Paseo por la Isla de San Luis, París

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¿Qué se visita en París cuando no se tiene tiempo para nada? Para mí un paseo que me permite todo (compras, novedades, un rincón privado, mi porción de kitch turístico) gira en torno a la Isla de San Luis, o Île de Saint-Louis, un territorio diminuto, que hasta hace 300 años se usaba como pasto para ganado, y que recibe su nombre por el rey Luis IX, que recibió a mi princesa Kristina de Noruega en su paso por Francia (La flor del norte).
La isla se recorre en un momento: un puñadito de calles con dos de mis galerías preferidas, tiendas de bisutería y de regalos de diseño, restaurantes, creperías y heladerías, una iglesia (Saint Louis en la Île) con un reloj amarrado con cinta americana, como si se fuera a escapar, y con un rico pasado literario: aparece en En busca del tiempo perdido, de M. Proust, en Las babas del diablo, de J. Cortázar, sirvió de escondite al famoso bandido Cartouche. A tiro de piedra se alza Notre Dame, inseparable de su jorobado de V. Hugo, y uno de los puentes que la comunican con tierra firme, el Puente de las Artes, carga con miles de candados, como manda la moda de Tengo ganas de ti, de F. Moccia.

Si se avanza un poco más, entre las mareas de turistas y las parejas de novios que eligen el Barrio Latino para su reportaje de fotos, nos encontramos con una de las librerías más famosas de París: Shakespeare and Company, un centro de culto para cualquier escritor o lector que conozca los nombres de quienes pasaron por la librería original, fundada por Sylvia Beach en 1919 y por la refundada por George Whitman en 1964. En el piso inferior se encuentran novedades y clásicos en lengua inglesa, y en la superior, en un caos intencionado, varias habitaciones con intención más de santuario para los amantes de la literatura que de librería.

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1  Con tanto color y ruido a mi alrededor, me fui al clásico de los clásicos de la ropa informal: una camisa blanca, de Zara, de una sencillez cuáquera, y unos vaqueros de Suiteblanco. El bolso de encaje negro me lo regaló mi madre, y como en todos los bolsos de madre, cabe medio París en él. Perlas como pendientes, y una cadenita de platino. Sin colgante.

 Durante una primavera real, norteña, con fríos repentinos y claros abrasadores, el abrigo de entretiempo resulta esencial; yo me llevé este de Laurèl, que aportaban un un poco de diversión con su estampado de leopardo. Me parecía aún más importante escoger un calzado adecuado para los empedrados y asfaltos parisinos: los botines de tacón medio, blancos, de Marciano, aguantaron bien el trote. A mí en estas fechas me hace ya falta una protección solar muy alta (otro día hablaré de ello), y un maquillaje suave, de Clarins.

 No da tiempo a más, quizás a adentrarse en la calle más estrecha de París, la Rue du Chat qui Pêche. Para avenidas, jardines y más grandezas, habrá otros días.

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En la Ciudad Universitaria Internacional de París

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 Si a la Espido de veinte años le hubieran dicho que un día se encontraría en la Ciudad Internacional Universitaria de París, invitada por la Sorbona para hablar de su obra, no le hubiera extrañado lo más mínimo. Esa chavalita que se presentó en Deusto el primer día de clase vestida con un estricto traje de tweed fusilado a Chanel (ahora se diría un clon), y fue confundida con una profesora, adolecía de muchos defectos, pero la inseguridad no era uno de ellos. Es más, lo que le hubiera sorprendido es que tardara veinte años en lograrlo, la muy fracasada.
La Espido de cuarenta, en cambio, agradece y se maravilla de caminar entre las residencias de este lugar único del Distrito XIV de París. La CIUP tuvo su origen hace 95 años, en la mente del ministro A. Honnorat, que, cuando acabó la I Guerra Mundial quiso celebrar la unión de todos los estudiantes del mundo con la creación de esta ciudad. Hoy, como escritora, tengo el honor de poder hospedarme en el Colegio de España, y de presenciar el espíritu de intercambio intelectual y de creación artística que sigue vertebrando la CIUP. La joven Espido hubiera sido muy feliz aquí; la adulta, más serena, mucho menos impaciente pero igual de entusiasta, lo sigue siendo.

