago con un cuchillo, porque no tengo agujas de punto) nunca falla.
– Antes de desmoldar, hay que esperar un cuarto de hora, que casi nunca se cumple, y claro, luego el bizcocho se rompe. Yo he avisado.

– Mientras tanto, se mezcla la mantequilla reblandecida con el azúcar, y se bate bien, para añadirle luego el queso. Y se mete en la nevera ese cuarto de hora de espera, para que gane cuerpo.
– Si se quiere rellenar el bizcocho, es el momento. También de extender la cobertura por encima. Hay genios habilidosos capaces de cortar el bizcocho en tres capas, pero yo no tengo lira, y  prefiero dividirlo por la mitad y que el relleno y la cobertura sean generosas, espesas. Y para finalizar, se decora con lo que se pilla a mano, salvo con chocolate, que, a mi juicio, no le va. Aguanta bien por varios días, pero eso es una teoría no comprobada…

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Además de la cobertura, me sentía yo creativa, y lo adorné con varios ranúnculos y violetas, con unas rodajas de naranja sanguina, y unas tiras de zanahoria. Riquísima. Seguimos sin comprobar si es cierto que se conserva por varios días… Mi suéter es de Cotocult, una marca con una filosofía muy interesante, de la que os hablaré con calma en otro momento. En concreto, llevo esta sudadera.

Por cierto, una curiosidad; en tres ocasiones he iniciado el proyecto de publicar un libro de recetas, y las tres veces se ha suspendido… Qué cosas. Habrá que retar de nuevo al destino. Que disfrutéis del postre.

Tema de la redacción: la primavera

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A mí de niña la primavera me gustaba porque nos mandaban que escribiéramos redacciones sobre ella en aquellos benditos años de la EGB, y me servían como excusa para traer a colación a Botticelli, las ninfas que se transformaban en laurel, las manzanas de la diosa Idunn y el regreso de Proserpina a la superficie de la tierra. Además, introducía siempre una desgarradora nota de dolor porque todos celebraban el inicio de la hermosa estación, pero de la muerte del invierno, ¿quién se acordaba? ¿Eh? ¿Quién recordaba al viejo invierno? De manera que quejas ahora sobre pedantería y dramatismo, no, llegan tarde. Mis compañeras de colegio, esas santas, sí que me sufrían.

Ya crecida, pasé muchos de mis meses de marzo en la Comunidad Valenciana, durante la celebración del Dia de la Dona, que a veces se alargaba hasta Fallas. En muchos de los municipios me encontraba con estudiantes de instituto por la mañana, en un programa de animación a la lectura, en el que les hablaba de la importancia del pensamiento individual, de la importancia del esfuerzo, del acoso, los TCAs, la vocación… y de cómo la lectura sería siempre una amiga silenciosa si lo neccesitaban. Y por la tarde me encontraba con grupos de mujeres, y acabábamos tratando casi los mismo temas que con sus hijas o nietas, pero desde la perspectiva de las adultas y su experiencia.

Para mí ese inicio de la primavera en el Mediterráneo suponía un regalo tras los fríos, una primera promesa de sol. A veces, de pólvora y fiesta, de sedas crujientes y coloridas, y tanto arroz como podía comer. Me sentía muy feliz en algunos de los ratos perdidos, junto al mar, quizás, a veces con la compañía agradabilísima del señor Enrique Pla, que era quien se encargaba de organizar mis recorridos. Luego pasó el tiempo, llegó la crisis y esos programas desaparecieron, junto con muchas otras cosas. Pero este año, de mano de la Universidad Internacional de Valencia, (VIU) coincidió una Master Class en estas fechas. Y así he regresado a la alegría de la luz ensombrecida por las mascletás, los churros y los buñuelos de calabaza, las fallas en las calles cortadas y la belleza de los edificios que se recortan contra el atardecer.

Ahora ya no me piden redacciones sobre la primavera: si lo hicieron continuaría hablando de los azahares que florecen junto a las naranjas granadas, de las diosas de la eterna juventud envueltas en encajes y cubiertas de joyas, de los laureles que reverdecen, y de cómo hemos olvidado al viejo, refunfuñón invierno. Y si hay quejas, llegan tarde: eso es para mí el primer parpadeo de la primavera.

