Viaje a Irlanda (II): Galway

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Galway era mi siguiente destino después de la estancia en Dublín de la que os hablo aquí: una ciudad que nació en el siglo XII en una bahía en la que desemboca el río Corrib. Mi coche recorrió la isla de este a oeste; el trayecto más largo que realicé en autopista. Por cierto, por si os animáis a realizar este viaje con Pangea u otro similar que incluya coche de alquiler, los peajes son baratos, comparados con los que pagamos en España, mientras que el aparcamiento, sobre todo en Dublín y en Galway, resulta dolorosamente caro. El paisaje varió sin tregua. Al principio, los setos junto a la carretera ocultaban las planicies. Luego se sucedieron las colinas, muchas de ellas en mitad de la recogida de la hierba seca, que empacaban en balas redondas, algunas de ella protegidas por una llamativa lona rosa chicle. Después las montañas; y el mar.

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Desde el siglo XIV esta ciudad animada, joven (su crecimiento sigue en alza), e inquieta ha estado relacionada con los españoles, en especial por el comercio de vinos, que atrajeron tantos barcos que merecieron un lugar propio en el puerto. Aún hoy puede verse el Spanish Arch, y el Spanish Parade, un paseo que en los días de sol se llena de jóvenes que ven la puesta de sol con sus Guinness y sus amigos.

A Galway se le atribuía un carácter raro, casi latino. Se decía de manera popular que el contacto constante con España había transformado el temperamento irlandés, y que los cambios de humor, el orgullo y los arrebatos de cólera, así como los cabellos negros de algunos habitantes eran herencia de los marineros españoles y los viajes al sur. De todas maneras a los celtas, con su cruce normando, poco les hacía falta para saltar por cualquier cosa. Las 14 tribus que regían Galway eran de armas tomar. Baste saber que inventaron el concepto de linchamiento.

Sí, el Guzmán el Bueno de la zona fue James Lynch, un miembro de las 14 tribus, de los Lynch de Galway de toda la vida, que era además, alcalde y rico de familia. Su hijo Walter asesinó a un mercader español que se hospedaba en la casa del padre, porque al parecer estaba tirándole los tejos a su novia. Con lo que Walter le tiró a él por la ventana. Lo normal. Los extranjeros pidieron la cabeza del asesino. A Walter, que salvo en su relación con los españoles debía ser un chico de lo más normal, que saludaba siempre, muy amigo de sus amigos, nadie se atrevía a ajusticiarle, ni el verdugo. De manera que fue su propio padre el que le puso una cuerda al cuello y lo ahorcó, también lanzándole por la ventana. Eso son medidas para potenciar el turismo y lo demás, tonterías. Y de ahí lynch law– linchamiento.

Unos años antes (el linchamiento tuvo lugar en 1493) Cristóbal Colón escuchó misa aquí, en la Colegiata de San Nicolás,  camino hacia Islandia, en un viaje comercial. Escuchó la historia de San Barandán, o San Brendan, un viajero legendario que había visitado tierras lejanas, y comprobó que a la bahía llegaba madera de deriva que no era europea. Confirmó así sus sospechas. Había tierra hacia el Oeste.

Galway es una ciudad divertidísima, sobre todo si asoma el sol, un buen lugar para las compras (no hay muchos en Irlanda) y un destino típico de turismo. Conviene alejarse de las calles más bulliciosas como Shop Street, y callejear, husmear, meter la nariz en los rinconcitos, para encontrar pubs, pedazos de muralla, fragmentos de conversación en español al aire, cisnes (tan abundantes, y a los que no se debe alimentar) en pausada ruta por el río. Pude constatar que se han puesto de nuevo de moda las trenzas hiladas en la calle. Con 17 años yo regresé a casa con una.

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5.3

Desde aquí puede darse el salto en ferry a las preciosas Islas Aran, o continuar hacia Connemara, la legendaria Irlanda tradicional. Yo preferí lo segundo, y tomé ruta hacia Clifden.

Aquí conviene olvidarse de lo que hemos conocido toda la vida como carretera, y adoptar el término más adecuado de pista. Incluso de pista cochiquera. Si bien el adaptarse a conducir por la izquierda se produce de manera más bien rápida e intuitiva (las rotondas dan ciertos problemas, y también las incorporaciones a la izquierda), nada nos han preparado para las sinuosas y estrechas carreteras del oeste irlandés. También es verdad que se encuentran en buenas condiciones, y que la extrema belleza del paisaje, y la sensación casi continua de soledad, de que han colocado esas nubes dramáticas, esos lagos, y esas ovejitas dispersas solo para nosotros compensan los sudores fríos cuando aparece un coche en dirección contraria. Las cunetas se encuentran flanqueadas por inmensos arbustos de pendientes de la reina y de crocosmias naranjas. De vez en cuando, el brezo, y el liquen sobre las rocas.

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Por la zona se encuentran muchas referencias a los ponis de Connemara, y de vez en cuando hay algún establo o incluso hileras de caballitos, muy valorados y apreciados. Nuevamente la leyenda mete un toque español: se dice que cuando la Armada Invencible naufragó o arribó maltrecha a estas costas, los caballos andaluces de la tropa escaparon hacia el monte. Lo de escapar es relativo, porque sus dueños fueron, en muchos casos, apresados y asesinados. En Galway, en el cementerio principal, se recuerda a 300 de esos marineros españoles que fueron fusilados en 1588, tras sobrevivir al desastre naval. Absurdos y crueldades de una guerra más. Los caballos no, claro, los caballos huyeron libres y se cruzaron con la raza local. Eso dicen. A mi juicio, aunque son animales preciosos, toda similitud atisbada entre un corcel árabe-andaluz y un pony de Connemara es propia de una abuela cariñosa que insiste en que su nieto se parece mucho a ella.

