Enredado en tus cabellos

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De los controles sociales que la comunidad ha ejercido sobre el individuo, uno de los más interesantes ha sido el que ha mantenido sobre su apariencia. Nada ha escapado a él: bien a través de los cánones de belleza, de las leyes o el tabú, la sociedad se ha encargado de uniformar a cada uno de sus miembros por clase, sangre, sexo, poder económico o edad. El atuendo, el maquillaje, y desde luego, el cabello, nunca han gozado de libertad. Incluso en nuestros días, el pelo es una de las maneras de comunicación no verbal más estrictas y veraces admitidas en público. Literalmente, tu modo de ser se encuentra enredado en tu pelo.
Es posible que tengamos en mente el corte de pelo de las novicias en su toma de hábitos, o los moños que indicaban que una muchacha entraba en edad de merecer, las mantillas para ocultar el cabello en la iglesia, o las normas, más estrictas, de mostrar el cabello femenino en otros países. Desde las pelucas de las judías ortodoxas a las que portaban las egipcias, desde el tinte corrosivo del Renacimiento a la provocación de los melenudos Beatles, del empolvado obligatorio del s XVIII a los skin heads, cada movimiento, cada edad se ha manifestado a través del cabello. Pero ¿de verdad pertenece al pasado? ¿Qué ha vivido, y vive, mi generación, a través de su pelo?
Los bucles del bebé varón, que había que cortar para que no pareciera una nena, y que algunas madres guardaban como recuerdo de su pequeño ángel. El pavor a los piojos en el colegio. El cabello largo, larguísimo, para la Primera Comunión, en la que las niñas fingían ser pequeñas novias; el corte de pelo posterior, justo después del Corpus, por parte de madres hartas de peinar interminables melenas. La primera permanente. Las primeras mechas, o brillos, que marcaban el paso a la edad de la seducción. Los productos el obligatorio rapado del servicio militar. El peinado de la boda, que delata el paso del tiempo tanto o más que el propio vestido. El baño de color, primero por placer, luego para ocultar las primeras canas. Los efluvios telógenos durante el embarazo o la lactancia. El corte de pelo práctico al tener el primer niño. La pérdida de cabello, la tonsura, y el afeitado de los treintañeros. Las valientes que se atreven a mostrar el cabello gris. Las modas, los peinados de las actrices en auge, los anuncios de tónicos por parte de futbolistas con melenas dignas de folklóricas. El trasplante de cabello.
Yo no fui consciente de hasta qué punto mi imagen se fusionaba con la larga melena ondulada de mi juventud hasta que, hace unos años, al cortármela a lo garçon, fui noticia en el programa de Onda Cero Julia en la Onda. El aluvión de emails y de mensajes que recibí me resultó tan extraño como revelador: yo era tanto mi cabello como mi nombre, mi obra, o mi voz. Las interpretaciones de por qué había cortado mi trenza fueron tantas, y tan pintorescas, que las recuerdo como una de las experiencias más surrealistas de mi vida. Mientras mantuve el pelo corto, experimenté todo lo que quise. Descubrí que tenía un pigmento rojizo de base, que convirtió mi intento de convertirme en rubia platino en un amarillo bastante provocador. Supe la diferencia de miradas que reciben las rubias, aunque sean de un amarillo provocador. Perdí la paciencia mientras me crecía, me reconcilié con él, probé productos que ni siquiera sabía que existían, nutrí, cuidé, aprendí que el cabello responde a la alimentación y a las emociones como la piel, o el peso.

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El cabello que ahora me acompaña, y el que creo que muestra el tipo de mujer que soy, es una media melena, de mi color natural, castaño rojizo. No uso tinte, porque no tengo más de media docena de canas, empleo el secador con una mesura casi tacaña, uso protección solar, y procuro nutrirlo con los mejores productos que están a mi alcance. Intento mostrarme cuidadosa con un cabello que siempre ha sido agradecido; no siempre me porté así. Como muchas jóvenes, menosprecié lo que me daba la naturaleza, y le dediqué poca atención. Ahora, como hago con el resto de mi vida, mi cuerpo y mi mente, valoro lo que tengo, me mimo todo lo posible e intento mostrarme coherente con cómo me comporto con ello.

El turbante de Zwei me protegió del frío en Manchester. Los pendientes de esa misma imagen son de Daniel Espinosa.  y el resto de las fotografías están tomadas en Callao, Madrid, en la Librería La Central. El esmalte de uñas de es OPI.

 

 

 

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