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Para recibir con toda amabilidad a la diosa Primavera, me puse un vestido estampado de peonías amarillas y blancas, pero con un fondo azul marino muy setentero, de Zara. Los escotes delantero y posterior son generosos pero no exagerados, y es posible llevarlo en el día a día. Los zapatos amarillos son de Paco Gil, unas sandalias, en realidad, uno de mis pares favoritos. La regadera de charol, un bolso de Pylones, con su nota de humor y viveza, se prestaba bien al día. No los escucháis, pero mientras paseaba por los jardines del Turia frente al Palau de la Música, donde se sacaron las fotos, sonaban petardos sin interrupción, y el aire olía a fiesta…

Un poco de romanticismo

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Existe un peligro cuando se ama aquello en lo que se trabaja: el que el amor se convierta en algo obsesivo, invada cada una de nuestras células, y nos transforme, en definitiva, que aquello que menos alimenta el amor. En un ser limitado, reducido a una definición, a dos etiquetas.

Después de muchos años en los que mi trabajo se encargaba de organizar mi vida, mi ocio y prácticamente todo mi día, llegó el momento de recuperar terreno. En mi caso, la trampa radicaba en que la literatura es tan inclusiva, permite incorporar tantos temas, que cada una de mis aficiones o de los temas que me atraían acababan incorporados en un libro, un curso o una serie de conferencias. Como muchas personas que se han matado a trabajar durante los años de crisis, en parte porque no quedaba otra, y en parte por el pensamiento mágico de que si nos esforzáramos todo lo posible algo espantoso ocurriría, he tenido que rectificar. Era eso o vivir con un estrés insoportable.

Para quien no está demasiado acostumbrado a dedicarse tiempo, un plan de una tarde puede convertirse en un problema. ¿Qué hacer? ¿Por dónde comenzar? En ocasiones, se viaja a una ciudad con la intención de pasar un par de días y perdemos uno en descansar, o en planificar excursiones imposibles. Aún peor es si nos tenemos que mover en nuestra propia ciudad ¿No nos encontraremos con demasiados turistas? ¿Cómo elegir algo que se salga de lo común?

A mí me ha interesado cómo funciona Pangea desde su principio. Pangea, que se anuncia como la mayor tienda de viajes del mundo, y que presume de que sus especialistas en viajes son, ante todo, viajeros entusiastas, no se resume a una tienda de una modernidad que casi abruma, ni a una web intuitiva y directa: es un concepto basado en las experiencias y en los recuerdos, en el afán de descubrir y de probar situaciones nuevas. Además de viajes internacionales y de planes nacionales, me ofrece el atractivo de planificar tardes, o noches, en distintas ciudades, a un precio muy razonable, y con propuestas que nunca me hubiera planteado.

El primero de los planes que quise probar no se escapaba demasiado de mi zona de confort: Cultura romántica en Madrid. Es decir, una visita al Museo del Romanticismo, uno de mis lugares preferidos de Madrid, pero aún uno de los museos por descubrir para la mayoría, y una cena en La Fragua de Sebín

El Museo del Romanticismo se encuentra en la calle San Mateo número 13, y ofrece la experiencia de recorrer las estancias de un palacete, cuidadosamente conservado con los cuadros, el mobiliario y los útiles de esa época fascinante y de la que tan poco se sabe en España: existió el Romanticismo español, claro, que sí, y de ello dan fe pintores, poetas, escritores, y pintores. Desde el otro trono de Fernando VII (ejem) al retrato que de un Gustavo Adolfo Bécquer agonizante realizó su hermano Valeriano, lo humano y lo divino cabe en esas habitaciones lujosas, coloridas. La pasión con la que los guías hablan de los distintos temas dan fe de que este museo, que se recorre en un hora, aunque yo recomendaría muchas más, enamora y crea adicción. De los caballeros de la época se encontrarán armas y un billar, una estancia separada de la de la dama de la casa y una manera de vida caracterizada por la exageración y la ruptura de límites. De las señoras se conservan joyas espectaculares, algunos vestidos, carnets de baile, cajas con taracea, instrumentos musicales… hay también un espacio dedicado a los niños, otro para documentación, una biblioteca muy bien surtida, y un café con un precioso jardín al aire libre donde se pueden pasar las horas. Cada mes la agenda de actividades varía: conciertos, clases didácticas, presentaciones de libros…

