Propósitos de Año Nuevo

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Decía Teresa de Jesús que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que han sido escuchadas. Conviene recordar esa frase, tan sabia, cuando comenzamos a formular los propósitos de Año Nuevo, que muchos rompen a los dos días, porque piensan en ellos como deseos pedidos a una estrella fugaz. Un propósito no es algo que nos sobreviene, ni un golpe de suerte, sino una tarea nueva, una manera de mejorar nuestra vida en la que queremos centrarnos durante 2016.
Cada uno debería conocer su carácter, y sus debilidades, y cómo puede conseguir mejor sus objetivos: yo, lo he dicho muchas veces, me planteo 50 propósitos cada año. Algunos los repito. Otros son nuevos, retos que me planteo para superarme, otros, la mayoría, son una forma de asegurarme de que no me olvido del camino que me he marcado para mi vida. Los divido en varias áreas: Salud y cuerpo, profesional, económica, casa, relaciones, y otras, en las que incluyo el ocio, los caprichos… Así me aseguro que mantener un cierto equilibrio, porque en algunos momentos de mi vida, el trabajo ha absorbido demasiada energía, y me ha pasado una alta factura.
Entiendo que a algunos puede agobiar un listado tan exhaustivo: en realidad, si los repartiera resultarían ser uno por semana, pero no es tan sencillo: muchos de ellos, como los relacionados con el ejercicio, la salud  o la alimentación, deben ser cumplidos a diario. Otros, como conocer dos países nuevos al año, se realizan de una vez y para siempre. Para mí, el planificarlos y decidirlos supone una de las tareas más bonitas y edificantes de final de año. Le dedico varios días, hago una lista, tacho, incluyo, pienso: siento el placer inmenso de sentir que puedo decidir sobre mi vida y construir mi felicidad. Salgo, tomo un te, paseo, hago balance de qué deseo de verdad, y qué por presiones, expectativas ajenas o apariencia.
Para conseguir los objetivos de Año Nuevo hay que desearlo, pero no basta con eso. No puede existir una mentalidad de todo o nada: si se ha fracasado una vez, queda el resto del año para enmendarse. Deben ser realistas, pero un poco exigentes: si yo escribo tantos es porque me resulta más sencillo dividir un proyecto grande (como escribir un nuevo libro de cuentos) en pequeños bocados (como escribir un cuento a la semana… a mal que lo haga, finalizo el año con al menos 35 cuentos nuevos).
Cada domingo o lunes reviso mi listado y evalúo cómo voy: pongo fechas concretas, miro qué necesito para cumplir otros. Cuando llega mi cumpleaños, en Julio, los reestructuro. A esas alturas tengo que aceptar que algunos no se cumplirán, porque eran desmedidos, o porque he perdido el interés. Me doy la oportunidad de reformularlos: es mejor negociar que rendirse. Quienes me conocen saben que siento debilidad por los listados y los esquemas: curiosamente, me permiten ser más creativa. La creatividad no consiste en el caos, sino en mirar las cosas desde perspectivas distintas, novedosas. En la creatividad también se trabaja.
¿Es un sistema muy estricto? Con los años, he visto que es el que mejor me funciona: los días se escapan sin vuelta, y hay una gran infelicidad en sentir que no han sido aprovechados en hacer lo que se quiere de verdad. Ese sentimiento se agudiza con la edad. El año pasado fue un buen año: me quedaron tres objetivos por cumplir: No viajé a Nueva York, como me propongo hacer una vez al año, no entregué mi novela, y tampoco cambié el suelo de mi casa. Pero el resto de los 47 se llevaron a cabo. Y, como mi propósito número 50 es siempre “Aprendo a no exigirme demasiado”, creo que no es un mal balance. Yo, al menos, soy mucho más feliz que en 2014.

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Estos últimos días del año han sido soleados, y me han permitido vestir mis pantalones de terciopelo rojo de Amaya Arzuaga y una blusa vintage. Llevo unos peep toes a medida de Sacha London, y un bolso de mano de Purificación García. Los pendientes irregulares son de Parfois, y el esmalte de uñas, de Essie. Las fotos fueron tomadas en la que fue la antigua prisión de Miguel Hernández, ahora una residencia de ancianos, en Conde de Peñalver, Madrid, y en la cafetería del Mozza Bar, que se encuentra justo enfrente. Y cuyas tazas, curiosamente, muestran una palabra clave para afrontar 2016: filosofía.

