Vestida de princesa

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Cuando tenía unos 5 años sabía perfectamente qué requisitos le pedía a un vestido para que me gustara: debía ser rosa, de terciopelo o raso, con encaje, con bordados, con vuelo, con crinolina, con lentejuelas, y que llevara todo a la vez no era en absoluto un inconveniente. A los 41, mantengo más o menos los mismos gustos, que se fijan muy pronto en la psique infantil, y solo a fuerza de contención minimalista logro convencerme de que no es necesario que todo, todo, ocurra al mismo tiempo en el mismo vestido.

Había otro requisito; el que tuviera un cierto toque festivo, o que lo llevara una princesa. Durante mi infancia, la invasión de Disney no había llegado a la voraz fagocitación contemporánea, y su nombre y “princesa” no se asociaban de manera tan íntima como ahora: para mí una princesa era Sissí emperatriz, las de las ilustraciones de María Pascual, o las de las muchas películas históricas que emitían en la televisión pública en horario infantil. Contaban con mayor variedad de vestuario que la gama de colores de las princesas actuales, aunque eso no significa que a esos vestidos aspiracionales les faltara ni un volante. Ni un frunce.

Por desgracia, como “princesas” se conoce también hoy en día a las chicas jóvenes que padecen anorexia o bulimia, que no han desarrollado aún conciencia de enfermedad y se animan las  unas a las otras a continuar enfermas, con consejos, carreras de pérdidas de kilos o claves personales. Se expresan a través de las páginas o perfiles web pro-ana y pro-mia: mientras esperamos una legislación menos permisiva para esta comunicación cibernética, es interesante que recordemos que el 30 de noviembre se celebra el día contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria o TCAS, y que queda mucho por hacer contra estas enfermedades tan poco comprendidas y tan destructivas. Que en estos momentos no se hable de ellas no significa que hayan desaparecido, en absoluto.

(Si tenéis algún caso cerca quizás queráis informaros sobre mi libro Quería volar: cuando comer era un infierno o sobre la pulsera Libélula, una iniciativa para animar a las enfermas y visibilizar los TCAs)

 

 

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Me alegré mucho, y ahora ya sabéis por qué, cuando encontré este vestido en Mango. Encaje, mucho encaje,unas preciosas mangas con volumen, y un rosa empolvado. La caída del tejido logra que, aunque siga el corte de mis temidos babydolls, que reúnen las maléficas características de achatar, aumentar ópticamente y anular cualquier curva existente, resulte cómodo y favorecedor. Aunque yo lo uso para un look de diario, soporta perfectamente situciones más formales, o compromisos sociales, si los complementos se mantienen simples y nobles. Yo le resté algo de seriedad con un bolso de tweed y collage de vestiditos recortables, de Laga, y unos zapatos salón de SuiteBlanco. Los pendientes y el anillo vienen de Ciudad de París. Como no encontré un castillo cerca, tuve que conformarme con un trampantojo en la calle Ayala, en Madrid.

Muchos ánimos para quienes luchan contra los trastornos de la alimentación: hay muchas formas de sentirse una princesa, y todas ellas pasan por la salud y por la lucha por conseguir el bienestar emocional. Todas.

Concierto “Un violonchelo para Santa Teresa”


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¿Es una presentación de tu libro, pero menos convencional? ¿Es una teatralización de textos de Teresa de Jesús? ¿En qué consiste exactamente lo que vas a hacer? Me repitieron esas preguntas muchas personas, muchas veces. En realidad, lo que llevamos a cabo Beatriz G. Calderón y yo el día 18 de noviembre en Sevilla fue un concierto a dos voces: no las nuestras, que éramos meras intérpretes, sino la de los genios J.S. Bach y Teresa de Ávila. Dos personas muertas desde hace siglos que continúan hablando sobre el amor, la espiritualidad y la muerte. Beatriz, violonchelista, experta en Bach, escogió el programa, que llevó a cabo con sensibilidad y pasión conmovedora. Entre pieza y pieza, yo hablaba de Teresa, y de la visión de Teresa sobre esos grandes temas. En el silencio y la oscuridad de Sala Cero, un público que transmitió, a su vez, que hay espacio e inquietud por lo trascendente.

