Invitada

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    De la misma manera en la que hay libros que se reservan para el verano, la piscina, la hamaca o el tiempo libre, hay reflexiones y pensamientos que deberían guardarse para los momentos de descanso en los que se puede hacer balance; pero muchos libros no abandonan nunca su torreta junto a la mesilla de noche, y casi nunca encontramos un hueco para ocuparnos de esos zumbidos molestos que rondan la cabeza.
Cuando era niña crecía durante el verano. No sólo físicamente (no me esmeré mucho en ello, y me quedé en talla media) sino en un estirón psicológico que se debía a que en julio y agosto leía hasta que me dolía la cabeza y estaba en contacto con la naturaleza en las casas de mis abuelos. Animales, plantas, y ese orden lógico que se encuentra en el contacto con la tierra. Nada duraba para siempre: el trigo y la hierba se doraban para cortarse y recogerse, y alimentarían a las vacas, que darían leche, cuya nata apartábamos con asco, y que se convertía en queso, que merendábamos mientras en las higueras maduraban los frutos. Bastaba con observar para que una mente nerviosa e hiperactiva se relajara.
Las ciudades complican esa calma, ese mirar hacia dentro, frenar el pensamiento y prepararse para ese cambio constante: nos quedan los parques, lejos de los niños, que otorgan otros valores hermosos, pero no siempre el silencio y la paz. Nos queda observar cómo las flores se abren y se cierran para dar origen a otra cosa, cómo el tiempo se refleja en las hojas, y cómo lo hará en nuestra piel y nuestra vida. El paseo lento por los senderos, un pájaro, quizás con suerte un gorrión, que aparece de la nada y desaparece en la nada, como decía Marco Aurelio.

En esta vida siempre en movimiento, 
dentro de la cual no hay punto alguno de referencia, 
¿Qué le sucede a quien se aferra a las cosas fugaces?
Es como si decidiera enamorarse de un gorrión que pasa volando
para perderse de vista en un segundo.

    Guardad, por lo tanto, un espacio para aburriros, para hablaros, vestíos como si fuérais a una fiesta, disfrutad de una hora en la que salgáis de vuestros pensamientos y miréis fuera para luego poder mirar mejor dentro. Sonreid a la nada, fijaros en lo pequeño, volved a casa sin prisa con una flor en la mano. Es, al menos, lo que yo hago de vez en cuando; una cita con nadie, una habitación propia en la naturaleza.

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   Para mi cita conmigo, el colorido del vestido de Laltramoda da todo el juego del mundo, o ninguno. Yo, que no le he tenido nunca miedo al color, lo he reforzado con unas sandalias amarillas de Paco Gil, inspiradas en un cuento de Fernando Marías titulado, precisamente, “Las sandalias amarillas”. El bolso de raso rojo, con incrustaciones de jade, es de Shanghai Tang, y me lo compré en Hong Kong; si lo abriera podríais ver que el forro interior fucsia le da un aire gamberro. El collar de malaquita fue un regalo, y está hecho a mano. Los pendientes de libélulas, de oro y jade, me los habéis visto en alguna otra ocasión, diseño de mi amiga Virginia de Verdeagua.
Por cierto, mi jefa de prensa, Nika Jiménez, me dijo que este look era perfecto para una invitada a una boda. Por eso lo he titulado así. En realidad, a lo que yo os invito es a la vida.

Vogue Like a painting

espidofreireVogue2En un momento en el que Instagram nos ha familiarizado con fotografías bonitas a diario, y en el que tomar instantáneas es una diversión para miles de personas, las exposiciones de fotógrafos profesionales (recordad PHotoespaña) nos colocan suave y firmemente en nuestro lugar. La que Vogue Spain ha reunido en el Museo Thyssen de Madrid une la belleza estética de prendas y de modelos muy conocidas a la mirada especialísima de fotógrafos de sobra conocidos (Irving Penn, Annie Leibovitz, Tim Walker, Paolo Roversi, Steven Meisel, Steven Klein, David Sims, Erwin Olaf, Mario Sorrenti): el título “Like a painting” no deja lugar a dudas: vamos a ver una serie de fotografías que recuerdan por luz, composición o temática los cuadros clásicos. Retratos, bodegones, paisajes o santas saltan del lienzo a la lente. El resultado es una recopilación espléndida, amable de ver, que no requiere de grandes conocimientos sobre arte o fotografía, ni siquiera sobre moda, para ser disfrutada.