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Vestido para un invierno que no será invierno.

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Si 1816 fue el año sin verano, aquel en el que Percy B. Shelley, Mary Shelley, Byron y Polidori escribieron sobre monstruos y horrores inspirados en sus entrañas, el cambio de año 2015-2016 amenaza con ser el año sin invierno. El cambio climático (después de la Cumbre de París ya puede hablarse de él sin temor a ser considerados unos pirados, extremistas o devotos de Naomi Kleim) se ha instalado en nuestros huertos y en las ciudades, consiguiendo que frutales y personas enloquezcan y no sepamos si quitarnos las medias o ponernos las flores.

A la espera de que talentos literarios aprovechen de manera interesante las locuras del clima, los problemas inmediatos son otros: cómo combinar nuestra necesidad, casi exigencia de bienestar, con el calentamiento del planeta. Qué nos jugamos a medio plazo por un poco de confort de Primer Mundo. Qué decisiones tomar a nivel personal, y cuáles demandar a los políticos y dirigentes. El futuro inmediato será ecologista o no será, y no bastará el separar las basuras o el pagar unos céntimos por las bolsas de plástico para detener la catástrofe que se nos avecina. Tendremos que familiarizarnos con una actitud distinta no únicamente hacia el medio ambiente, sino hacia las bases de una sociedad basada en decisiones impulsivas y de satisfacción inmediata. Es decir, como hicieron unos jovencitos rebeldes y marginados hace dos siglos, hemos de mirar a los ojos, de nuevo, al monstruo interior que tememos tanto.

En cualquier otro año este vestido de gasa de Zara sería adecuado para una primavera amable o un otoño gentil, pero lo cierto es que he podido llevarlo en pleno mes de Diciembre sin más que una chaqueta de Adolfo Domínguez sobre los hombros. Con su escote posterior, es más versátil de lo que podría imaginarse; de hecho, yo muestro dos opciones , y a quienes asustan los estampados (que, por mi trayectoria y mi Instagram ya puede verse que no es mi caso) animo a que lo combinen con accesorios neutros, porque resultará mucho menos llamativo de lo que a primera vista parecería, porque el propio patrón del vestido y el tejido disimulan la potencia del print.

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En la primera opción, los zapatos verdes de Unisa y el bolso vintage conviven con los pendientes de HM y un anillo de plata con una perla de río irregular y enorme.

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Para la segunda opción aproveché la fiebre pasajera de los 70 que nos inunda y el sol de justicia que nos inunda también para combinarlo con dos prendas estrella de la temporada: la pamela de fieltro que sabe Dios que hace falta si pasamos tiempo al aire libre, junto con la protección solar, y los flecos, en este caso en un bolso de SuiteBlanco que me enloquece y que me consta que tiene muchas adeptas. Dispuesta  darlo todo, me puse unos pendientes de plumas; pero contrarresté con unos discretos zapatos beige de Unisa, porque de vez en cuando caigo en que más no siempre es más.

El esmalte de uñas es de Essie, y el resto del maquillaje, de Lancôme. Las fotos fueron tomadas en el Parque de Eva Perón, en Madrid. Por cierto, las flores del estampado son peonías. ¿Acabaremos sustituyendo la Euphorbia pulcherrima, o  poinsetia navideña, por las primaverales peonías?