Para mí el escenario es un terreno transitado desde niña, un lugar donde siempre me he sentido a gusto. Pero compartirlo con Beatriz le daba otra profundidad a  las palabras y a los pasos. Los puntos en común (un amor genuino por nuestros oficios, la necesidad de fusionar estilos, de explorar nuevas formas de contar viejas historias, la admiración por Bach y la presencia de Teresa) facilitaron esta colaboración que será la primera de una serie de conciertos y de encuentros. Cuando me preguntan por qué hago algunas de las actividades que llevo a cabo, algunas de ellas en teoría alejadas de la literatura, (como este blog, sin ir más lejos) contesto lo mismo, porque las razones son idénticas: todo consiste en contar historias, en formatos distintos, para públicos diversos, como juego, como descubrimiento, como avances en la oscuridad.

 

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Un escenario requiere cargar las tintas con el maquillaje, como se puede apreciar en las fotografías, y un vestuario que se adecúe a la distancia y los efectos de luz: el vestido verde, con dos tejidos, punto mate y seda, es de Amaya Arzuaga, y muestra un precioso trabajo de origami. No veis las sandalias, pero son mis muy queridas romanas de Paco Gil, que me sacan de muchos apuros, y los pendientes y el brazalete, de alta bisutería,  podéis encontrarlos en El jardín del deseo. Beatriz, por cierto, volvió a vestirse la falda de su vestido de novia. Y según bajamos del escenario ya habíamos decidido que juntas volveríamos a subir a él.

Paseo por el pasado

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En otra ocasión os conté que, pese a ser una precoz acumuladora de recuerdos, libros y prendas, apenas había heredado prendas de mi madre de esos jugosos años 60, 70, y 80, que harían ahora las delicias de cualquier amante de lo vintage. He de decir que esa orfandad de prendas tiene su lado bueno: amigas y lectoras me han regalados ropa que sus hijas no aprecian y que yo tengo como oro en paño, y he trabado estrechas relaciones con las dueñas y dependientas de tiendas de segunda mano.
Cuando, hace poco, le comenté a mi madre esa situación, se indignó muchísimo; primero, de que lo contara. Después, le echó la culpa a los armarios, y su escasez en numero y metros cuadrados en las casas modernas. Y por último, el culpable final y definitivo resultó ser mi padre, no tengo muy claro por qué, y creo que él tampoco, pero por si acaso, nos callamos los dos. En definitiva, rectifico: y, para corregir mis errores, hoy saco a pasear una de las chaquetas que sí conservo de mi madre, para que no se diga.

Bromas aparte, me resulta muy querido llevar una chaqueta de ella que, además, fue cosida por ella: las puntadas perfectas, el forro verde dispuesto con un cuidado del que yo sería incapaz, el toque de modernidad que se aprecia mejor ahora que en su momento. Mi madre ha sido siempre elegantísima, y posee una gran intuición creativa. Era una modista arriesgada, autodidacta cuando no encontraba quién le enseñara lo que ella pretendía. Quiso tener un trabajo propio y ser independiente en un momento en el que el ideal de la mayoría de sus amigas era muy otro. Cuando idealizamos el pasado yo recuerdo a todas esas mujeres inteligentes y brillantes que, como mi madre, eran veinteañeras en los años 60, y que carecieron de las oportunidades que se merecían; el mundo estaba cambiando y ellas lo sentían, lo percibian pero, lejos de los centros de influencia o de las ciudades europeas o americanas en las que eso ocurría, no pudieron explotar su potencial. Es fácil reducir la historia a quienes destacaron, vivieron al límite, o rompieron límites. En su entorno de influencia, a su nivel, muchas madres y abuelas abrieron su camino callado, nos inculcaron valores, ideales o maneras de comportamiento que no fueron menos revolucionarias que las evidentes y visibles.