Pueden sacarse fotos sin flash, hay que tener cuidado de no pisar las alfombras (son parte del mobiliario y se cuidan como tal), y existe una consigna a la entrada para depositar bolsos y mochilas, que no se permiten en el interior.

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Tras la visita al Museo llega el momento de descubrir un restaurante cercano, que unifica tradición, modernidad, y muy buen producto: aunque el interior, decorado con antiguas puertas de madera y ladrillo visto, nos recibe acogedor y cálido, el punto fuerte de la Fragua de Sebín  es su terraza, que se abre a una calle tranquila, muy cercana a la Plaza del 2 de Mayo.

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No es cocina para tímidos, ni para timoratos. Desde las croquetas de jamón, a la crema trufada con huevo a baja cocción, los platos son sabrosos y sorprendentes: o bien la textura, o la combinación de sabores, o el giro personal del chef obligan a mantenerse atentos. El pescado, riquísimo, la carne, impecable, pero si algo quiero destacar de la carta es la magnífica tarta de queso de oveja con frutos rojos: untuosa, de gusto sedoso y contundente, se encuentra entre las mejores tartas de queso que he probado nunca. Y he probado algunas.

Queda el resto de la noche para pasear por Malasaña con la pareja o con una persona querida con la que queremos pasar una tarde inolvidable. Los días se alargan, las temperaturas suben… y hay muchas formas de amor que pueden enriquecernos. Todo antes que reducirnos a dos conceptos, a una etiqueta.

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No pude evitar la tentación de estrenar un vestido vintage que guardaban para una ocasión especial: de organza estampada, falda de vuelo y remate de volantes, su sabor a los años 70 lo hacía exótico en una fiesta, o una noche especial, pero absolutamente adecuado para el plan de cultura romántica. Es más, el Museo Romántico se convirtió inmediatamente en mi casa, y yo en un fantasma que me aparecía en los espejos. Con un collar de camafeos, y cierta capacidad de mimetizarme con el espacio que siempre he tenido, ¿quién dice que salí alguna vez de esas habitaciones, o que me he quedado atrapada allí por toda la eternidad?

Te trataré como a una reina

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   El problema al que se enfrenta la belleza se resume siempre en el tiempo: la lucha contra el tiempo, encontrar tiempo para ella. Una de las trampas del cuerpo es que requiere cantidades ingentes de horas: no en vano se habla de culto al cuerpo como si adoráramos una divinidad. De hecho, durante siglos (y aún ahora) la belleza ha consistido en un patrimonio de determinadas clases sociales. La piel nívea y suave, las manos sedosas, las uñas largas delataban que la mujer no sufría de los padecimientos del trabajo, y mucho menos, al aire libre. Cumplir con los requisitos que en la actualidad definen a una mujer bella implican mucho tiempo dedicado al ejercicio, al cuidado del cabello, de la piel, la depilación. Muchos de los criterios que implican ser atractiva tienen que ver con encontrarse alerta, detectar una cana, una arruga, una mínima mancha.

  Pero ese tiempo tan temido ofrece una gran ventaja: si bien no puede detenerse, nos enseña que la frase escuchada mil veces de que la belleza está en el interior esconde una gran verdad. Quizás no a los veinte años, pero pasados los treinta, el estado de ánimo marca tanto la piel como el peor de los hábitos. Además de la constancia en el cuidado y la buena alimentación, de las horas de sueño y la hidratación, la tranquilidad, o al menos, una cierta paz mental, comienza a convertirse en parte del atractivo personal. Las arrugas no pueden frenarse, pero las de una persona risueña y serena serán completamente diferentes a las que crea el estrés y la tristeza, o la cólera constante. La felicidad (que es distinta a la euforia, o la alegría) y la seguridad se traduce en una mirada luminosa, en un halo invisible y permanente.

