Jengibre (primera parte)

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¿Sois, como yo, de quienes conocieron por primera vez la palabra “jengibre” en los libros de Los Cinco, de Enid Blyton? ¿Envidiábais a aquellos cuatro niños y su perro, su impensable libertad,  la Isla de Kirrin para ellos solos, las camas de brezo, el pastel de ruibarbo, y la cerveza de jengibre? ¿O pertenecéis a esa generación más joven lo que ha visto en láminas rosas y con sabor a jabón junto al sashimi, y que ha devorado sin inmutarse tiernos hombrecitos de jengibre?

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Su momento de esplendor dura desde hace unos tres mil de años. Vino de Asia. Los romanos lo llamaron zingiber, y lo consideraron una especia valiosísima que extendieron por Europa. Tuvo particular éxito en Inglaterra, donde en el siglo XI los antepasados de los Cinco ya lo usaban. Dado lo carísimo que resultaba, era un bocado de reyes, que lo consumían en pastelitos y panes. En España, en cambio, hasta tiempos muy recientes, solo se empleaba como medicamento.

¿Para qué? Bueno, sus raíces bulbosas, o rizomas, mejoran infinidad de dolencias, sobre todo las digestivas. Un té de jengibre aligera cualquier comida pesada, y sacia entre horas. Resulta excelente para remediar los mareos y no tiene contraindicaciones durante el embarazos, con lo que es un aliado perfecto contra las naúseas matutinas (o naúseas, a secas). Además, en tisana alivia el resfriado o la gripe, ayuda a bajar el colesterol, es antioxidante, y sobre todo, sobre todo, (quizás por su apariencia, bastante… obvia) tiene reputación de altamente afrodisíaco. Lo que no sé es por qué no estamos comiendo jengibre a puñados.
De lo que puedo dar fe es de lo estimulante que resulta; un trocito de jengibre masticado crudo por la mañana, o un té cargado y me siento con ánimos para conquistar el mundo. No entiendo cómo se lo dejaban consumir sin límite a los Cinco. Así se metían en los líos que se metían. En fin: os propongo varias preparaciones muy sencillas.

       El té de jengibre se hace calculando unas dos rodajitas finas de rizoma fresco por taza. Yo prefiero cortarlas en tiritas, y jugar luego a pescarlas. Se vierte el agua hirviendo sobre la taza, y se infusiona unos diez minutos (quince si las rodajas son más gruesas). También se puede hacer con media cucharadita de jengibre en polvo, pero el sabor no admite comparación.

Mi manera preferida de comerlo es confitado, como lo descubrí en Siria, y como ahora lo hago yo. Necesitareis la misma cantidad de jengibre que de azúcar, y un poco de agua.
Se pela y corta en trocitos el jengibre; yo lo dejo en agua unas dos horas, y tras haberlo escaldado un par de veces, lo pongo a cocer cubierto de agua y con dos dedos más (de agua, no andeís por ahí cortando dedos). Lo hiervo, casi totalmente tapado, hasta que el jengibre esté tierno. Entonces lo escurro, lo peso, y lo pongo de nuevo a hervir con la misma cantidad de azúcar, y un par de cucharadas de agua. Lo hiervo a fuego lento con un utensilio de madera, con el que remuevo la mezcla hasta que se vuelve transparente. Entonces, antes de que se enfríe del todo, lo extiendo sobre una placa, y lo rebozo en azúcar. Es entretenido, porque se pegan unos a otros y hay que separarlos. Y entre separación y separación os reto a que lleguen todos a la mesa…

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El jengibre, tanto en rizoma como en polvo, lo compré en Gourmet Experience de El Corte Inglés. Los cuencos de cerámica y madera rojos provienen de París, de la CFOC, Compagnie Francaise de I’Orient et de la Chine. El péndulo de cristal de roca y jade fue un regalo, y los corazones de cristal son de cristal de Murano, y los compré en Venecia.

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Un pensamiento en “Jengibre (primera parte)

  1. De la generación de Los cinco, de Enid Blyton.
    Hablaban de jarabe de jengibre y lo cierto es que hasta que se pusieron de moda los restaurantes de comida japonesa que lo sirven con el sushi, no he sabido lo que era.
    Por cierto, me aficioné a la lectura gracias a las colecciones de aquella escritora: Los cinco, Torres de Malory, las mellizas O´Sullivan, los siete secretos…

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