Ratón de biblioteca

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    Por mucho que me gusten las librerías, yo soy, sin duda, una autora de biblioteca: esa preferencia, que proviene del hecho de haberme formado en una biblioteca municipal pública, cuyos libros tomé prestados y devoré durante años con un apetito de polilla, se manifiesta en muchas cosas. Por ejemplo, en que yo no hablo nunca del olor a nuevo de los libros, ni los olfateo.  Olisquee usted con fruición un ejemplar medio de biblioteca, y se sentirá colonizado por ácaros de varias generaciones. Miro con desagrado no disimulado a quienes emplean sus salas para estudiar, y nunca pisan la biblioteca para curiosear o leer un libro. Y, sobre todo, frente al agobio y la confusión que me produce entrar en una librería bien provista, en especial en la sección de novedades, donde me siento abrumada por el trabajo, la inadecuación y la ignorancia por no ser, materialmente, capaz de leer tantos títulos y libros recién llegados, en la biblioteca me siento en paz: me transmite la sensación de que se ha decantado ya parte de ese trabajo, que el tiempo sobra, que, de manera generosa y sin agobios me presta lo que he de conocer y ha sido esencial para otras personas más sabias y más serenas que yo.
En mis viajes nacionales y al extranjero visito siempre que puedo alguna biblioteca: desde la Biblioteca Municipal de Calatayud Baltasar Gracián que, necesita espacio para crecer pero que, cuidado con ella, alimenta nada menos que tres clubes de lectura y convoca gracias a sus entusiastas bibliotecarios encuentros regulares de escritores, a la Central de Manchester, muy impresionante en cuanto a su versatilidad. Cada biblioteca debe adaptarse a sus circunstancias: en la actualidad, por suerte, el bibliotecario posee una buena formación específica, cosa que no siempre ocurría en el pasado (y que no impidió que tuviéramos espléndidos profesionales, apasionados por los libros), y está en contacto con otras bibliotecas, archivos. Ha trabajado en Fundaciones, museos o bibliotecas privadas, se adapta y actualiza. Encontramos quienes son más conservadores, quienes apuestan por bibliotecas para bebés, a quienes les revienta el concepto de ludoteca que algunas bibliotecas, en cambio, defienden, porque les ha dado vida; como gremio, hay mucha tela que cortar. Pero lo grave son las ocasiones en las que les toca lidiar con abiertos incompetentes en cuando a la gestión cultural y del libro, en particular, y la lamentable falta de apoyo por parte de los usuarios.
De Manchester tomé notas sobre dos actividades que me dieron mucho que pensar.  Es, desde luego, un edificio magnífico con un fondo espectacular, una sala de lectura bellísima, circular y elegante, donde se evidencia el amor por el conocimiento. Resulta perceptible que no falta el dinero (habría que preguntarle a los bibliotecarios, de todas maneras, por sus quejas), posee una Biblioteca Musical, la Henry Watson, dotada de pianos, espacios para la grabación y audición, y donde algunos músicos ensayaban. Las actividades musicales, avisadas con antelación, son habituales, y se facilita el que tengan lugar en el propio espacio. Un sueño, pero difícilmente extrapolable.
Sin embargo, me llamaron la atención otras características más asequibles: una de ellas, las facilidades de entrada, salida, para la grabación y maniobra que daba la biblioteca. Ni una mirada sospechosa, ni una pregunta, daban fe de la confianza que la biblioteca tenía en sus usuarios y del respeto con el que la gente se comporta. Otra, la inversión en tecnología realizada, evidente en la planta baja, la de acceso más general. Los fondos y archivos de la ciudad son accesibles a cualquiera, se ha realizado una labor de estudio sobre el pasado y la historia de la ciudad que, tanto para niños como para adultos, resulta apasionante. Eso delata, nuevamente, la cantidad de personal, tiempo y recursos que se le ha destinado, y el carácter abierto que se le quiere brindar. La cafetería integrada en esa planta permite, además, tomarse un café o un sandwich en la biblioteca, como una alternativa hostelera. Otra más, la existencia de un espacio para emprendedores y empresas en la última planta fue, quizás, el remate. allí no solo podían ponerse en contacto distintos emprendedores, sino que las empresas podían disponer de un espacio para sus presentaciones o entrevistas. Entiendo que hay muchas bibliotecas que no podrán contemplar, por filosofía, concepto, o esa lamentable falta de espacio que sufren, algo parecido: pero el que un vivero empresarial de esas dimensiones, con un diseño bonito, con proyectos de los que la propia biblioteca puede beneficiarse e inversión de empresas en su mantenimiento, se encontrara allí, atrayendo a un público distinto que daba uso a libros legales, económicos y a salas muertas, me pareció algo digno de ser anotado.
Para mí el mundo de los libros resulta apasionante, pero comprendo que no lo es para la mayoría de la gente: la labor de las bibliotecas resulta imprescindible, pero necesitan de inversión, ayuda, y sobre todo, apoyo. Han sufrido muchísimo durante los años de crisis: muchas bibliotecas de barrio han desaparecido sin que nadie se hiciera eco de ello. Se cree, con vaguedad, que los libros son importantes, que los niños deben leer, pero no se defiende con calor. Dicen que Cleopatra, una mujer de una inteligencia y conocimientos sobresalientes, lloró cuando supo de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, y la consideró una de las grandes desgracias de su reinado. Es fácil culpar a los políticos, pero ¿en qué lugar entre las prioridades de los ciudadanos, incluso los lectores, se encuentra la defensa de las bibliotecas?

