Paseo por la Playa (Puerto del Rosario, Fuerteventura)

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Mucho antes de las envidiables instantáneas de los famosos en playas exóticas, antes de las perversas fotografías de Instagram con aguas cristalinas y pieles bronceadas que desconocen las rojeces y las insolaciones, un pintor había logrado despertar el anhelo por el mar en una sociedad que le daba la espalda a la costa y que se escondía del sol: Joaquín Sorolla había retratado con una viveza casi palpable a niños relucientes de agua, a mujeres de pescadores, y a su propia familia.
Uno de sus cuadros más conocidos, Paseo por la playa, muestra a dos Clotildes, su mujer y su hija, vestidas de reluciente blanco, con velos y sombrillas. No era un retrato más de su amadísima esposa, a la que conoció de niño para no dejar de pintarla jamás, sino una estampa llena de ritmo, en la que se puede tocar el viento y las faldas ondean contra el ocre de la arena. Lo pintó en 1909; apenas un año más tarde abría en la Rue de Cambon 31, en París,  una tienda llamada Chanel Modes. Su dueña, una joven llamada Coco quitaría de un manotazo los velos, las sombrillas y los enormes sombreros a las mujeres que paseaban por la playa, las broncearía como a grumetes, y las vestiría con jerseys a rayas.
Sin embargo, de vez en cuando es bonito recordar que hubo un tiempo antes del bikini y la protección pantalla total, de las chanclas y los deportes acuáticos: una época en la que las señoras de piel nívea paseaban completamente vestidas a la orilla del mar, que no se cansa jamás de cantarnos al oído.

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Para mi particular paseo por la playa de Puerto del Rosario, en Fuerteventura, me puse una  falda de gasa de Suiteblanco; es de un color marrón oxidado, con un matiz rojizo. Aún no ha llegado el tiempo para el blanco veraniego de pies a cabeza. Con el cropped top, de la misma marca, tuve dudas: nada en contra de enseñar la cintura, pero como he dicho en otras  ocasiones, algunos males ya los hemos pasado una vez, gracias; entre ellos la combinación de vaquero ancho y cropped top con sombrerito de la siempre enfurruñada con la vida Brenda Walsh. Añadid a eso las Ray Ban aviador con sus ecos de Top Gun y completaréis mi pavor a despertarme en el pasado, atrapada entre los 80 y los 90. Sorprendentemente, la mezcla funciona y me gustó. El capazo, con su forro de lunares, procede de un viaje a Tokio,  compré la pulsera de ámbar y plata en una librería de la FIL, Feria del Libro de Guadalajara, México (no preguntéis… lo que pasa en la FIL se queda en la FIL), y el torque de plata que llevo al cuello es un recuerdo de mi estancia en Oslo. Los tacones hincados con firmeza en la arena los firma Marypaz. Y, lo más importante, me acompaña la pulsera Libélula, un mensaje positivo de apoyo a las personas que sufren por trastornos de la alimentación, que por estas fechas comienzan a sufrir aún más si cabe.
Lo sé. Debo hacerme con una sombrilla ya.

Pasapalabra (3ª Parte)

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¿Qué tienen en común Màxim Huerta, Eduardo Mendicutti, y Paloma López Borrero? ¿Y qué vínculo comparten conmigo? A primera vista, somos muy diferentes en edad, en orientación profesional, o trayectoria vital. Ni siquiera publicamos en las mismas editoriales. No procedemos de los mismos estudios, ni hemos vivido en los mismos países, ni nacimos en la misma provincia. Si embargo, en todas las ocasiones en las que me he encontrado con ellos (en la radio a Paloma, en firmas del libro a Eduardo, una de ellas mítica, un experimento raro previo a la Noche de los Libros que salió… bueno, entre mítica y rara, y en circunstancias más personales a Màxim) se han hecho evidentes varios puntos en común: un desmedido amor por las historias, las escritas, contadas, escuchadas, las anécdotas, la vida, los recuerdos… Un sentido del humor que no excluye reírse de uno mismo. Y una enorme calidez.

