Homenaje a Frida Kahlo

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¿Qué misterio rodea a Frida Kahlo para que sesenta años tras su muerte mantenga intacto el  atractivo de una mujer arrolladora, de una creatividad y una capacidad de sincretismo excepcional? En una sociedad obsesionada por la belleza física, la salud y la juventud, una artista feúcha, prematuramente envejecida y enferma desde niña, a la que incluso amputaron una pierna, se alza como un icono al que muchos admiran y todos reconocen.
Supe de la existencia de Frida cuando tenía ocho años, por una revista: sus Retratos, (con monos, con un traje de terciopelo, con fruta), me resultaron fascinantes; aún no me importaba su historia de amor. Quince años más tarde me regalaron un facsímil de su diario: había leído ya la obra de Elena Poniatowska sobre ella, y el personaje cobraba unos matices más complejos, desagradables, en ocasiones.  La última vez que escribí sobre ella fue en mi ensayo “Para vos nací“. Como Teresa de Jesús, Frida no distingue entre su cuerpo, su mente y su obra, brillantes, únicos y torturados. No se entiende quiénes fueron estas dos mujeres sin tener en cuenta sus enfermedades, ni su radical originalidad, la lucha constante por crearse una identidad única. Ambas emplearon la palabra como una manera complementaria de relacionarse con el mundo, y la dos, incomprensibles, efímeras, se encontraban con un amor más allá de toda lógica y fusionado con el arte.
Frida ha sido imitada, parodiada, idealizada. Se ha interpretado su vello facial como un homenaje a sus orígenes criollos (las descendientes de europeos mantenían el vello para distinguirse de las indígenas, lampiñas), como una manera de enfatizar su lado masculino, como una provocación, en definitiva. Las reinterpretaciones del atavío tehuano, los tocados de flores, los mantoncillos, todo formaba parte de una teatralidad intencionada que eclipsó a Diego Rivera y que amenaza ahora con oscurecer su propia obra, también. El legado político, emocional, el discurso de Frida Kahlo, en definitiva, no digamos ya su obra, va mucho más allá de lo visible y lo inmediato. Pero bien está que la imagen de una mujer tan poco al uso contrarreste la avalancha de lo políticamente correcto.
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Para este homenaje a Frida recuperé un precioso vestido de estampado en tonos rosas de Ailanto, con botones de perlas. Las joyas provienen de orígenes muy distintos: el collar de perlas cultivadas lo compré en Filipinas, el dorado fue un regalo del pintor Juan Adriansens y de su marido, Pedro. El otro collar, de cristal mate y coral, lo encontré en una tienda de antiguedades, y los pendientes de aro son de Ciudad de París. Me peiné con un pañuelo de seda de herencia, una mariposa de cuero dorado de HM y buganvillas y jazmines naturales. El maquillaje es de Chanel. Las fotos, pese a lo que parezca, no fueron sacadas en México, sino en el microclima subtropical de Motril, en el precioso hotel Casa de los Bates. Siempre es una buena senda el seguir los pasos de las grandes mujeres.

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