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Todas las fotografías están tomadas en la Central Library de Manchester, antes de mi conferencia sobre Teresa de Jesús que tuvo lugar, por cierto, en la sede del actual Instituto Cervantes, en Deansgate, que en el siglo XIX albergó la primera Biblioteca abierta por suscrición popular e inaugurada por Dickens. Lucí un vestido azul marino de Etxart&Panno, confeccionado en neopreno,  y que aparenta ser un dos piezas de crop top y falda lápiz (consejo de The Gallery Room) y, para romper la seriedad de sus líneas clásicas, una tiara de Mibuh. Estamos de enhorabuena las amantes de tocados, coronas, diademas, sombreros y aderezos: siguen sin ser comunes, pero ya no cuchichean en voz baja al vernos. Los pájaros y las flores dorados hablaban de libertad, de vuelo, de cielos abiertos. De hecho, fue la estrella de mi look esa noche. Y mirad qué monada de bolsos hacen. Los zapatos, por una vez de tacones medios, porque me tocó trotar bastante por la ciudad, eran unos nude de Unisa. El maquillaje, de Chanel, fue obra mía, pero quedé bastante satisfecha con mis ojos ahumados. El esmalte de uñas es de OPI.
Llovía, por cierto, con empeño digno de mejor causa, y me costó muchísimo salir de aquella biblioteca… Además, ¿Os habéis fijado en la vidriera de la entrada, con la efigie de Shakespeare? Hay un espacio dedicado a Lady Macbeth…

 

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Una mirada a la MBFW16

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Si nos empeñamos, podemos convertir la Semana de la Moda en algo frívolo. Sí, desde luego, en un terreno abonado para la vanidad, la extravagancia y la ostentación. Si lo deseamos, podemos centrarnos únicamente en su fugacidad, en la interpretación superficial que muchos hacen de la ropa; incluso en la mala educación y la estupidez de algunos de los famosos en la primera fila: un personaje popular idiota que se pavonea ante los fotógrafos nos enseña casi tanto como lo hacen las personas reconocidas que despliegan encanto y buen hacer en las mismas circunstancias. Ambos, por razones distintas, son espectáculos dignos de ver. En mis primeros viajes, cuando era muy jovencita y estudiaba canto, aprendí a fuego a distinguir a las personas recomendables por la manera en la que trataban a quienes se encontraban en puestos de servicio; no, como defienden algunos cínicos, porque siempre se puede sacar algo de ellos, sino porque todo trabajo, desde el menos vistoso al más reconocido, merece el máximo respeto, y resulta necesario en nuestra sociedad.
Por lo tanto, solo alguien que desconozca el proceso que conlleva un desfile se atrevería a menospreciarlo; quien se limite a observar el paso de las modelos con las prendas ve muy poco. En las Semanas de la Moda de Madrid, y ya son una decena las que he presenciado, llevo siempre conmigo a alguna persona ajena a este mundo; y siempre, sin excepción, aprenden algo que llevarse al suyo. La coordinación, la capacidad de improvisación, el trabajo de equipo. Un iceberg invisible de maquilladores, estilistas, patrocinadores, compradores, decoradores, estudiantes, camareros, periodistas, representantes, actrices, planchadoras se mueve bajo la superficie evidente. Resulta fascinante comprobarlo, y, cada medio año, observo absorta el resultado.
Esta temporada he acudido a cuatro desfiles de cuatro firmas respetadas e interesantísimas, y muy distintas. Las cuatro me han vestido en ocasiones: a veces he tenido la suerte de que la prueba (el famoso fitting) la supervisara el propio diseñador: y la manera en la que colocan las prendas, ajustan el cinturón, o se detienen un momento en el tejido cuentan más de la pasión y del respeto por su profesión que la que he encontrado en muchos romances.