Además del juego de reconocer a las modelos (Uma Thurman, Stella Tennant, Milla Jovovich, Emma Ward, Cate Blanchett entre otras) o a los pintores que sirvieron de inspiración (Zurbarán, a quien podemos ver en la planta superior en el mismo museo, Hopper, Rosetti) podemos girar en torno a un fastuoso vestido de Valentino, bordado con motivos florales. En mi caso, tuve que recorrer varias veces la sala, para recordar a posteriori las fotografías: la espectacularidad de una oscurecía la anterior.

No esperéis encontrar allí tendencias de moda: Vogue siempre ha aspirado a ser algo más que una revista al uso, y la voluntad de los fotógrafos queda clara: las prendas adquieren trascendencia, fuera del tiempo y del espacio, de una manera un tanto teatralizada. Pierde también frivolidad, y se convierte en algunos casos en una propuesta inquietante.

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Esa mañana estuve un rato leyendo en el jardín del museo, antes de que el calor apretara. El vestido blanco de piel es de Zara. Por un lado, cobra protagonismo por sí mismo, por otro, es un lienzo blanco en el que colocar otras pinceladas, como el brazalete y el bolso con estampado de leopardo, de G&S Accesorios, y unas sandalias bicolor de Paco Gil. Joyas muy discretas de oro, y maquillaje de Chanel, con unos labios más coral de lo que suelo llevar. Hice todo lo posible por darle al moño un poco de volumen,  porque tenía yo día de moño con volumen.
Creo que hice bien: los colores, de los que siempre siento hambre, se encontraban con variedad y abundancia en las fotografías de la exposición. Comprobadlo: merece la pena dedicarle una mañana. ¿Mi preferida? Una preciosa y onírica Ofelia.

Mujer a los cuarenta.

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Llegaron los cuarenta, y se fueron, y hoy cumplo 41 años. Una edad en la que parece que a muchas mujeres haya que consolarnos: o con frases que elogian nuestra apariencia juvenil, si la mantenemos, o con la consigna tantas veces repetidas de que esta edad no es el fin del mundo, y que aún podemos comportarnos como si fuéramos jóvenes.
Mi generación se ha sentido adolescente por tanto tiempo que no sabe muy bien qué hacer con la madurez. Ni en lo físico, ni en el plano intelectual, ni en el emocional. Sólo el envejecimiento reproductivo alerta a las mujeres de que el tiempo ha pasado.  La obsesión por la juventud comienza a afectarnos de manera preocupante a quienes pensamos que siempre seríamos jóvenes.
Por mi parte, puedo afirmar que nunca me he sentido mejor: no es un tópico. Tras unos años oscuros (una depresión grave, ansiedad constante, los vaivenes de una crisis económica brutal, la desaparición de casi todos los medios en los que trabajaba), me he visto en la obligación de cuestionarme con mucha seriedad quién era y cómo podía evitar el dolor de una vida cada vez con menos sentido, y el sufrimiento que conlleva la mala salud mental. El esfuerzo ha sido enorme, pero puedo afirmar que, día a día, sin grandes descubrimientos ni logros enormes, ha merecido la pena. La terapia, el autoconocimiento, una vida sana y, sobre todo, el trabajo emocional constante me han logrado llevar hasta donde hace un año y medio ni siquiera me podía imaginar.
Entiendo por primera vez que la felicidad íntima, la satisfacción personal, pueda reflejarse en el exterior. Siempre pensé que era una mentira piadosa; y sin embargo, la piel, los ojos, el rictus del rostro, delatan casi todo. Los cuarenta me han despojado de dudas y ciertas inseguridades: atrás queda el deseo de gustar a toda costa, o de adaptarse a modas y corrientes. Mi cuerpo es el que es: le agradezco sus esfuerzos por sobrevivir a una mente inquieta y a hábitos perezosos. El gusto también parece que no se modificará demasiado. La gran aliada de ambos, la seguridad en una misma, garantiza que una mujer que se conoce no se dejará llevar fácilmente por corrientes efímeras, ni por mimetizarse con la masa. La belleza, si la hubo, ya no basta. A nuestra edad, se pide y se busca más. Si no se ha empleado tiempo en resultar una persona interesante, aún se puede hacer un intento: porque será ese atractivo (la conversación, la mirada, el porte, las convicciones) los que nos harán deseables en lo sucesivo.
¿No es un proceso interesante si no miramos atrás, si no intentamos indagar demasiado en el futuro?

