Estampados e historia

OLYMPUS DIGITAL CAMERAConozco algunas mujeres que no guardan una sola prenda estampada en su armario y que, por lo tanto, se horrorizarían al ver el mío: quizás se horrorizaran de todas maneras. Me fascinan las telas estampadas, y la estampación en telas, que son dos cosas distintas, y se debe, como casi todo en mi vida, a mi pernicioso gusto por la lectura. No se puede leer “El traje nuevo del emperador”, “Viento del Este, viento del Oeste”, “Madame Bovary”, “Fortunata y Jacinta” o la Biblia, o “La española inglesa”, de Cervantes, y luego pretender que a la niña no se le llene la cabeza de tejidos, ropajes y estampados. El frufrú de la seda, la frescura del lino, la tornasolada belleza del brocado las adiviné antes de saber realmente qué era. Recuerdo cómo le pregunté a mi madre, mientras leía “Las aventuras de Huckleberry Finn” lo que era el calicó y cómo me desilusioné cuando me señaló la tela del sofá.
Los estampados eran legendarios, carísimos, extraordinarios, porque en un inicio los creaba la trama y los distintos hilos, y la técnica requerida para ello  requería dinero y habilidad. Las telas pobres se teñían, sin más. Y con tintes vegetales, baratos. Los estampados procedían de Oriente, más concretamente, de la India, y se importaron en masa a Europa a partir del s. XVII. Con planchas de madera, primero y luego con rodillos de metal, se imprimía sobre percal de algodón: hicieron furor, no solo para vestirse, sino también para decorar la casa. Hasta el punto que se puede aseverar que la moda, tal y como la conocemos, comienza con los estampados. Como era un material barato, se podía cambiar fácilmente, cuando se aburrían del diseño; y los fabricantes se dieron prisa en producir modelos nuevos que aceleraran ese aburrimiento y el deseo de adquirir otros.

He tomado como base para dos cambios un vestido muy sencillo de Zara con un estampado floral sobre fondo negro. En su momento, hubiera sido un modelo caro, porque resultaba más sencillo emplear un fondo blanco, y con menos tintas que las de estas flores verdes, rojas, marrones, beige, azules…

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEn el primer cambio me muevo sobre seguro: los zapatos son de Salvador Bachiller, la pamela de fieltro beige de Klase, y el toque extravagante lo brinda el bolso de los años 40, de piel, que se lleva en la mano con una trabilla oculta, que ofrece la ilusión óptica de que se suspende en el aire. Si la pamela os molesta, podemos prescindir de ella, aunque es una pena no aprovechar esta moda pasajera de sombreros y tocados para colocarse lo que sea en la cabeza: no sabemos lo que durará.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl segundo cambio comparte el vestido, y el collar verde de malaquita del primero, pero los zapatos son unos peep toes de charol de Paco Gil, más altos y sexys, y ya lanzada al más es más, le he añadido un bolso de estampado de leopardo de G&S, un brazalete con el mismo motivo, y dos pendientes de pasta de HM. Mi excusa es que tanto el bolso, como los pendientes comparten tono exacto con las flores del vestido. En los dos casos la manicura es de OPI.

Y otro día os contaré mi teoría acerca de los lisos de fondo de armario, y los estampados de armario superficial…

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