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Ailanto se ha convertido en sinónimo de estampados florales y geométricos, que los gemelos Muñoz trabajan e innovan de manera exquisita. Hay algo siempre de etéreo y espiritual en sus colecciones, temporada tras temporada, una cualidad misteriosa y evanescente que se repite, un secreto que esa mujer guarda incluso cuando muestra la espalda o las piernas. Esa característica se transmite a su ropa: vestirse con ella conlleva transformarse en algo ligeramente distinto a carne y hueso, como si la hiedra creciera a través de los dedos y nos revistiera de una seguridad líquida.

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En cambio, los volúmenes de Amaya Arzuaga apelan a otro tipo de seguridad: la única diseñadora de los cuatro desfiles que he presenciado, su propuesta rezuma fuerza, una paleta de colores lisos y contundente que se deslizan hacia el naranja rojizo, o el verde petróleo, pese a que el negro sea, como siempre, su apuesta. Quien lleva Amaya Arzuaga se reviste simbólicamente de fuerza: cuando me visto de ella crezco ópticamente, me siento a gusto bajo prendas que no necesariamente obedecen a la sensualidad convencional. Yo sé lo que soy bajo los puntos gruesos, o las faldas envolventes.

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Acudí al desfile de Ion Fiz en solitario, y por eso no incluyo fotografía en el kissing room con él: sin duda la hay, pero no en mi móvil. Ion ha demostrado ser increíblemente versátil; posee una capacidad creativa camaleónica, y admiro la manera en la que se ha adentrado siempre en terrenos distintos. Como alguien que considera la palabra una vía para comunicarse en formatos diferentes, he aprendido mucho de él. Su colección incluía siete vestidos de novia suavemente dorados, y una interpretación elegante y refinada de la feminidad clásica: pese a su nombre, Severine, basada en Catherine Deneuve, era más dulce y menos oscura que la convulsa protagonista de Belle de Jour.

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La francesa también aparecía como referencia de The 2nd Skin.Co, pero en su aspecto de actriz icónica, junto a otras bellezas de los 70. La seda, declinada en varios tejidos, resultaba casi perturbadora en algunos de sus vestidos flotantes, amarillos, o azules, o blancos: una colección que, a mi entender, comprendemos bien las mujeres que no somos ya tan jóvenes y que hemos descubierto que el erotismo radica más en la promesa que en el cumplimiento, en el gesto que en lo visto. Antonio y Juan Carlos me pidieron unas palabras sobre la colección Soul para la nota de prensa, y elegí hablar, precisamente, de la piel y el alma, lo visible y lo intuido.

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Falta aún tiempo para que encontremos qué será aceptado y qué no de estas cuatro propuestas. Para mí supone una oportunidad más de presenciar, desde un lugar privilegiado, la mirada estos creadores que admiro, y que traducen en prendas preguntas y propuestas que yo formulo de otra manera, a través de historias o de frases. Cada cual habrá captado lo que desee en estos días, o no habrá percibido nada en absoluto más allá de lo que ya miraba. Al fin y al cabo, de eso se trata, de mirar, más que de ser vistos.

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Enredado en tus cabellos

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De los controles sociales que la comunidad ha ejercido sobre el individuo, uno de los más interesantes ha sido el que ha mantenido sobre su apariencia. Nada ha escapado a él: bien a través de los cánones de belleza, de las leyes o el tabú, la sociedad se ha encargado de uniformar a cada uno de sus miembros por clase, sangre, sexo, poder económico o edad. El atuendo, el maquillaje, y desde luego, el cabello, nunca han gozado de libertad. Incluso en nuestros días, el pelo es una de las maneras de comunicación no verbal más estrictas y veraces admitidas en público. Literalmente, tu modo de ser se encuentra enredado en tu pelo.
Es posible que tengamos en mente el corte de pelo de las novicias en su toma de hábitos, o los moños que indicaban que una muchacha entraba en edad de merecer, las mantillas para ocultar el cabello en la iglesia, o las normas, más estrictas, de mostrar el cabello femenino en otros países. Desde las pelucas de las judías ortodoxas a las que portaban las egipcias, desde el tinte corrosivo del Renacimiento a la provocación de los melenudos Beatles, del empolvado obligatorio del s XVIII a los skin heads, cada movimiento, cada edad se ha manifestado a través del cabello. Pero ¿de verdad pertenece al pasado? ¿Qué ha vivido, y vive, mi generación, a través de su pelo?
Los bucles del bebé varón, que había que cortar para que no pareciera una nena, y que algunas madres guardaban como recuerdo de su pequeño ángel. El pavor a los piojos en el colegio. El cabello largo, larguísimo, para la Primera Comunión, en la que las niñas fingían ser pequeñas novias; el corte de pelo posterior, justo después del Corpus, por parte de madres hartas de peinar interminables melenas. La primera permanente. Las primeras mechas, o brillos, que marcaban el paso a la edad de la seducción. Los productos el obligatorio rapado del servicio militar. El peinado de la boda, que delata el paso del tiempo tanto o más que el propio vestido. El baño de color, primero por placer, luego para ocultar las primeras canas. Los efluvios telógenos durante el embarazo o la lactancia. El corte de pelo práctico al tener el primer niño. La pérdida de cabello, la tonsura, y el afeitado de los treintañeros. Las valientes que se atreven a mostrar el cabello gris. Las modas, los peinados de las actrices en auge, los anuncios de tónicos por parte de futbolistas con melenas dignas de folklóricas. El trasplante de cabello.
Yo no fui consciente de hasta qué punto mi imagen se fusionaba con la larga melena ondulada de mi juventud hasta que, hace unos años, al cortármela a lo garçon, fui noticia en el programa de Onda Cero Julia en la Onda. El aluvión de emails y de mensajes que recibí me resultó tan extraño como revelador: yo era tanto mi cabello como mi nombre, mi obra, o mi voz. Las interpretaciones de por qué había cortado mi trenza fueron tantas, y tan pintorescas, que las recuerdo como una de las experiencias más surrealistas de mi vida. Mientras mantuve el pelo corto, experimenté todo lo que quise. Descubrí que tenía un pigmento rojizo de base, que convirtió mi intento de convertirme en rubia platino en un amarillo bastante provocador. Supe la diferencia de miradas que reciben las rubias, aunque sean de un amarillo provocador. Perdí la paciencia mientras me crecía, me reconcilié con él, probé productos que ni siquiera sabía que existían, nutrí, cuidé, aprendí que el cabello responde a la alimentación y a las emociones como la piel, o el peso.