El mundo de la literatura, y más aún si se une al de los medios de comunicación, ofrece el peligro de que se pierda el sentido de la realidad. Ambos son absorbentes, y se alimentan del otro, del lector o del espectador. Convierten a los autores en referentes, pero también los objetualiza. Si hay algún asidero a la realidad, éste radica precisamente en la autocrítica y el sentido del humor. Nada más terrible ni desmitidicador que el comprobar que alguien a quien leemos, con quien nos hemos emocionado, es, en realidad, un divo, alguien que se toma demasiado en serio, una figura artificial hecha de fama, textos e imágenes.

Este tercer programas de Pasapalabra se emitió la víspera del Día del Libro, en el que el escritor Juan Goytisolo recibiría su Premio Cervantes con un discurso en el que recordaba que escribir no se aleja demasiado de una adicción. Centenares de personas acudirían a las firmas de sus autores preferidos, en Cataluña, con una rosa, además del libro. En las televisiones se colarían los libros, y los autores; muchos de ellos se ganarían para siempre al lector en la distancia corta. Otros los perderían por un mal gesto, una frase maleducada, su endiosamiento o un simple malentedido.

Espero que estos tres programas hayan servido para lo primero. Sé que mis compañeros lo han logrado.

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En este día lleno de palabras, el vestido de Dandara era perfecto para la televisión (rayas contrastadas, pero tan anchas que evitaban el moaré), y para anticiparse a la tendencia marinera que promete invadirnos este verano (qué verano no, por otra parte). Los zapatos de Paco Gil se inspiran en un relato de Fernando Marías, de manera que además del guiño al impermeable amarillo del psicópata de “Las dos caras del mal”, había una excusa literaria para usarlos ese día. El bolso azul, de pelo corto labrado, triangular, de Salvador Bachiller, emula al de Mary Poppins: es mucho más grande por dentro que por fuera. Las pulseras han llegado a mí a lo largo de los años; algunas provienen de mercadillos, otras de Suiteblanco, y alguna la heredé de una amiga. La gargantilla de placas metálicas es, en realidad, una pulsera pintada a mano, regalo de Juan Carlos Martínez Cañabate, que fue durante años director del Museo del Calzado de Elda, y alma ahora de la Fundación Paurides.  Labios rojos, una coleta con actitud…
Y así sobreviví al tercer día. Estoy impaciente porque lleguen los siguientes.

Pasapalabra (2ª parte)

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Es cierto que no encontramos un exceso de programas culturales en las televisiones; pero también lo es el que en determinados casos se rompe la norma con un éxito superlativo y duradero. Pasapalabra representa bien esa excepción, y me mueve a creer que no hay temas poco interesantes, sino un cierto miedo a romper con formatos ya establecidos, y a saltar por encima de los tópicos.

¿Palabras incomprensibles, definiciones de diccionario, asociaciones de significado, etimología y éxito de audiencia en la misma frase? Quien lo diría, pero continúan coincidiendo cada tarde de la mano de un Christian Gálvez al que apasiona el Renacimiento, que ha escrito la novela Matar a Leonardo da Vinci y que desmiente la opiniones superficiales sobre presentadores. Como casi todas las opiniones superficiales, no son sino miradas miopes. Algo similar puede decirse de Máxim Huerta, Premio Primavera de Novela. El de la literatura es un camino con cientos de ramificaciones, y ninguna debería ser excluyente.

Precisamente, si vamos en la otra dirección, si bien la televisión origina gran número de novelas, pocos escritores acaban en la tele; el encanto personal que irradian muchos de ellos no se transmite en pantalla, a veces por timidez, o por la falta de costumbre de enfrentarse a una cámara, o por la rigidez de las entrevistas; y sin embargo, ahí está, palpable en la fascinación que despiertan en lectores y curiosos, a la espera de que una propuesta original los acerque.