Mujeres inteligentes

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Tengo la suerte de vivir rodeada de mujeres inteligentes, con algunas de las cuales trabajo. Un buen puñado de ellas reúnen además la suerte de ser muy atractivas, o incluso auténticas bellezas, hecho que llevan con resignación y que jamás, que yo recuerde, han reconocido más que con amargura. Y, sin embargo, no me cabe duda de que todas ellas preferirían asomarse a la ventana y gritarle al mundo que son las más bellas del reino antes que afirmar abiertamente que son inteligentes. Como la hermosura, la agudeza mental ha de ser garantizada por los otros, las notas, las pruebas, o los resultados. Aún hoy en día, el que una mujer hable sin aspavientos de su capacidad intelectual despierta instantáneos recelos entre hombres y féminas: se dispara una alarma. Por encima de todos los logros, de la igualdad teórica, una joven o una anciana ha de mostrar modestia y discreción. Un eco Dickesiano: “Sé humilde, sé humilde”.
Yo, que no soy particularmente inteligente, pero que nunca le he encontrado gran encanto a la modestia, aún me extraño ante esa negación, ese bajar la voz. Incluso cuando abordamos los aspectos más enriquecedores de la inteligencia, y no la medimos por un cociente sino por, un suponer, capacidades emocionales, me he enfrentado a mujeres de una enorme riqueza sentimental pero que supeditaban ese logro a su falta de conocimiento. Se reconocen o reconocen a otras como listas, espabiladas, astutas. Se desprecian como manipuladoras o chantajistas, o autoritarias.  Si han llegado a una edad avanzada, se dice de algunas que son sabias. Un terrible ejemplo para las niñas y adolescentes, y una aterradora falta de modelos para las adultas. A diferencia del varón, que no ha tenido que conquistar el terreno social ni intelectual, porque por tradición son suyos, entramos de puntillas en esa esfera, sin decir nada, o lo que es aún peor, pidiendo disculpas.
Algo, sin embargo, está cambiando. Como siempre, se detecta antes en la esfera pública que en la privada. Aburridas de la dicotomía entre belleza e inteligencia, mujeres de influencia y visibilidad internacional no ocultan el que su cerebro ha tenido que ver en conseguir o mantener un éxito que las ha hecho famosas. Sharon Stone, Natalie Portman, Ashley Judd, Inés Sastre, Lisa Kudrow, Mayim Bialik, Emma Watson son ejemplos notorios, respaldados por títulos universitarios. Sin embargo, aunque nadie negaría que, asesoradas como sin duda están, otras modelos o actrices que han demostrado ser grandes empresarias, productoras o gestoras de sus carreras son inteligentes, pocas veces se destaca ese aspecto. ¿Es la inteligencia, junto con la ambición y la vanidad, algo prohibido a las mujeres? ¿Algo que está bien que otras muestren pero que conviene mantener en secreto, como parte de un perfil bajo? ¿O, por el contrario, nos gusta cada vez más esa voz pública, esas mujeres que resultan infinitamente más interesantes para hombres y para nosotras mismas cuando hablan que cuando callan?

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Para acompañar este post me parecía importante escoger una minifalda, una de las prendas que se ha convertido en un símbolo de la liberación de la mujer, por mucho que haya tenido la segunda lectura de sexualizarla. Esta, de rayas casi carcelarias, es de HM. La camisa, de gasa, muy femenina y vaporosa, la firma Zara, y los zapatos, Suite Blanco. Llevo un anillo de Dimitriadis, y, en lugar de un bolso, un libro antiguo. Opuestos en apariencia que, en el fondo, casan bien. ¿No es eso muy parecido a reivindicar una personalidad?

