Día a día.

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Hace unos años mi armario sufría una grave esquizofrenia: de prendas cómodas, kimonos, caftanes y chaquetas de punto herededadas (siempre me negué a los pijamas o los chándales) saltaba a vestidos de cóctel y gala. No había espacio para pantalones, salvo un par de vaqueros que usaba para el senderismo, ni para camisas ni trajes, excepto por un momento puntual en 2002 en el que compré dos, uno rojo y otro de raya diplomática, durante la promoción de “Cuando comer es un infierno”.

Por un lado, se debía a mis gustos personales: del mismo modo que prefería que me quemaran en la plaza pública a meter en mi casa un sofá convencional de tres plazas, no encontraba nada atractivo en las uniformes y formales sugerencias para la oficina, o en esa adolescencia prolongada de lycra y vaqueros que proponían a las mujeres de mi edad. Por otro, mi trabajo se desarrollaba muy lejos de un entorno convencional. O bien escribía, traducía o corregía en la seguridad del hogar;  o bien, fuera de casa, impartía conferencias o acudía a presentaciones y eventos más formales.

Los tiempos han cambiado, mi sistema de trabajo también, y los cursos de formación, las asesorías, y las reuniones matutinas se hicieron más frecuentes. Muchas mujeres han optado por el teletrabajo, con lo que la oferta de ropa confortable y casera ha aumentado, también. De todas maneras, no me siento del todo cómoda en este terreno un poco grisáceo del casual. Imagino que necesito algo de drama, incluso en mi vida cotidiana. Prefiero el exceso al aburrimiento. No sé cuándo maduraré…

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Superada ya mi alergia a los vaqueros, una opción para un día de trabajo sin demasiados sobresaltos podría ser parecida a esta: vaqueros setenteros de H&M con un kimono corto en raso rosa claro (pantone 189C, para no definirlo con adjetivos cursis), de Shangai Tang,  y unos salones de tacón de aguja de Paco Gil. El brazalete de metal, con una escena hindú, viene de un mercadillo de Londres, y el broche de esmalte del s. XIX, húngaro, resulta imprescindible para que el escote no se desboque (algunos kimonos se atan con tiras interiores, pero no es el caso).

¿Regreso a casa? Fuera tacones, fuera brazalete (porque choca contra el teclado del ordenador; a continuación mi gatita Rusia lo tira al suelo, lo mira caer y se va), una coleta y el problema ya es otro. ¿Sobre qué escribo hoy?

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