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El cabello que ahora me acompaña, y el que creo que muestra el tipo de mujer que soy, es una media melena, de mi color natural, castaño rojizo. No uso tinte, porque no tengo más de media docena de canas, empleo el secador con una mesura casi tacaña, uso protección solar, y procuro nutrirlo con los mejores productos que están a mi alcance. Intento mostrarme cuidadosa con un cabello que siempre ha sido agradecido; no siempre me porté así. Como muchas jóvenes, menosprecié lo que me daba la naturaleza, y le dediqué poca atención. Ahora, como hago con el resto de mi vida, mi cuerpo y mi mente, valoro lo que tengo, me mimo todo lo posible e intento mostrarme coherente con cómo me comporto con ello.

El turbante de Zwei me protegió del frío en Manchester. Los pendientes de esa misma imagen son de Daniel Espinosa.  y el resto de las fotografías están tomadas en Callao, Madrid, en la Librería La Central. El esmalte de uñas de es OPI.

 

 

 

Otra belleza es posible

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Las frases sobre la belleza, muchas de ellas aplicadas a la femenina, abundan casi tanto como las que hablan de amor; casi todas ellas han sobrevivido por más tiempo que las mujeres que las inspiraron. Si bien tenemos la sensación de que el rango de lo que consideramos bello se ha ampliado más que nunca, continuamos percibiendo como hermoso aquello que nos resulta simétrico, armónico, e identificamos con juventud y salud. Solo la educación en otros cánones de belleza y en la historia de la misma nos abre la mirada a otras razas, edades o peculiaridades. Pecas, arrugas, canas, labios gruesos o finos, cicatrices, pigmentaciones, han sido los rasgos reivindicados en los últimos tiempos: a ellos se unen algunos ya integrados en lo racional, aunque no siempre en el imaginario colectivo, como los diversos pesos, la androginia o el color de piel. Otras propuestas más radicales, como la discapacidad o la mutilación se encuentran aún en el camino de la visibilidad y la aceptación: que el rechazo desaparezca para ser considerado un valor puede ser en algunas ocasiones una cuestión de vida o muerte (como ocurre con el albinismo en algunas zonas de África) o de una insatisfacción personal que complique particularmente la existencia.
En mi última visita a la Galería de Arte de Manchester pensaba, precisamente, en lo cercano que nos queda el patrón de belleza de muchos de sus cuadros: su espléndida colección prerrafaelita cuenta con magníficos cuadros con mujeres deslumbrantes. La Perséfone de D. G. Rosetti se impone a las delicadas ninfas y náyades, pero todas ellas presentan una piel blanca, una expresión de indescriptible misterio, quizás, en ocasiones, una tortura interior. Sus grandes ojos, sus miradas perdidas, los cabellos de lluvia nos llevan a una modernidad frente a la que olvidamos que muchas de ellas serían, en la actualidad, consideradas regordetas, enfermizas, y algo descocadas. Porque, al contrario de lo que nos han enseñado, no sólo las mujeres muy delgadas pueden transmitir una impresión lánguida y poco saludable: ni el desnudo completo resulta más insinuante que según qué poses o tejidos.
Las aguadoras de Silver favourites de Alma Taderna se muestran tan atrapadas en su vida como los peces en el estanque. Hay una desesperación que presagia que su tiempo ha acabado en las sirenas de W. Etty, que ven cómo Ulises se escapa. Él no los sabe aún, pero el protagonista de Hyllas and the Nymphs, de J.W. Waterhouse, morirá bajo las aguas, atraído por las miradas ansiosas y manipuladoras de las adolescentes que le rodean. La Ophelia de A. Hughes, uno de mis cuadros preferidos, es, quizás, una de las representaciones más conmovedoras de la jovencita de Shakespeare. No vemos más que a una niña, muy enferma y trastornada, muerta de frío, perdida ya para el mundo. El único cuadro que no representa la belleza femenina, The Chariot Race, de A. Wagner, me lleva, en cambio, a pensar en la fugacidad, la prisa y el estruendo con el que identificamos la pasión y lo atractivo en estos momentos. Hace falta calma y edad para apreciar la serenidad, la calma, y considerarla hermosa.