No, no es un mal momento para la literatura. Uno de mis editores me comentó hace poco, en tono resignado, que en este país todo el mundo guardaba una novela en el cajón a la espera de ser publicada. Exageraciones aparte, poco avance conseguiremos en la difusión de la lectura si no ampliamos nuestra mirada, y si los escritores continuamos asociados únicamente a los libros y a la opinión política, a las ferias del la primavera y a los ámbitos convencionales. La televisión, con su dosis de espectáculo, no tiene porqué reducirse a lo chabacano. Salvo, claro está, que entre todos lo permitamos.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERASufrí un serio flechazo con este vestido color coral de Maggie Sweet, que al frunce en torno a la cintura une un falda cuyo vuelo se mantiene por un tul algo rígido que le da cuerpo. El amago de manga equilibra los volúmenes, y favorece mucho a quienes, como yo, no tienen los hombros anchos. Quise que fuera el protagonista absoluto, de manera que las joyas son muy discretas: pendientes y un solitario de diamantes y una única pieza de cristal de roca tallado como nota de brillo en la garganta. Los zapatos, de Suiteblanco, bicolores, quizás no sean adecuados a diario por su altísimo tacón, pero siempre hay valientes a las que no dan miedo las alturas.

Segundo día superado.

Pasapalabra (1ª parte)

1 ¿Alguna vez os habéis imaginado en el plató de Pasapalabra, con el tiempo en contra, las definiciones de Christian Gálvez a toda velocidad y un abecedario circular en torno a vuestra cabeza? Os aseguro que tiene poco en común con la tranquilidad con la que se compite desde casa, superponiendo tu voz a la del concursante, y con una mantita sobre las rodillas. En realidad, los invitados nos jugamos muy poco: solo podemos aspirar a que nuestros aciertos sumen unos preciosos segundos de tiempo que permitan que las cifras mareantes del premio queden un poco más al alcance de los concursantes.
Con motivo del Día del Libro Pasapalabra nos invitó a Màxim Huerta, Paloma Gómez Borrero, Eduardo Mendicutti y a mí misma a tres jornadas en las que tendría lugar un homenaje a la Biblioteca Nacional, y al Quijote. Acepté encantada, porque mi experiencia en otros programas fue divertidísima, y porque reconozco que mi vena competitiva aflora sin remedio, y regreso a mi infancia. Literalmente, me vuelvo una niña.

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Para este primer día escogí un vestido de raso de Triana by C, en verde militar, con una preciosa franja en la cintura de brocado plateado, que quizás no se apreciara demasiado en la pantalla, pero que podéis ver en las fotografías. Para continuar con la misma gama, me puse unos salones plata de Paco Gil, con pulsera al tobillo, un anillo de plata ahumada de Dimitriades, un brazalete con estrellas en lugar de eslabones (no soy supersticiosa, pero un poco de suerte no venía mal) y unos pendientes irregulares de Parfois. El bolso de pitón gris fue un regalo de mi madre, y está personalizado.
Primer día superado…

Presentación en La Laguna

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Ningún lazo me une a las Islas Canarias, pero desde que puse los pies en ellas, hace ya quince años, me sentí tan a gusto en ellas que he buscado siempre excusas para regresar: la mejor fue mi novela Soria Moria, ambientada en Tenerife y Fuerteventura inmediatamente antes de la I Guerra Mundial, con la que gané el premio Ateneo de Sevilla.
En esta ocasión me trae otro libro a las dos mismas islas: Para vos nací. Mi visión de Teresa de Jesús, que cumple quinientos años, sería presentada enLa Laguna, en el Teatro Leal, que alcanzó este marzo pasado los cien. El teatro fue el sueño personal del millonario Antonio Leal, un lagunero con vínculos cubanos, que decidió regalar a la ciudad un delicioso edificio dorado y rojo. Desde su terraza, el perfil de la isla cobra una belleza especial: desde este casco antiguo el horizonte parece al alcance de los dedos.