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAMi cumpleaños llega en pleno verano, con el mar alborotado por la celebración de la Virgen del Carmen. Incluso bajo los árboles, el sol quema sin piedad. Estos últimos años, además de con todo tipo de sombreros, me he atrevido con las sombrillas, como las orientales, que saben todo sobre la piel blanca. Esta de encaje es una pequeña joyita de Brujas. Hago un pequeño homenaje a la Reina de los Mares con el monstruoso anillo de coral, que contrasta con una línea más simple de los pendientes de HM. El top cruzado es japonés, de seda natural, pintada a mano con percas. La falda corta proviene de Garaizar, una tienda de jovencitas, porque aún lo somos, pero el bolso, que compré en Nueva York, es de los años 40, para recordar que ya no lo somos tanto. Los zapatos rojos y de tacón, de Sacha London, ponen de manifiesto que si se pisa fuerte siempre hay un zapato sexy que lo aguante. El maquillaje es de Chanel.

Y lo mejor de todo es pensar que aún tengo ocho años preciosos por delante hasta descubrir lo espléndidos que son los 50…

 

Esas herencias inesperadas…

Espidochanel1No es que la envidia sea mi pecado capital por excelencia: de hecho, gana la pereza por goleada: pero si en algunos momentos se me dispara esa emoción que amarillea la piel y tuerce la boca, es frente a esos armarios repletos que han pasado de madres a hijas, salpicados de prendas de alta costura y de telas antiguas. Con las bibliotecas también me ocurre, pero me consuelo con que los libros, en bolsillo, cuentan las mismas historias.
Imagino que mi nostalgia por esos guardarropas heredados se debe a que mi madre, que era modista, padecía un severo síndrome de Marge Simpson (¿recordáis ese episodio de los Simpsons, Class Struggle, en el que Marge encuentra un traje de Chanel de segunda mano y lo modifica una y otra vez? Podéis verlo aquí. Es decir,  que si no se lo escondíamos, el vestido se transformaba en falda, y la falda, en mini… Veo sus fotos de los 60 y 70, con vestidos de piqué y trajes pantalón y quiero llorar: además, compartimos la misma talla y estructura física. Para colmo, yo estoy parcialmente aquejada del mismo síndrome. Por mi casa pueden encontrarse cojines que recuerdan sospechosamente a abrigos que me vieron puestos en los 90…
Por suerte, las tiendas de segunda mano y de ropa vintage, más abundantes ahora en España que hace unos años, han venido a cubrir ese hueco entre perchas. Y de vez en cuando puedo encontrar alguna herencia inesperada que, previo paso por el tinte y a veces una modificación forzosa, me consuele. Entonces se convierten en la estrella de looks serios o informales; da igual con qué se mezclen. Son como las tías abuelas nonagenarias: aguantan virtualmente todo.

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Espidochanel5 En esta ocasión, jugué con el blanco/negro, y adopté un aire deliberadamente formal para un día de reuniones . El vestido de raso de HM era apropiado para el verano, pero no para el gélido aire acondicionado que me iba acompañar todo el día. Fue la excusa para rescatar, incluso en esta época del año, esa herencia inesperada que es mi chaqueta Chanel. También el bolso de raso, con cierre de perlas, es antiguo y lo encontré en una tienda vintage en Berlin. Firma los zapatos Rebeca Sanver, y los dos azules de la manicura son Ogre the top y Yoga Ta de OPI. Las fotos fueron tomadas en el hotel Vincci Soma de Madrid.

Por cierto, ¿soy yo, o ese vestido está pidiendo una vida después de la muerte en forma de blusa?