  Yo ya no recurro a tratamientos que no me ofrezcan una filosofía de base con la que esté de acuerdo, en especial aquellos de cuerpo, que son para los que confío en profesionales, porque la pereza, esa gran enemiga, me vence con frecuencia en los corporales. Sea en un spa, en balnearios, para aliviar el dolor de espalda, o para relajarme, creo que se entabla una intimidad, una comunicación con quien te toca: y prefiero que lo haga con una intención parecida a la que defiendo.

Recomiendo, por ejemplo, el ritual Reina de Egipto de Alqvimia  para quienes piensen de manera parecida a la mía. Si por algo destaca Alqvimia es por una filosofía respetuosa con la psicología de la mujer, y por el uso de la cosmética completamente natural y con productos ecológicos. Su fundador, Idili Lizcano, conocía bien, como buen maestro perfumista, la tradición botánica, y lo arraigada que se encontraba la alquimia y la magia en ella, y algo de esa leyenda continúa en sus productos.

  Había otro elemento de puro capricho, claro, que tenía que ver con las resonancias que en belleza y fascinación despierta Cleopatra; y después de la leche de burra, no me quedaba más remedio que lanzarme a las sales del Mar Muerto, que ya había probado, el incienso y la mirra, que no podía continuar viviendo sin probar.

  El ritual combina la envoltura, que si bien hay a quien no le gusta demasiado, a mí me enloquece, con un masaje con aceites esenciales; el enfoque holístico funciona a la perfección: al finalizar, la piel parece de raso en tacto y aspecto, ha recuperado una tersura inédita, y la relajación es absoluta. Además, ese cambio energético que prometen se produce: yo experimenté una sensación de bienestar, de aumento de autoestima, que no se debía únicamente a un tratamiento agradable. Sean las que sean las fórmulas magistrales que utilizan en Alqvimia, en mi caso se produjo un cambio evidente, interno, que percibí sin necesidad de que nadie me lo dijera. Algo misterioso, un poco mágico.

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Para la visita a la tienda de Alqvimia en Madrid, en Don Ramón de la Cruz 13, escogí un vestido azul de otros diseñadores que transforman a la mujer en reina, The 2nd Skin.Co con un cinturón tornasolado, y unos pendientes de diamantes. En la tienda, que funciona también como Spa, y que es francamente bonita, pueden leerse diversas frases que van más allá de lo meramente físico: Amor es la esencia que da la vida es una de ellas. La belleza, sin ninguna duda, va más allá de la piel.

La otra vuelta al mundo en ochenta días

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En la exposición que Fundación Telefónica, en Madrid, dedicó a Julio Verne y a la influencia que ejerció sobre otros escritores aparecía la fotografía de una mujer joven, con gesto determinado y un llamativo abrigo de viaje a cuadros: era Nellie Bly. ¡Nellie Bly! Durante varios meses estuve dándole vueltas a cómo podía hablar de esta mujer extraordinaria, y casi desconocida para muchos: creo que, dado que luchó por el sufragio femenino y durante toda su vida rompió barreras que limitaban a las mujeres, era adecuado hacerlo con motivo del Día de la Mujer Trabajadora.

Nellie no se llamaba Nellie, sino Elizabeth J. Cochrane. Había nacido en una familia que había adquirido cierta fortuna, pero arruinada, de Pensilvania, en 1864; cuando era una adolescente, una columna misógina en el periódico Pitsburgh Dispatch despertó tal indignación en ella que contestó bajo el nombre Huerfanita solitaria. El director del periódico detectó el nervio que se encontraba en esa chica, y le dio la oportunidad de escribir a tiempo completo, después, eso sí, de cambiarle el nombre, inspirado en una canción de Stephen Foster. Una canción de esclavos, por cierto.