El hotel en el que me hospedé en Clifden es el Abbeyglen Castle Hotel. Este castillito del siglo XIX ha sido un hotel familiar durante décadas, y se nota en el trato, de una desbordante simpatía. Una muestra: te da la bienvenida Gilbert, el loro, en su jaula en la recepción. Si eres mujer, enfáticamente: a los hombres no les suele decir nada. Es un loro muy suyo. Las habitaciones, encantadoras, miran al jardín, la escalinata o el pequeño helipuerto. Hay un spa, un campo de golf, pero yo, no hay que decirlo, me fui directa al jardín, plagado de impresionantes hortensias, y a las zonas comunes, que cuentan con chimenea y una buena oferta de libros.

5.4

Aquí, en mi heredad…

Ay.

Volvamos a la realidad.

5.5

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El clima cambia drásticamente en esta zona, y la humedad y el frío se hacen notar incluso en Agosto. Es más, yo agradecí de corazón el que las chimeneas estuvieran encendidas. Aunque ya hablaré con más detalle de esta zona, adelanto que  Clifden fue un enclave esencial durante el siglo XIX, una época trágica para Irlanda, asolada por las hambrunas y la emigración.

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En toda la zona han tenido el acierto de mantener el equilibrio entre el turismo, muy abundante, y un sabor auténtico. Han atraído un tipo de viajero que regresa en busca de sus raíces, viene a pescar, a jugar al golf, o a hacer senderismo, poco invasivo, muy respetuoso, y de un nivel económico medio-alto. Un modelo interesante para muchas zonas que buscan ahora soluciones distintas.

El mimo por el detalle es máximo, y la devoción por lo antiguo, por lo conservado del pasado, contrasta con el afán de modernidad de otros lugares. Aunque aquí muestro las hortensias, de un colorido espectacular, todos los parterres de flores daban una lección de buen gusto y de colorido.

La humedad riza el pelo, y alimenta la piel. Como ocurre en muchos viajes al norte, el cuerpo y la tez reaccionan, en mi caso, como si regresaran a casa. Respecto al look, el kimono es de HM. Y el anillo de plata, de Marisabell Design.

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En la gastronomía, el salmón y la trucha de la zona gozan de gran fama, y pude comprobar que merecida. Desde entonces no faltó en mis desayunos. La panadería, estupenda, y los lácteos, de nuevo, sobresalientes. El hotel cuenta con un restaurante de carta limitada, pero de buena calidad, y por la zona abundan las oportunidades para probar el estofado irlandés o Irish stew.

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Queda aún mucho por ver: las abadías de la zona, la salvaje naturaleza de la zona, la tierra de la que tantos poetas han hablado…

Continuará. Me temo.

 

Viaje por Irlanda (I) Dublín

3.1

Siempre que puedo, prefiero cambiar unas vacaciones tranquilas y reposadas por un viaje. Quizás también tranquilo y reposado, pero un viaje. Este año, sin embargo, he estado a punto de no disfrutar ni de unas ni de otro. Imprevistos laborales, decisiones editoriales, e inestabilidad económica; finalmente las cosas encajaron para lograr meter con calzador unos días de Agosto, y para marcharme a un destino cercano, pero siempre postpuesto.

El vestido es vintage. La maleta, de Salvador Bachiller; no puedo ocultar lo satisfecha que estoy con ella  y la importancia que tiene el contar con un equipaje ligero y versátil para un viaje de estas características, en el que hay que hacer y deshacer maletas en varias ocasiones.

3.2

Mi destino era Irlanda: mi intención, la de conocer con un poco de calma lugares por los que he pasado sin pausa, y otros que solo había visto en la ficción.

Nunca he aceptado de buen grado los viajes organizados: si no sacan lo peor de mí es porque me contengo constantemente, y tampoco estoy del todo segura de que el autocontrol me funcione. Gruño demasiado. Pero por otro lado, tampoco me encontraba ni con la energía ni con el tiempo suficiente como para ir a la aventura o planificar, como suelo hacerlo, cada jornada y cada sitio.

La mejor opción me la ofrecía Pangea, la agencia de viajes con la que ya había probado alguna experiencia en Madrid, y que dio con un equilibrio entre lo que deseaba: hoteles cerrados en un trayecto por toda la isla, y libertad el resto del día, un coche de alquiler y determinadas sugerencias que no me comprometían a nada. De las distintas propuestas similares, la que contraté fue  Irlanda como un lord. Como una lady, en este caso. Te encantarán los hoteles, me prometieron. Castillos, spa… Ya veremos, pensó mi gruñona interior.

No quería que fuera tanto un viaje literario o cinematográfico como que respondiera a mis intereses, que saltan de Joyce y Wilde a los restos de la Armada Invencible que llegaron a las costas de Galway, de la manera en la que se gestiona el campo y la agricultura a los jardines y arreglos florales, de la Gran Hambruna a la I Guerra Mundial. Y, como siempre, comprobar de qué manera se vive en un entorno distinto al mío la herencia y el presente cultural.

Por supuesto, hay tantas Irlandas como se desee: la centrada en los pubs y la Guinness, y en la cada vez más interesante gastronomía de la isla. La de la caza de paisajes, dramáticos e inolvidables. La que sigue los pasos de la música tradicional o de bandas como U2 o The Cranberries. La mía coincide con el mapa de algunos, dejará otros lugares esenciales fuera, y quizás permita descubrir otros.

Como muchas personas de mi generación, yo viajé a Irlanda con 16 años, un verano, para mejorar mi inglés. Pese a los viajes posteriores, la imagen de un Dublín amable y ruidoso, húmedo y verde, permanecía en mi cabeza fijada con la fuerza de la adolescencia. Era hora de mirar todo desde una perspectiva adulta.

El vestido de ese día es de  Zara.

3.4

El hotel en el que me quedé en esta etapa era el Fitzpatrick Castle Hotel, un auténtico castillo reformado y ampliado a cierta distancia de Dublín, lo que le daba tranquilidad espacio y permitía acercarse a pie al cercano Dalkey; tuve la suerte de hospedarme en la que sería la habitación más espectacular de todo el viaje, una enorme alcoba en lo alto de una torre octogonal, con cama con dosel, un cuarto de baño-spa y en la que no faltaba un pasadizo secreto, posiblemente para uso del servicio en su tiempo. Dejé de gruñir porque se me cayó la mandíbula sola.