“Quería volar” y “Libélula”: optimismo frente a la anorexia y la bulimia

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Hace algún tiempo los padres de una enferma de TCA (Trastorno de la Conducta Alimentaria; las siglas incluyen anorexia, bulimia, vigorexia, trastornos mixtos…) me pidieron que interviniera en un documental sobre cómo esta dolencia afecta a las familias, a las enfermas y a su entorno. El enésimo intento de que la sociedad comprenda mejor la gravedad y el dolor que arrastran quienes ven su vida invadida por esto.
No es ningún secreto que yo padecí un TCA en mi adolescencia: años más tarde, ya desde la conciencia que da la recuperación, escribí Cuando comer es un infierno. Desde entonces, mi compromiso con los trastornos y quienes los sufren ha sido total: a principios de los 90, cuando enfermé, había muy poca información, ninguna alarma social (llegaría luego con la anorexia) y escasos medios. Veinticinco años más tarde, algunos hechos han mejorado, pero la enfermedad está ahí, y continúan los mitos. Como que solo afecta a chicas jóvenes (hay un importante porcentaje de adultas y de varones). O que el problema es la comida y querer adelgazar, (el origen son las emociones y cómo expresarlas, y la relación con la alimentación el síntoma). O que se quitan con dos bofetones a tiempo (es un problema del que nadie tiene la culpa, y el entorno ha de intentar comprenderlo, hablar con quien lo sufre, y seguir las indicaciones de los doctores) o que se pasa con el tiempo (la terapia es necesaria, tanto física como psicológica).
En su momento doné el importe del Premio Chocrón 10 personas 10 a las asocaciones de TCAs, para una mejor difusión de la enfermedad. El año pasado publiqué Quería volar, (Ariel), una revisión de mi ensayo original que recopila más entrevistas y trastornos distintos, lo que he aprendido de distintos profesionales a lo largo de los años, y una visión mucho más positiva. Pese al sufrimiento, un buen tratamiento logra que se deje atrás la enfermedad. La vida debe cambiar, el entorno, también, pero ese trabajo supone un gran conocimiento personal, y una base extraordinaria para otros aspectos de la existencia. En ocasiones, el énfasis en el dolor y en la fase de lucha aguda contra una misma oscurece otras cosas: la voluntad de vivir, el apoyo del exterior, la oportunidad que surge cada día, el valor que requiere mirarse al espejo y sonreír. Y para recordar ese lado positivo y ayudar a las enfermas en recuperación, diseñé junto con Verdeagua la Libélula, una pequeña joyita de oro y raso que simboliza el resurgimiento, los deseos de volar y sobre todo, que indica que la enfermedad es una fase, que se puede salir. Mujeres como Carme Chaparro, Raquel Sánchez Silva, o Alma Obregón, la han lucido como muestra de apoyo.

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Para la grabación del documental, además de un vestido hindú modificado por mi modista, llevé unas alpargatas doradas de Zara, un bolso morado de Elite Model y la Libélula como gargantilla, y no como pulsera. Colores alegres y lentejuelas que quieren transmitir optimismo, aunque hablemos de algo serio. Si queréis adquirir la Libélula podéis hacerlo aquí. Para pedir ayuda, consultad a vuestro médico de familia o en las asociaciones. Hay muchas. Fuerzas y ánimos a quienes sufren ahora y a sus familiares. De esto, puedo decirlo en primera persona, se sale, y la vida es infinitamente más bella después.

 

A bordo de La nave del misterio, Cuarto Milenio (Cuatro TV)

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Mi última entrevista en un programa de televisión no  era en absoluto convencional: “Cuarto Milenio”, el programa sobre los fenómenos extraordinarios de Iker Jiménez, me invitó a que abordáramos el papel que todo lo misterioso supuso en la vida (y muerte) de Teresa de Jesús. Allí, en el impresionante plató de Cuatro, aparecimos “Para vos nací” y yo, y allí nos enfrentamos qué había de cierto o no en sus experiencias extraterrenales, sus visiones, sus éxtasis… y a algo más mundano y siniestro, como el destino de su cadáver, y cómo fue convertido en gran parte en reliquias. Hubo, además, su toque de tensión: el programa coincidía con el referendum griego, de forma que el inicio se demoró mucho más de lo que pensábamos: los sufridos espectadores nos vieron en mitad de la noche.
Si vestirse para la tele presenta siempre las dificultades de las que ya hablaba en otra entrada, la iluminación y el barroquismo del set de “Cuarto Milenio” exigían un cuidado especial. Por suerte, contamos con la ayuda de las maquilladoras, que conocen perfectamente dónde y cómo va cada foco, y que aplicarán los productos adecuados para que las cámaras no nos hagan parecer zombies (no llamarían la atención en ese programa, por otro lado). Podéis comprobar que fuera del plató y con otras luces, en la foto con Iker, por ejemplo, parece que lleve exceso de corrector.

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CuartoMilenioEspido3Como lo adecuado era un color plano y vivo, llevé un vestido de DKNY en un azul intenso, casi klein, con algo de escote y una silueta clásica. Lo combiné con unas sandalias Marypaz, de tacón altísimo, con entretejido dorado. El bolsito de Purificación García es una pieza única que me diseñó para la publicación de mi libro “Cuentos malvados”. Los pendientes son de plata y lapislázuli, antiguos y el anillo, de plata y nácar, contrastaba con la manicura de OPI; pero mi joya preferida es la que podéis ver prendida en mi vestido: un broche victoriano con el ala de una mariposa azul protegida bajo un cristal, que compré en York, y que me parece todo un enigma en sí mismo.
Podéis ver el programa y mi intervención aquí. Porque a quién no le gusta un poco, en el fondo, lo inexplicable, ese temblor en la garganta, ese toque helado en la espalda…