Pero Nellie pronto comenzó a estorbar, y la destinaron a artículos sobre jardinería, cuidados de puericultura e intereses femeninos, temas que no le interesaban en absoluto. Viajó a Nueva York y se infiltró en el manicomio para mujeres de la Isla de Blackwell, donde, tras diez días de pesadilla, salió para escribir un terrible artículo en The New York World. Podéis leer esa obra, Diez días en un manicomio, en Ediciones Buck. Y si os interesa ese espantoso manicomio, Vanessa Monfort le dedica la novela La Leyenda de la isla sin voz.

Nellie engañó a los médicos: su diagnóstico fue el de demencia, y como a una interna la trataron. Ni siquiera sabía cómo podría salir una vez dentro de aquella isla-cárcel. Su testimonio permitió una reforma más que necesaria en el cuidado sanitario.

Pero tras ese reto de encierro y locura, saltó al extremo contrario: el libro La vuelta al mundo en 80 días, publicado una década antes, había reflejado la fiebre por los viajes y la tecnología que agitaba la sociedad, y además, había fijado un límite máximo. Nellie no creía demasiado en los límites. 72 días más tarde había completado la vuelta al mundo, y había conocido a Julio Verne en persona.

En los años en los que una mujer no viajaba sola jamás, por razones como las apariencias, la moral, la dependencia económica o la necesidad de una doncella para ayudarla a vestirse o acarrear su equipaje, Nellie lo hizo. Joven y hermosa, camaleónica y adaptable, sorprendió a todos cuando, ya con 31 años, se casó con un millonario mucho mayor que ella. ¿Era eso propio de una sufragista declarada, o de una interesada? ¿Había amor y fascinación, o simple interés? Una periodista tan brillante, que tanto se había esforzado y arriesgado, ¿podría resignarse a abandonar su carrera por el matrimonio?

Nellie enviudó nueve años más tarde, y durante algún tiempo intentó mantener a flote los negocios de su marido: fuera porque no se encontraban en muy buen estado, o por su falta de habilidad, fracasó. Esa nueva bancarrota la encaminó de nuevo al periodismo: se encontraba en Europa cuando estalló la Primera Guerra Mundial, y no dudó en enviar sus crónicas desde allí.

Nellie falleció de neumonía en 1922: solo tenía 57 años, pero sus últimos retratos la muestran como una matrona de cabello gris, con un vestido de grandes incrustaciones de encaje. Sin embargo, parece encontrarse en movimiento, y su mirada es inquisitiva y brillante.

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Cuando entré en la tienda de Blanco  (que ha dejado de ser Suite Blanco, en una decisión sin duda acertada, vista la nueva colección) y me encontré con este vestido de franela a cuadros me vino a la mente la famosa imagen de Nellie antes de su vuelta al mundo. El vestido es bonito por sí mismo, y perfecto para el invierno y para las frioleras en primavera, pero para mí se le añade el valor de convertirme por un momento en una pionera, en una viajera intrépida. No pude resistir la tentación de añadirle unos guantes de mi armario, y un bolso vintage, y, aunque en un futuro lo combinaré de una manera un poco menos llamativa, homenajear a la increíble Nellie. Las fotos, como sin duda reconoceréis, están sacadas en la Plaza de Colón de Madrid, en el Monumento al Descubrimiento de América.

Las paredes hablan

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Crecí en el País Vasco durante los años 80. A mis lectores más jóvenes les resulta difícil entender qué significa esa frase. Tras la relectura edulcorada e irreal de esa década en la que nos hemos empeñado últimamente, y con los cambios que ha atravesado mi tierra, tengo la sensación de que hemos olvidado la dureza de la crisis de los 80, una reconversión industrial feroz, la droga que arrasó una generación, y el horror constante de la violencia: los atentados, los asesinatos terroristas, el silencio y la lluvia constante sobre una ría contaminada, flanqueada por tinglados portuarios ya inútiles.