Me encantaría saber si percibís estas antiguas bellezas como tales, o si os resultan desfasadas, perturbadoras, poco recomendables, desagradables… ¿Es posible otro tipo de belleza?

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   El encaje sirve para enmarcar la piel, en especial si es clara, con un temporal tatuaje de deseo. Este vestido es de Mango. Los zapatos, tricolores y de tacón vertiginoso, fueron diseñados por Paco Gil. Compré los pendientes de flor de lis en El jardín del deseo.  Todas las fotos fueron tomadas en la Art Gallery de Manchester. Todos y cada uno de los cuadros de este precioso museo son un canto a la belleza.

Mujeres con estilo propio

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-No sé que os pasa a las mujeres -se quejaba, hace poco, un conocido escritor, que me amenazó con terribles represalias si mencionaba su nombre-, y por qué últimamente todas vestís igual. Ya era una triste visión el que los hombres se hayan uniformado con el sempiterno traje gris, y una corbata anodina, o con vaqueros aburridos y chaquetas aún más vulgares. Pero ¿Y las mujeres? Incluso las modelos y las actrices sienten miedo a destacar, e imitan los escaparates. Las chicas de moda visten como los escaparates. Lo que ha conseguido esta prensa salvaje y estas críticas a la celulitis, los kilos, y las alfombras rojas es que nadie se arriesgue, a que todas copien a todas, y que la primera y la última sean el mismo producto en serie.
En otros términos, hacía tiempo que me rondaba esa misma idea: con sus matices. Como mujer, sé el poder del control social, y lo dolorosas que son las criticas si se rompe la norma no escrita de mantenerse indistinguible. Sé también que por mi interés y mi educación en colores, formas y tendencias, es probable que encuentre diferencias sustanciales en las prendas que mi amigo consideraría  idénticas. Y, además, conozco el esfuerzo y la energía que conlleva vestirse cada mañana, dejemos de lado el convertirse en un referente creativo. Hay días en que una se viste exclusivamente por no salir desnuda a la calle, y el peso añadido de pensar en cómo nos verán los otros, sencillamente, se espanta con un encogimiento de hombros.
Pero es cierto que ese periodo adolescente en el que las niñas resultan indistinguibles se ha prologado, como la propia adolescencia, hasta la edad adulta. Sea por la disponibilidad de ropa de marcas generalistas, por la copia indiscriminada que se hace de las firmas de referencia, por la globalización de la moda a través de revistas, blogs, o por la publicidad que asalta en calles, teles o redes sociales, el ataque de los clones del que se quejaba el escritor es un hecho.
La normalidad se premia, por lo general, con una indiferencia que se puede confundir con aprobación.  Y, sin embargo, las mujeres más interesantes en raras ocasiones visten de una manera gris. Uno de los iconos más queridos y reconocibles de la femineidad contemporánea, Frida Kalho, nunca copió un referente concreto. Coco Chanel, en el otro extremo, se inspiraba en atuendos masculinos, incluso obreros. Diane Kruger, quizás la actriz con más estilo de la actualidad, presume de no tener estilista. Björk o Lady Gaga, que han hecho de la extravagancia su tarjeta de visita, resultan inconfundibles. Pero Laura Ponte, o Luz Casal, o Natalie Portman, o Inés de La Fressange se mueven en parámetros muy distintos, todos ellos de factura sencilla y limpia, y nadie les negaría un estilo propio. Incluso las mujeres que se dedican a la política han cedido, en los últimos tiempos, a la uniformidad neutra. Atrás quedan María Teresa Fernández de la Vega, Rosa Díez o Carmen Alborch, con las que se puede simpatizar más o menos, pero con una estética personal inconfundible.
Por mi parte, con mis aciertos, y mis errores, que de todo ha habido, puedo calibrar los momentos menos felices o de mayor inseguridad con solo repasar mi vestuario: cuanto más formal o neutra fuera mi manera de vestir, más desdichada he sido, o más perdida me he sentido. Para alguien como yo, con un sentido teatral de la vida, con un notable amor por las prendas o los complementos dramáticos, mi terreno natural es el de chirriar siempre un poco. En ocasiones, es valorado y apreciado. En otras, por supuesto, no gusta en absoluto. No pasa nada. No puedo obligar a nadie a que aprecie el color, los estampados, los contrastes o los volúmenes. Tampoco pretendo acertar siempre: mi interés en la ropa no coincide, necesariamente, con que me favorezca o embellezca.
No suelo inspirarme en mujeres contemporáneas: las referencias pueden provenir de cualquier campo. Hace  unos días, en la Manchester Art Gallery,  en la que contemplaba algunos de los más hermosos cuadros prerrafaelitas, di con el cuadro “The reader”, de A. J. Moore.  y se produjo una conexión instantánea: sabía que a mi regreso a España debía acudir al Premio de Novela Biblioteca Breve. Lo que no tenía nada claro era qué ponerme. Entonces acudió a mi mente un precioso vestido de Dolores Promesas que había visto unos días antes, que mezclaba los colores de  la túnica naranja de la lectora y el fondo de flores; y algunos de mis collares. Y así me dirigí a Barcelona, a felicitar al ganador, Ricardo Menéndez Salmón  y a ver a mis amigos Juan BoleaFernando MaríasEduardo Mendoza y a mi adorada Rosa Montero.