Congreso en Nueva Delhi

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Me hubiera gustado acompañar esta entrada con unas maravillosas fotos en Nueva Delhi, quizás en algún jardín solitario y bucólico: pero yo viajaba a cargo del Instituto Cervantes, es decir, con dinero público, y lo coherente era hacerlo sola, y en clase turista; y sin mi fotógrafa y mano derecha, Nika Jiménez, no era viable.  Aún así, pese a que fotografiáramos en España, quiero contaros las conclusiones del Congreso Literario al que asistí, “Conversaciones en la frontera”.
La idea era que un puñado de autoras europeas nos uniéramos a escritoras indias, y conversáramos sobre sociedad, creación y, sobre todo, las mujeres. La realidad de todos nuestros países es compleja, y en ocasiones contradictoria; en algunos, entre ellos España, aún afrontan retos importantes, incluso básicos.
Quisiera contaros algunas de las frases que se dijeron, y que a mí me parecieron relevantes; no puedo reflejar todas, por desgracia. Las dejo ahí, para que penséis sobre ellas, hombres y mujeres, y decidáis si estáis de acuerdo con ellas, o no.
En la primera mesa redonda, “Mujeres viajeras, las  nuevas ciudadanas globales”, Sonia Serrano (Portugal) expresó que asociamos las imagen de los grandes viajeros a hombres: Ulises, Marco Polo, Cristóbal Colón… pero que las viajeras tenían acceso a casas particulares o a la realidad de mujeres vedadas a los varones. Su visión era y sigue siendo necesaria, pero, paradójicamente, muchas mujeres no pueden viajar, mucho menos, solas, y hay muchos países que advierten del peligro de hacerlo (entre ellos, la India, por cierto).
Francesca Marciano  (Italia) indicó que aprender una nueva lengua es una manera de rebelión, de romper con los orígenes y de querer conocer otras maneras de ser. Hay términos o conceptos que se encuentran en otros idiomas, no en el nuestro.
Mriral Pande (India) recorrió su país en programas de educación sexual y prevención contra el Sida y se encontró con problemas de lenguaje: para comenzar, el país que dio origen al Kamasutra no exitían palabras populares que se refirieran a los genitales que no fueran groseras. A las mujeres les daba vergüenza usarlas. Las clases desfavorecidas, literalmente, no entendían el idioma en el que estaban escritos los folletos, el empleado por los brahamanes. En la India, trabajar por la salud sexual pasa por crear un lenguaje positivo sobre el sexo.
Muriel de Saint Sauveur (Francia) despertó una gran envidia cuando manifestó que ella había crecido en una Francia que daba por hecho que podría hacer cualquier cosa; fue al viajar cuando descubrió realidades que creía superadas, y comenzó a escribir para expresar su desacuerdo. Miembro del Foro Mundial de las Mujeres, en sus investigaciones y llega a conclusiones como que las prioridades de las mujeres, fueran madres o no, eran la educación, los niños y mejorar las condiciones de sus familias. Tres temas de segundo plano en quienes se ocupan de temas mundiales. Dijo que no habría ni que aclarar que defender los derechos de las mujeres es defender los derechos humanos.
La segunda mesa, “Cultura pop y feminismo en las nuevas tecnologías” me resultó particularmente interesante. Jasna Strick (Alemania, y la más joven… solo 26 años) explicó que las amenazas que recibe por ser una activa feminista demostraban el debate que mantenía sobre ello su país. Según ella, ciertas discusiones no deben reducirse al ámbito de internet, sino al plano real.
Paromitha Vohra (India) indicó que las redes sociales permitían un tipo diferente de activismo para todos, incluidas las mujeres, y que también permitían defender o apoyar a mujeres en la distancia. Es más, dijo que el anonimato en internet podía ser muy creativo para atacar o defenderse. También dijo, y me encantó su perspectiva, que permitía una expresión inédita de qué querían y cómo querían mostrarse las mujeres, sin intermediarios, y enormes posibilidades de realizar proyectos artísticos. Por ejemplo, juzgar los selfies femeninos como pura expresión de vanidad limita sus posibles sentidos, desde la aceptación de quién soy y cómo deseo ser vista a la frivolidad. La vanidad femenina está prohibida: la belleza nunca puede ser admitida por una misma: parece que tengan que ser los otros quienes la reconozcan.
Bee Rowlatt (UK, mamá de 4 hijos que estaban allí, escuchándola) afirmó que un problema de las redes sociales es que se desconoce a qué enemigo nos enfrentamos ni su enemigo real. Tampoco es nuevo: Mary Wollstonecraft, por ejemplo, fue en su época acosada y vilipendiada por sus ideas.
Las tres coincidieron en que las mujeres tienen menos acceso y menos conocimiento de tecnologías, y que enseñarles a manejarlas, sobre todo a las mayores, porque eso les permitía desde un puesto de trabajo, a que conocieran información por ellas misma, sin filtros de otros.
La tercera mesa, la mía, era “Escribir en el s. XXI; mujeres del renacimiento”. Elisa Brune (Bélgica)dijo que cuando ella crecía la lucha por la igualdad estaba casi conseguida, y que buscó otro terreno para hacer algo, como el estudio del placer en las mujeres. Descubrió con sorpresa que el acceso al placer femenino era muy difícil en todos los países, y está muy lejos de lograrse incluso en lugares con alto grado de democracia y cultura.
Anna T. Sabo (Hungría) contó que la memoria escrita era un reino de hombres, y la oral, de mujeres, de ahí la importancia de que las mujeres dejen su vida por escrito, como legado.
Annie Zaidi (India), ha recopilado 2000 años de literatura escrita por mujeres. Abundaba la literatura religiosa y espiritual que reivindica la huida de las pesadas tareas domésticas. Otro tema recurrente era la lucha por acceder a la educación, algo muy complicado de conseguir, y muy fácil de perder.
Y yo, (España) hablé un poco de todo. Dije que un viaje no permitía una vuelta atrás: somos el resultado de lo que hemos sido,  y no podemos negarlo. Que una vez sufrida una experiencia vital extrema no se puede volver atrás: a lo sumo, puede olvidarse, y eso no trae nada bueno ni al individuo ni a la sociedad. Que yo no solo quería ser un personaje en manos de otros, sino una voz. Dije que aquello no expresado con la palabra lo gritará el cuerpo. La palabra sana, cura y repara. Que la belleza continuaba siendo un problema para la mujer: mal si se tenía, mal si no se tenía. Y que necesitábamos más ejemplos, más roles para las niñas y las jovencitas, que se las escuche y que no solo se las vea.
¿Os hubiera gustado participar? Yo he regresado llena de ideas y de ganas de trabajar, de expresarme mejor y de romper mis límites.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Para hablar precisamente de empoderamiento he escogido este vestido de flecos verde de HM, edición especial,  con complementos dorados: los zapatos de Paco Gil, el collar regalo del pintor Juan Adriansens y su esposo, pendientes de oro y un maxianillo de zirconitas que compré en Italia . Llevo una manicura irregular de Essie, y maquillaje de Chanel.