Bilbao, y el pueblo en el que yo viví, Llodio, no carecían de belleza: se encontraba allí, agazapada, a la espera de que alguien la viera. Literalmente, no había futuro: no solo el laboral, muy limitado. Faltaba la ilusión básica por el mañana, la fe en que las cosas podían ser diferentes. Los esfuerzos de muchos dieron su resultado: el símbolo de ese cambio fue un museo en la ría, antes industrial. Las paredes, que aparecían pintadas con dianas y nombres, demostraron que podían hablar, incluso gritar, de otra manera. Bilbao se transformó a través de su arquitectura, de un modelo de crecimiento basado en la gestión cultural. No podré nunca olvidar aquello porque lo viví y me reconstruí (mi manera de ver la vida, de creer en las posibilidades de la cultura, la confianza en mí misma) al mismo tiempo que la ciudad.

En los últimos años he estado involucrada en algunos de los procesos de recuperación urbana a través de la cultura: como testigo, o jurado en comités, he visto como colectivos ciudadanos o inversión pública han hecho que ciudades como Puerto del Rosario (Fuerteventura), Vitoria, A Coruña, Córdoba, Teruel, Cartagena, el barrio Oeste de Salamanca, entre muchas otras, se transformaran. Arte urbano, murales, intervenciones, jardines callejeros, crochet, reutilización de espacios o de solares, o de patrimonio que se estaba perdiendo por ignorancia o desinterés han logrado que, incluso en años de crisis, se avance extraordinariamente. Y creo que, como escritora, no puedo mantenerme al margen de las historias que cuenta la calle, que gritan las paredes.

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Para el paseo por las zonas perdidas e industriales de Manchester, que se encuentra sumergida también en una reconstrucción interesante, escogí un vestido de punto y bajo irregular de Zara, y unos pendientes ear cuff también de Zara. El anillo de serpiente, símbolo de renovación, es de Aristocrazy. Los zapatos de ante negro llevan el sello de Unisa, la manicura se la debo a OPI, y el maquillaje, a Chanel. Oro y antracita. ¿Qué cuentan vuestras ciudades?

 

Reinas y leche de burra

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   He hablado mucho de cómo la  moda ha sido descrita en literatura, sobre todo en las novelas, que, con su florecimiento en una época burguesa como fue el siglo XIX, prestaba atención a cada detalle con una precisión y una descripción fotográfica; y hacía tiempo que deseaba dedicarle un poco de atención a la cosmética y la manera en la que autores distintos la han abordado.

   Quizás se deba a que yo soñaba con maquillaje y cosméticos, como todas las niñas, cuando no tenía aún edad como para usarlos: pero lo hacía con antimonio para los ojos,  polvo de oro para brindar reflejos al cabello y mascarillas de cera y fresas: los culpables de que no me conformara con un brillo labial de vainilla, como mis compañeras del colegio, eran Sinkiewicz, que en “Quo Vadis?” describía los usos de la corte de Nerón, de Flaubert, que  se colaba en el tocador de Salambó con unas frases que aún puedo recitar de memoria, de Terenci Moix, que se acercaba a Cleopatra y a sus trucos de belleza en la queridísima “No digas que fue un sueño”. La manteca que Escarlata O’Hara usaba para quitarse las pecas y preservar su cutis de magnolia del sol o las técnicas de “El perfume” de Süskind formaron parte de mis conocimientos de belleza antes de saber cómo desmaquillarme de la manera adecuada.
Los ingredientes clásicos que han formado parte del tocador se encontraban también en los botiquines y en la cocina. La exfoliación y la despigmentación presentan dificultades mayores, y los peelings brutales con mercurio u otros productos abrasivos han evolucionado; pero en otros hábitos, como la limpieza, la hidratación, la lubricación, calmar una piel quemada o sensible, y nutrirla, si es posible, hemos recuperado productos tradicionales. La magia no existe: la lucha contra el tiempo es una guerra perdida de antemano, pero sí se encuentran los productos magicos.
El que me parece más exótico de ellos (y hay muchos donde elegir: las sales del Mar Muerto, la lavanda que ondula bajo el sol de Grasse, el aceite de oliva virgen, ese regalo de los dioses, el higo chumbo… por cierto, ¿sabíais que el higo chumbo fue una de las muchas importaciones americanas tras los viajes de Colón? Si la respuesta es sí, ya sabíais más que yo, que me enteré hoy mismo. El placer que me produce aprender algo nuevo me consuela de la inmensidad de mi ignorancia) es la leche de burra. ¡Ah, la leche de burra!
Nueve de cada diez personas asociarán la leche de burra a la reina Cleopatra: la décima vivió la postguerra y recordará que la leche de burra se daba a enfermos y tísicos, por sus cualidades nutritivas. Cleopatra, que tenía sangre griega, y por lo tanto, valoraba el conocimiento y la deducción, pero sabía que era preferible vivir como un dios rey en Egipto que como una esposa ateniense en el gineceo, unió una inteligencia excepcional a la certeza de que su belleza era una ventaja más: Moix la describe como una química-bióloga-farmacéutica aficionada, con un laboratorio de pruebas cosméticas a su servicio.