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La chaqueta de mi madre es de un paño formidable, beige, con cuadros verdes, grises y pardos, y grandes botones de pasta. Apreciad el corte y la impecable factura. Aunque es anterior en el tiempo a los vaqueros setenteros de HM, de talle alto y abotonado y gran campana, me parece que se complementan bien, y que suaviza un look que de otra manera sería excesivamente folk, y que así se adecúan bien a una estética urbana, pero femenina. La blusa de lazo viene de Mango. Los complementos, por otro lado, son los pendientes blancos muy simples que me encantan (los estoy coleccionando en varios colores), un anillo muy elaborado de Art Wear Dimitriadis, zapatos blancos de charol, de Úrsula Mascaró, y una bolsa con un collage bordado de Frida Kahlo que compré hace muchos años a un artesano, en La Habana. Las fotos están sacadas en Madrid, en Goya con Alcalá, muy cerca de un Starbucks por el que suelo recalar, y he aprovechado para comprar unas margaritas como regalo para una amiga, Alma Cupcakes, que tiene su taller muy cerca, en la calle Montesa.

En fin, si la ropa no nos despertara emociones, qué aburrido sería hablar de moda…

Un vestido, veinte años

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl olfato es, sin duda, el sentido más incontrolable y el que nos hace regresar al pasado y a las emociones sin quererlo: de ello nos habló Patrick Süskind. También el gusto, como tan bien reflejó Proust. Pero la vista unida al tacto, es decir, esa poderosa combinación que la ropa estimula, no nos resulta indiferente: el rechazo de otras épocas se transforma en nostalgia, o la satisfacción personal en vergüenza ajena de ese yo que fuimos. Cuando vi este vestido de Mango recordé inmediatamente uno muy similar que tuve en la universidad, hace ya veinte años. Vivíamos el auge del grunge, una cierta revisión de los 70: y mi cabeza estableció una serie de paralelismos y diferencias.
– En 1995 aún pagábamos con pesetas. Donde yo las compraba, una palmera de chocolate costaba 85 pesetas, y un cubata, 250. Los tomates eran ridículamente baratos, y sabían, en general, a tomate.
– Internet era accesible solo para unos pocos: no existía Facebook, y la idea de que el móvil pudiera servir para dar “me gusta” a la fotografía de un desconocido ni se nos había pasado por la cabeza.
– En Bilbao se estaba construyendo el Museo Guggenheim, que no convencía a nadie, porque tenía una pinta muy rara.
– Las fotografías se revelaban, y con cierta frecuencia se velaban; había que sacarlas con precaución, porque eran caras.
– Kurt Cobain acababa de morir, pero al menos Héroes del Silencio continuaban juntos. España quedaba segunda en Eurovisión, con Anabel Conde, aunque ganaba Noruega, como Dios manda. Jesulín de Ubrique, soltero de oro, había organizado una corrida gratuita solo para mujeres, y estaba a punto de grabar el hit “Toda”.
– Se rumoreaba que Antonio Banderas salía con la ex de Don Johnson, Melanie Griffith, que tenía una hijita llamada Dakota.
– Camilo José Cela ganaba el premio Cervantes. Vivían y publicaban Ana María Matute, Miguel Delibes, José Saramago, Carmen Martín Gaite y Gloria Fuertes, pero ese año morirían Patricia Highsmith, Julio Caro Baroja y Michael Ende.
– En los Oscar arrasaban Braveheart, Nicholas Cage, Susan Sarandon y Mel Gibson. Emma Thompson dedicaba el suyo a Jane Austen.
El Corte Inglés compraba y absorbía Galerías Preciados, y de HM o Mulaya ni se había oído hablar. Zara parecía que iba muy bien y que tenía futuro.
– España lograba algo francamente complicado, que era mantener una guerra con Canadá: la del fletán.
– Y yo iniciaba mi 3º año de carrera y recorría el campus de Deusto con mis faldas largas, los libros bajo el brazo y la sensación de que estaba envejeciendo y que no me pasaba nada interesante…

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El precioso vestido de Mango azul marino que me ha llevado al pasado es, sin embargo, muy actual. Lo he combinado con zapatos de ante lila de Unisa, un cinturón étnico que compré por los años de los que hablo, y unos pendientes vintage. El bolso de paño, con flores cosidas, es de los 70 y el colgante artesano muestra una amatista sin pulir. Una combinación contemporánea con guiños a ese pasado que parece tan cercano, y que de pronto me ha hecho sentir tan, tan anciana…