Conferencia en el Museo del Traje

OLYMPUS DIGITAL CAMERA
Durante los últimos diecisiete años he impartido conferencias en lugares muy diversos: universidades, restaurantes, al aire libre, ferias del libro. Palacios, estadios, salones particulares. Incluso dentro de una cueva. Y sobre temas igualmente dispares:  literatura española e inglesa, formación y pedagogía, jóvenes emprendedores, diferencias generacionales en la empresa, ópera, mi obra, trastornos de la alimentación, Santa Teresa de Jesús…

Cuando comencé a publicar nunca pensé que hablaría sobre moda y literatura en el Museo del Traje de Madrid. Y sin embargo, me crié entre patrones y libros (y partituras, pero eso es otro tema) casi sin distinguir unos de otros. Mi madre era modista. También lee mucho. Nunca se me pasó por la cabeza despreciar el trabajo de quien idea, cose o entiende de ropa, porque sé lo que se oculta detrás de una prenda bien o mal cosida. La vida me ha traído amigos diseñadores y escritores, entre otras profesiones; no veo nada extraño en ello. Siempre me ha complacido que los escritores vistan bien, de la misma manera que me parece deseable que los diseñadores lean.

Lo que para mí resulta natural no lo es tanto como yo creía: he tenido que responder más veces de las imaginables a por qué me interesa la moda. Si no lo considero frívolo, por debajo de los intereses que una escritora de verdad debería mostrar; y en ese contexto, una escritora de verdad es alguien que sólo roza el mundo intelectual, que no vende demasiados ejemplares y que no opina sobre nada que no sea su obra. Desde que comencé a intervenir en redes sociales, esa pregunta se repite aún más: a veces, olvidando que Facebook, o Instagram, (en menor medida Twitter) es el territorio del yo y de la imagen, se ha confundido el que hablara de mí o publicara mis fotos con narcisismo. En realidad, fotografías personales, opiniones personales y actividades personales es lo que se espera que aparezca en cualquier cuenta privada o pública: menos en el caso de los escritores. Reñidos con la imagen y con gran parte de lo que compone la actualidad, allí arriba, en nuestras torres de marfil.

No es ni será mi caso: me fascina cualquier forma de expresión emocional, colectiva o particular, desde la narrativa oral a la vestimenta, el arte abstracto o los tatuajes. Y aún más si interviene el cuerpo en esa comunicación. Al fin y al cabo, de eso nos alimentamos los escritores, de las historias que flotan en el aire. Cada formato necesita su lenguaje específico y adecuado. Hay, desde luego, enormes diferencias entre un microcuento y una pieza de publicidad, entre ellas, el afán de trascendencia, pero prefiero centrarme en que los dos emplean herramientas de mi trabajo: la palabra y la simbología. Me parece esencial que mis alumnos, sean de Creación Literaria o de Moda, escriban con corrección, cada uno con su registro, y a ello dedico mucho de mi esfuerzo. A un escritor, como bien sabían Pérez Galdós, o Scott Fitzgerald, o Cervantes (esas descripciones maravillosas de los ropajes de su novela ejemplar La española inglesa…) nunca le estorbará saber de moda, y sí le perjudicará mirar con desprecio cualquier materia que no domine o entienda, sea el fútbol, el misticismo renacentista o las series de televisión. Y cualquier persona que aspire a triunfar en la moda que no sepa contar buenas historias y transmitir la suya propia se verá en una clara desventaja. No es fácil ser un buen escritor: pero tampoco lo es, ya se está comprobando en este mar de mezclas, de intereses mixtos y de banalización, ser una blogger con estilo propio.
De esto y de muchos otros temas traté en mi conferencia. Y seguiré hablando de ello siempre que tenga ocasión.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Ninguna de las prendas que elegí para esta ocasión fueron casuales: todas incluyen una declaración de intenciones. Los zapatos Viuda de Sacha London, inspirados en mi cuento del mismo título. La pulsera Libélula, un manifiesto contra los TCAs. El bolsito, confeccionado a partir de un mantón de Manila antiguo.

Por último, una prueba para connoisseurs. ¿Reconocéis mi vestido? Forma parte de la primera colaboración de HM con una firma exclusiva: Karl Largerfeld en 2004, hace la friolera de once años. Entonces parecía una arriesgadísima propuesta, no exenta de polémica, como la propia marca sabía y asumía.  Yo me hice con dos de esos vestiditos negros de seda salvaje (ejem) y tul; la cintura es tan ceñida como parece. Me pareció una inversión que tenía muy poco que ver con el dinero, porque, como el propio Karl afirmaba: It’s all about taste: if you are cheap, nothing helps.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s