¿Tú en qué crees?

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Fue Bibiana Fernández la que durante una conversación en una fiesta, de manera completamente inesperada, me dijo “Yo no creo  en el frío“. Bibiana, que además de haber sido amante de Byron en “Remando al viento“, tiene una vis cómica extraordinaria, me dejó atónita, que no aterida. Con aquella frase resumió lo que yo había aplicado en mi  vida desde que tenía uso de razón: perdía bufandas, guantes, me negaba a llevar camiseta interior (las niñas de los 80 obteníamos una peculiar figura de triángulo isósceles a base de camisetas bajo los vestidos de vuelo) y, sobre todo, me negaba a creer que el frío existiera de verdad.
Unos cuantos años más tarde, continúo actuando durante la mayor parte de mi tiempo como si el frío no existiera: hay veces en las que el frío deja de ser psicológico o contagioso, o no nos sentimos obligados a sentir frío sencillamente porque el calendario así lo indique, y se da un frío real, cortante, hasta los huesos. A veces en invierno, otras en mayo. Entonces llega el abrigo, la calefacción o la estufa, pero mientras tanto, no veo por qué he de abrigarme si no lo siento, o, como a veces me dicen, porque da frío verme. Sí, el frío está ahí, pero como diría Terry Prachett, no hay por qué creer en cosas que existen, ni venerar aquellas que no podemos ver. (Lo mismo ocurre con el calor, obviamente. Mi hermana, por ejemplo, no cree en el calor, y sufre el problema opuesto: manta en Zaragoza, en pleno mes de Julio).
Pero, percepciones térmicas aparte, esa rebeldía de creencias y de conciencia me ha obligado a cuestionarme la fe ciega y absurda que malgastamos en temas que jamás hemos cuestionado. Mantenemos creencias heredadas o anticuadas, frases que un día nos dijeron y que dimos por buenas diez, veinte, quince años atrás. Nos vemos a través de las palabras de los otros, creemos en que hay que llorar, o divertirse, o hacer un regalo, o aproximarse a la familia porque nos dijeron que así ha de hacerse, aunque a veces nos cueste una mentira, una dolencia somática o una renuncia. Mantenemos la ropa de verano y la de invierno, la de diario y la de fiesta, los tocados para las ocasiones y los vaqueros para los sábados. Creemos en el bien y el mal sin revisar qué nos convence de todo eso. Que engordamos con facilidad sin revisar los hábitos, o que somos así porque siempre hemos hecho algo.

Nos hundimos bajo creencias pesadísimas, bajo gruesos edredones de esto es así, de yo es que soy muy de y de eso ni se pregunta. Y, como ese armario repleto que nunca ordenamos por pereza, se asientan en nuestros hábitos y costumbres, horadan el pensamiento y la individualidad.

 

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El problema de no creer demasiado en el frío es que tampoco encuentro una gran necesidad de abrigos, aunque no me resulta antipático el concepto abstracto. Es en lo concreto en lo que no acabo de entrar. Mi abrigo preferido de esta temporada es este de Mango, suave y ligero, y con el patrón de batín tan propio de los 40 y de los 80.  Mi duda era si, con mi estatura, el efecto sería el deseado, porque es un modelo adecuado para mujeres altas y más bien rectas, con hombros poderosos, pero el cinturón está la altura adecuada para no romper el equilibrio. Lo he combinado con un jersey de cuello vuelto de Purificación García, y un bolso de encaje negro, regalo de mi madre. Los zapatos de ante son de Marypaz, y el esmalte plateado de uñas Shine for me de Opi.

Las fotos están tomadas en Madrid, en la calle Hermosilla, frente a la iglesia anglicana de San Jorge, un santo de Capadocia que creyó que era posible vencer a un dragón cuando todos los demás huían. Y tú, ahora, si te tomas un par de minutos para pensarlo… ¿En qué crees, mientras todos te dicen que estás equivocada?

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Hablemos de sexo y poesía: VerSex

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Habrá quien diga que lo más complicado para un  escritor es hablar de emociones reales, y abrirse de la manera más sincera y abierta a sus lectores: y que otros temas, Como el sexo, no dejan de ser cuestiones físicas y superficiales. Desde que recuerdo, nunca he evitado los temas que incluyeran una revelación sincera. Pero, ser pecado en absoluto Una mojigata, no habia abordado de manera explícita el sexo en mi literatura, quizás saturada y aburrida de lo explícito en otros formatos. El cine,  la publicidad, Internet, la televisión, la música, la moda, las redes sociales, la calle rebosa sexo y rechazo al mismo.

Hace unos meses Fernando Marías y Raquel Lanseros me pidieron Que escribiera sobre ello, y no de cualquier manera: me pidieron poesía, género en el que no me he prodigado demasiado, (quizas algún día cuente por qué, pero no será hoy). Por añadidura, el proyecto incluía recitar en un escenario, y, precisamente, eso me animó a formar parte de él. Se llamaría VerSex, VERSoEXplícito, y me permitía ESA faceta de escenario que he desarrollado desde que era niña y que no siempre es compatible con formatos más estáticos, como las conferencias o los encuentros.

