Televisión y escritores

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    Hay pocas cosas más traicioneras que una cámara de televisión: otorga la presidencia de un país o la niega por unas gotas de sudor, convierte a mortales en ídolos para a veces despeñarlos después, logra vender miles de libros… o reduce a un escritor respetable a un único momento bochornoso.
Para quien, como yo, no es  un profesional del medio, la tele implica dominar dos lenguajes extranjeros al mismo tiempo: el primero, el de la frase corta, el titular constante, sencillo y si es necesario, obvio. Eso se agudiza en los debates, en los que la cámara fija su ojo en ti únicamente mientras hablas, tengas o no algo que decir. No queda espacio para matices ni grises, no se puede profundizar,  impera la prisa… Pero no siempre: hay quien posee el genio suficiente como para saltarse todas esas normas, y perdurar. Pienso en Rodríguez de la Fuente, o en Jiménez del Oso, o en Hermida.
El segundo lenguaje es el de la imagen, de la que el escritor tampoco suele ser muy amigo: la pantalla nos ha acostumbrado a rostros jóvenes y hermosos, sobre todo los femeninos, y a un dinamismo constante, no al busto parlante que imparte una conferencia. La cámara ancha y redondea las facciones, añade kilos, las prendas blancas o negras se convierten en enemigos, las rayitas y texturas en molesto moirè…
Pese a todo me gusta la televisión, ese medio ingrato y neurótico que lo da todo y lo quita todo, y siento debilidad, además, por los programas en los que no aparecemos, por norma habitual, los escritores. Hoy me ha tocado rodar en el Hotel Vincci Soma de Madrid con un croma de fondo, es decir, un salto al vacío; el tema no me preocupaba (más me vale; hablaba de Teresa de Jesús la protagonista de mi último ensayo), pero faltaba por asegurar qué verían los demás.
Cualquier persona sensata evitaría los experimentos con maquillaje antes de una grabación: pero me estaba muriendo por comprobar si los tan cacareados tonos flúor favorecen tanto como nos intentan hacer creer las tendencias. Como tengo la piel clara, creí que un fucsia sería indicado; y sí, no sólo ilumina el rostro, sino que engrosa ópticamente los labios, lo que le viene muy bien a mi boca fina. Hay que compensarlo con ojos y tez naturales, o creerán que has viajado en el tiempo a 1982. Aunque, vistos los petos, el infame vaquero lavado a la piedra y los croptops de esta temporada, bien podría ser.

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Estoy de enhorabuena porque el kimono vuelve con fuerza, y, en fin, yo he perdido la cuenta de los que tengo: el de hoy lleva en mi armario diez años. Es de Laltramoda, lo compré en Lisboa, durante un curso de creación literaria, y me encanta el volumen de las mangas, y los pesados bordados de pedrería, que le dan consistencia. Los leggings los encontraréis en Calzedonia. Los zapatos de charol son de Rebeca Sanver y el bolso, uno de mis preferidos, de Prada. El anillo, de plata y amatista, también procede de un viaje, en este caso a Estambul, durante la promoción de “Melocotones helados” en 2000, y el colgante de nácar lo mandé hacer a un artesano. Me encontré la concha en forma de ala de ángel en la playa de Riazor, cerca de la casa de mis padres, y lo consideré un buen presagio. La barra de labios es la Rouge Dior 565-Vogue.

  Ahora solo falta comprobar cómo se transformará todo esto en pantalla…

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