5.1

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El desayuno, como ocurriría en el resto de los hospedajes, era abundante y delicioso. De  hecho, el problema de dormir en hoteles tan interesantes radica en la tentación de no moverse de allí en todo el día. Poco a poco se gesta el futuro trauma de regresar en algún momento a una realidad sin desayunos preparados, cubiertos de plata, vistas espectaculares y mobiliario histórico. Yo advierto.

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Para este primer día busqué un look clásico y cómodo: una falda de capa beige de Trucco, una camisa blanca de Zara, sandalias de charol beige, y varios pañuelos de seda con los que completar el look. Para la garganta, para el pelo, por si las dudas… El bolso era de Leylashop, y las gafas de sol de Wolfnoir. Una historia de Nueva York de W. Irving encajaba bien, con su humor y su sutil crítica a la constitución de un mito, con el espíritu irlandés. No me hacía ilusiones: en invierno o en agosto, en Dublín, y en Irlanda, en general, llovería a diario.

4.3

Y así fue, llovió en abundancia y con afán discontinuo durante todo el día. Eso dejó cielos espectaculares y espectaculares estampidas en el Castillo, por ejemplo; tres minutos después de esta fotografía la lluvia despejó el campo frente a la Biblioteca Chester Beatty, donde un buen grupo de actores ensayaban al aire libre.

A esta Biblioteca gratuita, que contiene la colección del interesante multimillonario Chester Beatty, irlandés de adopción y coleccionista por afición, merece la pena dedicarle un buen rato. No es apta para postureo cultureta, porque no permite sacar fotos, y nadie sabrá que hemos estado allí, lo que hoy en día supone un buen filtro. A Beatty lo encontraremos en otras instituciones culturales, porque además de bibliófilo, coleccionaba arte, mobiliario, y objetos preciosos de todo tipo. Como los Museos Cerralbo o Lázaro Galdiano en Madrid, nos permiten asomarnos a la particular mente y gusto de estos mecenas, extravagantes y exquisitos.

Mostraban una magnífica exposición de caligrafía musulmana (Lapis and Gold, Lapislázuli y oro).  Como ya nos encontramos en el centro de Dublín, todo está cerca del Castillo y la CBL; por ejemplo, el Ayuntamiento de Dublín.

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4.2

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Dublín celebra en 2016 el Centenario del Alzamiento de Pascua, que se considera la fecha clave para la independencia del país. Mi fascinación por la I Guerra Mundial no es ningún secreto, como saben los lectores de Soria Moria. Irlanda, aún parte de Reino Unido, envió un contingente importante de hombres a luchar, o mejor dicho, a morir, sobre todo al Somme. En mitad de la Guerra, diversos grupos republicanos revolucionarios tomaron varios edificios en Dublín, entre ellos Correos, el punto clave (donde una precisa maqueta de LEGO de dimensiones considerables refleja lo ocurrido), y el Ayuntamiento, y proclamaron la República de Irlanda. El Alzamiento fue aplastado, y sus cabecillas, fusilados, pero ni mucho menos olvidados. Yeats escribió en su poema Pascua 1914 el verso Una terrible belleza ha nacido. La lucha por la independencia sería ya imparable.

Basta con asomarse a la fachada principal para ver el pub Ivy con las ventanas cubiertas con las efigies de los héroes del Alzamiento. La película Michael Collins habla directamente de ese tema, que es tratado o mencionado de manera recurrente en novelas y películas (por ejemplo, en El viento que agita la cebada, o  La hija de Ryan) y no digamos ya en canciones o baladas populares.

Por cierto, por todo Dublín están pintando y cubriendo los transformadores eléctricos con arte urbano. Frente al Ayuntamiento remató uno Iljin.

Atardecía ya cuando llegué al Trinity College.

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Esta universidad mítica, fundada por Isabel I en el siglo XVI y por lo tanto, protestante, mantiene su reputación pese al tiempo y las crisis pasadas. El campus se vuelca hacia el interior, y transmite la sensación de que se ha quedado detenido en el tiempo. Campos verdes, bicicletas, música al aire libre y alumnos que juegan en las áreas deportivas transmiten una imagen casi ideal: tanto que películas como La puerta del cielo de Cimino, o Educando a Rita, de Gilbert, se han rodado aquí.

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La paz y el verdor del campus permiten olvidar que gran parte de la ciudad se encuentra en obras: durante el verano es posible hospedarse aquí, si se solicita con tiempo a la Universidad. Así se puede disfrutar de su Vieja Biblioteca (nada que envidiar a la de Harry Potter) y del Libro de Kells, aunque la entrada es de pago y las colas como para ser tenidas en cuenta. En estas aulas estudiaron Wilde, Beckett, y alguien tan remoto en el tiempo como Swift, el autor de Gulliver.

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Si digo que había obras, no exagero: obras, turistas, lluvia. En fin.

Dublín, recorrida por el Liffey, tiene su referencia en el río, y no en el mar, como Bilbao, aunque ambas ciudades no serían nada sin su ubicación estratégica. Los puentes de la ciudad vertebran y organizan otro paseo posible. Los pubs y los cafés salpican las riberas del río; yo me tomé el té, acompañado por una tarta de zanahoria estupenda, en el Dwarf Jar Coffee Shop. Los precios, comparados con los españoles, algo caros. Y cené unas Fish and chips en el pub Fitzgeralds. Absolutamente turístico, incluso con música irlandesa, pero quería recordar otros tiempos… 4.1

Y desde Dublín marché hacia el oeste, hacia la bulliciosa bahía de Galway…

(Continúa aquí)

 

A tu edad no deberías…

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A tu edad no deberías.

Cómo se te ocurre. En qué estás pensando.