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    Como ya he dicho, el vestido, con su inconfundible estampado, es de Dolores Promesas  y el bolso reversible es de Lodi. Los collares provienen de distintos lugares: adquirí el de malaquita tallada en Madrid, y el de perlas cultivadas, que me temo que me acompañará en mi vejez, en Manila, hace más de diez años. La manicura, en burdeos, naranja y plata, lleva el nombre de Opi  y el maquillaje en esta ocasión es de Bourjois. Por cierto, que la barra de labios Rouge Edition 12h me está dando un resultado fantástico.
Me pregunto quiénes serán esas ocultas fuentes de inspiración que os han influido en vuestro caso…

Star Wars: el día en que salvé el universo

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   Miércoles de Ceniza: el día en que la liturgia católica nos recuerda con una cruz en la frente que polvo somos, y en polvo nos convertiremos, el final del Carnaval en el que hemos podido ser… ¿qué no hemos podido ser?
El disfraz no resulta solo una transgresión en una sociedad que lo limita a unos pocos días al año (entre las primeras medidas que toma una dictadura se encuentra la de controlar la apariencia y uniformar a sus individuos): supone también una declaración de intenciones, un mimetismo temporal con aquello que desearíamos ser. Los niños, en especial, se convierten en aquello de lo que se visten. Por eso resulta tan importante dotarles de modelos interesantes y ricos en los que puedan transformarse por unas horas. Las niñas necesitan algo más que princesas, y los niños, algo más que superhéroes.
Por eso, cuando mi sobrino Nacho me sugirió el disfraz de Rey, la joven heroína de Star Wars El despertar de la fuerza, no lo dudé demasiado. Primero porque, como saben quienes me siguen un poco, me gusta más disfrazarme que un brillo a una urraca (es posible que también me guste más un brillo que a una urraca, pero esa es otra historia). Y segundo, porque son pocas las figuras femeninas que transmiten la fuerza, el valor y la independencia de esta muchacha.
De hecho, frente a los héroes un poco estereotipados de la saga, los personajes femeninos ideados por George Lucas están dotados de una dignidad y una determinación poco comunes en las historias destinadas al consumo masivo: Leia, Amidala o Key toman decisiones por sí mismas, son capaces de sacrificarse sin inmolarse, y mantienen un atractivo que va más allá de su belleza física o de una ropa atrevida. Una niña pobre, una chatarrera indefensa no solo puede aspirar, como nos han enseñado durante siglos, al amor de su príncipe: puede, si lo desea, correr sola, y salvar el universo.

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  El disfraz del malísimo Kylo Ren se compró en Disney Store. El mío, en Amazon. Las botas son de Salvador Bachiller, y el peinado sigue un tutorial.
Ojo a mi postura marcial y mirada decidida, como si el destino me reservara cualquier día una llamada de la Fuerza mientras esté frente al ordenador tecleando y tenga que abandonar novela, artículos y lo que sea para salvar a la galaxia. Ganas le pongo. Habrá quién piense que soy una abusona por enfrentarme a un Kylo Ren más bajito que yo: pero bueno, como dijo unos dicen que Marco Aurelio, y otros que el jugador y entrenador de fútbol Vujadin BoskovNo hay enemigo pequeño.
PD.- Al final Kylo Ren y yo tuvimos que firmar la paz, porque, os lo creáis o no, mi gatita Rusia se metió en mitad de la pelea a mediar. Y así no hay quién pueda.

