La fiesta GQ San Jorge Juan

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Madrid arrastra la mala fama de ser una ciudad irrespirable a partir de san Juan hasta bien entrado septiembre. Esa mala fama no es del todo infundada: el calor cae a plomo, el asfalto se derrite, y solo los turistas más intrépidos se aventuran por las calles durante el día.
Hemingway, un buen conocedor del calor patrio, decía que en verano ninguna persona decente se va a la cama antes de las tres de la madrugada. Aunque el concepto de decencia de Hemingway podría ponerse en duda, no es un mal consejo, si puede seguirse. Con el atardecer, la ciudad se revitaliza, las terrazas se animan, algunas tiendas continúan abiertas, y la ciudad ofrece lo mejor de sí misma en un momento en el que la mitad de su población se ha ido de vacaciones, y un tercio es demasiado sensato como para poner un pie en la calle.
Una de las fiestas más interesantes de la temporada es la que organiza la revista GQ en la calle y el callejón de Jorge Juan para celebrar el día de San Juan: música, estilo, tiendas, cócteles, tapas, conversaciones, postureo, gente guapa, gente aún más guapa y la sensación de que el espacio pertenece a sus dueños, los ciudadanos que maldecirán el sol, el bochorno, la luz tras las persianas y las vacaciones que no llegan.
No sé aún si tendré vacaciones este verano: prefiero descansar en otoño, y quiero acabar una novela en estos meses. Pero eso no me iba a privar de una bienvenida y una noche para sonreírle al solsticio.

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Escogí de nuevo un vestido de The 2nd skin.co en tul de color nude, ajustado con un cinturón tornasolado, con escote evidente, y falda con algo de volumen. Los zapatos, de raso y ante violeta, eran de Rebeca Sanver, el collar, de cristal antiguo de Lalique. El bolso con cristales Swarovski es una edición especial de Littlearth LE designer. Llevo un anillo de plata y amatista que compré en Guadalaja, México, y un brazalete de perlas que es casi un fetiche para mí, de Verdeagua Alhajas. Los pendientes son perlas, también. Me maquillé con productos de Lancôme. Y a devorar la calle. Se lo debía a Hemingway.

 

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La Fiesta de verano de Kenzo y el “Mono no aware”

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Cuando me llegó la invitación para la Fiesta del Verano de Kenzo, que coincidía con el 15º aniversario de su perfume Flower by Kenzo, la pregunta era obligada: ¿Qué estaba yo haciendo hace quince años? Me encontraba aún de promoción tras el Premio Planeta, y recuerdo bien lo novedoso del diseño de la amapola encerrada en un frasco transparente. Yo era joven y aquello era nuevo.

La amapola, esa flor salvaje, frágil, perecedera (hay que chamuscar su tallo para que dure, una vez cortada) ha sido una obsesión para muchos poetas. Los simbolistas la empleaban como una metáfora de la pasión, por su color, y del sueño, por sus cualidades de adormidera. J. R. Jiménez quería casarse con ella, y era un juguete para los niños de campo, que las veían brotar entre el trigo y en los campos como una sorpresa encarnada. En la tradición japonesa del Mono no aware, de la que bebe Kenzo, la amapola fue empleada como símbolo de la belleza efímera en desde el siglo VIII; mil años más tarde, K. Issa escribió este bello haiku:
Vivimos.
Simplemente.
 Yo y la amapola.

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EspidofiestaKenzoPor lo tanto, y en homenaje a esa amapola atrapada en el tiempo, flores rojas adornaban mi vestido, con lentejuelas y tul en los bolsillos, de The 2nd Skin Co. Corto, y de tejido algo rígido, se ajustaba con un cinturón rojo. Las sandalias negras de Cuplé,  eran tan bonitas como cómodas. El pelo no debía adquirir el menor protagonismo: una coleta baja, similar a las vistas en los desfiles de Kenzo. Un bolso dorado, el maquillaje de Chanel  y joyas en oro rosa y diamantes de Chocron Joyeros: unos pendientes de estrella de la  Colección ChCirca; la sortija de la colección ChAstral, maravillosa, que concitó más de una envidiosa mirada; el brazalete articulado de la colección ChRomanChic, de inspiración victoriana, con un diseño floral, que suavizaba la propuesta más rígida y geométrica de los anteriores.

Y, curioso, en esa fiesta salpicada de rojo, en la que imaginaba bullicio, ruido y alegría, mantuve con Màxim Huerta, a quien no esperaba ver allí,  una de las conversaciones más interesantes sobre la calma, el estrés y el proceso de escritura que recuerdo en los últimos tiempos. Mono no aware, sensibilidad ante lo efímero.