Quien me conoce sabe que busco y me crezco sobre un escenario. Aunque esa llamada se inició antes, En algún momento de la infancia, mis estudios de canto lo fomentaron y desarrollaron: interpretar un papel nos obligaba a aprender ciertas habilidades de actriz. Eso no implica que lo haga bien, sino que lo reconozco como un territorio natural, una manera de comunicación inmediata, directa y que provoca Una catarsis casi adictiva.

El reto, en esta ocasión, se encontraba en los compañeros de función: el 12 de enero de 2016, en el Teatro Alfil, participaban, además de mis dos anfitriones, Ana Merino, Carlos Salem, Luis Eduardo Aute. Grandes voces, sin la menor timidez ni sonrojo para hablar de sexo, y poemas que despertaron risas, ternura, inquietud, ligera incomodidad, y a saber qué otras emociones secretas. En fin; no se desnuda siempre quien se desviste. Completamente vestidos, nos entregamos desnudos un ansioso público en una cama extraña e invisible.Versex-014

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Como esa misma semana impartía clases a mis alumnos del IED  Moda Lab Madrid , entre ellos, algunos futuros  figurinistas, confié en su criterio para mi vestuario y parte de los movimientos de escena. Seguí a rajatabla sus consejos, y para mi dramatización me hice con una camisa masculina blanca, de Massimo Dutti, y una cazadora de cuero negra, de Zara. Para contrastar con la imagen masculina, llevaba unas medias con costura de Calzedonia, pantalones cortos de raso de HM. Los zapatos de tacón eran el modelo “Viuda”, de Sacha London, inspirados en mi cuento del mismo título. El resultado, fue recogido por el fotógrafo Javier Jimeno, es el que podéis ver aquí … y quizás próximamente en otros escenarios.

Un mundo mejor

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Durante esta semana estoy impartiendo un curso intensivo (un workshop de 30 horas) a alumnos de IED Moda Lab Madrid, 18 chicas y un varón veinteañeros que presentan su proyecto de fin de carrera este año. Mi misión es la de motivarles (en ocasiones el desánimo, el estrés, la presión o el miedo a las críticas les paralizar) y enseñarles a comunicar su trabajo de la mejor manera posible. Ya trabajé con ellas hace dos años, en otra asignatura, y es un placer ver cómo han madurado, y de qué manera su talento se vuelca en ideas.

Como os conté hace unas semanas en mi post del congreso en Nueva Delhi, los estudios muestran que una de las preocupaciones constantes de las mujeres, tengan hijos o no, son la educación, los niños y la sanidad. Yo me encuentro por completo reflejada en esa estadística. En ocasiones, cuando he defendido en público la libertad de las mujeres para decidir sobre su maternidad sin presiones sociales o familiares, o cuando he defendido su independencia a toda costa, (económica, afectiva, laboral) incluso a costa de los beneficios que puede conllevar para su entorno una mujer más sumisa y convencional, se me ha tachado de egoísta, y de atacar a las madres. Nada más lejos de mi intención. Cuando defiendo esas ideas, pienso, por supuesto, en la manera en la que los niños han de ser atendidos, y sobre todo, en el futuro de las niñitas que estamos criando ahora, que serán mujeres pronto. Nunca perdamos de vista que las sociedades más evolucionadas en estos momentos garantizan una mayor igualdad entre géneros, un nivel más alto de formación a las mujeres y unas condiciones con las que en mi país aún continuamos soñando, a veces porque ni siquiera pensamos en que puedan existir.
Cuando veo las dificultades que mis alumnas han arrostrado de niñas (algunas casi lo son aún) siento una ardiente ansia defensora. Muchos de mis alumnos de moda y diseño son homosexuales, y en sus proyectos vuelcan elementos personales, en los que muchas veces se encuentra el acoso escolar, las burlas y la discriminación por su opción sexual. Como proyecto transversal en mis asignaturas, siempre aparece el insuflarles valor frente a la vida, valores frente a la amoralidad y defensas frente a la injusticia. Desde luego, son los padres los que deben llevar la mayor carga de la educación sobre sus hombros, pero creo que es toda la sociedad quien debe participar en la formación, a distintos niveles, de los niños y jóvenes. Yo nunca he renunciado a esa obligación moral, desde mis libros, mis clases o mis encuentros con escolares. Un mundo mejor sólo podrá ser creado si pensamos en los hijos de los demás como niños propios a los que legar, si no nuestros genes, sí nuestra experiencia, nuestros conocimientos y descubrimientos, con una generosidad mayor de la que tenemos ahora. La educación carece de horarios, a mi juicio. El reconocimiento de sus méritos, los límites, el enseñarles a frustrarse y acompañarles cuando lo hacen, mostrarles las recompensas de un buen trabajo y las consecuencias de uno mediocre es, creo yo, algo que solo nos beneficiará a todos. Y, sobre todo, la apreciación de la belleza en las pequeñas cosas, la amabilidad y la importancia de conocerse.