Apenas a unos metros, justo en la otra acera, se alza el hotel en el que me hospedé, el Aguere. Tampoco le falta historia (fue construido en el siglo XVIII como casa de los Marqueses de Torrehermosa, y nombrado Patrimonio Histórico-Artístico) y le sobra literatura. La novela negra Ira Dei, de Mariano Gambín, la emplea como escenario, y aquí vivió Luise Schmidt, una joven alemana que trabajó entre 1904 y 1906 como institutriz de los niños de los Trenkel, la familia que entonces gestionaba el hotel. Por la época, Luise, cuyos diarios de aquella estancia se publicaron, podría haber sido la severa niñera de Dolores Hamilton, la protagonista de mi Soria Moria. El hotel, con su patio interior cubierto, los techos altos y las escaleras de balaustradas de forja y madera oscura, conserva el encanto de la época, e invita a sentirse un poco archiduquesa. O al menos, baronesa.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERACierto aire retro combinaba bien con tanto mareo de fechas. Escogí un vestido estampado en azul, blanco y rojo, de HM, de inspiración claramente setentera, talle alto y vuelo infinito; necesito un tacón considerable para no arrastrarlo, como estas sandalias rojas de cuña, de la categoría HITS de Marypaz, baratísimas, y muy cómodas. Los pendientes de coral rojo y el anillo de esmalte y turquesas son antiguos, los compré en Atenas, y reforzaban el aire bohemio (más es siempre más). Aunque apenas me maquillé, sí usé el rouge Diva, de Dior, y, a la fuerza, con la humedad de La Laguna, recuperé mi pelo ondulado original. Todo estaba preparado para el próximo salto en el tiempo.

Conferencia en el Museo del Traje

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Durante los últimos diecisiete años he impartido conferencias en lugares muy diversos: universidades, restaurantes, al aire libre, ferias del libro. Palacios, estadios, salones particulares. Incluso dentro de una cueva. Y sobre temas igualmente dispares:  literatura española e inglesa, formación y pedagogía, jóvenes emprendedores, diferencias generacionales en la empresa, ópera, mi obra, trastornos de la alimentación, Santa Teresa de Jesús…

Cuando comencé a publicar nunca pensé que hablaría sobre moda y literatura en el Museo del Traje de Madrid. Y sin embargo, me crié entre patrones y libros (y partituras, pero eso es otro tema) casi sin distinguir unos de otros. Mi madre era modista. También lee mucho. Nunca se me pasó por la cabeza despreciar el trabajo de quien idea, cose o entiende de ropa, porque sé lo que se oculta detrás de una prenda bien o mal cosida. La vida me ha traído amigos diseñadores y escritores, entre otras profesiones; no veo nada extraño en ello. Siempre me ha complacido que los escritores vistan bien, de la misma manera que me parece deseable que los diseñadores lean.

Lo que para mí resulta natural no lo es tanto como yo creía: he tenido que responder más veces de las imaginables a por qué me interesa la moda. Si no lo considero frívolo, por debajo de los intereses que una escritora de verdad debería mostrar; y en ese contexto, una escritora de verdad es alguien que sólo roza el mundo intelectual, que no vende demasiados ejemplares y que no opina sobre nada que no sea su obra. Desde que comencé a intervenir en redes sociales, esa pregunta se repite aún más: a veces, olvidando que Facebook, o Instagram, (en menor medida Twitter) es el territorio del yo y de la imagen, se ha confundido el que hablara de mí o publicara mis fotos con narcisismo. En realidad, fotografías personales, opiniones personales y actividades personales es lo que se espera que aparezca en cualquier cuenta privada o pública: menos en el caso de los escritores. Reñidos con la imagen y con gran parte de lo que compone la actualidad, allí arriba, en nuestras torres de marfil.