El entretiempo y sus misterios

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La primavera no existe desde hace años, salvo como una declaración de intenciones: a partir de hoy es primavera. Cuando era más joven, decidí durante años que llevaría a cabo el cambio de armario el 24 de abril, cuando regresara de Barcelona del Día del Libro, y el 16 de octubre, cuando regresara también de Barcelona del Premio Planeta. Una medida drástica, con la que me asé en otoño y tirité en sandalias durante mayo, pero que al menos fijaba una fecha que me daba cierta tranquilidad mental. A mí la tranquilidad mental me la aportan cosas muy tontas.
La primavera, supieron los modistos doctos, había que combatirla envuelta en ropa de entretiempo, ese concepto un poco anticuado que incluía abriguitos ligeros, medias gruesas, colores claros, grandes foulares y la infame rebequita. Infame en su significado anglicista de notoria, (infamous) no de detestable. Ahora se habla de la técnica de las capas, o de la cebolla: funciona, pero a costa de arrastrar y arrugar el doble de tu peso en ropa, de perder la mitad por el camino, y del esfuerzo cromático de combinar las distintas y posibles capas de ropa: mis intentos de convertirme en una cebolla humana han finalizado con tristísimos looks en tonos grisáceos, con un negro total de viuda reciente, y con la total invisibilidad de mi cuerpo. Porque lo de que las capas cebolleras favorezca a un cuerpo adulto merece reflexión aparte.
Esta primavera que se ha mostrado vacilante, lluviosa y fría, ha supuesto un desafío para la teoría de las capas. En realidad, es útil como medida de emergencia, no pensada para extenderse más allá de unos días. En los climas en los que los días templados y variables se extienden por semanas, la ropa de entretiempo se revela todo su esplendor.
Las Islas Canarias, por ejemplo, son un terreno de entretiempo durante largos meses. Te obliga a pasar de un enero meseteño a una primavera constante en apenas cuatro horas. Mis últimos viajes a Fuerteventura ha puesto varias veces a prueba mi capacidad de volver a pensar como mi madre y mi abuela: en el clima real, y no en capas.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPor lo tanto, para un primaveral encuentro con la prensa majorera, escogí una camisa de manga francesa, con un cuello redondo con el perfil de dos gatitos. Tengo pocos objetos o ropa con estampado de gatos (los gatos me gustan vivos y en movimiento) pero esta prenda de crêpe azul de Sugarhill Boutique me cayó en gracia. Para romper el aire infantil, unos shorts de raso y encaje, muy cortos, tendencia hasta el aburrimiento esta temporada. Tan tendencia, y tan de temporada, que son de HM, muy baratos. Con medias gruesas, de Calzedonia, y zapato botín de Paco Gil. El calzado cómodo resulta esencial en tiempos cambiantes, porque los pies sufren y se hinchan. Estos fueron un acierto. Brillaba el sol, pero soplaba un viento incesante, como se aprecia perfectamente en las fotos, de manera que me olvidé del pelo, y me centré en proteger la vista. Las gafas de aviador han arrasado, y me he dejado arrasar. (Ray-ban). El bolso es de Purificación García, y el anillo, una piedra de pizarra engastada. Ojos muy marcados y ahumados y unos pendientes irregulares, ear-cuffs, de Parfois.  Las fotos fueron tomadas en el paseo de Puerto del Rosario.

Y ahora parece que ya va en serio: comienza el verano.

 

 

Los escritores y los Reyes

9La primera vez en la que me encontré con los reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía fue con motivo del 50º Premio Planeta, dos años después de haberlo ganado yo. Nos reunimos prácticamente todos los ganadores y finalistas de la historia del Premio, al menos los que quedaban vivos. Recuerdo que Vázquez Montalbán se puso una camisa roja, e hizo todo lo posible para no aparecer en la fotografía conjunta. El protocolo aún se está recuperando de ello.
La primera vez que me encontré con los Príncipes de Asturias fue por otro aniversario literario, el del Premio SM-Barco de Vapor. Acababa de regresar de Cuba, con la cabeza llena de trencitas, esas veleidades de turista, y así me planté allí. El protocolo aún se está recuperando de ello.
La primera vez que me encontré con Don Felipe y Doña Letizia ya como reyes fue con motivo del Premio Cervantes a Juan Goytisolo, la víspera de su discurso “A la llana y sin rodeos”. Fuimos muchos los que quisimos acompañarle durante la comida que todos los 23 de abril dan los reyes en el Palacio Real a escritores y a personalidad del mundo del libro: y sí, me temo que el protocolo aún intenta recuperarse de ello.

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Para quienes no estamos acostumbrados a ocasiones tan formales, aunque sean durante el día, el negro es una apuesta segura, algo aburrida, salvo que escojas un vestido de Amaya Arzuaga con volumen a la cadera. Las joyas de Chocrón Joyeros, de oro blanco y diamantes, pertenecían a las colecciones Ch-Aura (los pendientes) y Ch-Circa (la deslumbrante pulsera). Firmaba los zapatos de ante, con el tacón en metacrilato y una mariposa de cristal Swarovski en tonos verdes y azules, una de las casa predilectas de la reina, Magrit. Compré el bolso azul marino en una tienda de segunda mano de Nueva York, y aunque el protocolo se ha relajado significativamente por deseo de los monarcas, intenté comenzar el reinado con el peinado adecuado, y un maquillaje suave, que corrieron a cargo de Myriam de Prada. Las fotos se hicieron en el Palacio Real y en el Espacio Fundación Telefónica.