Mira qué pintas llevas. Arréglate un poco.

No hace falta arreglarse tanto.

A tu edad yo ya. A tu edad yo nunca.

No sé lo que se cree. No sé quién se cree.

La lapidación está prohibida. Lástima.

Pintada como una puerta.

Ha hecho siempre lo que le ha dado la gana.

Claro, como no tiene hijos.

Si sus hijos le importaran un poco.

Solo piensa en los niños. Se le ha olvidado ser mujer.

Y lo deja todo ahora, a su edad.

Sus padres, los pobres. Lo que lleva pasado su familia.

Eres muy guapa de cara. Si solo bajaras diez kilitos.

De cuerpo está muy bien. Pero mira qué arrugas.

Se le ha ido la mano con la cirugía.

Con el dinero que tiene, ¿cómo no se hace algo?

Lo que deberías hacer es.

Sólo busca llamar la atención.

Una mosquita muerta. Que son las peores.

Que tus hijos no tengan que echarte en cara un día.

Irse a liar ahora con un jovencito.

Si se le va viendo todo.

Ha subido mucho en poco tiempo. A saber por qué.

A su edad no debería. Yo no. Yo nunca.

Si yo tuviera su dinero yo también vestiría bien.

Está obsesionada con el trabajo. Con el dinero. Consigo misma.

Qué esperas de una divorciada. Qué esperas de una lesbiana. Que esperas de una que se ha casado dos veces. Qué esperas de una pija. Qué esperas de una de esas.

Falsa, más que falsa. Mala madre. Maleducada. Vulgar.  Egocéntrica.

Husmeamaridos. Querindonga. Solterona. Vistesantos. Beatona.

Yo no le deseo mal a nadie, pero.

¿No le vas a dar el pecho?

Yo no la veo guapa. ¿Guapa? Hay mil como ella.

Y con ese marido que tiene. Que le aguanta por el dinero.

Está demasiado delgada. Anoréxica.

¿Y con quién dejas a los niños?

Qué pena, la lapidación.

Siempre me había caído bien, pero.

¿Cómo no va a engordar, si se pasa el día picoteando?

No tiene moral. No tiene principios.

Me has decepcionado.

¿No los mandáis de campamentos? ¿No se quedan al comedor? Ah, ¿se quedan al comedor?

Se ha hecho algo. Fijo.

Cómo has cambiado.

Para mí que el bizcocho no lo hizo ella.

No me extraña que la dejara el marido.

No sé de dónde saca para gastar tanto.

Envidia, un poco. Pero envidia sana.

Un día se le va a acabar el chollo.

La vi el otro día y no quieras saber cómo iba.

Si yo te contara.

Está viejísima.

Qué carácter tiene. Como para decirle nada.

Tiene pinta de sucia.

¿Qué? Tú no entras mucho por casa, ¿verdad?

¿Dónde te metes últimamente, que no se te ve el pelo?

Te lo digo por tu bien. La gente comenta.

Yo no es por criticar. A mí no me gusta criticar.

Pero es que a su edad no debería.

No, no debería.

No debería y punto.

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Shorts bordados- Mango

Top- Cosido por mi madre. Tiene 22 años. El top, no mi madre.

Sandalias- Paco Gil.

Collar- Marisa Bell.

Bolso- Regalo de la revista Telva.

Higienizador de manos- Touchland

Cabello- Aveda

Maquillaje- Sandra Grau

Críticas- Cortesía de la casa.

Las fotos fueron tomadas en el Hotel Sorolla Palace, en Valencia, por Nika Jiménez.

Magia en una Chistera

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El primer sombrero que me hizo feliz fue una pamela de paja que me regalaron cuando tenía 12 años. Hasta entonces hubo otros, sombreros que defendían del sol, otros de lana, o de terciopelo, más gorros, en realidad, que sombreros. Aquella pamela era una declaración de intenciones: aún la conservo y algunos veranos me la pongo. No he crecido demasiado en los últimos treinta años, o al menos mi cabeza mantiene el mismo tamaño.

Escarlata O´Hara, una gran aficionada a los sombreros, dice en un momento dado, en el aserradero, que su cabeza no puede retener nada relevante cuando estrena sombrero. A mí me ocurre al contrario; un sombrero me llena de historias, de argumentos que se escapan en todas las direcciones. Aquello que sin sombrero puede parecer una locura se convierte en realidad cuando me lo pongo.

Cuando abrí la sombrerera verde en la que venía mi preciosa chistera de La isla de los secretos aparecieron varias mariposas de papel y unas flores de hortensia preservadas. La chistera está guarnecida por una cinta de terciopelo azul agua, y delicadas flores de gasa rosas, amarillas y blancas.

La chistera lleva amarrada una mañana de verano, y una fiesta. Quizás una boda en el campo, informal, alegre; un reencuentro. La mujer del sombrero aún no lo sabe. Ha llegado tarde, no ha hablado con la novia, puede que una prima, que se encuentra, como es lógico, con la cabeza en sus propios asuntos. Se ha dirigido directamente al convite, se perdió la ceremonia, el arroz arrojado con saña contra los novios, y las inacabables felicitaciones posteriores.

Sopla un poco de viento, el suficiente como para preguntarse si habrá hecho mal al no fijarse la chistera con alfileres; hay peonías rosadas y hortensias tornasoladas en las mesas, y amigos del novio al que, ya a esas alturas de la mañana, resulta evidente que habrá que evitar.

Entonces le ve. Es tarde para escaparse: apenas le da tiempo a volverse de espaldas y tomar aire, mientras un camarero le tiende una copa de las bandejas que flotan entre los invitados. Es él, no hay duda, y ha venido, cómo no, acompañado, y toda la sangre se le agolpa en los ojos, y no le deja pensar con claridad. Se le ladea el sombrero, los tirantes oscilan con el viento.

Pero la decisión está tomada ya cuando endereza la chistera sobre la frente; esta vez no se escabullirá como una niña pequeña. Respira hondo, y se dirige a él, entre el lento oleaje de las bandejas con bebidas.