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 No creo que a mi yo adolescente le hubiera gustado mi atuendo actual, de darse un encuentro borgiano y habernos cruzado: ella, que vestía trajes en plena ola grunge y saltó al estilo gótico recreacionista, cuando aún no había góticos, esperaría de mí algo más espectacular: al menos, una falda larga, y con más vuelo. De hecho, tengo una preciosa falda así de Escada, a la que pensé meter un tijeretazo esta temporada, porque casi no la uso, hasta que encontré esta de Suiteblanco ya corta y a precio lowcost. Se hubiera mostrado displicente ante la camisa blanca de Zara; las sandalias son de Paco Gil, y el brazalete, de piel de serpiente. Me traje los pendientes de perlas de Manila, y las gafas de sol tienen ese aire extravagante de Prada. Empleé maquillaje de Dior, ojos ahumados y labios rojos, una versión suavizada de los extremos siniestros que lucía en la Universidad. Paciencia, joven Espido. Confía en el futuro.

La lección de los escultores

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Imposible saber cuándo ni por qué nació la relación entre decadencia económica y esplendor artístico, pero resulta evidente que en los momentos de necesidad se han desarrollado grandes talentos. Y precisamente la creatividad y la capacidad de adaptación son claves para dejar esa crisis atrás. Cuando una ciudad entiende que las inversiones esenciales para un futuro mejor pasan por la cultura, la sanidad y la salud puede hablarse de esperanza. En Fuerteventura viví lo contagiosa que es esa energía que desprende la creación, sobre todo cuando la presenciamos en directo.
La excusa era el IX Simposio Internacional de Escultura de Puerto del Rosario. La realidad, un puñado de escultores que, al aire libre y ante los ojos del público, esculpían sus obras en metal (acero corten y acero inoxidable) o en piedra.  Tres son españoles y amigos desde que durante el concurso de arte urbano del que fui jurado: Amancio González, que además impartía un taller para estudiantes, Juan Miguel Cubas y Toño Patallo, el organizador. El resto, Carlos Monge, José Villa, Mauro Bettini, y Xavier González, provenían de México, Cuba, Italia y Francia.
Hace unos meses, cuando impartí en Puerto del Rosario una conferencia sobre trastornos de la alimentación, J.M. Cubas encontró en ella el origen de una de sus esculturas. Así lo describía en su Facebook: “sentí la necesidad de hacer algo que plasmara esa lucha brutal y la vez delicada que en algún momento de nuestras vidas se nos hace necesario, bien por enfermedad o simplemente en el ámbito laboral, y éste fue el resultado”. Fue uno de esos encuentros emocionantes que aportan sentido a ser escritora. Y cuando pude verlos trabajar en Corralejo, cubiertos de polvo, con sus radiales y herramientas, entendí que todo nace de la misma pasión, y que sólo la pasión (por la vida, por otras personas, por el arte) nos permite salir de crisis y dolores.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Para visitarles elegí un vestido de lana púrpura de Sybilla, una diseñadora que entiende bien los conceptos escultóricos. De lana fría, corta el viento majorero y no da calor; el foulard es de Adolfo Dominguez, otro experto de volúmenes y moda. Los zapatos verdes de Paco Gil, con sus piezas metálicas, guardaban coherencia, al igual que las gafas de Ray-Ban.  La pulsera de cuarzo es de Verdeagua Alhajas, y la de madera y el collar de esmalte llevan conmigo mucho tiempo. Yo no puedo tomar el sol, de manera que el sombrero era obligado, junto con la altísima protección solar. El look pedía a gritos bolso personalizado, con el cartel de la película de Buñuel, “El discreto encanto de la burguesía”. La laca de uñas es el Blossom Dandy de Essie, y el resto del maquillaje de Dior.

Maquillaje que, por cierto, me olvidé en el hotel, primorosamente guardado en su neceser, y que me trajo a la península Amancio González cuando finalizó sus compromisos en la isla. Quién sabe qué sacará de ello… ¿No es el maquillaje un medio para esculpir el rostro?