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Yo también soy, a estas alturas, alumna. De Ikebana, una técnica floral japonesa. Intento aprender lo que enseño luego, apreciación de la belleza, paciencia, la humildad de partir de cero, creatividad. Suelo comprar las flores casi cerradas para, como con mis alumnos, disfrutar de su evolución. Hoy repito camisa de Zara con hilos dorados, que ha resultado ser de lo más versátil, una falda corta y estampada de Suite Blanco, (no era tan corta, pero su longitud original me avejentaba), un abrigo de ante de Stradivarius, y bolso triangular de Salvador Bachiller. Los pendientes y el anillo son de Ciudad de París. Las fotos fueron tomadas en la floristería Mayo.

Cómo sobrevivir a las críticas destructivas

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Cuando alguien me pregunta consejos para convertirse en escritor, nunca me olvido de decirles que se preparen psicológicamente para las críticas malintencionadas. En realidad, es una recomendación que extendería a cualquier persona, si tiene intención de ser feliz; porque la búsqueda de uno mismo, de sus fines y sus objetivos, removerá aguas, sin duda,  y en esas aguas yacen tormentas ocultas.
A diferencia de otras personas que se manejan perfectamente con la atención negativa, o incluso con la polémica buscada, a mí no me gusta que hablen de mí, aunque sea mal: No en vano uno de mis libros está dedicado a Los malos del cuento, cómo sobrevivir entre personas tóxicas. Aún me agradan menos los cotilleos, las murmuraciones, ese tejido de podredumbre que rodea a cualquier persona que se mueve o que levanta la voz. Las escucho si me llegan, pero lo hago como un peaje que sé que debo cruzar. Eso no significa que no acepte el cuestionamiento, la opinión contraria, o las sugerencias: es más, me encanta la discusión constructiva. Pero ha sido al cabo de los años, y de una piel de rinoceronte creada por supervivencia, con lo que he aceptado la parte interesante de las críticas realizadas con acritud. He debido obligar a mucha gente a salir de su área de confort, porque sin ser consciente ni mover un dedo para dañar a nadie me he enfrentado a ataques a veces infames, muchas veces anónimos, la mayoría completamente inesperados. No me gustan, pero forman parte de mi vida y de mi carrera profesional.
La crítica duele. Como dardos clavados en las niñas de los ojos. Pero es una fuente incuestionable de crecimiento personal. A mí me obliga a desarrollar la empatía, la reflexión, la autocrítica. En muchas ocasiones, una frase difamatoria o que yo sabía que era falsa me ha llevado a una tormenta de ideas para evitar, en lo posible, que pudiera repetirse. Lo contrario a admitir una crítica es el convertirse en un dictador, al que hunde, sin excepción, la falta de oponentes.

Lo más edificante, y por lo tanto, lo que me resulta más difícil de todo este proceso, es que refuerza mi humildad. Frente a una crítica hiriente, me fuerzo a pensar que esa persona cree tener la razón y que puede que la tenga. Me recuerdo que puedo cometer errores que ni siquiera veo, y que debo admitir que eso conlleva consecuencias: el disfraz de invulnerabilidad frente a todo sólo se mantiene a costa de un aguante insostenible en el tiempo, y que pasa una factura psicológica muy alta. Rebaja mi nivel de exigencia: no importa lo mucho que trabaje, haga o me esfuerce: siempre habrá alguien a quien no guste, no lo aprecie o se sienta ofendido. Y me recuerda que recibir aprobación y cariño supone un gran orgullo, pero necesitarlo genera mucha ansiedad, porque si no se consigue, la decepción es brutal, y se convierte en un objetivo en sí mismo que nos aparta de emplear la energía en lo que deseábamos.

Creo que estamos en una sociedad en la que confluyen dos movimientos opuestos: por un lado, la crítica feroz, constante y abierta hacia cualquier persona o hecho expuesto. Por otro lado, se intenta fijar un limite a esa crítica: las leyes se abren al  maltrato psicólogico, al acoso laboral o escolar, y se comienza a demandar de manera incuestionable respeto hacia el diferente; por color, religión, ideología u opción sexual. Es posible, aunque algunos no sepan cómo, expresar un desacuerdo, o incluso el rechazo, sin resultar destructivos. Es necesario que existan opiniones distintas, que la discrepancia enriquezca nuestra visión, que seamos capaces de escuchar, rectificar y cambiar de parecer; y nada de eso se favorece con la malicia.

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Para hablar de las críticas me he colocado una coraza plateada, este vestido de una edición especial de HM. Largo, ceñido y elástico. Botines de Sacha London, jersey de Jil Sander y bolso de charol de Prada. El maquillaje, en este caso, es de Lancôme. Quizás no sea mi outfit más dulce, pero al fin y al cabo, si van a hablar de una hay que darles motivos de vez en cuando…