-Hola, nena -le dice él, sorprendido, cuando la ve aparecer de improviso-. No sabía que estuvieras invitada. Ha pasado mucho tiempo.

-Hola, papá -contesta ella. Y el sombrero tiembla y se ladea de nuevo.

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Para que el protagonismo de la chistera fuera total, la acompañé con un vestido color vainilla, un vintage de crêpe con tirantes que se anudan en los hombros  y un delicado bordado floral en el escote. El collar con una libélula es de Verdeagua, y el clutch de paja, con un festón de caracolas y perlas, de Ailanto.

Las fotos fueron tomadas en La Rábida. Hacía sol y soplaba un poco de viento.

 

Recomendaciones espidianas de julio

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Este mes ha sido un periodo de cursos, de relecturas y de conversaciones sobre clásicos; y de alguna novela nueva. Rusia está custodiando algunos de ellos, y otros que aguardan su oportunidad en agosto… pero los de julio han sido estos. 26.1

Las vírgenes suicidas es una de las lecturas obligatorias de los cursos de creación literaria que imparto. Mucho antes de que S. Coppola la adaptara al cine, en mi primer año de Filología Inglesa, leí de un tirón en una tarde y una noche esta novela sobre una adolescencia truncada y cinco hermanas católicas, sobre la fascinación que su vida y su muerte ejerce sobre su entorno, y, ante todo, sobre lo efímero de la felicidad y de la belleza. Publicada en España por Anagrama, sigue siendo un precioso texto que nos acerca al misterio de la mente ajena.

4.2

Sara Morante ilustra este cruel cuento clásico, que habla también, curiosamente, de una muchacha que no encuentra ni fin ni satisfacción a su deseo. Una vez más, es castigada por un pecado que jamás se le perdonará a las mujeres: la coquetería. El relato de Andersen se revela aquí con sus sombras más siniestras… y más interesantes. Es responsable de ello Impedimenta.

17.2

Entre los regalos de mi cumpleaños (faltan algunos, pero el agradecimiento los alcanza a todos), se encontraba una novela de Salamandra, La tristeza de los ángeles, de Jon Kalman Stefansson, Un autor islandés que escribe sobre el eterno invierno moral y real de su isla, y de cómo algunos de sus habitantes lo combaten con lecturas de Shakespeare parecía una apuesta segura en mi caso, y lo ha sido. Sin embargo, el argumento carece de importancia, en este caso. Su mérito radica en la atmósfera, y en el modo envolvente en el que el escritor nos lleva a donde quería desde un principio.

6.2

No todo va a reducirse a leer: antes o después, casi todos los apasionados lectores desean escribir algo, aunque solo sea el listado de sus lecturas. Por ejemplo, en este bonito cuaderno de La tortuguita blanca.

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Lady Macbeth se reclina indolentemente sobre la última entrega de una de mis sagas favoritas: la que Lindsey Davis dedica a Marco Didio Falco, o, en el caso de Mater Familias, su nueva novela, a la hija del mismo. Novela histórica, sí, policiaca, incluso, pero tan divertida, tan bien documentada y tan dinámica que interesará a cualquier lector al que le interesen los retos.

31.2

Siempre resulta agradable verse y saberse leída en otros idiomas: y en este caso, el libro que aparece en la imagen es la compilación de la obra de escritores eslovenos y españoles, traducidos tras el congreso en el que intervine, hace ya algún tiempo, en Liubliana. No se encuentra a la venta en España, pero sí al acceso de estudiosos e investigadores en Eslovenia.

23.2

Si Herman Koch, otro autor del norte, en este caso holandés, piensa como escribe, tiene un problema. En Estimado señor M. no hay lugar para la esperanza. La vida de todos sus protagonistas (un escritor, un profesor, dos alumnos) se han truncado por motivos intrascendentes, banales: algunas de ellas, sin remedio posible. Con una mirada descarnada y sin piedad ninguna, el autor revisa las mentiras cotidianas y las desmonta. Una por una. La ha publicado Salamandra.

7.3

Siempre hay que leer a Fernando Iwasaki. Búsquense las excusas que mejor les parezca… Este relato Fernanda se fue con él, es, como tantas otras cosas, un regalo que este autor peruano ofrece. Nadie trabaja como él el humor sin mala intención, y el punzón de la sinceridad escondido en la sonrisa.

Y, por último, un libro que yo veo claramente destinado a un público juvenil, pero que se está vendiendo como un nuevo gran éxito de J. Boyne: El niño en la cima de la montaña. Su lectura resulta sencilla, los protagonistas son adolescentes, y la historia de la manipulación nazi, la de siempre, y la que, a lo que parece, debe ser aun repetida para que aprendamos y crezcamos.

18.2

Evolución natural del escritor (en 26 sencillos pasos)