 

 

El año del mono

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  El Año Nuevo Chino me ha sorprendido en Manchester, donde esa comunidad, bien asentada desde hace décadas, se muestra activa y presente, dentro y fuera de su característico Barrio Chino; estos días la plaza del Ayuntamiento y algunas otras calles centrales se encontraban adornadas con farolillos rojos, que sobrevivían al viento y a la lluvia de febrero como grandes flores bermejas, como manzanas maduras; como podían.
Que se diera de repente otro Año Nuevo hubiera sido la excusa perfecta para revisar los propósitos de ídem: pero no ha pasado más de un mes, y  me encontraba en Manchester, precisamente, cumpliendo uno de ellos: participar en al menos un congreso literario internacional al año. En este caso que fue en Transverberations, Iberian Mysticism in a global context donde ofrecí una lectura de Para vos nací y algunas pinceladas de mi visión sobre Teresa de Jesús.
Pensé entonces que el que los horóscopos, todos, el chino, el occidental, el azteca, se basen en arquetipos, podía ofrecerme un pie para algunas observaciones sobre lo que representa el Mono, el signo del año que comienza. El horóscopo chino se basa en el año lunar, y asigna un bicho a cada uno de esos años, hasta doce. El mono es inteligente, rápido, muy ágil de cuerpo y mente. Curioso y atrevido, impertinente, hasta grosero, a veces. Diera la sensación de que se columpia sobre el abismo, para librarse con una pirueta en el último segundo. Al mono le gustan los grandes retos, el protagonismo y el juego. Se enfada como un niño si no se le presta atención, y le gusta gastar bromas pesadas, aunque no ser objeto de ellas. Miente si hay que hacerlo, y busca salidas ingeniosas con la misma facilidad.
He dedicado algo de mi tiempo a reflexionar acerca de si reconozco en mí esas características, qué lugar o prioridad ocupan en mi vida, y cómo podría desarrollarlas. Para alguien que, como yo, brinda una gran importancia al estudio, a los conocimientos y al aprendizaje formal, existe una tentación a olvidarse o a menospreciar esa picardía, que demuestra otro tipo de inteligencia adaptativa y mucho más práctica. El mono busca divertirse a toda costa, algo de lo que me he olvidado durante largos años. Se adapta, en lugar de moverse dentro de parámetros rígidos, y busca nuevas soluciones para viejos problemas: quizás esa sea la característica que más me gusta de todas las citadas, y, de todas las interiores,  la que he intentado cultivar en mí con más empeño.
Este año intentaré esforzarme en no perder de vista las virtudes simiescas: movimiento (eso incluye el físico… ay de mí), agilidad, nuevas aventuras, retos algo más difíciles. Recursos, ingenio, risas y un poco de picardía. En el lado oscuro, que todos, incluso las majestuosas tigresas del año 74 albergamos, prefiero no fijarme…

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El Año del Mono me encuentra con un vestido vintage del estilo de los años 30, delicadamente estampado con rayas y figuras humanas y animales sobre fondo negro. El vestido parecía cortado para mí, y salvo un tramo de la cremallera, se encontraba en perfecto estado. Los zapatos de ante negro tiene la firma de Marypaz, el collar es de malaquita tallada, llevo unos diminutos pendientes de oro (dos estrellitas), y el maquillaje es de MAC.  El paraguas verde pertenece a mi jefa de prensa y fotógrafa, Nika Jiménez, que, sorda a mis protestas de que para las de Bilbao lo que estaba cayendo no pasaba de chirimiri, me encasquetó el dichoso artefacto. Las fotos están tomadas en la Plaza del Ayuntamiento de Manchester.

 

 

 

 