Las fotos fueron sacadas en el Parque de Eva Perón, en Madrid. Y, un paso tras otro, reforzada por lo aprendido, quiero seguir adelante.

 

Por qué yo sí continuaré en Instagram

EspidoFreire105

Si bien las redes sociales han sido criticadas desde  su inicio, Instagram se encuentra ahora bajo la lupa, con  opiniones a favor, en contra, sonados abandonos, acusaciones de frivolidad o de vacuidad.
Por mi parte, defiendo Instagram por motivos muy personales; a diferencia de otros escritores, mantengo presencia en las principales redes sociales, que me han servido para comunicar directamente mi trabajo, ponerme en contacto con mis lectores y mantenerme informada del devenir de personas o instituciones. Cada una de las redes posee su público, y demanda un  lenguaje diferente, y quizás Instagram, pese a su sencillez y su capacidad intuitiva, sea el más complicado de comprender: imágenes, sin texto, en general, o con unas pocas etiquetas. Galerías plagadas de atardeceres, selfies, o comida. Mujeres guapas que muestran su ropa, o su estilo de vida. ¿Eso es todo?
Para mí, no. No reniego del sentido emocional, o de álbum compartido, que puede tener para muchas personas. No podemos imponer nuestra filosofía de uso a otros, y quien abra cuentas solo para seguir a otros, o incluso no se arriesgue más que a repetir fotos ajenas sabrá sus razones. Pero lo que de verdad me interesa de Instagram es la forma narrativa: cómo algunas cuentas, de nombres célebres o no, interpretan la vida, sus historias personales o la realidad a través de imágenes. Valoro la originalidad y la calidad de la fotografía, y algo que muchos críticos pasan por alto: el trabajo tras la cámara, aquello que de manera aparentemente fácil se ofrece, y que conlleva mucho esfuerzo, planificación y profesionalidad. Como espectadora, aprecio esa labor, y la premio, independientemente de que las cuentas sean conocidas o no. Curioseo, busco, sigo las sugerencias, veo realidades y enfoques que de otra manera no conocería, y que cambian de hora en hora.
Como usuaria, @espidofreire, en cambio, la historia es otra: ya he comentado en otras ocasiones que pasé recientemente por un proceso depresivo importante. En mi recuperación han intervenido muchos factores: tratamiento médico, terapia, olvidarme del alcohol y de la cafeína (aunque a la cafeína he vuelto), ordenar mis hábitos de descanso, de alimentación y ejercicio, y restructurar mi vida, que se encontraba completamente fagocitada por el trabajo, la ansiedad y la autoexigencia. Y ahí me encontré con un problema: no sabía qué hacer con mi tiempo libre, obligatorio, que no tuviera que ver con mi trabajo. La terapia ocupacional era clave, y tras probar algunos clásicos (puzzles, bordado, sudokus…) encontré que podía retomar mi interés por la fotografía, sin más ambición que la de distraerme, y sacar alguna imagen bonita.
Ahí apareció la idea de crear un blog en que hablara de moda, un terreno que siempre me ha apasionado y del que había escrito en medios y tonos serios. Y sobre todo, Instagram. Instagram me obligaba a una continuidad, al compromiso de publicar al menos una foto diaria (en la actualidad son entre 3 y 5), y de que esa foto no me avergonzara. A mirar, por lo tanto, desde una óptica que no fueran las palabras, mi vida, y ver qué podía haber de interesante o curioso en mi día a día. Al principio no encontraba casi nada. Ahora, en cada vistazo hay algo. Encontré a seguidores de toda la vida, que de pronto me captaban de otra manera, y que compartían conmigo terrenos que no había cultivado mucho: el sentido del humor y mis intereses personales. Otras personas rompieron la idea preconcebida transmitida por medios periodísticos, o mis libros. He descubierto cuentas interesantes con las que se crean bonitos vínculos basados en las aficiones y la simpatía. Han sido testigos de cómo regresaba la alegría a mi vida y cómo mejoraba mi estado de ánimo, han sido cómplices de sorteos, juegos y microcuentos. Qué sorpresa, no creí que fueras así, me dicen algunos. A quienes no les gusta, sencillamente, se van.