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-Yo también escribo un poco, en mis ratos libres, por hobbie.
-Admiro muchísimo a los escritores. Creo que son personas imprescindibles, y les debemos todo.
-Me da vergüenza enseñar mis textos. Al fin y al cabo, uno escribe para uno mismo.
-Sí, soy escritor. No, no he publicado nada. Aún.
-No creo que publique nunca. Yo escribo para mí, y no quiero que la opinión de los demás influya en mi Literatura.
-No tengo la menor prisa por publicar. Al fin y al cabo, ¿Cuántos escritores ha habido que no publicaron una línea en vida y han sido reconocidos después de muertos?
-No puedo entender a esos autores que se venden con tal de que les publiquen. En el momento en el que alguien te dice sobre lo que tienes que escribir has perdido tu alma, tu esencia.
– Querido Fulanito: soy un autor novel que no ha tenido la misma suerte que tú, pero que aspira a dedicarse a la Literatura algún día. ¿Podrías darme alguna indicación sobre cómo publicar, o a quién enviar mis obras? Estoy desesperado.
-Las editoriales pequeñas son el refugio del escritor de calidad. Sin ellas, estaríamos dominados por los best-sellers, y personas como yo, que ofrecemos otras propuestas, no tendríamos cabida.
-Pues menuda birria de liquidaciones. Este me está timando. No puede ser que haya vendido tan poco.
– La autoedición en internet es hoy en día la respuesta a la avaricia de las editoriales y al vergonzoso porcentaje que se llevan los distribuidores. Además, es el futuro en un mundo sin fronteras físicas.
-Está claro que en esto o pagas por posicionarte, o no te comes un colín.
-En realidad, esta colección/editor/ nueva línea editorial es una apuesta por la literatura de calidad; por eso han pensado en mí.
-Al fin y al cabo, lo importante es llegar al lector, ¿no? Para eso escribimos todos.
-Ahora cualquiera que haya escrito cualquier porquería dice que es escritor.
-Bah, si los que mandan son los distribuidores y los de marketing. Da igual que escribas bien o que escribas bazofia, lo importante es que seas conocido.
-Pues no sé a qué se dedican estos si no te dan una idea sobre qué escribir. Se supone que son una editorial grande ¿no?, que son los que conocen el mercado.
-Nunca he aspirado a los premios grandes. Están todos dados, es una merienda de negros.
-En realidad, mi premio ha sido una excepción en la historia del galardón. Creo que demuestra un giro más literario en la tendencia dominante.
– Te juro que si le dan ese premio a Fulanito me pego un tiro. No conozco a nadie más prepotente, soberbio y autocomplaciente que él.
-Querido Zutanito. Mucha suerte con tu carrera de escritor. En estos momentos, resulta realmente difícil publicar, con lo que te remiendo que te dirijas a una editorial pequeña, que quizás pueda apostar por un libro de cuentos como el tuyo.
-Nunca he aspirado a los premios institucionales. Creo que hay escritores mucho más relevantes que yo que no lo han recibido, y no sería justo.
-Nunca he aspirado a los premios institucionales. Al fin y al cabo, son todo politiqueo, ya se sabe, y si no eres de los de su cuerda…
-Te juro que si le dan ese premio a Fulanito, me pego un tiro. No, se lo pego a él.
-Pero ¿a qué están esperando para darme ese premio? ¿A que me muera?
-Con la satisfacción de haber recibido este premio, que acepto con sorpresa y agradecimiento, quería brindar este consejo a los jóvenes escritores: no tengáis prisa, no queráis publicar demasiado pronto. Los lectores, los auténticos lectores, esperarán por vosotros. Y al fin y al cabo, uno debe escribir para uno mismo.

No es la vida, es la luz

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A menudo me encuentro con personas que atraviesan un mal momento y que tienen la generosidad de contármelo. Hace unos años me hablaban de trastornos de la alimentación, y todo el infierno que conllevaba. Ahora, desde que saben que superé una depresión al bordear los cuarenta, de la antigua enfermedad de la melancolía, de la tristeza, de cómo se lucha o se puede batallar contra un cerebro enfermo y que ha olvidado pensar bien.

No hay trucos, no hay atajos. La recuperación nos saca de un lugar muy oscuro, muy siniestro, pero no sin esfuerzo: yo conté con medicación, con terapia. No lo hubiera logrado sin ellas. Y sin mi decidida voluntad de no quedarme allí. Mi vida tuvo que cambiar por completo, mi manera de pensar y enfrentarme a los problemas está también experimentando transformaciones. Una mayor ligereza, una mejor organización. Menos dependencia de la mirada ajena, una gran disciplina de horarios y de objetivos. Decir lo que pienso, pero pensar mucho lo que digo.

Aunque resulte difícil comprenderlo a quienes no han padecido una enfermedad mental, uno no enferma porque lo desee: pero no se abandona la enfermedad sin el deseo de abandonarla. Ni se mantiene lejos de ella sin un cuidado que ha de ser tan constante y tan normalizado como la buena dieta, el ejercicio, o el resto de los hábitos que nos mantienen sanos. En el caso de la enfermedad mental, sirven como buenos aliados  la serenidad, el humor, la búsqueda de la belleza en lo que nos rodea, el cultivo de nuevas aficiones de las que no se espere mucho.

Para mí resulta esencial, y creo que ya lo será siempre, el ratito pequeño de paseo y de desconexión. Arreglarme un poco (a quienes trabajamos con frecuencia en casa se nos olvida), y salir a mirar qué hay ahí fuera, fuera de mi cabeza, quiero decir, de mi a veces demasiado intenso, demasiado incontrolable fluir de pensamientos. No es agradable ser así. Intento que no me haga daño, y sustituirlo por pensar con mesura. Esa frase tan sencilla  y tan imposible de cumplir de no pensar demasiado; porque si me dejo llevar por esa cadena de pensamientos sin tregua la vida se agrava y se complica, los problemas sofocan la mirada, la existencia se convierte en insoportable.

Un paseo, un rato para observar qué hay por ahí de dulce, de bello, de impresionante. Lo hecho por el hombre o por la naturaleza. Un gesto entre humanos, un aleteo de una paloma, un escaparate o un coche bonito. La gasolina disuelta en agua y convertida en arco iris en el suelo. Una pared pintada, un grito o un poco de viento.

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Me sacaron estas fotos en el Palacio de Congresos de Valencia, el día siguiente de ser madrina en la VIU. Las horas posteriores a una gran alegría suelen conllevar un cierto vacío, un hueco que hay que completar con cualquier otras cosa leve y cotidiana que nos confirme que no siempre se puede vivir en lo alto de una ola de espuma y nada. Salí a dar un paseo, me encontré con niños, con unos perritos mimosos. La fuente y la luz invitaban a la sonrisa y a la calma. Estrené unos shorts de encaje de Mango, un top de manga corta de rayas de HM. Me puse mis sandalias bicolores de Paco Gil, y una cartera de Gucci. Una pulsera dorada de LaOneta.