 

 

Jengibre (primera parte)

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¿Sois, como yo, de quienes conocieron por primera vez la palabra “jengibre” en los libros de Los Cinco, de Enid Blyton? ¿Envidiábais a aquellos cuatro niños y su perro, su impensable libertad,  la Isla de Kirrin para ellos solos, las camas de brezo, el pastel de ruibarbo, y la cerveza de jengibre? ¿O pertenecéis a esa generación más joven lo que ha visto en láminas rosas y con sabor a jabón junto al sashimi, y que ha devorado sin inmutarse tiernos hombrecitos de jengibre?

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Su momento de esplendor dura desde hace unos tres mil de años. Vino de Asia. Los romanos lo llamaron zingiber, y lo consideraron una especia valiosísima que extendieron por Europa. Tuvo particular éxito en Inglaterra, donde en el siglo XI los antepasados de los Cinco ya lo usaban. Dado lo carísimo que resultaba, era un bocado de reyes, que lo consumían en pastelitos y panes. En España, en cambio, hasta tiempos muy recientes, solo se empleaba como medicamento.

¿Para qué? Bueno, sus raíces bulbosas, o rizomas, mejoran infinidad de dolencias, sobre todo las digestivas. Un té de jengibre aligera cualquier comida pesada, y sacia entre horas. Resulta excelente para remediar los mareos y no tiene contraindicaciones durante el embarazos, con lo que es un aliado perfecto contra las naúseas matutinas (o naúseas, a secas). Además, en tisana alivia el resfriado o la gripe, ayuda a bajar el colesterol, es antioxidante, y sobre todo, sobre todo, (quizás por su apariencia, bastante… obvia) tiene reputación de altamente afrodisíaco. Lo que no sé es por qué no estamos comiendo jengibre a puñados.
De lo que puedo dar fe es de lo estimulante que resulta; un trocito de jengibre masticado crudo por la mañana, o un té cargado y me siento con ánimos para conquistar el mundo. No entiendo cómo se lo dejaban consumir sin límite a los Cinco. Así se metían en los líos que se metían. En fin: os propongo varias preparaciones muy sencillas.

       El té de jengibre se hace calculando unas dos rodajitas finas de rizoma fresco por taza. Yo prefiero cortarlas en tiritas, y jugar luego a pescarlas. Se vierte el agua hirviendo sobre la taza, y se infusiona unos diez minutos (quince si las rodajas son más gruesas). También se puede hacer con media cucharadita de jengibre en polvo, pero el sabor no admite comparación.

Mi manera preferida de comerlo es confitado, como lo descubrí en Siria, y como ahora lo hago yo. Necesitareis la misma cantidad de jengibre que de azúcar, y un poco de agua.
Se pela y corta en trocitos el jengibre; yo lo dejo en agua unas dos horas, y tras haberlo escaldado un par de veces, lo pongo a cocer cubierto de agua y con dos dedos más (de agua, no andeís por ahí cortando dedos). Lo hiervo, casi totalmente tapado, hasta que el jengibre esté tierno. Entonces lo escurro, lo peso, y lo pongo de nuevo a hervir con la misma cantidad de azúcar, y un par de cucharadas de agua. Lo hiervo a fuego lento con un utensilio de madera, con el que remuevo la mezcla hasta que se vuelve transparente. Entonces, antes de que se enfríe del todo, lo extiendo sobre una placa, y lo rebozo en azúcar. Es entretenido, porque se pegan unos a otros y hay que separarlos. Y entre separación y separación os reto a que lleguen todos a la mesa…

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El jengibre, tanto en rizoma como en polvo, lo compré en Gourmet Experience de El Corte Inglés. Los cuencos de cerámica y madera rojos provienen de París, de la CFOC, Compagnie Francaise de I’Orient et de la Chine. El péndulo de cristal de roca y jade fue un regalo, y los corazones de cristal son de cristal de Murano, y los compré en Venecia.