    El descubrimiento de las propiedades de leche de burra,  la avena, la lavanda o la rosa mosqueta, fue, aunque no lo parezca, un enorme avance. Otro día hablaré de las creencias esotéricas de la belleza por ósmosis, y con ello traeremos a colación los espejos, los baños en sangre de virgen (hablé de ello en un Congreso sobre Literatura de Vampiros que organizó el Instituto Andaluz del Libro hace algunos años, y que fue un éxito de lectores, por cierto), o de unicornio.
Mi usuaria de leche de burra preferida fue la emperatriz Popea: muy hermosa y, como Cleopatra, no tan joven cuando conquistó a su segundo marido, se bañaba en ácido láctico. Y, en los desplazamientos fuera de Roma para pasar el verano en la costa, se llevaba consigo un rebaño de 500 burras (cuenta Sinkiewicz), que los curiosos veían pasar en una especie de marcha triunfal, junto con los esclavos que portaban a mano los jarrones más delicados o los instrumentos musicales. Cinco centenares de burras con sus pastores ocupan un espacio para el que la mayoría de los cuartos de baño modernos no están diseñados. (En eso, como en la iluminación para maquillarse, se nota que la mayoría de los interioristas son varones). De manera que me las he ingeniado para encontrarla en una presentación más cómoda en La maison du savon de Marseille.

De hecho, aunque es una tienda especializada en jabón de Marsella, se encuentran productos de leche de burra fresca biológica, en gel de baño, en cremas y por supuesto, jabón, y también otros elaborados con los ingredientes míticos de la belleza: el aloe vera, las sales del Mar Muerto, la miel, el aceite de oliva, o el exquisito aceite de Argán. El jabón se elabora con cualquier base grasa y con sosa, (lo aprendíamos en Química en Secundaria, la saponificación es la hidrólisis alcalina de un éster) pero la clave radica en la calidad de ambos, y en el porcentaje de aceite esencial que se le añada. Eso se percibe en el tacto, en el peso, más que en el aroma, que puede ser químico o inducido. En ocasiones, el mejor jabón no es elegido porque su apariencia no está tan cuidada como en otros: no es el caso de estos jabones con un colorido precioso, pero el buen jabón de Marsella, con más de un 70% de aceite de oliva,  siempre tendrá ese tono parduzco característico, al igual que el jabón negro, que me tiene fascinada, sera un emplasto negro. Desde luego, tenéis más información en su web, que será siempre más detallada y fiable que la que yo ofrezca, pero como me volví loca en la tienda, y salí con una cesta de productos con historias distintas por contar, que os sirva esto de adelanto.
Me llamó la atención la forma de algunos jabones, como grandes semillas de cacao; estaban pensados para las antiguas jaboneras de torno, en las que se insertaba la preciada pieza, para que no se disolviera con en contacto con el agua de las jaboneras horizontales. Podemos comprar la jabonera giratoria, o colgar el jabón de una cuerda. Hay también jabon al corte, y el cubo clásico, de estética retro.

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El vestido que aparece en las fotografías es de Zara, y el esmalte de uñas plateado, de OPI. Por cierto, la leche de burra procede de una granja ubicada en Gers, en el Languedoc francés,  miembro de la Asociación de Productores de Leche de Burra, que avala el cuidado a los animales, y la sostenibilidad con el medio ambiente. Recordad que el burro, el noble burrito, es un animal en peligro de extinción, y que su protección es importante.