Blanco y negro, el binomio de la vida, la realidad y la ficción. Sólo fue un paseo, un ratito. Tocaba de nuevo regresar a Madrid, al trabajo menos vistoso y a los contratiempos diarios. Reforzada, con un momento curativo como aliado. No hay tampoco otros trucos, ya lo he dicho. Vivir, mirar, respirar hondo, detenerse en algún detalle bonito. Y continuar caminando.

Atardecer

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El atardecer más bello no fue aquel del primer beso, ni el que tiñó el cielo de nubes rosadas y violetas y en el que durante unos largos minutos de Julio se suspendió el tiempo. Esos fueron días hermosos, sí, que alegrarán el alma en la oscuridad del invierno. Inolvidable también aquella tarde en la que, por primera vez, nos asomamos al mar en soledad, como quien se asoma a un espejo al que no nos miramos desde hace mucho tiempo.

Pero no fue el más bello.

Tampoco lo fue el que comenzó con una fiesta que no prometía nada y terminó en amanecer, ni el de la última tarde de vacaciones; no lo fue el que inició aquel romance, ni el de la pedida de mano.

El atardecer más bello fue aquel que nadie esperaba, ni el más luminoso ni el más cálido. Pasó pronto: quizás estábamos con la mente en otra cosa. Entonces, de pronto, nos detuvimos y miramos al cielo. Estábamos allí, estábamos vivos en mitad del torbellino, pese a todo. Con el dolor y con la esperanza, con esa lucidez extraña que da la conciencia del presente.  Allí estábamos, mientras el sol descendía. Todo se ordenó por un segundo. Y supimos, sin tener del todo claro cómo lo sabíamos, que todo estaba bien, que no olvidaríamos ese instante de plenitud sin palabras, de reto a la eternidad.

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En ese atardecer vestía un vestido vintage de gasa color aguamarina, con pasamanería roja y blanca, unas pulseras en los mismos tonos de Blanco y unas avarcas menorquinas de la firma Ria, doradas y con una cuña alta.

Las fotos fueron tomadas en Isabella Menorca, una de las terrazas más bonitas y con mejores vistas de la isla.

 

Antes de ser madrina de la graduación VIU 2016

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Cuando imparto los cursos de oratoria, o los que tratan el tema de hablar en público me encuentro con que la mayor parte de los alumnos se preocupan únicamente del momento en el que salen a hablar ante una audiencia. Mi gran reto es que planifiquen cada una de las intervenciones, y más aún si se trata de un acto importante para ellos, como una sucesión de pasos, y que no pierdan de vista que hablar en público es el resultado final de un proceso que tienen que controlar desde mucho antes.

Estos pasos resultan particularmente importantes si se es tímido, o si existe un historial de pánico antes de salir a escena. Una de las lecciones que extraje cuando cantaba es que nada debe ser dejado a la improvisación, ni siquiera la improvisación. Un buen profesional, en el área que sea, comete un error si menosprecia la importancia de la puesta en escena. Quizás eso rompa creencias un tanto infantiles o idealizadas sobre la naturalidad y la espontaneidad: los mejores artistas que he conocido eran cuidadosos con los pasos previos, precisamente porque eso les permitía dedicar su energía a su aparición en público y no a lo que podía salir mal.

El acto que culminó con mi discurso como madrina de la Graduación de la VIU (Universidad Internacional de Valencia) 2016 había comenzado a prepararse con mucha antelación por sus organizadores, y requería también de atención previa por mi parte: todo discurso debe de tener en cuenta la ocasión y el público al que es dirigido, pero también en qué orden se interviene, y qué tratarán los anteriores y posteriores compañeros. Imprescindible conocer la duración, y atenerse a ella, o si es posible, quedarse un poco corta. Yo recomiendo también informarse sobre dónde se lleva a cabo y si se emitirá, como cada vez es más frecuente, en streaming, o a través de pantallas simultáneas. Intento no leer jamás mi discurso, pero en particular, en este último caso. Se pierde el contacto visual y la imagen multiplica ese efecto.

Si la apariencia y la indumentaria han sido siempre importantes, en particular en el caso de las mujeres, sobre las que recaen unas expectativas mayores y unas normas de protocolo más complejas, en los últimos años se ha agudizado esa percepción. Mi recomendación es la de un conjunto que haga que la persona se sienta cómoda y adecuada; hay quien interpretará eso como un traje gris, o quien preferirá un vestido rojo. Es importante evaluar y valorar el papel que se desempeña: no es lo mismo ser la madrina, en este caso, que la Rectora de la universidad, o alguien que se gradúe: en algunas situaciones, la discreción es lo adecuado. En otros, se espera de nosotros que brillemos o que seamos el centro de atención.

En este caso elegí un vestido de Adolfo Domínguez, en color nude, de mikado de seda, falda de vuelo con bolsillos, y con un falso escote palabra de honor completado con un cuello redondo de tul: el resto de los complementos eran muy sencillos, unas sandalias poco narrativas, pendientes y un bolso vintage que destacaba por contraste. Yo intento siempre hacer un guiño al color corporativo o al tema del evento, y en este caso, el bolso era del naranja del logo de la VIU.

Como paso previo pasé por Aveda, en Madrid, para darme un tratamiento que aportara brillo, y peinarme. En Valencia me esperaba Sandra Grau, la maquilladora, que me dejó impecable para la ocasión.

¿Merece la pena invertir el tiempo y el dinero que cuesta esta preparación? Cada uno debe valorar la importancia del evento, su papel en él, y su grado de exposición. Yo no lo hago en todas mis intervenciones, (la mayoría de las conferencias no requieren tanto cuidado), pero en otras considero que por respeto a quien me contrata, y por las circunstancias sería poco profesional no hacerlo. Habrá quien lo vea una pérdida de tiempo o una frivolidad.  Mi experiencia me dice que es algo que debe considerarse y como tal lo expongo.