MonoKlein

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Durante las últimas temporadas hemos visto a toda mujer que aspire a vestirse a la moda con una prenda azul Klein, ultramarino, eléctrico, o, como diría una vieja compañera de colegio, azul fucsia. No obstante, parece que estamos lejos de aburrirnos de él, y se sigue proponiendo en complementos, como color integral, o en toques sueltos como el esmalte de uñas para las menos atrevidas, a quienes aconsejaría que se atrevieran con esta tonalidad: favorece casi tanto como el azul marino, y brinda luminosidad a la piel. También es verdad es que ése sería mi consejo para casi todos los colores y casi todas las tímidas.
En mi armario abunda el azul; no tanto los monos, pero decidí probar con uno para una de las sesiones de fotos para prensa que me habían propuesto. Creo que resulta evidente que en los últimos tiempos la pintura ocupa más espacio en mi cabeza de lo que pensaba, porque si hay un color pictórico moderno, ése es el IKB International Klein Blue, que Ives Klein patentó en 1960.

Ives Klein fue una brasa fulgurante y fugaz: sólo vivió 34 años, pero durante su vida recorrió diversos países y revolucionó el mundo de la pintura, el happening y el color. Era francés, hijo de pintores, y había nacido en 1928. Por un lado, su obsesión por el vacío ocupó gran parte de su obra. Por otro, ocupaba el espacio con gestos espectaculares, como sueltas de globos, o la pintura en vivo, en la que modelos desnudas cubiertas de pintura de su azul se frotaban, siguiendo sus instrucciones, contra lienzos en blanco (antropometrías). Trabajó con otros colores, como el rosa o el dorado, pero desde 1957, prácticamente toda su obra se realizó en azul Klein. Para él no existía una gran diferencia entre su idea de vacío y el romper con el arte figurativo con telas completamente monocromáticas: todo era abstracto, todo presagiaba un no-ser en cierta medida relacionado con la idea oriental del Tao. Le Vide, the Void, era su manera de nombrar lo inmaterial.

Pero, ¿cómo sabemos si ese azul de nuestro nuevo vestidito es Klein o no? Para eso está la empresa Pantone Inc. de Nueva Jersey, que con su clasificación cromática compara, fija y da esplendor a todos los colores que puedan pasársenos por la imaginación desde 1962. Pantone, que comenzó dedicándose a los cosméticos, publica guías anuales con pequeñas tarjetitas que clasifican los colores y sus matices. Gracias a su numeración, podremos encargar a nuestro pintor de brocha gorda de cabecera unos kilos de un azul parecido al IKB y luego, si se nos antoja, revolcarnos contra la pared del comedor con la seguridad de que será el siempre el mismo. Siempre que estemos dispuestos a pagar por la propiedad intelectual de sus colores: si no, hay otras guías de clasificación low cost.

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El mono azul Klein es de The Gallery Room, , y ya que de dorados y rosas va el asunto, lo combiné con zapatos altísimos de Paco Gil y bolso fucsia de H&M, ambos forrados de raso. Los pendientes de oro van a su vez a juego con la cadena-collar, un regalo del pintor Juan Adriansens, y la pulsera de Alex and Ani, un diseño con fines benéficos en los que la mariposa añade el significado de renacimiento, fuerza y renovación con los que me siento tan identificada. El esmalte de uñas es el Dior Vernis Timeless Gold 226, y el resto del maquillaje, obra de mis manitas, incluye la sombra de ojos dorada Intense de Bourjois, que colecciono casi como si fueran cromos. Las fotos y la sesión posterior para prensa se llevaron a cabo en el hotel AC Recoletos de Madrid.
Por cierto, hacía días que el cuerpo me pedía alguna prenda amarilla, muy amarilla, amarillísima… y no debía de ser la única, porque Pantone ha nombrado el amarillo Minion (esos adorables bichitos de “Mi villano preferido”, que en unos meses tendrán película propia). Hasta ahora y desde 2000 solo teníamos un color del año, el Marsala, en el caso de 2015, pero parece que eso está cambiando. Fue el músico Pharrell Williams quién lo sugirió y Pantone ha valorado las cualidades de esperanza, alegría y optimismo que transmite ese color. Intuyo unos meses con mucho Minion a mi alrededor.