Porque, aunque no era mi intención, la cabra tira al monte, y poco a poco han aparecido pequeñas historias bajo las fotografías: historias de caballos en Praga, las conversaciones de y con mis gatitas, microcuentos de apoyo solidario o caprichos momentáneos. Retratos de artistas y fotógrafos que han tenido la deferencia de elegirme como modelo, y recomendaciones de libros, de visitas culturales o literarias, de cosméticos, o complementos, o ropa. Aquello que me gusta y que quiero mostrar. Hay pocos bodegones con alimentos, porque resulta dificilísimo tomar una buena instantánea de un plato y que parezca apetecible, pero lo intentaré. Introduzco, según conozco un poco más, vídeos, o enfoques un poco más arriesgados. Confío en la generosidad de los extraños, a los que entrego mi camarita Canon o mi Samsung S6 (es lo que empleo, aunque como me habían advertido, el deseo por las cámaras es inacabable) y en la paciencia de los conocidos. Mis seguidores crecen, y yo intento mimarles, corresponderles y agradecer su tiempo.
Es un lenguaje más, un medio de construir algo más, una manera de cultivar áreas que ahora deseo compartir. No más, pero tampoco menos.
La vanidad se encuentra en Instagram de manera tan obvia como en las juntas de vecinos, las columnas de los periódicos o las fiestas de empresa. Los haters o comentarios malintencionados, con la misma frecuencia que en la vida, y con la misma cobardía o falta de reflexión. El impulso de dar opinión inmediata es el mismo que en otras redes sociales, pero por suerte, Instagram es más amable, y la atención se trata de atraer con una frase dulce, y no con una crítica ácida, cosa que, siendo sincera, yo prefiero en estos momentos. Mi carácter nunca ha sido agrio, y aunque jamás he rechazado las críticas, no entiendo los ataques, ni a quien se regodea en ellos.
No sé a dónde me llevará esta red social, si mi camino en ella será largo o no: como herramienta de trabajo está resultando inmediata y útil, como manera de iniciar colaboraciones con gente interesante un hallazgo, como motor de satisfacción personal sorprendentemente productiva, como fuente de aprendizaje aún es inagotable.

20.3

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Las fotografías que más aceptación han tenido por parte de mis seguidores han sido muy variopintas, y este resumen da fe de ello: Un retrato mío hecho por Rebeca Senovilla, la mano de mi madre y la mía unidas, la foto del 16 aniversario de mi Premio Planeta con la misma ropa que ese día, el microcuento que escribí el Día contra el Cáncer de Mama, un bodegón de mi look en el Teatro de Mérida, un selfie con gafas enormes, un graffiti en el Barrio Oeste de Salamanca, mi vestido de Elio Berhanyer frente a las murallas de Ávila, el cupcake con que Alma Cupcakes homenajeó mis Melocotones Helados, una instantánea de mi fotogénica LadyMacbeth, los preciosos zapatos de Amaya Arzuaga, un selfie en mi salón, una historia de amor con Solán de Cabras,  la foto con Gabino Diego, y el bodegón, con mi mano, una marca de la casa ya, del día de mi cumpleaños. Gracias a todos, nos continuamos viendo.