Pese a la información  previa que se haya solicitado, me parece imprescindible comprobar el espacio en el que intervendré, dónde estaré situada, desde dónde hablaré y ver tanto la luz como la microfonía. Si debe o puede hacerse una prueba o ensayo previo, mejor. Nunca hay que menospreciar la importancia de la práctica, ni confiarse en que en el momento se podrán solventar determinados problemas. Bastante se tiene con la tensión, los nervios y la confusión. ¿Hay photocall, algo cada vez más frecuente? ¿Fotos de familia? ¿Antes, después del evento?

Por último, en el momento del discurso, ya poco resta, salvo hablar, disfrutar y transmitir la mayor sinceridad posible. El público detecta con rapidez si algo chirría o es falso. Cada uno de los pasos necesarios para que ese momento único sea un éxito se han dado ya. Se acaba un viaje que se inició mucho antes, y que finaliza en público, y en el que la clave del éxito radica en la preparación y el esmero previo.

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El acto de la Graduación de la VIU fue una fiesta preciosa e invadida por la emoción, un premio al esfuerzo y a una serie de valores que comparten los estudiantes, todos ellos adultos y muy conscientes de lo que les aporta la formación. Incluyó una presencia musical importante (es uno de los puntos fuertes de la Universidad) y unos discursos cargados de humor y de entusiasmo; y, qué puedo decir como madrina, fue emocionante y maravilloso encontrarme allí.

Recomendaciones espidianas de junio

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Pese a la creencia generalizada, no resulta sencillo llevar a cabo una selección de los mejores libros del mes. O de los que se adaptan a mi gusto: no todos los que leo aparecen, y los que aparecen no son necesariamente los mejores, sino los que a mí me han complacido. Lady Macbeth lo sabe, y, como mis  otras gatitas, hace lo imposible para ayudarme. Estos han sido los elegidos este mes.

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Comienzo con las Actas del Congreso Mundial sobre Teresa de Jesús, en el que tuve el honor de participar hace un año por mi libro Para vos nací: coincidía con el V Centenario de su nacimiento, y expertos de todo tipo analizaron su figura, desde la perspectiva religiosa, literaria, feminista, histórica… la relevancia de esta mujer extraordinaria continúa, creo yo, sin ser completamente reconocida. Las actas han sido publicadas por la Universidad de la Mística.

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No olvidemos que durante Mayo y Junio tuvo lugar la Feria del Libro de Madrid, donde, como casi todos los años, firmé mi obra y me encontré con lectores y con seguidores. La Feria es un evento interesante siempre, que muestra lo que se ha publicado ese año, y nos recuerda que los libros no contienen siempre literatura, sino que son un soporte para aficiones, gustos, pasiones, fenómeno fan… Se equivocan quienes cada año consideran a los autores que más firman muestran un signo de la decadencia inevitable de la cultura, o quienes crean que es una muestra fideligna de lo que se lee. Es… otra cosa, y como tal ha de tomarse.

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Ofelia ya lo recomendó en su momento, pero como lo ha releído me suplica que vuelva a hablar de Podría hacer pis aquí, (y otros poemas escritos por gatos). Lata de sal es la editorial que nos acerca a este género, injustamente menospreciado, de la literatura felina. Aquí nos encontramos con una serie de sentidísimos poemas que nos permiten conocer mejor la retorcida mente de estos bichos malignos e imprescindibles…

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Este ensayo (o más bien, esta compilación de crónicas)  de Alejo Carpentier, publicado por Fórcola Ediciones, me sorprendió por varios motivos. El menor de ellos no fue el que no estoy acostumbrada a analizar la realidad y la historia europea desde una visión que proceda de otras voces periféricas. Un cubano observa, en el momento crítico de la II Guerra Mundial, El ocaso de Europa. Apasionado y vehemente, es un observador inteligente, pero también alguien que defiende, quizás antes de su propio ocaso, una idea de evolución americana, frente a la decadencia en la que Francia, Alemania o Inglaterra se encuentran sumidas. De una actualidad aterradora y desconcertante, me ha  obligado a leerlo despacio y con notas al margen. Muy interesante.

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Un clásico, pero que regresa actualizado por Reino de Cordelia. A la historia inmortal de Bram Stoker se le unen las ilustraciones de Fernando Vicente y la excelente traducción de J. A. Molina Foix. Es una inversión de fondo de biblioteca.

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Otro clásico, que dejó K.O. a Ofelia… Los últimos días de Pompeya, en una versión antiquísima que me regaló mi profesora de 4º de EGB, sor Mercedes. Aunque ya recomendaré alguna actualización, para mí es una lectura fundacional, y una de las novelas que despertaron mi pasión por la literatura.

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De vez en cuando aparecen proyectos exquisitos como este, Los escritores y la música, de Ediciones Singulares; el dedicado a Tolstoi, bajo la responsabilidad de Víctor Gallego, responde a la filosofía general: una colección de libro-discos que enfoca la biografía de grandes escritores  a través de la música. Encontramos un prólogo, el ensayo en sí mismo con cronología y un CD con una selección de música relacionada con los textos,  grabada en  sellos discográficos internacionales.

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Antonio Colinas, uno de los poetas más interesantes y reconocidos en lengua española, publica ahora en Siruela Memorias del estanque, un libro que, sin ser exactamente unas memorias, sino una recreación literaria sobre la realidad, deja testimonio de lo vivido y aprendido. Lo he leído poco a poco, casi como un libro de cabecera, o más bien, como un libro de después de la ducha. Para obligarme a leerlo con calma, en lugar de devorarlo como otros, cada día, mientras se me secaba el pelo, leía un fragmento. Después me obligaba a dejarlo, hasta el día siguiente. Ha sido una manera excepcional de comenzar las mañanas.

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Y acabamos con el que será el último libro de la serie Hijos de Mary Shelley, publicado por Imagine Ediciones y editado por Fernando Marías: Las noches de Clairmont, una compilación de algunas de las mejores voces de cuentistas contemporáneos, es una magnífica despedida. Yo la acompaño de una rosa de Anaquiños de papel. La gatita no venía en la lista…