Con los pies en el suelo

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En mi caso, ha sido una novela: pero la sensación de fin de etapa, de un esfuerzo enorme que, por fin, llega a su término, y que trae con ello tanto alivio como vacío es una experiencia relativamente habitual. Tras un exámen duro, o unas oposiciones preparadas con mucho ahínco. Cuando se espera el resultado de una sentencia, cuando se obtiene un divorcio, o una anulación matrimonial, cuando nos dicen, por fin, que podremos adoptar a ese niño, cuando finalizamos un tratamiento duro, o incluso tras una pérdida dolorosa, llega el momento en el que los pies deben tocar el suelo.
Porque el proceso de encontrarse sumida en algo absorbente, con su parte dolorosa y su lado placentero, conlleva, en sí mismo, una evasión. La cabeza se ocupa a medias de otras cuestiones: se posponen decisiones, se anulan áreas de la vida a la espera de que finalicemos lo que tenemos entre manos. De una manera u otra, estamos viviendo en un estado de excepción. Y el regreso a la normalidad, si se hace bien, ha de ser progresivo, como una evaluación de daños.
Sé que con otros libros no fui tan cuidadosa: apenas había puesto fin a uno, estaba ya a medias con otra. No me permitía tiempo para recuperarme, ni para pensar. Con esta novela (tan larga, tan dura, tan dificultosa) he querido cambiar eso. He tomado conciencia de que, psicológicamente, acabo con un periodo extenuante. Como primera medida, acudí a mi fisioterapeuta. Me confirmó que la espalda, tras las horas sentada, y las malas posturas, había padecido mucho. Ha sido el recordatorio de que debo retomar el ejercicio, y sobre todo, la rutina que mi escoliosis necesita para no dar problemas.
Fuera han quedado los pequeños caprichos de consuelo que me permitía mientras acababa la novela: frutos secos, algo de chocolate. Ya no hacen falta. Y los pensamientos que ya no hacen falta, fuera también. ¿Has mirado? ¿Has comprobado? ¿Has corregido? Regresan como un eco, de vez en cuando, y son inútiles: me advierten de defectos o me ponen en una tensión innecesaria.
Llega el momento de pisar el suelo de nuevo, con los dos pies, plana y consciente, para pasear, por ejemplo, ese lujo impedido por el trabajo. De visitar librerías y ver las novedades y comprobar si es el momento de comprar alguna edición bonita de algún clásico. De tomarse un y un pedazo de tarta en alguna parte, sin la urgencia de que hay poco tiempo y hay que…
No suelo usar zapato plano, en parte por coquetería (no soy una mujer alta) y en parte porque me resultan incómodos (tengo el pie muy cavo, y muy pequeño, y me conviene algo de tacón: algo no suele ser lo que llevo, las cosas como son). Sin embargo, hacía tiempo que quería probar hacerme con algún par de las Mislita shoes, unas slippers fabricadas en España en su totalidad, con métodos artesanales, que prometían varias cosas.
La primera de ellas, la comodidad: lo son, son comodísimas, adaptables y funcionales. La segunda, su originalidad: sus estampados y coloridos se dirigen a valientes. Las que muestro en este look son las Shirin Green, consideradas por su diseñadora las más atrevidas. Que no se diga que una se achanta. La tercera, su uso de referentes femeninos: cada par recibe el nombre de una mujer relevante: Shirin Ebadi es premio Nobel de la Paz 2003. Ha sido la primera mujer musulmana en conseguirlo, en atención a sus desvelos por los derechos de niños y mujeres, un tema que me resulta particularmente cercano. La cuarta, el cuidado artesanal por el detalle, que se adivina en todo: desde la caja al papel de seda que las envuelve, hay un mimo y un cariño excepcional. Hay una quinta, que es la donación de parte del importe de cada par a la Fundación Aladina.
Creo que resulta importante apostar por productos así: por los valores que representan, y por el esfuerzo que se adivina detrás, por el proyecto creado por unas mentes que han querido salir de lo previsible, y proponen una opción distinta que, en mi caso, encaja perfectamente con los valores que defiendo. Es importante que el consumidor, dentro de lo que elige, premie determinadas osadías. Salirse de los moldes supone un esfuerzo duro, pero que merece la pena si el resultado es único.
Yo sé cuándo entro en La Central de Madrid, que se encuentra muy cerca de Callao, pero no cuando salgo. Como un baño relajante, como un tratamiento en un balneario, no quiero que llegue el momento e salir. Llega, tras el esfuerzo, la necesidad de estructurar de nuevo mi vida, y de plantearme prioridades: tras esta novela, y no son palabras vacías, se acercan retos nuevos. Una reforma a fondo de mi web, una atención más uniforme a las redes sociales y a cómo me permiten conectar con los lectores, nuevos textos, desde luego, nuevos viajes y colaboraciones inéditas. Y un propósito que me costará cumplir, pero cuya importancia conozco: no abrir frentes nuevos hasta que no haya cerrado los que aún están activos. Es decir: mantenerme un poco alejada de los tacones y las nubes en la cabeza, y seguir con los pies en el suelo.

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Acompañé mis Mislitas con un vestido negro, de corte clásico, pero con unos remaches de metal, de Mango. El esmalte de uñas es de OPI. En esta ocasión, el maquillaje y la peluquería corrieron a cargo de Myriam de Prada, que es una estilista maravillosa, y los mil libros, libros, libros, se encuentran en la Librería La Central. Si estáis en mitad de un proceso similar al mío, no olvidéis que acabareis, y que, al mismo tiempo que para el resultado, debéis prepararos para los que se avecina después. Suerte.