No es ni será mi caso: me fascina cualquier forma de expresión emocional, colectiva o particular, desde la narrativa oral a la vestimenta, el arte abstracto o los tatuajes. Y aún más si interviene el cuerpo en esa comunicación. Al fin y al cabo, de eso nos alimentamos los escritores, de las historias que flotan en el aire. Cada formato necesita su lenguaje específico y adecuado. Hay, desde luego, enormes diferencias entre un microcuento y una pieza de publicidad, entre ellas, el afán de trascendencia, pero prefiero centrarme en que los dos emplean herramientas de mi trabajo: la palabra y la simbología. Me parece esencial que mis alumnos, sean de Creación Literaria o de Moda, escriban con corrección, cada uno con su registro, y a ello dedico mucho de mi esfuerzo. A un escritor, como bien sabían Pérez Galdós, o Scott Fitzgerald, o Cervantes (esas descripciones maravillosas de los ropajes de su novela ejemplar La española inglesa…) nunca le estorbará saber de moda, y sí le perjudicará mirar con desprecio cualquier materia que no domine o entienda, sea el fútbol, el misticismo renacentista o las series de televisión. Y cualquier persona que aspire a triunfar en la moda que no sepa contar buenas historias y transmitir la suya propia se verá en una clara desventaja. No es fácil ser un buen escritor: pero tampoco lo es, ya se está comprobando en este mar de mezclas, de intereses mixtos y de banalización, ser una blogger con estilo propio.
De esto y de muchos otros temas traté en mi conferencia. Y seguiré hablando de ello siempre que tenga ocasión.

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Ninguna de las prendas que elegí para esta ocasión fueron casuales: todas incluyen una declaración de intenciones. Los zapatos Viuda de Sacha London, inspirados en mi cuento del mismo título. La pulsera Libélula, un manifiesto contra los TCAs. El bolsito, confeccionado a partir de un mantón de Manila antiguo.

Por último, una prueba para connoisseurs. ¿Reconocéis mi vestido? Forma parte de la primera colaboración de HM con una firma exclusiva: Karl Largerfeld en 2004, hace la friolera de once años. Entonces parecía una arriesgadísima propuesta, no exenta de polémica, como la propia marca sabía y asumía.  Yo me hice con dos de esos vestiditos negros de seda salvaje (ejem) y tul; la cintura es tan ceñida como parece. Me pareció una inversión que tenía muy poco que ver con el dinero, porque, como el propio Karl afirmaba: It’s all about taste: if you are cheap, nothing helps.

Día a día.

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Hace unos años mi armario sufría una grave esquizofrenia: de prendas cómodas, kimonos, caftanes y chaquetas de punto herededadas (siempre me negué a los pijamas o los chándales) saltaba a vestidos de cóctel y gala. No había espacio para pantalones, salvo un par de vaqueros que usaba para el senderismo, ni para camisas ni trajes, excepto por un momento puntual en 2002 en el que compré dos, uno rojo y otro de raya diplomática, durante la promoción de “Cuando comer es un infierno”.

Por un lado, se debía a mis gustos personales: del mismo modo que prefería que me quemaran en la plaza pública a meter en mi casa un sofá convencional de tres plazas, no encontraba nada atractivo en las uniformes y formales sugerencias para la oficina, o en esa adolescencia prolongada de lycra y vaqueros que proponían a las mujeres de mi edad. Por otro, mi trabajo se desarrollaba muy lejos de un entorno convencional. O bien escribía, traducía o corregía en la seguridad del hogar;  o bien, fuera de casa, impartía conferencias o acudía a presentaciones y eventos más formales.