¿Otras ocasiones en la que se encontrarán reyes y escritores? Muchas. Además de la Feria del Libro, el recién otorgado Premio Princesa de Asturias, concedido al cubano Padura. Que ya ha anunciado que se comprará el traje en El Corte Inglés

PHotoEspaña en el Real Jardín Botánico

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No encuentro suficientes excusas para escaparme todo lo que quiero al Jardín Botánico de Madrid,  de manera que ya voy sin ellas: aún así, me las ofrecen cada semana. En este caso, fue la inauguración de las exposiciones de los artistas contemporáneos Julio Zadik y de Cravo Neto, dentro del Festival PHotoEspaña.

PHotoEspaña, esta vez con una directora, María García Yelo, acerca fotógrafos y propuestas de una calidad altísima a un público que no siempre encuentra la ocasión o el lugar para buscar imágenes conmovedoras. Este año se han dedicado en la fotografía latinoamericana (su lema es “Nos vemos acá”), un propósito casi infinito, que durante los meses de verano nos permitirán acercarnos a Tina Modotti, a Korda (sí, el del famoso retrato del Ché, en esta ocasión con sus preciosas imágenes de mujeres) o a Chema Madoz, quien me ha dado el privilegio de retratarme en más de una ocasión. Os hablaré de estas exposiciones en otra ocasión.

Mario Cravo, brasileño, inventa realidades extrañas en “Mitos y ritos”. En sus fotografías urbanas encontramos Nueva York, pero también Salvador de Bahía, color y blanco y negro, y, sobre todo, el ansia dellegar a algo invisible, místico, común a todas las razas y credos. Y Julio Zadik, guatemalteco, en “Un legado de luz”, muestra una y otra vez cuerpos y personas, bichos y paisajes. Zalik era un poeta que empleaba las imágenes para narrar, y que buscó el silencio (por décadas no se supo nada de él) para reclamar las historias.

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photoespaña Espido4Para una inaguración de fotografía en el Jardín Botánico podía optar por el minimalismo más estricto, o por el trampantojo. Ya podéis imaginar que me lancé a lo último, a un vestido de H&M con una fotografía de un paisaje, dos flores en el pelo, y unas libélulas de Verdeagua Alhajas como pendientes. Uñas pintadas de verde escarabajo con uno de los esmaltes tornasolados de OPI, y un brazalete hindú. Las sandalias verdes son de Jocomomola, y el bolso, de Cats, fue un regalo, masacrado cuidadosamente por mi gatita Lady Macbeth. No sé si el nombre influyó o no. Siempre digo que he de disimularlo con un pespunte… pero ahí siguen sus uñitas. El maquillaje, de Clarins, era muy suave, en un intento de suavizar el efecto folklórica de incógnito que le dan las gafas grandes a una coleta. Qué le vamos a hacer, con el calor el pelo estorba, y con el sol, hacen falta lentes.

Y después de la sobrecogedora creación humana de las fotografías, apareció la realidad bellísima del jardín…

(Por cierto, si os gustan los árboles, o si no dais ni una con ellos, esta app gratuita es un juguetito precioso para identificarlos…)

La conquista de las Bibliotecas, París

espidofreireparis1 ¿Érais de esas personas que solo pisaban la biblioteca para estudiar, y que ocupaban todos los asientos desde primera hora de la mañana en época de exámenes? La chica que os miraba furibunda con tres o cuatro libros bajo el brazo y carraspeaba ruidosamente era yo. Nada personal, especies distintas en el mismo hábitat. Creo que nunca he estudiado en una biblioteca. Las amo y defiendo con pasión; les debo mucho. Para mí eran, y siguen siendo, espacios destinados a la lectura, una desbordante cantera de libros. Una visión un tanto limitada por mi parte, porque las bibliotecas cumplen funciones tan variadas, reúnen tantos ecosistemas distintos que reclamar una única faceta sólo las llevaría a la extinción. Pero eso no quita para que intente, siempre, conquistarlas.
La biblioteca del Colegio de España en París se cuenta entre las de apariencia clásica, reconfortante, con sillones cómodos y estantes venerables. Una biblioteca como la que me gustaría atesorar en mi casa. De momento, he de conformarme con usarla cuando pase por allí, y con donar algunas de mis obras, de manera que “Irlanda” o “Para vos nací” pasen a engrosar su patrimonio.

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espidofreireparis2Cuando tenga mi propia biblioteca en condiciones me imagino entre los libros más o menos así, con un kimono antiguo de gasa , bordado con lentejuelas metálicas, que compré en Tokio, (para que no me hiciera ilusiones me dijeron que no era una prenda exterior, ni posiblemente tan antigua, lo que me hizo sentirme algo boba, porque creí haber dado con un tesoro) de un color verde pálido. Estoy dándole tanto uso a las sandalias nude de Unisa que posiblemente se me rompan puestas, pero me son tan cómodas que correré el riesgo. Llevo un collar de nácar de Dimitriadis, y un anillo de bronce de la misma marca. Y la novela “Irlanda”, la primera que publiqué, para darle vida y nuevo hogar.

Biblioteca conquistada. Ahora se inicia la lucha por la siguiente.