Los tiempos han cambiado, mi sistema de trabajo también, y los cursos de formación, las asesorías, y las reuniones matutinas se hicieron más frecuentes. Muchas mujeres han optado por el teletrabajo, con lo que la oferta de ropa confortable y casera ha aumentado, también. De todas maneras, no me siento del todo cómoda en este terreno un poco grisáceo del casual. Imagino que necesito algo de drama, incluso en mi vida cotidiana. Prefiero el exceso al aburrimiento. No sé cuándo maduraré…

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Superada ya mi alergia a los vaqueros, una opción para un día de trabajo sin demasiados sobresaltos podría ser parecida a esta: vaqueros setenteros de H&M con un kimono corto en raso rosa claro (pantone 189C, para no definirlo con adjetivos cursis), de Shangai Tang,  y unos salones de tacón de aguja de Paco Gil. El brazalete de metal, con una escena hindú, viene de un mercadillo de Londres, y el broche de esmalte del s. XIX, húngaro, resulta imprescindible para que el escote no se desboque (algunos kimonos se atan con tiras interiores, pero no es el caso).

¿Regreso a casa? Fuera tacones, fuera brazalete (porque choca contra el teclado del ordenador; a continuación mi gatita Rusia lo tira al suelo, lo mira caer y se va), una coleta y el problema ya es otro. ¿Sobre qué escribo hoy?

Encuentro con lectores en Alicante

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Pese a que los perseguimos desesperadamente, no hay trucos para que un encuentro con lectores o una presentación sea un éxito: tampoco secretos. Los escritores más leídos recuerdan noches desastrosas, salas llenas ruidosas y hostiles, y otras en las que con un pequeño grupito, por dos horas, se generó algo inolvidable y efímero. Algunos organizadores intentan que la información llegue a todas partes, que el acto no coincida con un partido importante de fútbol, un mitin político, o un fin de semana; son tácticas que a veces funcionan, a veces no. Quienes deciden, en definitiva, si el diálogo se entabla o no, son los lectores, la ocasión, la fortuna… y el hábito que una buena dinamización cultural haya creado.

En Alicante, el Instituto de Cultura Juan Gil Albert ha conseguido un número de seguidores fiel, culto y sorprendentemente joven. Mi anfitrión por aquella noche, Fernando Delgado, y yo charlamos ante ellos de “Para vos nací”, y sobre todo, hablamos sobre Santa Teresa de Jesús, a la que compartimos como inspiración literaria. Fernando acaba de ganar el Premio Azorín de Novela con “Sus ojos en mí”, en la que trata la fascinación que se produjo entre la Santa y el padre Jerónimo Gracián.

Es peligroso que dos autores tengan tiempo por delante y un público amable para explayarse sobre una pasión. Podemos no encontrarle fin a la noche. Esta vez, creo que el entusiasmo se extendió al auditorio, lleno, y sólo la hora de cierre nos hizo marcharnos a todos. Durante la firma de libros los jóvenes me trajeron muchas “Irlandas”, mi primera novela. ¡Qué alegría comprobar que continúa dando guerra esa novelita perversa! Algún día os contaré qué espina me saco con ello…

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La noche era cálida, y la primavera y la proximidad del mar invitaban a colores más claros: el vestido de encaje de Dandara, de ese color aguamarina que por fin ha vuelto a llevarse era de un corte mas recto de los que suelo elegir, y de un escote muy discreto. Lo combiné con zapatos de Unisa de ante lila, de tacón medio,
Los pendientes de libélula con turquesas y el brazalete de perlas antiguas son dos de mis piezas preferidas de Verdeagua. Para restarle seriedad al moño, le añadí dos rosas de seda de H&M.
Compré el bolso de Parfois porque me recordó esta escena de “La gran belleza”, de P. Sorrentino, en la que Jep y Sor María hablan sobre el bloqueo del escritor y la importancia de las raíces, y todos los flamencos de Roma echan a volar a la vez. Al fin y al cabo, ¿no hemos comenzado hablando de misterios que rodean la literatura y a quienes la aman?